Poemas de Agustín Mazzini

 

 

 

Poemas de Agustín Mazzini

 

 

Hijo

 

Para Martha

 

Mamá,

el agua del sin sentido diluyó nuestros sueños.

El agua donde se refleja un niño que tiembla y adora

a los muertos que le presentabas en las fotografías.

Ahora, su sangre entra en mi sangreAgustín Mazzini

como todo el cielo en los libros más hermosos.

 

Mamá, te estoy llamando

desde una piedra tallada por el dolor.

 

 

Balada de Ragging Bull sobre el escenario

 

 

En el centro de la escena

el boxeador en blanco y negro. Salta,

apunta al pecho de la nada

sin dejarse intimidar por el vacío.

Golpea.

Las gotas de sudor oscurecen el ring.

“Hijo”, le dijeron. “Hijo,

naciste para campeón”. “Hijo,

hay cosas más dolorosas que la muerte”.

Scorsese graba la batalla

cumpliendo la regla de los tres cuartos

y el silencio se queda quieto: LaMotta baila.

Hace rato le quebró los huesos al aire

pero igual sigue, mandíbula apretada,

guantes, uno-dos, y un eco respira.

 

Su única batalla siempre es contra el espejo.

 

De El cielo no termina de quemarse (suri porfiado, 2017).

Premio Nacional para Poetas Jóvenes “Bustriazo Ortiz”, Buenos Aires, Argentina, 2017.

 

 

LATINOAMÉRICA

 

Y tú muchacho

que aspiraste a escribir la carta más conmovedora de la

historia,

a hacer un canto con todas las vísceras y con todos los lamentos

de Latinoamérica

Vladimir Amaya

 

Para Miroslava Rosales

 

Latinoamérica, en el flash de noticias de las ocho de la noche

(Rue Parthenais 2220, Montreal, app. 207), nacida res colgada a la espera del carnicero,

con el precio grabado en la frente, y subastada en los salones más tristes de la Historia.

Entre letreros en francés y gringos estudiantes de sociología

(Université du Québec à Montréal)

que se refieren a vos como a un animal de zoológico,

veo venir a tus hijos a las escalinatas de la iglesia de Ville-Marie.

Tienen olor a mara, a cárcel y a narcotráfico.

Ellos son

de Honduras,

de Nicaragua,

de Venezuela,

de El Salvador,

(y les duele la cabeza del padre muerto en combate,

y el llanto de la madre sentada contra la ventana

y la voz del amigo baleado por bandas parapoliciales).

Bajan de La Bestia saboreando la sustancia del exilio

(cóctel de sed, lágrimas y acero caliente).

y en tus vértebras más sensibles clavan sus hogares rotos por la postergación.

Ellos vieron tus catedrales de cocaína y oro,

a tus proxenetas cargando los cadáveres de hadas muertas de SIDA,

los acribillados en los cuartos sucios de tu vientre.

 

Latinoamérica,

los siglos dicen que sos una casa siempre al borde del derrumbe

pero que nunca termina de destruirse.

Si abro alguna de esas piezas

ahí están:

niños famélicos con ametralladoras,

un carnaval de idiotas vomitando bilis frente al televisor,

las luces de Río,

periodistas imbéciles,

conquistadores del siglo XVIII asesinando jesuitas,

una radio anunciando otro golpe militar,

caballos de muerte galopando por Sinaloa,

oligarcas brindando sobre el cadáver de Eva,

un agente de la CIA al teléfono,

magnates de Wall Street,

caravanas atravesando fronteras,

kilómetros de selva mutilada,

una mujer buscando a su hijo

en los escombros del huracán,

un niño gritando gol sobre suelos de tierra, descalzo,

procesiones encabezadas por vírgenes

con mantos de color chillón.

 

Continente de cilicio y carne arrancada,

fundado sobre piedras que giran en la palabra “violencia”,

te miro como el soldado mira la foto de su novia bajo el ruido de las balas,

y te pregunto cuándo te acostumbraste a vivir con un revolver en la sien,

cuándo empezó esa electricidad oscura en el nervio que te mantiene con vida

(No importa dónde es esto. Mi poema es

Caracas,

Buenos Aires,

Sucre,

Cuzco,

Lima,

Medellín,

Managua,

Tegucigalpa,

San José,

Sao Paulo,

Los Cabos,

Fortaleza.

Aquí se oye la última oración de los torturados y bailan los ángeles de la marginalidad.

Aquí se oxidan las máquinas de la United Fruit Company y la miseria y la felicidad

juegan juntas como niños en los pasillos de una favela.

 

Tu nombre no es América Latina.

Tu nombre no es América del Sur.

Tu nombre no es América Central.

 

Latinoamérica,

terminó el flash de noticias de las ocho de la noche

y a la voz del presentador llega un resumen de hockey sobre hielo,

las fechas de las próximas heladas, sucesos en francés.

 

Vos insistís en pegarte a mi paladar

y yo en escribir tu dolor de fruta solitaria

abandonada en las ruinas del paraíso perdido.

 

 

Buenos Aires, julio de 2018 – Montreal, febrero de 2019.

 

Agustín Mazzini (Buenos Aires, 1993). Poeta y estudiante. Primer premio del “Concurso Nacional Homenaje a Jorge Luis Borges” de la Fundación ProArte de Córdoba (Argentina, 2015), Premio Nacional para Jóvenes Poetas “Bustriazo Ortiz” (2017) y finalista del I Premio Hispanoamericano de Poesía “Francisco Ruiz Udiel” (España, México, Colombia, 2017). Autor de El cielo no termina de quemarse (suri porfiado, 2017). Sus poemas han sido traducidos al francés y, junto con sus entrevistas y reseñas cinematográficas, figuran en revistas digitales y universitarias de Latinoamérica, Estados Unidos y Europa, así como en diversas antologías nacionales y extranjeras. Participó en distintos festivales de poesía, condujo en 2018 el programa online de poesía “Puentes de papel” y fue becario de la Secretaría de Cultura de la Nación Argentina y del Conseil des arts et des lettres du Québec en 2019, mismo año en el que ofreció conferencias sobre poesía en la Université du Québec à Montréal y en el Centro Cultural de la Cooperación (Buenos Aires, Argentina).

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