Poemas de Manuel Becerra

 

 

Bernardo Couto Castillo

Conocí a Bernardo en una cantina de la calle Bucareli. Portaba un rostro pálido y sus manos transparentes, casi de vidrio, apenas sostenían la copa de Cabernet. Usaba una leontina que no hallaba lugar en ningún bolsillo aterciopelado.

Su reloj marcaba la muerte de cada uno de los señores de su cuaderno.

Recuerdo grandes y pesadas campanadas. Supongo que era la medianoche y sin embargo no había ninguna iglesia cercana a nosotros. Nada cercano a Dios, me dijo Bernardo, a lo mucho una música de cuarteto.

La luz de neón pasaba a través de él como sucede con ciertos frutos en los jardines. Son atravesados por delgados espectros de luz. Tal es la uva, tal era Couto Castillo en los bares del Centro de México. La luz se pasea como una serpiente, me decía, atémosla a nuestro cuello como una pañoleta de plumas, pero desconfiemos de ella.

Sus ojos iban del ámbar a la palidez del cetrino hasta que eran los de un navegante muerto hace años. Entonces mirarlo era como contemplar una antigua vitrola. Extraña música la nuestra. Traslúcida y atravesada por épocas distintas.

Algo del sol, con el paso de las horas, fue dorando su piel y apenas por la cuenca de sus ojos una calavera se forjaba en el pensamiento. Se vino el día en esa brillantez ahuesada. Y no recuerdo más. Con temor aparté mis ojos de un cielo que se abría. Y así me llegó la mañana y me quedé dormido en la mesa.

 

¿A qué hora se fue Bernardo?

 

 

Versión de Palinuro

En un sueño te caíste al mar.

Manejabas y soltaste la guía de la nave

y caíste de bruces al temblor de las aguas,

como embriagado, Palinuro,

como sucede en las tabernas

donde la luz neón tiene sus dominios.

Tú me lo contaste en una. Decías

que caíste, dueño de la tripulación

y mala sepultura es el océano,

pensabas, pero no fue así. Tu cuerpo

llegó a extrañas bahías y ahí te dieron muerte

entre las espesas arenas.

Algo de tu alma bajó al hades.

Los habitantes de las ínsulas,

los mismos que te ultrajaron,

ahora sufren el cuerpo; pagan con epidemias.

 

Todo centinela entra inerme al sueño, Palinuro.

 

Al despertar descubriste

que le dieron tu nombre a un bosque.

No te dieron el cielo

ni en calidad de semidiós

te hicieron constelación.

Y me preguntas de qué sirve

y no sé responderte.

Nos amparamos con cierto naufragio

en los tarros de cerveza.

Bien nos servimos, nos desmantelamos.

Tú me lo contaste, Palinuro,

dijiste que en un sueño habías caído al mar.

 

Manuel Becerra Salazar (Ciudad de México, 1983) es músico y poeta. Es autor de Cantata Castrati, Editorial Colibrí, 2004; Los alumbrados, Estado de México, 2008; Canciones para adolescentes fumando en un claro del bosque, UAZ, México, 2011;  Instrucciones para matar un caballo, Conaculta/FONCA, México, 2013; La escritura de los animales distintos y Fábula y Odisea, de próxima aparición.

Ha sido galardonado con el Premio Nacional de Poesía Alonso Vidal 2019, Premio Nacional de Poesía Enriqueta Ochoa 2014, Premio Nacional de Poesía José Francisco Conde 2013, Premio Nacional de Poesía Ramón López Velarde 2011 y el Premio Nacional de Poesía Enrique González Rojo 2008.

Obtuvo la Beca que otorga la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de poesía, (2009-2010) y ha participado como escritor invitado en encuentros de literatura en Cuba, Japón, Canadá y New York.

Fue escritor residente en Omi Art Center en la especialidad de poesía (April - May) en Nueva York, 2018.

Este año fue seleccionado como escritor residente en The International Writing Program por La Universidad de Iowa (Septiembre - Noviembre, 2019).

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