Tres poemas de Antonio Calera-Grobet

Por Antonio Calera-Grobet

 

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MIRE USTED BIEN

Antes que nada, mire bien. No pase como por su casa sobre las caras queridas, no pase como si nada sobre el cancionero popular, los callejones y sus arboledas, la fuente del parque municipal. Se le recomienda mirar. Porque tenga la certeza que desde aquí lo miran y es más, ahora mismo, con detenimiento, para saber con qué clase de alma se las habrán. Miran sus manos estiradas como de médico fino, su ropa blanca de tintorería, sus pantalones bien ribeteados y su chamarra confeccionada en material comodísimo y ligero para cubrir su aséptico usted. Ven fijamente sus cadenas de oro, sus trajes de imitación de rico, ínfulas de rico, charol de rico, se fijan en el cuero de su portafolio sin decirle diplomático rico, lo miran como a cualquier otro mono sin decirle magnífico señor, diputado o senador. Mire usted al menos eso: porque vaya que a usted lo miran. Mírelos. ¿Se había percatado de su existencia a este nivel de tierra, en este nivel bajo de la raíz? Miran su cara estirada de piel blanca, su reloj marcar las horas con diamantes expoliados del centro del planeta, sus zapatos de cordero hervido, sus mancuernillas lustrosas en esta sala de juzgado a la intemperie. Mire este documento al menos no como una amenaza, que no lo es, ni siquiera como una advertencia, acaso como un mero memorándum sin polendas. Porque aquí se ha estipulado claramente que a usted lo mirarán de arriba a abajo y un buen rato, antes de reclamar su peso absoluto en robos, el almanaque de su ínfima pinta antes de borrarle los ojos con su rayo no salvífico sino iracundo, para luego lavar su rostro malabar, su rastro de los anales sin ponerle un dedo encima, clavar ese rayo en su sitio por primera vez y ya era hora, removerle su nerviosa sonrisa de la cara.

 

 

REPITE CONTIGO MISMO

Repite contigo mismo: a nadie debes. No debes tus huesos desde la calavera hasta las falanges de tus pies. Lo has levantado todo ello desde que fuiste aire comprimido en una célula, pizca de granos que se multiplicaron desde su centro hasta hacerte aparecer. Forjaste el muro de tu cuerpo, lo hiciste y deshiciste a tu antojo, lo cortaste y rallaste como creíste necesario. Es tuyo y no debes a nadie una gota de almíbar por tus ojos de canica de ámbar, no debes nada por tus músculos como trapos ni tus huesos como estacas. Repite contigo mismo: debes nada. Los jirones y las astillas en el cuerpo son enteramente tuyos y hasta la caída del cabello te la has procurado tú, las cicatrices que se ven y más las ocultas, todas, generosamente tuyas. Y que quede claro que mucho menos debes convenios, negociaciones de puras habas, las agujas que fueron los tratos malhechos, las gestiones y digestiones entre cabildos de paja, meros trámites de oficio como bolos alimenticios, hojarasca de seres infames en la rota y pulgosa colcha de la vida. Debes en todo caso tinta y planas de lecturas, paréntesis extendidos para caminar de nuevo con alguien de tu lado y nombraste lo mejor de tu vida, esos gránulos que abandonaste sin saber el porqué. Aún así, pide perdón a quien te escuche ahora en el estrado. Diles que ni con un beso pagarás a los que digan debes algo y sin embargo aquí estás. Así, repite contigo mismo, que aunque nada debes con este trigo les pagas, y aunque te miren de frente, de arriba o hacia abajo, tu cuerpo estará siempre a su costado.

 

 

HUYENDO DE MI CUERPO CON EL TUYO

Sacando letras de la tierra de tu cuerpo, de los manglares, los riscos, las cordilleras iliacas de tu cuerpo, porque huyendo de mi cuerpo con el tuyo, vivo. Y porque lo primero fue el viento, luego tu gesto, luego mi tacto. El verbo sólo puso en nuestros músculos el sentido previamente intuido. Por eso huimos: Tribeca, Macedonia, Finisterre, Capadocia: porque huyendo, mi cuerpo al lado del tuyo, es como cierro la boca y guardo silencio. Tuvimos que huir y lo sabes, ya percudido el sentido, extraído lo sagrado de lo humano en pos de un algoritmo, destrozada la glándula del yo en el subcapitalismo tardío. Huimos porque lo que quedaba era el pathos y nosotros nadando en el lago de esa nada, haciendo de garzas rosadas sin picos, ni cielo ni Celestún. Tú cuerpo fue mi tao y lo supimos, el viento exacto justo en el punto, el tino que puso nuestros músculos en rumbo, porque todo lo demás pendía de un hilo, andaba casi a punto de caer. Pero tuvimos calma. Un paño de calma y pudimos tocarnos. Un lecho de calma y pudimos partir. Ahora es que bebemos saliva en el trayecto, y nos tiramos a sorber el manto de las constelaciones paridas hace millones de años. Cometeremos al fin nuestra fuga del planeta, hasta que crezca de nuevo la hierba desde los cenotes sagrados, atraviese los cigomáticos huecos de nuestro esqueleto.

 

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Antonio Calera-Grobet (México, 1974) Escritor, editor y promotor cultural. Ha sido colaborador de los más importantes diarios y revistas de México. Como editor de Mantarraya Ediciones ha publicado más de 60 títulos, en su mayoría obra primera de autores jóvenes. Como promotor ha dirigido proyectos para espacios independientes e instituciones como el Museo de la Ciudad de México, la Secretaría de Cultura del Distrito Federal, La Casa Del Lago de la UNAM y la Fundación del Centro Histórico, donde fue miembro fundador y director del centro cultural “Casa Vecina”. Es creador del proyecto de difusión cultural “La Chula. Foro Móvil”, una biblioteca rodante para la proliferación de contenidos literarios y artísticos en el territorio nacional, y desde 2005 es propietario de “Hostería La Bota”, un centro cultural-restaurante para el tráfico de ideas desde el Centro Histórico de la Ciudad de México. ha publicado, entre otros, los libros Bardo En Donostia (Poesía, 2000), En La Cúpula De Globe (Novela, 2002), Gula. De Sesos y Lengua (Ensayo, 2008), Carajo (Cuento, 2012), Zopencos (Novela, 2013), Yendo (Poesía, 2014), Sayonara (Poesía, 2015), Sobras Completas (Ensayo, 2015), Rambler (Novela, 2016), y El Paseante (Ensayo, 2016). 

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