Rocío González. Celebración de su vida.

El día miércoles 24 a las siete de la noche nuestra muy querida amiga Rocío González falleció. Gran mujer, de una integridad y valor humano enorme, madre amorosa, profunda poeta que ha dejado poemarios incomparables como Las ocho casas, Pasiones tristes, Azar que danza, Como si fuera la primera vez y Neurología 211, este gran libro que retoma como tema su propia enfermedad. Excelente ensayista y gran académica muy querida por sus estudiantes de la UACM.


Ha dejado a sus amigos, entre los que me cuento,con sentido dolor, a partir de su partida.



Hace dos semanas se realizó un homenaje en la Casa del Poeta, con su querida presencia. De ese homenaje van los tres textos que fueron leídos esa noche.


Eduardo Mosches

 

 

Por Claudia Hdez de Valle Arizpe

 

Conocí a Rocío González en 1991, cuando fuimos becarias de INBA/FONAPAS. Van a ser treinta años de aquellas primeras sesiones de trabajo, de aquellos días de compromiso más serio frente al hecho de escribir poesía. Desde entonces la pasábamos muy bien juntas. Ella tiene esa capacidad de establecer vínculos entrañables con otras personas a través del diálogo abierto y de la complicidad. Rocío conoció a Sofía, mi hija, cuando tenía tres años y yo fui testigo de todo su embarazo. En mi casa fue la celebración por el bautizo de su hijo Ollin.

Recuerdo numerosas fiestas, reuniones, comidas; viajes y estancias en Cuernavaca, en Veracruz y en Oaxaca que fueron y siguen siendo muy especiales. Fuimos en familia a Juchitán hace más de 20 años. En la casa materna de Rocío me vistieron y ajuarearon para una boda: el gran vestido bordado, aretes y collar de oro, el pelo trenzado y con listones. Ya en la fiesta, miramos absortos cómo se abría una jaula de la que salían palomas blancas sobre los novios que bailaban al son de la hermosa música istmeña. Vimos cómo se llenaban las mesas de una barbaridad de cascos de cerveza junto al desfile de totopos y quesillo, camarones, caldos y moles.

Dormimos en hamaca aquellas noches y nos despertaron gallos de madrugada frente al mar bajo las estrellas más brillantes que he visto, el primer día de un nuevo año. Lo que más le gustaba hacer a Rocío desde niña lo hicimos en ese viaje: nadar en un río, en un ojo de agua. Años después me lo ha dicho otra vez: “Quiero hacer lo que más disfruto: nadar en un río, tomar cerveza helada, comer camarones para pelar con el jugo de limones frescos”.

Rocío ha vivido con los ojos bien abiertos y el oído aguzado. Todos los sentidos puestos en vivir, en leer y en escribir, bajo un ritmo que ha marcado su poesía. Una poesía de difícil clasificación, creo que ni confesional ni neobarroca —como algunos críticos subrayan— pero sí centrada en la memoria. Una poesía que necesita volver a la infancia y a la familia para indagar, para preguntar, para reclamar y explicarse algunos miedos, ciertas conductas, muchos enigmas. Su escritura ha transitado por el poema en prosa, por la desconstrucción y, más recientemente, diría yo que por un mestizaje que explora en la que ha sido su mayor fuente de interés: la lengua. El lenguaje como herramienta pero también como fin en sí mismo. El lenguaje en relación con la filosofía y en relación con la alteridad.

Rica en símbolos, en imágenes oníricas, en preguntas ontológicas, su poesía ha encontrado sus disparadores en temas muy diversos. Es el caso del I Ching para su libro Las ocho casas, por el que obtuvo el Premio Nacional de Poesía “Benemérito de América”, el caso ejemplar de la enfermedad en su tan original libro Neurología 211 y el caso, más reciente, del español que se habla en el Istmo mezclado con palabras y expresiones zapotecas y al que busca conferirle, a través de su poesía, una visibilidad distinta.

En materia de ensayo, también ha sido el lenguaje el tema de sus preocupaciones. De ahí que escribiera El lenguaje como resistencia, publicado en 2008, y el libro-antología: Literatura zapoteca: ¿resistencia o entropía?, publicado en 2016 por la UACM, una aportación en materia de análisis y replanteamiento del mestizaje como fuente de comprensión y como entidad creadora.

En una comida reciente en el jardincillo de mi casa me impresionó su gesto elocuentísimo y su palabra plena de convicción y compromiso frente al hecho poético cuando —al hablar sobre éste como un ejercicio, justamente, de resistencia— nos dijo a todos: “La poesía es el mayor de los misterios. ¿Alguien puede, realmente, decir qué es la poesía?”

Rocío González me ha sorprendido muchas veces en la vida. Su belleza que llegó a ser francamente escandalosa, su generosidad para dar y para corresponder, su capacidad de llevar situaciones a un límite, a veces, casi insoportable; su entereza, su sentido común, y esa capacidad que ella tiene de rescatar, cueste lo que cueste, lo que se creía frágil o hasta perdido.

Nadie dice la palabra “corazón”— el vocativo— con la gracia y la contundencia que ella le imprime entre risas, o cuando enfatiza, ironiza, o pone los pies en la tierra del resto de los mortales que nos asombramos con su fortaleza ante las peores adversidades.

Para mí, Rocío González encarna la plena aceptación de sus raíces; una aceptación que la ha llevado a entender a cabalidad quién es y desde dónde escribe.

Las maneras que encontramos Rocío y yo para vivir al máximo nuestra juventud, nuestra forma tan osada, “tan arriesgada” — me ha dicho ella no pocas veces— de dar rienda suelta a lo que nos invadía, es algo que nos ha unido por décadas y que nos mantendrá juntas para siempre. Rocío es una de las personas que comenzó, antes que muchas mujeres en México, a hablar y a escribir sobre sororidad. Cierro leyendo un poema de ella, extraordinario, sobre los asuntos mujeriles que también le han interesado poderosamente:

“Marguerite Duras solía citar un escrito de Jules Michelet en el que registraba, amparada en fuentes fidedignas —supongo—, que durante las cruzadas del medioevo o las guerras feudales, las mujeres se quedaban largos periodos de tiempo solas, al cuidado de sus granjas, y que a falta de interlocutores empezaron a hablar con los árboles, los animales o consigo mismas —tal vez también cantaban o tensaban el viento o adornaban flechas—. Ese acto espontáneo se fue volviendo un hábito, una costumbre a la que nadie se oponía, que ninguna de sus vecinas juzgaba mal, al contrario, muchas se sumaban a dicha práctica; pero cuando los hombres regresaron y encontraron a las mujeres hablándole a los pájaros o a los zorros, se asustaron, el discurso femenino les pareció demencial, intolerable, y de ahí nació la brujería, mejor dicho la acusación de la brujería contra ese lenguaje incomprensible, el de las mujeres. Lo que nos permite entender que, a veces, la diferencia en los discursos es cosa de vida o muerte”.

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