Una delicada fortaleza

El día miércoles 24 a las siete de la noche nuestra muy querida amiga Rocío González falleció. Gran mujer, de una integridad y valor humano enorme, madre amorosa, profunda poeta que ha dejado poemarios incomparables como Las ocho casas, Pasiones tristes, Azar que danza, Como si fuera la primera vez y Neurología 211, este gran libro que retoma como tema su propia enfermedad. Excelente ensayista y gran académica muy querida por sus estudiantes de la UACM.


Ha dejado a sus amigos, entre los que me cuento,con sentido dolor, a partir de su partida.



Hace dos semanas se realizó un homenaje en la Casa del Poeta, con su querida presencia. De ese homenaje van los tres textos que fueron leídos esa noche.


Eduardo Mosches

 

Por Carmen Nozal

 

“A punto de volverme un bloque de hielo,
salgo de mi escondite
sé que he ganado el juego:
¡uno, dos, tres por mí y por todos mis amigos!”

Rocío González

(De: Neurología 211)

 

Lejos estoy de ser de las mejores amigas de la poeta Rocío González. He venido aquí como una de tantas personas que ha tenido la fortuna de conocerla. Por decirlo de alguna manera, solo soy una gota de Rocío. La primera vez que la vi fue hace 27 años, en 1992. Estaba en casa de la poeta Natalia Toledo, sentada frente a una mesa a punto de comerse una tlayuda. Era una noche de verano y recuerdo que llevaba una blusa de colores tropicales y un rebozo de seda que brillaba entre sus brazos morenos. Era impactante. Tenía una belleza exótica y una delicada fortaleza que me abrumaba. De repente, su mirada se cruzó con la mía. No fui capaz de sostenerla. Sus ojos negros estaban llenos de luz. No pude hablar nada con ella pero esa imagen quedó impresa en mi memoria y ahora, al recordarla, escucho en mi mente lo que escribió Rilke: “Sólo a veces, permite en silencio, la apertura / de los cortinajes que ocultaban sus pupilas”.

        El tiempo transcurrió y a la fecha hemos compartido distintos momentos. Un día me la encontré por la calle en la Colonia del Valle. Me habló de un tumor en el cerebro. A partir de ahí, no nos volvimos a separar: pudimos abrirnos el corazón y conversar en muchas ocasiones de lo que nos ha tocado vivir en este mundo. Con el tiempo me convertí en un testigo de su transformación. Las vicisitudes de la vida nos cambian y sirven para sacar de nosotros lo mejor. Rocío para mí se convirtió en un pozo sin fondo: se me ha vuelto inalcanzable. Ha logrado ir más allá del miedo y del dolor. Su alma es tan inmensa que me rebasa. A pesar de las circunstancias, cuando la escucho, invariablemente encuentro una voz estable, de una entereza extraordinaria, de un ánimo inmejorable. Tiene una sabiduría intuitiva y un olfato profundo. Distingue a la perfección lo que hay que pasar por alto y sabe darle vuelta a las cosas. Es generosa, inquisitiva y solidaria. No se anda por las ramas y posee un gran conocimiento de sí misma. Sabe lo que quiere y lo que no quiere. Toma responsabilidad de sus decisiones. Una tarde le hablé sobre medicina alternativa. Me dijo: “Ay, corazón, yo prefiero comer y beber lo que me gusta. Eso de los ayunos no es, precisamente, para mí”- Especialista en el arte de soltar, no se clava con nada. No es ansiosa. Nunca la he visto victimizarse. Se ha vuelto experta en asentir a la vida y a vivirla espléndidamente con todo lo que implica. La he visto reconciliarse con su pasado, mirar lo terrible de frente, llorar para sacar la tristeza y poder reírse a carcajadas. En ningún momento la he visto caída. Más bien la he visto tomar al toro por los cuernos y luego, caminar, pacíficamente, al lado del toro. Tiene la inmensa bendición de no creerse el centro del universo ni la última coca-cola del desierto. Mucho podría seguir diciendo. Pero terminaré con la gran enseñanza que a mí me ha dejado que es la ausencia de queja. Rocío es mi ejemplo de cómo se hace del limón, la limonada. A pesar de lo que ella vive, siempre ha tenido espacio para darle empatía a los demás.

    Recuerdo que tras el terremoto del 8 de septiembre fue la primera en llegar a casa de Natalia, espacio que de un día para otro se convirtió en un centro de acopio. Cuando entré, la vi en acción: organizaba cajas; separaba la ropa, de los víveres; clasificaba medicinas. Con una actitud anti drama, ahí estaba apoyando todos los días y reanimando a cuánta gente llegaba. Luego, sucedió el sismo del 19 de septiembre, nos olvidamos de Juchitán y cada quien corrió a dónde pudo. Yo me pasé un buen tiempo bien frikeada con el tema del temblor. Rocío me sacó a dar la vuelta, me llevó a comer, caminamos por la Roma, pero yo seguía duro y dale contando la historia una y otra vez: que si la grieta, que si la brigada, que si la alerta, que si no dormía, mientras al caminar miraba las macetas de las casas como si todavía nos pudieran caer encima. “Ay, mi reina, como que sí te asustaste”, me dijo ella. “Mira, hermosa, ¿no quieres que entremos a comprarnos algo en Stradivarius? Hay unas blusas divinas.” Fin de la historia. Ni el cáncer, ni el temblor, ni los asuntos familiares de los que tantas veces hablamos, tenían en ella manera de quedarse. Tal como aparecían en la conversación, desaparecían igual que un puñado de falsas ilusiones.

   En estos años que hemos desayunado, comido y cenado, que nos hemos emborrachado, que nos hemos separado y reencontrado, que nos hemos caído gordas, que nos hemos tratado como hermanas, que hemos recorrido la ciudad en manifestaciones, que hemos ido al Zócalo a celebrar, que hemos compartido amigas comunes, que nos hemos contado nuestros secretos familiares, que nos hemos dado tips sobre los hijos, que nos hemos confesado los ires y venires con nuestros galanes, que nos hemos regalado cositas y un buen tiempo para acompañarnos, aunque todo ha sido a través de la poesía, los poemas son ahora lo menos que me importan. Más allá de las palabras y de su extraordinaria obra, me quedo con ella, la persona, la bella amiga que me ha dado la oportunidad y el honor de estar hoy en esta mesa para decirle: “Pinche, Rocío, gracias por seguir aquí”.

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