Desde la hamaca

Desde la hamaca 

(Columna)

Mercedes Alvarado

 

Por Mercedes Alvarado

 

En apenas una semana se conformó un hashtag, se nutrió la lista, se sumaron testimonios y de pronto, pareciera, nadie queda fuera del #metoo. No que no supiéramos que se ejerce el acoso y la agresión en términos cotidianos; todas hemos escuchado -o vivido- alguna historia, pero nunca se habían nombrado todas juntas, todas a voz alzada, todas desafiando el miedo, el pudor y hasta el olvido.

Ojo, que hay que mirar con cuidado. En la masa de denuncias públicas hay quien deja caer acusaciones más bien vagas lo mismo que hay quienes son señalados reiteradamente. Lo que queda claro es que la violencia ha inundado nuestras relaciones interpersonales y que esto debe cambiar.

Lo mismo perjudica el acoso del maestro a la alumna que el de la alumna al maestro. El acto de agresión va de un ser humano a otro. Y hay también casos de mujeres acosando mujeres, de hombres violentando a hombres. Para que el acoso y la agresión existan, debe existir también una situación de abuso de poder sobre el otro ya sea en el ámbito social, económico, laboral o emocional.

Debíamos ser justamente quienes trabajamos con la palabra quienes más conscientes estemos de su poder. Aplaudo la denuncia, siempre, y el poder sanador que tiene el que las víctimas salgan del aislamiento para encontrar solidaridad moral y social. Qué bueno que se alce la voz y que se nombre, qué bueno que nos hagamos responsables de nuestras palabras y todas las consecuencias que conllevan. Hay algo de responsabilidad también en este ejercicio de nombrar: nos toca ser congruentes, analizarnos, reflexionar sobre la forma en que nos estamos relacionando con otros hombres y mujeres.

A propósito del tema, rescato hoy un poema de Rosario Castellanos, escrito a partir de la publicación del estudio Kinsey Report, publicado en dos partes (1948 y 1953) sobre la sexualidad masculina y femenina, por demás controvertido en su tiempo al poner en manifiesto la naturaleza sexual de ambos géneros, un texto en seis partes en el que la chiapaneca retrata, ataca y satiriza los distintos estereotipos de la mujer en función de su estado civil y actividad sexual.

 

Kinsey Report

Rosario Castellanos

1

—¿Si soy casada? Sí. Esto quiere decir
que se levantó un acta en alguna oficina
y se volvió amarilla con el tiempo
y que hubo ceremonia en una iglesia
con padrinos y todo. Y el banquete
y la semana entera en Acapulco.

No, ya no puedo usar mi vestido de boda.
He subido de peso con los hijos,
con las preocupaciones. Ya ve usted, no faltan.

Con frecuencia, que puedo predecir,
mi marido hace uso de sus derechos o,
como él gusta llamarlo, paga el débito
conyugal. Y me da la espalda. Y ronca.
Yo me resisto siempre. Por decoro.
Pero, siempre también, cedo. Por obediencia.

No, no me gusta nada.
De cualquier modo no debería de gustarme
porque yo soy decente ¡y él es tan material!

Además, me preocupa otro embarazo.
Y esos jadeos fuertes y el chirrido
de los resortes de la cama pueden
despertar a los niños que no duermen después
hasta la madrugada.

 


2


Soltera, sí. Pero no virgen. Tuve
un primo a los trece años.

Él de catorce y no sabíamos nada.
Me asusté mucho. Fui con un doctor
que me dio algo y no hubo consecuencias.

Ahora soy mecanógrafa y algunas veces salgo
a pasear con amigos.
Al cine y a cenar. Y terminamos
la noche en un motel. Mi mamá no se entera.

Al principio me daba vergüenza, me humillaba
que los hombres me vieran de ese modo
después. Que me negaran
el derecho a negarme cuando no tenía ganas
porque me habían fichado como puta.

Y ni siquiera cobro. Y ni siquiera
puedo tener caprichos en la cama.
Son todos unos tales. ¿Qué que por qué lo hago?
Porque me siento sola. O me fastidio.

Porque ¿no lo ve usted? estoy envejeciendo.
Ya perdí la esperanza de casarme
y prefiero una que otra cicatriz
a tener la memoria como un cofre vacío.

 

3


Divorciada. Porque era tan mula como todos.
Conozco a muchos más. Por eso es que comparo.

De cuando en cuando echo una cana al aire
para no convertirme en una histérica.

Pero tengo que dar el buen ejemplo
a mis hijas. No quiero que su suerte
se parezca a la mía.

 

4


Tengo ofrecida a Dios esta abstinencia,
¡por caridad, no entremos en detalles!

A veces sueño. A veces despierto derramándome
y me cuesta un trabajo decirle al confesor
que, otra vez, he caído porque la carne es flaca.

Ya dejé de ir al cine. La oscuridad ayuda
y la aglomeración en los elevadores.

Creyeron que me iba a volver loca
pero me estaba atendiendo un médico. Masajes.

Y me siento mejor.

 

5


A los indispensables (como ellos se creen)
los puede usted echar a la basura,
como hicimos nosotras.

Mi amiga y yo nos entendemos bien.
Y la que manda es tierna, como compensación;
así como también la que obedece
es coqueta y se toma sus revanchas.

Vamos a muchas fiestas, viajamos a menudo
y en el hotel pedimos
un solo cuarto y una sola cama.

Se burlan de nosotras pero también nosotras
nos burlarnos de ellos y quedamos a mano.

Cuando nos aburramos de estar solas
alguna de las dos irá a agenciarse un hijo.

¡No, no de esa manera! En el laboratorio
de la inseminación artificial.

 

6

Señorita. Sí, insisto. Señorita.

Soy joven. Dicen que no fea. Carácter
llevadero. Y un día
vendrá el Príncipe Azul, porque se lo he rogado
como un milagro a San Antonio. Entonces
vamos a ser felices. Enamorados siempre.

¡Qué importa la pobreza! Y si es borracho
lo quitaré del vicio. Si es mujeriego
yo voy a mantenerme siempre tan atractiva,
tan atenta a sus gustos, tan buena ama de casa,
tan prolífica madre
y tan extraordinaria cocinera,
que se volverá fiel como premio a mis méritos,
entre los que el mayor es la paciencia.

Lo mismo que mis padres y los de mi marido
celebraremos nuestras bodas de oro
con gran misa solemne.

No, no he tenido novio. No, ninguno
todavía. Mañana.

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