Tres Sorbos de Café

 

Para leer en voz alta

Cesar Gonzalez Chico

César "Chico" Gonzalez

 

Primer Sorbo

… —yo sólo canto en la regadera…

… —yo toco nada más el timbre, y desafino…

… dos lugares comunes para auto proclamarse un inepto musical… lo he escuchado miles de veces a lo largo de los años y siempre me ha parecido una estupidez; no sólo por ser un lugar común, sino porque declararse un inepto musical es, por un lado, declararse menos humano que el resto de los humanos y por otro, es tener en muy poco a la música… y aunque lo primero puede resultar posible –hay humanos menos humanos que el resto-, tener en poco a la música me parece inaceptable…

… una de las cosas más sorprendentes de la música, es que aquello que la gente más admira es la habilidad de alguien para pulsar con destreza un instrumento… eso tiene su mérito desde luego pero no es en sí, la música… en lo profundo, lo que admiramos de un músico talentoso es su mente y su alma, porque es ahí donde la música nace… y esa música recién nacida se traduce a través de los distintos artilugios que hemos inventado para ello… ingeniosos sin duda, pero sólo trozos de madera, piel y metal que no sirven para otra cosa que para traducir algo tan abstracto como una idea musical… pero la música sigue sin existir verdaderamente, incluso luego de pulsar un instrumento… para que la música sea hace falta todo un proceso que, si se le mira bien, parece tener una fuerte dosis de magia y de misterio… una cuerda vibra y contagia el aire a su alrededor que comienza a vibrar en esa misma frecuencia; la vibración viaja como una serpiente hasta introducirse en un oído humano… se activa entonces un complejo mecanismo de relojería que hace que esa vibración se traduzca en eso que llamamos música… la música no existe en ningún otro sitio que no sean nuestras mentes y nuestras almas… y si un músico logra que eso que creó reverbere en su alma o en el alma de alguien más, independientemente de si lo hace en una sala de conciertos o en la regadera de su baño, la música será punto de comunión, factor de cambio, fuerza transformadora, signo de lo humano, refugio y bandera, lágrima y consuelo, risa, festejo y baile… las voces de nuestras mentes y nuestras almas, cantando  juntas...

… ¿quién, digno de llamarse humano, puede no querer unirse al coro?...

   

Segundo Sorbo

… — ¿Mark?...

… era una voz que venía de lejos pero se acercaba, entre esperanzada y lastimera… por supuesto no sospechaba que se dirigiera a mí, pero se escuchaba cada vez más cercana, más insistente…

… — ¿Mark?...  

… hacía un par de días que había llegado a San Luis y era hora de seguir viaje a Chicago…

… a San Luis lo cruza por la mitad el río Misisipi y había un barco que remontaba el río hasta Davenport… era apenas la mitad del camino hasta Chicago, se hacía el doble de tiempo y era mucho más caro, pero en la disyuntiva de viajar en autobús o viajar en barco por el Misisipi por supuesto me embarqué al grito de:

“— Llamadme Ismael”…

… — ¿Mark?, me llamaba ella…

… estaba recargado en la barandilla de la cubierta mirando el río cuando se hizo evidente que era a mí a quien llamaba… me di vuelta y vi una viejita acercarse a una velocidad inimaginable para alguien de esa edad, con los brazos abiertos, lágrimas en los ojos y repitiendo Mark, Mark… me abrazó con fuerza y lloró en mi pecho mientras decía cosas en inglés que no alcancé a entender… yo estaba tan sorprendido que sólo atiné a abrazarla también hasta que dejó de llorar…  luego me hizo un cariño en la cara y se me quedó mirando largo rato, muy de cerca… se ruborizó al caer en cuenta que se había equivocado de persona, pero para justificarse, sacó de su bolsa una foto pequeñita y arrugada y me la mostró… el maldito Mark parecía mi hermano gemelo… incluso me pregunté si en una de esas fatalidades del destino que le gustaban tanto a Dickens, no sería ella mi verdadera madre y yo el famoso Mark…

… volvió a guardar la foto, se disculpó y parecía a punto de marcharse cuando me preguntó si aceptaría una invitación a comer…

… se llamaba Nancy, era de Kentucky, tenía poco más de 70 años, era viuda y estaba de vacaciones… venía con una turba de viejitas bastante rijosas,  que se pasaban la foto de Mark de mano en mano y hacían cara de asombro con nuestro parecido…

… Mark, su hijo, se había marchado hacía muchos años a Europa y no lo había vuelto a ver… de vez en cuando le llamaba o le mandaba un telegrama, pero en esos días tenía al menos tres años de no saber de él… … la foto correspondía a un tipo veinte años mayor, fotografiado a los veintiuno que tenía yo en ese momento…

… comimos, bebimos, nos reímos mucho y me cantó viejas canciones de  Kentucky; las viejitas cantaron a coro los “Greatest Hits Golden Oldies” y luego unas rancheras… ya más en paz le platiqué de mi viaje, de lo largo que iba a ser, de mi intención de llegar a Chicago, de estar ahí algún tiempo para luego cruzar a Canadá y de mis ganas de no volver… me regañó y me dijo que regresara pronto a casa y que no tuviera preocupada a mi mamá… me tomaba del brazo para pasear en la cubierta y me llamaba Mark todo el tiempo…

 … al fin llegamos a Davenport y hubo que despedirse…

… — i love you Mark, me dijo entre lágrimas… Nancy me abrazó, me besó, me estrujó los cachetes y una de sus viejitas compañeras nos tomó una foto abrazados en el muelle de Davenport… se subió llorando a un autobús que la esperaba, y desde la ventanilla me hizo señas de que le escribiera o de que me escribiría…

… cuando volví a México muchos meses después, había cuatro cartas de Nancy esperándome… mandaba fotos de su rancho en Kentucky, de ella con su perro, de ella con su caballo, de ella junto al lago… yo le escribí también algunas veces pero luego Nancy, la viejita de Kentucky, se perdió en la neblina de los años y del tiempo para volverse un recuerdo difuso…  

… muchos años después llegó a mi buzón un sobre… no tenía remitente y sólo contenía dos fotografías… en una de ellas, la que parecía más reciente, reconocí a una Nancy muy anciana abrazando a un señor de pelo entrecano que me resultaba extrañamente familiar; ambos muy sonrientes frente a la torre Eiffel… al reverso decía: “yes, he is Mark”…

… en la otra foto, arrugada y gastada, con un letrero al fondo que decía “Welcome to Davenport”, aparecía Nancy diez años más joven, abrazando a un muchacho de veinte años a quien me costó trabajo reconocer… al reverso decía: “he is Mark too, thks…    

     

Tercer Sorbo

... como a casi toda mi generación la escuela intentó vacunarme fundamentalmente contra tres cosas: el deporte, la lectura y la música… en el caso de la lectura estuvieron a punto de lograrlo hasta que llegaron en mi ayuda un tal Ismael, el arponero Queequeg, Athos, Porthos, Aramis y el Corsario Negro… en el caso del deporte, aunque fui un entusiasta jugador callejero de muy diversas disciplinas, incluido el cricket, el jai alai, la lucha libre, las carreras de avalancha, el water polo y el hokey sobre hielo, creo que lograron su cometido…

… juego dominó con bastante soltura…

… con la música no lo tenían tan sencillo… en mi casa había un piano, cinco guitarras, una batería, congas, maracas, claves, alguna vez un tololoche, muchos discos y mucha gente que hacía uso de ellos… todo el mundo tocaba, todo el mundo cantaba, así que por ese lado estaba a salvo… o eso creí…

… el sistema parecía no querer ser vulnerado así que mandó a su mejor hombre… un músico tan frustrado, tan amargo, tan temible que no me explico cómo sobrevivimos… su nombre debe yacer en algún rincón oscuro de mi subconsciente aunque no su imagen… era un tipo enorme hacia todos lados, con el cabello escaso y grasiento… con unas uñas largas y sucias que hacían tictictictic cuando ponía los dedos sobre el piano… …usaba un traje arrugado como si hubiera dormido con él puesto varias noches seguidas y tenía una voz rasposa y desagradable… todos le teníamos un miedo atroz porque era fácil desatar su ira, sobre todo si tocabas mal alguna nota en las infaustas flautitas que todos recordamos… entonces gritaba, aporreaba el piano, y te hacía sentir un gusano indigno de ser aplastado por su mugriento zapato…

…no aprendíamos mucha música, pero aprendimos a sobrevivir al miedo todos los viernes de una a dos de la tarde…

… sobre todo los viernes, yo tenía que quedarme en la escuela hasta mucho después de la salida de todos los alumnos -privilegios de ser el hijo del director-, así que vagaba por los pasillos de una escuela enorme y desierta… entraba en los salones, me robaba los gises y los útiles olvidados, rayaba los pizarrones… en fin, todo lo que puede hacer un niño de secundaria con mucho tiempo libre…

… una de esas tardes pasando frente al salón de música escuché a alguien tocando el piano… supe muchos años después que tocaba la Elegía en Mi bemol Menor de Rachmaninov… la tocaba con maestría pero con furia, con rencor y también con una inmensa tristeza… al piano mi temible maestro tocaba y sollozaba, como si en la partitura estuvieran escritas notas y sollozos… en pocos minutos aprendí que los monstruos también sollozan cuando creen que nadie los ve, aprendí acerca de la tristeza y de la lástima y que siempre debes llevar contigo un pañuelo para secarle las lágrimas a los cíclopes… 

 

El Poso de Café

... tarde gris para disfrutar lo que reconstruiste en la mañana, sobre las negras ruinas de la noche…

 

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