Dossier: Saúl Ibargoyen (IV)

 

La revista realiza este pequeño reconocimiento a Saúl Ibargoyen, mas allá de su reconocida valía creativa, como poeta, narrador, ensayista y crítico social, Asimismo, pues fue un colaborador constante con nuestra publicación, nos acompañó como traductor de poemas del portugués, la entrega de poemas de su propia creación, a lo largo de estos 30 años y la colaboración de enlace con escritores de diferentes partes de nuestro continente.., Fue y es parte activa de la difusión literaria de Blanco Móvil .

Eduardo Mosches

EL ESCRIBA QUE NUNCA SUPO MORIR

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DE DÓNDE SOS SAÚL

El poeta y maestro chiapaneco Roberto López Moreno escribió al conocer el deceso de su colega: “Ayer miércoles 09 de enero de 2019, falleció en la Ciudad de México el poeta Uruguayo-Mexicano Saúl Ibargoyen, luchador por las causas justas en América y en el mundo.”

 

TANGO PARA SAÚL IBARGOYEN

Domador de distancias
tu paso ha caminado
por la tierra del hombre,
que se ha vuelto tu paso.

¿En dónde está tu casa?
Estará siempre al lado
del camino que traza
compañero y hermano.

De donde sos Saúl
de todas partes
en donde posen el pie 
los caminantes.

De donde es esa luz,
la que compartes
entre tus versos 
de cerebro y corazón.

Poeta generoso
de poemas alados,
luna y sol del camino,
norte y sur decantados.

Hoy quiero saludarte
con las riendas de un tango.
Ibargoyen, hermano
que renace entre cantos.

De dónde sos Saúl
de todas partes
en donde posen el pie
los caminantes.

De donde es esa luz
la que compartes,
entre tus versos
de cerebro y corazón.

Bandoneón de bacanes,
de garufas de otarios
que se espiantan fayutos 
porque vos sos el tango.

 

R.L.M.
México. América.
09 de enero de 2019.

 

 

MI ÚLTIMO ABRAZO A SAÚL

Francesca Gargallo

enero, 2019

Su hija Itzel me escribió el lunes por la mañana algo así como “o vienes a despedirte del poeta o ya nunca más podrás hacerlo” y yo me lancé a la casa donde Saúl Ibargoyen vivió los últimos 20 años de su vida con el último gran amor de su vida, Mariluz Suárez.

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Recibí el mensaje mientras estaba en Ciudad Nezahualcoyotl, leyendo una tesis de un joven amigo; es probable que aprendí de Saúl a estar siempre dispuesta a a leer a los más jóvenes, a escucharlos, a reconocer su fundamental importancia para la literatura. De ahí me lancé a Coyoacán cambiando tres metros y una pesera porque de Saúl yo recibí afecto a lo largo de casi cuatro décadas, así como enseñanzas y mi inserción en el mundo literario mexicano. Fue el primero que me publicó un artículo y que insistió en que siguiera escribiendo literariamente a pesar de estar estudiando una maestría y trabajando.

Saúl ha sido mi amigo por 38 años, a veces tan cercano que, según algunos de nuestros amigos de Plural, fuimos pareja, por ahí de 1981-1982, en otras ocasiones más distanciados, pero nunca distantes, nunca sin interés uno por el otro, cuidando nuestras letras y nuestras emociones. Recuerdo muchos momentos de la vida de Saúl que no fueron sólo literarios, la operación de trasplante de hígado de su hija Itzel a los 18 años, por ejemplo, cuando caminaba de un punto a otro de un cuarto y me hablaba de ella como “una mujer fuerte” para no llamarla niña o hija u otras palabras que la disminuyeran. Le aterraba que viviera una vida rodeada de medicinas, estaba luego muy orgulloso de cómo asumió su salud. Supongo que una de las últimas alegrías de su vida ha sido saber que estaba embarazada.

Recuerdo igualmente otros momentos fundamentales en su vida: su decisión, primero, de volver a Uruguay al final de la dictadura y, luego de ocho años, de retornar a México, su país de elección y amor a la vida. Era un hombre dual, un pisciano, un poeta comunista, un latinoamericano con heterónimo árabe, un amante de la literatura al que le devoraba seguir escribiendo, un narrador que elevó los lenguajes fronterizos a la novela. Era un ser dual, quizás en eso residía también su pasión por México: muchas veces revisamos literatura acerca de que en estas altas tierras del Anáhuac, las divinidades eran mujer y hombre, vitales y mortíferas, diurnas y oscuras y se regían por la regla de que todo es dos y sólo se piensa si se dialoga.

Nunca fue mi maestro, debo ser una de las pocas amigas suyas que nunca fue su alumna, pero fue un guía y uno de los primeros hombres de mi vida que no me trató con displicencia o con la arrogancia masculina del escritor ya famoso hacia una joven que inicia. Lo he visto en muy pocos hombres, quizá sólo en Eduardo Mosches con mi hija, a la que quiere porque la conoce desde que la tomó en brazos, pero que respeta como joven narradora.

Compartimos los momentos de trabajo y entusiasmo por las revoluciones centroamericanas, nunca entendió la radicalización de mis posturas feministas, en particular mi opción por la autonomía, temía que perdiera la sensualidad de la vida y el trato con el mundo. Por el contrario, fue de las personas que entendió con más sensibilidad mi crisis de producción literaria, en los años en que trabajé en la UACM y  los inmediatamente sucesivos. Creo que fue la única época en que sintió pena por mí. Se compadecía de mi crisis creativa, pero no me dejó sola. Nos vimos algunas veces en un café de Coyoacán y me dijo en una ocasión que lo que más deseaba era que le dijera que había vuelto a escribir. Me faltó tiempo para contárselo.

En fin, un pilar en mi vida, el querido Saúl Ibargoyen que nos dejó el 10 de enero en una Ciudad de México más caótica que de costumbre por la falta de gasolina. José Angel Leyva había decidido hacer un programa de radio en la Secretaría de Cultura de la ciudad dedicado a su producción  poética y yo llevaba en el morral algo así como 15 libros suyos (apenas una probadita de su inmensa producción) cuando el tráfico provocado por la crisis de abasto de combustible en la lucha contra el Huachicoleo me impidió llegar a San Ángel desde la Santa María la Ribera. Chin, el Metrobus mismo, a pesar de su carril especial, no se movía.

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Saúl seguramente fue un pilar en la vida de muchas otras personas, tuvo una constante actividad de tallerista, redactor, poeta, conferencista. A lo largo de cuarenta años me he encontrado con alumnas suyas, mujeres y hombres como Juan Carlos Castrillón, que me han revelado que gracias a él nunca cayeron en una poesía sin más sentido que el orden y la asonancia de las palabras.  Igualmente conocí a alumnas suyas que pudieron concienciarse sobre su cursilería gracias a que Saúl ejerció con ellas una ironía falta de agresividad, casi amorosa.

En menos de dos meses, perdí a dos grandes amigos de vida y de letras, mi amada Aralia López, maestra feminista, poeta casi minimalista, y a Saúl, a quien llamaron con cierta sarcástica mala leche “la coneja de la poesía uruguaya” (él se reía mucho del apodo, que en el fondo le gustaba) por su enorme producción. Vivir es también un constante aprendizaje de desprendimiento.

 

¿DÓNDE CABE LA LUZ?

Angélica Santa Olaya

13 de enero, 2019

Hace dos años, el director del taller Juntaversos, Juan Carlos Castrillón, organizó una lectura en un café, de Miguel Ángel de Quevedo, para festejar al maestro Ibargoyen. La esposa de Saúl, Mariluz Suárez, me habló por teléfono y me dijo: “Por favor atenta en la esquina con tu maestro porque va caminando con un maletón lleno de libros. No quiso que yo lo acompañara. La maleta pesa mucho.”  En esos momentos su salud estaba, ya, muy deteriorada, pero se negaba a detener el paso. Le costaba mucho trabajo caminar. Y sí, llegó al evento con una maleta llena de libros para todos. Él, que debía ser el obsequiado, nos obsequió a nosotros. Dar lo hacía feliz. Quienes tuvimos el privilegio de gozar de su amistad y sus preceptos conocemos la cabalidad de su paso y la profundidad de su sentimiento y pensamiento; cualidades que imprimieron a su obra la universalidad y la trascendencia de las cosas que no mueren.

El 9 de diciembre del 2018 tuve la fortuna de ir a visitarlo y encontrarlo despierto y dispuesto luego de aciagos días de enfermedad. Platicamos de literatura, de poesía, de política y del homenaje que le estábamos preparando para enero. Le gustaba conversar de política, de poesía, de futbol y de las cosas simples que habitan la cotidianidad. Hablamos del momento coyuntural que vive México.  Su voz creció, a pesar de su frágil salud, para ensartar mi atención en la aguja con que tramaba, magistralmente, el delicado hilo de la reflexión. Gran conversador de sencillas palabras y hondos temas nos advertía en cada encuentro que el camino no tiene más reserva que la necedad del arrojo y que lo esencial es intangible y está libre de encierros y certezas.

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Estaba muy emocionado por su próximo homenaje y le pidió a Mariluz ir en su representación pidiendo al enfermero que fuera a cuidarlo. Ese día lo disfruté, lo abracé, lo besé –con el permiso de Mariluz- sin saber que sería la última vez, le dije cuánto lo quería y él me entregó un ejemplar de una publicación de haikus de Mishiko Hado y una bolsa llena de libros suyos para regalar el día del homenaje a los asistentes. Al final me mostró uno de sus últimos libros publicado en Francia, bilingüe. Estaba muy contento por esa publicación. Más tarde, Mariluz me llamó para decirme que el poeta se había quedado muy contento y que mandaba decir que se cuidaría mucho para poder estar en el homenaje “Presunta Semilla” aunque fuera en silla de ruedas. Me emocioné mucho sin intuir su veloz partida.

Por todo esto, hoy, luego de caminar con un pequeño sobre en la mano, conteniendo un poquito de sus cenizas para colocarlas en algún lugar de Coyoacán -tal como él lo dispuso haciéndonos partícipes a sus alumnos y amigos de sus últimos momentos materiales en la tierra- no sabía dónde ponerlas. Entre titubeos encontré a Marielle. Le informé que había llegado tarde a la repartición de sobrecitos. Su gesto entristeció, así que abrí mi sobre, corté un pedacito del mismo papel y vacié, ahí, la mitad de las cenizas con la seguridad de que Saúl nos miraba y sonreía.  Caminé algunos minutos sin saber a dónde dirigirme y ningún lugar me parecía digno ni adecuado. ¿Qué lugar es el mejor sitio para la Luz? ¿Dónde cabe la Luz? ¿Cómo separarse de la Luz? ¿Cómo abandonarla? Y de pronto recordé que él no era de ningún sitio y así nos lo hizo saber hasta el último momento dejándonos elegir, a cada uno, donde ponerlo. Diciéndonos, por última vez, que lo que decidiéramos estaba bien. En su última encomienda estaba la libertad que tanto buscó por sobre todas las cosas. Comprendí que, en realidad, mi indecisión era un pretexto para no dejarlo ir. Él fue de todos los lugares, de todos los pasos, de todas las huellas, de todos los aires y aguas del mundo. Él fluyó y nos estaba dejando fluir libremente aún de su mano, pero pidiéndonos, también, la Libertad. Una mata de arbustos verde limón me llamo con su viveza y ahí lo deposité para que fuera, nuevamente, en esas raíces y renaciera como una hoja tierna y luminosa otra vez. Para que continuara su vocación de semilla en una sencilla joya que embellezca el mundo con su transitoria y, a la vez, perenne existencia. Rocié con su amorosa partícula la tierra de todos los otros por los que él siempre habló levantando la pluma y dije: “Gracias, hasta pronto”.

Quede el terco memorial de su obra como ese vuelo que, en compañía de la alada presunción de la semilla, parece cantarnos su epitafio desde donde ahora se encuentra soñando la muerte:

Viajero lector no busques aquí las palabras:

siempre estuvieron en otro lugar…

¿O es que pensamos enseñarle al sol cómo se hace un hilo de sombra?

 

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CON AMOR Y AGRADECIMIENTO

Hasta el reencuentro

 

 

 

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