10 Poemas de José Kozer (parte 2)

 

JKFOTO EDUARDO MONTES BRADLEY 1

 

MONJE ENTRE ARCÁNGELES

Para Adolfo Castañón

                                  

Al bajar la cabeza, vio sus pies juntos con las medias

      de pura lana

 

blanca. Qué

 

reverencia sus pies sobre el suelo de madera en que

      imagina rebulle la

      carcoma, imagina

 

el tercer

aviso de la campanilla que convoca la hora nona:

      sus pies

 

abrirán

 

un leve arco como si hubiera un pórtico y darán

 

tres

 

pasos cortos al enfundarse en las viejas pantuflas

      de tela: alzará

 

la cabeza

 

y al ver la portezuela lateral de salida sentirá una

      leve animación de

      cuerdas y manecillas,

      pronto

 

saludará

 

a los monjes nimbados de cansancio al trasluz de

      una ventana: y tendrá

      que alejar

 

a toda prisa

 

aquel revuelo de hoces y espadas flamígeras que    

      lo incitan a plantarse con

      las piernas abiertas en

      arco y la mano flamígera

      en la empuñadura

 

de una espada.

 

 

UN PAN INMORTAL

 

La dueña

 

de la noria besó la mula en los belfos, dejó correr

      el agua, la harina de cernir

 

su óvalo. No hubo

 

pan en toda la mañana y se quedó a la mesa besando

      la inasible forma de

      un pan, tres

 

formas

 

inasibles, una imperecedera dimensión la mesa.

      Qué la asustó de pronto

      que se puso

 

a declamar

 

en medio del campo como si hubiera un silencio de

      flores (brotar) de la

      cebada o la harina

 

y el agua

 

se empaparan en la cocción quebradiza de un pan

      viejo: un pan,

      incomestible.

      Ese pan

 

de hoz

 

que siega en la interminable dimensión siempre

      encima; debajo, un

      patíbulo de cristal:

      Dios, quién es la

      mujer que huele a

      lilas en la plenitud

      de abril

 

y tiene

 

unos labios sedientos de besar el belfo de las mulas.

      Sólo ella conoce el

      misterio de comer

      la aromática brizna

      de las yerbas,

      reconoce

 

en el cuévano

 

la forma nutritiva del vino la forma nutricia de la

      espiga en la canasta:

      tan sólo ella reconoce

      por su amor a los

      belfos la forma

 

quieta

 

de la noria en su esfuerzo, la mansedumbre de un

      lomo: y su boca se

      colma en un pan

      convexo, humedecido

      por el relente que del

      sol a la sombra que

      del sol a la sombra

      bajo los árboles

 

masca.

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