Epístolas Mayores o el Libro de la Oscuridad (2015)

(Fragmentos)

 

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Eneas:

 

Hoy ha pasado el viento derrumbando trenes y viejas estaciones donde el niño que fuiste agoniza, hoy ha venido el viento y la nostalgia de tu hermana ha coloreado el sol y lo ha pintado triste, como una fiera compañía de sueños, como un tigrillo a punto de morirse calcinado. Cómo pesa el abismo de revisar las fotos que dejaste, da miedo otear el rostro acompañado del espejo, asomarse a la ventana y ver que el día existe, que existen las nubes, que los colores de la tierra y que tus ojos no volverán a ver mi rostro.

 

Me subo al tren del abandono y un hombre, carcelero de mi cuerpo, me despierta: hay que enterrarte, Eneas, hay que dar pasto de nostalgia y rabia de belleza a muchas flores. Hay que tomarte de la mano, hay que enseñarte el río de los nombres, las aves que ya no viste, el cielo y el sostenido astro,

 

el corazón que no sentiste de esta tierra.

 

27/12/2012







Eneas:

 

No debería de ser, pero a veces, también, los hijos son enterrados por los padres. Algo como demencia les abotona la espalda y los vuelve curvos y enfermos, piedras o anclas de un barco que se naufraga así mismo ahorcado sobre la calma o la tempestad.

 

La tristeza del tigre se vuelve arcilla del campo. Y las ciudades florecen porque las flores alcanzan pronto la edad del muerto y no debería de ser, pero a veces, también, alguna fauna previene aquella oscura tormenta: salen de su letargo orquídeas, fantasmas, anémonas impresionantes, débiles girasoles que han calcinado el sol entre sus hojas.

 

Pero lo triste, Eneas,  es la velocidad de la alondra, su manera de augurio en la ventana,

el grito, casi humano, a unos instantes, de chocar

y corromperlo todo.

 

29/12/2012






Eneas:

 

En tus pulmones crecen flores y ángeles terrenales bailan contigo la canción de los niños ciegos. Algunos de ellos padecen de algo que en mi mundo, Eneas, no tendría cura. El cáncer les otorgó el imperio de la noche para olvidar la luz de la química blanca; y el sueño, la flor amarga de los laboratorios, la pestilente forma de la palabra farmacia.

 

En este prado de lluvia reinas sobre la fauna. Vuelas desnudo y dulce como un tigre que caza y finge su muerte para otra resurrección, para otro camino abierto sobre noviembre y cinco treinta.

 

Te dieron el corazón más grande, Eneas, para espantar a la muerte,

para dormir con ella, para soñar un mundo quemado por las flores.




2/6/ 2013





Alejandra:

 

Platicas con tu hermano difunto y dejas abierto el día para que llueva. Tus ojos ven lo que nosotros no vemos:

un tigre hermoso que dora contigo la tarde y te hace de ángel

para las bestias del mundo, para los crueles remolinos del tiempo, para las cosas sencillas y desgraciadas.

 

Tus labios oyen

lo que ese tigre contesta.

 

Lo que se gruñe del otro lado del río, lo que la fronda y las mariposas ocultan a las orejas de los mortales, a las cinturas calizas de los barrancos, a los ojos cerrados y oscuros del que no mira nada.

 

Tu risa es, para el tigre, una pradera enorme.

Un invisible manto donde se duerme y te acompaña.

Donde te sigue por los caminos, donde te sirve de ángel – ya lo sabes –

para las bestias del mundo.

 

13/ 9/ 2013






Alejandra:

 

¿Cuando se muere un tigre...otra vez vuelve a ser tigre?










Del libro Oscura Prosa de Vulgar Latín ( 2017)

(Fragmentos)


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  Ebrietas, ebrietatis

 

Con un hijo entregado al alcohol, uno dispone del mundo como un príncipe y una baldosa de tierra es arrojada a la infancia del huracán más bello. Tres hijos me dieron los astros para curar mi alma, para mirarme entrar con ellos en la eternidad. A mi mujer la embellece la lluvia y en mis pulmones entran las estrellas de su cabello.

                             Pero lo mío es el vino, la ebriedad del instante que hace del mundo un carruaje en el que el Diablo espanta los atardeceres; por eso el día transcurre de noche y gira despacio en el engrane del tiempo.

                             Mi corazón dicen que es ternura, pero mis manos han derrotado más ocres y furias, más garamantas y tristezas. La oscuridad del nimbo, la templanza del mar o la sanación del enebro, fueron parte de mi dominio.

                             Cuando del mundo me vaya, mi eternidad será una sola.

         Con un hijo entregado al alcohol, uno dispone del mundo como un príncipe.








        Amantes, amentes

 

Todas las nubes de este domingo no bastan para llenar el cielo que embellece tus ojos. Ni la oscuridad del cirro alcanza para dejar en claro la lluvia que atraviesa tu cuerpo cuando eres mía sin saberlo.

                   No desnudes tus piernas si no es para calcinar tu alma; así de simple,

como lo haces cuando ríes y entran en ti la esencia de los dioses y el fuego de los aparecidos.

                   Deja volar a mi corazón, si es verdad que mi corazón  no necesita de alas para tenerte, para alumbrar tu cuerpo de noche quemada y traerte oscura de los naufragios, colorida con el silencio de los muertos. Deja que mis estrellas se apaguen. Que mis deseos se pierdan ante ciudades que se derrumban.                                             

                  Como esas flores que se resisten a  los ocasos, como esas noches que se revientan con las tormentas









Vieja Forma de Adivinación por Aire



I

 

Como una manera de embrujo, las nubes toman por tierra las montañas de la ciudad. Para viajar en silencio, igual que estrellas recién paridas, hacen las veces de niebla o de arrecifes del cielo. La posada silvestre donde la lluvia causa una tempestad, le sirve de casa para el invierno.

       Mía sabe leer las nubes.

                                   Les pone nombres de piedras o de saetas y construye en su vuelo un remolino de adivinación: alguna vez leerá en ellas mi muerte, mi crisantemo amoroso, mi palabra de hierba. Pero su corazón estará cerca de mí, atado al paso de las estrellas, como una nube que toma por tierra el alma de un condenado.





II

 

La fuerza es contener mi corazón, ser una sola con la paciencia y el olvido, saber que el amor es un cometa dando vueltas en el huracán más bello de la noche. Saber que el amor es un cometa que lo destruye todo. Mi padre me dijo que tendría hambre, y una sed oscura que solo tienen las amapolas en el invierno.

                                                            Tengo catorce,

y el amor en mí florece como una lava que avanza y lo quema todo. Para bordar en mi cuerpo, fue necesaria la tarde y la tempestad, la garra de un león que sembró en mi boca las dracenas y los presagios.

                                               Mi voluntad es la adivinación. Mi palabra derrumba mundos y apaga estrellas. Mi corazón es un cometa, ya lo saben, que barre el tiempo de la noche.





VI

 

El fémur de un ave como amuleto precisa el don de la conquista. No hay flor que huya a la esencia de la estocada del macho, al arrebato sobre la cama que suelen traer los perfumes raros, las sonatas soberbias, la yerba entre las flores de un río.

                                                     Quien porta un fémur de buitre, de un águila real o algún ave mayor como si fuera un fénix, tiene ganado el cielo de las mujeres:  

         Se abren como las noches después de la tormenta, se brindan en la espesura de un parque, bajo el amparo de la cocina, o en el armario del marido.

 

Toda hembra tiene marcado el canto del velero de un buitre, del hueso que porta el licor del amor, la finura y la tempestad que embelesa el cabello y los ojos y los tobillos y los dedos meñiques y las sienes y la crin y el terciopelo de las hembras.

                       

                        El fémur de un ave, sin embargo, también acusa la muerte.

Arrastra al hombre por las veredas del alma con la tristeza del bosque y el alcohol de las ciudades.

       Se dice que un ave, transformada en ángel, fundó el auspicio de los barrancos, las nubes altas, las tempestades.

                  Y encadenó las almas de los hombres  a la melancolía de los años.













 

Gustavo Alatorre (Ciudad de México, 1979). Poeta, ensayista, estudiante de Doctorado en Letras por la UNAM y profesor de Lengua y Literatura. Tiene publicado los libros de poesía Guardar el infierno (Fridaura, 2009), Nueve nocturnos para que duerma Lesbia (Fá Editorial, 2014),  Epístolas mayores o el libro de la oscuridad (Versodestierro, 2015) y  Oscura prosa de vulgar Latín, (Mantra Edixxxciones, 2017);  así como el libro de ensayo literario El Derrumbe Amoroso. Apuntes sobre la poética de El turno del aullante de Max Rojas (Fridaura, 2013). Su trabajo ha sido publicado tanto en antologías y revistas nacionales e internacionales; traducido al francés y al inglés. Organiza desde hace más de diez  años el Encuentro Nacional de Poesía Max Rojas CDMX.

 

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