Desde la hamaca 

(Columna)

 

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Por Mercedes Alvarado

 

Algunas personas salen a pasear en bicicleta, otras hacen yoga comunitario o van al mercado. Cada habitante de la ciudad tiene su propio ritual de domingo: lo mismo sentarse a ver el fútbol en pijama que atender una misa con la ropa planchada y perfumada; la importancia de estos rituales es que nos permiten mantenernos en pie el resto de la semana. Yo me echo en la hamaca, café en mano, sin horario fijo y casi siempre en calzones, y leo poesía. Acá no se trata de si es un buen o un mal poema, de si la academia lo aplaude o las ventas son efervescentes; se trata simplemente de compartir la poesía del domingo, esa que se lee con la esperanza de que nos sostenga por el resto de la semana. 

 

 

 

 

Qué chula la noche cuando es de uno

Poemas de Fernando Salazar Torres

 

 

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Imagen: Alma Miranda Alamilla

 

 

 

A la noche le quedan muchas horas y una sigue dando vueltas sin saber si es curiosidad o susto lo que siente el cuerpo al encontrarse con el frío sobre la piel. La ciudad dibuja bien sus límites y de cuando en cuando nos permite redelinearlos como si con esto nos fuera un poco menos ajena. 

 

La ciudad no es de nadie, así como los insectos no son sino de sí mismos -por el tiempo en que se mantengan lejos de los zapatos de quienes no los poseemos- pero ambos nos descubren posibilidades nocturnas. 

 

En estos poemas, Fernando Salazar sigue la música de los tacones de las mujeres o la luz de las libélulas por las calles del Dé-efe; nos invita al espectáculo público de un silencio cautivo y rememora las vísperas del otoño. 

 

 




Fragmentos nocturnos

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Soñé con un insecto sobre tus omóplatos. Sus brillantes patas frotaban contra tu piel mediterránea y un sol enardecía encima del escarabajo. Debajo de este lienzo, en tu cutis de agua, descubro el bosque de los almendros.

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Soñé con una obra de Francis Bacon: la trilogía de la crucifixión. Seguro eso somos, la carne que cuelga de los cuatro puntos cardinales bajo la infinita gloria. Y sólo bajamos a enfriar este cuerpo.

 

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Soñé a una libéluba dentro de un libro titulado "La cámara oscura". La historia del insecto consistía en mantener encendida su luz. Nada más difícil. Algo así como nosotros dentro de este enigmático tránsito. Llegará el instante en que se apague todo y esta serie de universos persistirá sin nosotros. Asimismo yo sigo vivo aunque el brillo en la libélula se haya cerrado.

 

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Soñé con el Teatro del Silencio. El vacío estiraba las piernas en las butacas y un monje del siglo XIV tocaba nada con un arpa gótica. Un anónimo escribió en el códice el lamento de este medieval personaje y la leyenda de Tristán se ha difundido. Nadie escucha al melancólico fantasma pero continúa tocando nada en distintos monumentos antiguos. Ahora es un espíritu preso en una historia que jamás existió ni siquiera en un sueño.





Notas de olvido

 

Recuerdo las primeras luces en el otoño del 16. La sombra maltrecha se arrastraba en los tacones de las mujeres. Nada es más pequeño que una caricia, nada; el grito de la mariposa, apenas lo recuerdo, colmó mi tiempo. El ala solar y su gris remoto han abierto un mar de olvido. Era jueves, así fue la cita, y un día anterior, después de doce eclipses, ocurrió el arpegio fatal. Con descuido la vi y el tango “Desilusión” derramó sus luces muertas en las calles; un salto imprevisto, un espacio deshabitado. Somos la ficción en las lágrimas del violín, una danza de dos gotas lumínicas en el escenario con su música perdida. A la mañana siguiente ella todavía era más joven, acaso más aérea, como capullo. Yo, un confeso de sus fantasías, fui marea que deambulaba en las playas ecuatoriales de la tarde. Salimos a platicar al teatro Época. Dos horas sin palabras. Dos ideas en fuga. Dos sueños vacíos. Consumimos todas nuestras tristezas y volvimos otra vez hacia la noche, a la casa sin luciérnagas ni amor. Sé que todavía busca el árbol para nacer. Yo todavía espero el vaticinio de la gitana, que alguna vez me descubrió una historia escrita. De ella ya no recuerdo su rostro, tampoco su voz, solo el artífice multicolor de que me parecía una mariposa. A veces todavía avanzo por las calles que me hacen olvidar su nombre, porque mi visión allí se ahoga, y los tacones de las mujeres siguen haciendo música en los escenarios de las vísperas de aquel otoño que persiste en mi memoria.

 

 

 

Fernando Salazar Torres (ciudad de México, 1983). Poeta, ensayista y gestor cultural. Licenciado en Filosofía por laUniversidad Autónoma Metropolitana, unidad Iztapalapa (UAM-IEstudia el Doctorado en Literatura Hispanoamericana en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP). Ha publicado el poemario Sueños de cadáver (el golem editores, 2010) y Visiones de otro reino (el golem editores, 2015).

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