Armand Virallonga Chavarría

 

 

 

Dunas en la playa

 

Treinta de nuestras crías salieron hoy del cascarón.

Dos de ellas murieron, porque así es el Hades, egoísta.

 

Las otras veintiocho están bien, tienen tus ojos,

tendrías que verlas dejando sus primeras huellas por la playa.

 

Con las manos temblorosas del primer padre

humedecí sus párpados,

Elvira y Guadalupe también lamieron

la sal que les correspondía.

 

Espero te vaya bien en el trabajo.

No estés preocupada, salieron del hoyo con sus cuatro patitas,

les he contado de ti, y llegaron al mar

donde se han zambullido ligeras,

pronto olvidándonos

como las niñas que crecen sanas.

 

Nadan como todas las tortugas y olvidan,

como todas las tortugas,

que tú y yo nos divorciamos.

 

 

Litigio

 

Siempre es bueno tener un amigo

                                                  arqueólogo

en un país en ruinas.

 

 

Partir lejos de vuelta

 

Hay caminos que uno puede trazar bien en el mapa.

Le llevan de la huida al presagio,

y si es por ese sendero más largo

lo hace en menos tiempo y sin pagar peajes.

Rastros de miga hacia la ciudad que le quiso,

hacia aquella que quiso querer.

 

Con un compás y una brújula siempre nos creímos dueños

del precio del barril de petróleo,

la escala de los mapas nos da un poder casi divino

y la escala de la tierra, la real, rompe el ensueño.

Nunca midió lo mismo el camino de vuelta como el de ida,

caminar sobre el papel que sobre la arena,

nunca pesó como pesa lo aprendido.

 

Igual que no tienes lo mismo

si cambias dólares por pesos y otra vez por dólares.

 

Ahí está el desgaste.

 

Algo te frena en la aduana del indulto

cuando ves de lejos el hervor tras la montaña.

Cargas un doble filo que tiene todos aquellos nombres,

no leías sus titulares, hace tiempo ni los mensajes fúnebres,

edificios de nebulosa asoman el miedo.

Tal vez fuera todo lo mismo que Comala.

Las serpientes abandonan la piel caduca al nublar sus ritos,

las ciudades deberían cambiar de nombre

cuando ya no son como las recuerdas.

 

 

Irremediablemente tu nombre

 

Hoy, en el jaleo de la muchedumbre

he averiguado dos veces tu nombre.

 

Creo que te llamas Clío,

Talía tal vez,

Afrodita al fin y al cabo.

Paraíso, Fe,

te llamas Israel,

Selene, Dulcinea,

Melibea, Mara amada.

 

Guiomar o Cora Pearl,

Tierna mía de Salinas,

quizá en tus días malos una extraña Courtney Love.      

Por antonomasia Greta Garbo,

Marilyn Monroe cantando happybirthday.

 

Eres orquídea fantasma,

heroína en otros barrios,

anagrama de mi estrofa.

 

He escrito mi nombre,

y al lado el tuyo,

no lo olvides,

te llamas Victoria.

 

 

Apostilla a la RAE

 

Últimamente uno no puede ni fiarse del diccionario.      

Ayer vi cuatro gatos cuentistas bramando

como cien rinocerontes ante el Teatro nacional,

con aceite de los restaurantes cercamos

al desbocado ángel de la guarda.

Donde se define democracia parlamentaria

no he encontrado país conocido,

ni en plaza acampada tomates de oferta

o placa que acate la ley.

 

Sin embargo he hallado al hombre, la madre huérfana,

abuelas a macetazos contra el imperio,

a la portera del 15M defendiendo a los granujas de su calle

y al Tio Tomeu guarecer a un punki ante el perro vestido.

¡Porque en mi bar no lo cogerán!

 

En el momento que el lobo desahucia la casa de madera

las protestas abandonan su conjugación verbal.

Parece que ni de si uno es anciano

puede otro estar ya seguro.

 

Hay que luchar por los buenos muchachos,

salpimentar los dogmas y comérselos a la par

tú y el vecino.

 

Votar no sirve de nada, porque si no estaría prohibido.

Los niños tienen prohibido votar porque perdería el del caballo negro.

Y los caballos tienen prohibido votar, porque se comerían la papeleta.

Y es que no todo sirve para lo que parece servir.

 

 

Ícaros

 

El cuerpo hacia el que el cielo tiende

al cielo tienta y seduce

el cuerpo

tan villano que la luz busca

la luz desea y drena

la luz infinita blande

a esta despoja

desposa en versos

a ella la menta

des-versa

en infinidades que procesa

en progresos estériles con que la difunde

besa

en besos que son quesos que saborea y le indigestan

en que llueve sobre el pasto la luz mentada y derretida

y el mortificante desdén ante la alameda

                                                            segada

entre ocasos de ocasiones serias y gritos de varios gritares

donde la luz, como la arrogancia del rebelde, es añorada, e impune,

y tierra baldía.

 

 

Madre perra con las ubres hinchadas

 

Corretea entre los andenes que se llevaron

paulatinamentehasta al más chico.

Con ojos de aullar todas las noches,

escudriña la navidad esperando que la reconozca,

 

con la pata se frota las ubres porque están hinchadas y le duelen.

 

Después de que aquel mal perro la dejara preñada

Se encomendaron sin descanso a producir leche.

Leche para criarlos, para que crezcan sanos,

almacenes y almacenes de stock caduco.

El cuerpo que tiene ubre no se desubra por el desuso,

ni si restriega contra el suelo su maternidad se desgarra.

 

Francisco, Julián, Ezequiel,

Lupita, Rosario, el Cojito...

Son hijos a pesar de su castigo,

tiempo tendrán de volver hasta el fin de sus odios.

 

 

Kolmanskop

 

Cuando terminemos nuestros propósitos,

o cuando estos terminen con nosotros

tan sólo quedará arena,

dunas sobre nuestra apariencia.

 

La tierra crece de su propio uso,

madura resistiendo a las hojas que marchitan y se alimenta de ellas,

las hace suyas.

Le entregamos a nuestros amados y ella los acoge,

acariciando lo hendido,

irrumpiendo incluso en lo estanco,

implacable con la ayuda del polvo, la fricción,

la muerte de los átomos, la fuga de moléculas

y las ondas que transitan con nuestros pensamientos.

La arena se nutre de todo ello, se hace más grande con ello, nos supera con ello.

 

Abandonamos ciudades y la arena se las traga.

Trepa por las orillas de lo inmóvil

que es todo lo que construimos.

Nos barre de nuestras ruinas y nuestros ritos,

sitios ancestrales donde no ocurre nada y parece,

con mirarse, se erosionan.

 

La arena saldrá de recovecos y escondites,

inclemente desde las playas hasta los centros,

de los mares y de islas, más pequeñas luego continentes,

hasta rebosar nuestros hogares.

 

Cebándose con nuestra desidia

cercará al usurpador

y, desde un cojín de herrumbre,

verá crecer su impero

cerniéndose poco a poco

sobre todo lo que pisábamos

hasta ser dueña

de casi todo lo que fuimos.