Yendi Ramos

 

La carta de Augusto I

…pero en realidad, date cuenta de que nuestro mundo
es un moho que ha crecido en un planeta minúsculo…
Levin en A. K de León Tolstoi

Querido padre:

Para borrar el efecto de mi pelleja he oído al idiota. Decía algo así como “que le corten la cabeza por
chillón”. Y nomás me acariciaba la espalda. Mi alma siempre ha tenido arena. Una heredad revolcada,
padre, por sinceros e irremediables nortes. Qué fácil es morder la fantasía, cuando se está solo,
frotándose a ella con aparente sumisión y salvajismo; sin vergüenza ni modo posible de encontrar el
límite. Yo que soy agua, nada le debo al fuego. Le miro con cautela, le toco con la obstinación; pero no
estoy de ese lado del puente. Hay un plano más dulce en mi esquina. Una circunferencia que tiene
picos, tres picos como de niña. Una niña dulce que se deja acariciar por un viejo verde rabo. Cuando
pienso en mi madre, creo que tengo algo de ella: la forma de pintarse las uñas, más no su ondulado
pelo, y menos, sus morados, los pezones. Y de ti, ¡mira que tengo la rabia de no mirar al que me habla!
Yo sólo sudo, escondo mis manos y sudo. ¡No vaya ser!, que alguien nos robe el tabaco. Mi alma
también es de cemento, padre, tan gris, tan frío, tan lejos de la piedra. Y escribo, padre, para que sobes
mis, éstas, mis vocales.
Aquí. Sí.


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La carta de Augusto II


Querida hermana:

Sabes que soy torpe cortando flores. Que la palabra "agrio" me gobierna. Que la nata me hipnotiza.
Que usé vestidos largos. Que pasé por el desierto y vi todas las flores nunca antes soñadas. Me oriné
sobre sus grietas y fotografié zapatos. ¡Sabrás que hubo un pueblo Pampa Unión!
Sabes también que ―alguna vez asomada en la ventana de Jazmín― nombré a un gallo “Brócoli” y mi
pez desapareció de su roca. Y aunque hay soledades que no se nombran yo te susurré todas. Así
pronosticaba una genética irremediable. ¡Cuántas abejas nos reinaron mientras atrapábamos
ajolotes! La milpa, hermana, fue un coro que nunca más escucharemos con esos ojos de tierna mazorca.
Ni por el descuido de una historia vuelta a contar a la fogata. Nos acabamos la sal pero sospecho que
algunas partículas han parido al León y vive sumergido en sus fauces. Su fuga, o la de cualquier otra
especie venida de la aurora, prontará en una revolución de la tierra.
Pero algo no cambia: que soy un folículo visitado por arañas. Que no llegaré a ninguna parte. Mi brazo
se conforma con rumiar escaleras, en picada, en contrapicada. En planos tan sencillos como la piel.

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La carta de Augusto III

 

Querida madre:

Una tarde vi cómo te ibas con el polvo, hacia allá por Mitla.
Yo me avergüenzo de esta curva que llevo, madre, haciendo reverencia siempre al amor: ese tono
vulgar de las especies que un día se hace ácido y pum se riega y amarga la voz, avanza la mog, amansa
ma loz.
Desde hace muchos años, intento escribir poesía, madre. Y entonces me pongo frente a la computadora
y hago como que canto, como que danzo y muero; así como que lanzo, como que canso y luero.
Y en las tardes, cuando de naranja brota el respiro, madre; nada se parece a recostarme entre tus brazos,
ni el lodo al lodo, ni el agua al agua, ni el olor de tu cabello al olor de tu cabello, ni el dolo al dolo, ni el
guagua al guá.

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La carta de Augusto IV
 

Querido hermano:

Has crecido y este mundo sigue igual. Y no puedo. Simplemente no puedo explicarte por qué no hay
esquinas. He perdido las alas y me miras pero yo soy así, sí, animal poco quebradizo que viene del
ocre. Toca pero se va, siempre se va. Sí, mi plumaje es precioso pero gris, tan gris que simula el color
de la plata. Sí, vengo del agua y no tengo pies, no tengo manera de indagar.
Soy un ser muy solo, tan solo como entonces.
No tengo piernas. Soy toda de escamas. Soy yo toda de alga, musgo y humedad. Soy la humedad bajo
la piedra. Soy la humedad del río, la humedad de la raíz del árbol aún no caído: sí, lo frío, lo caliente.
Yo no vengo de tierras cercanas, vengo de palpitar elocuentemente con la piel, vengo de julio, vengo de
1980, vengo de arroz, vengo a tejer.
Debes saber: aquí me he equivocado. Soy un ángel que ha explotado todo el poder de la carne, de la
tierra. Me refiero a lo posible, me refiero al Hombre, me refiero al buen consejo de Ella. Me refiero a
que más de una vez he muerto y he nacido y me miras. Pues a eso se viene aquí, a atrapar moscas,
como siempre.

5

La carta de Augusto VIII

Querido hijo:

Aún no recuerdo tu nombre. Supongo que vendrá del árbol último, del mes último, del fruto último, de
la vocal última dibujada por gaviotas. No sé quien serás, pero recuerdo tus vocales dibujadas por
zarzas. Tú no sabrás quién soy pues no te invitaré tampoco al coctel de medallas y azares. Pero
recuérdame así: un mamífero desahuciado, quien viste de gala nada más por no perderse entre las
moras; un remolino, el pasto y el maguey siempre firme ante el ocaso; mirándote, con ese tono de las
aves pardas que no anidan, ni vuelan, ni amamantan, pero siempre son elegantes ante el asombro y ante
la nostalgia que causa el haber llegado, por fin, a la sombra.