Calafia Pozo 

Oriunda del desquebrajo
no hago más que acudir al naufragio que es tu cuerpo
con estas piernas blancas
que están hechas para asirse a tu cintura.

Y mirar a través de la ventana
de ese poema que leíste cinco veces
porque en cada sílaba descubríamos
algo de ese ritmo volátil
que también era el nuestro.

Por eso te quiero.
Porque detenida ante la fortaleza cobriza de tu espalda
no puedo pensar en el mañana,
ni en todos los poemas que no he escrito
ni en la miseria que es no estar contigo.

Y en esta hora de junio
con el olor tuyo en mi vientre,
pienso en el éter de los sauces,
en los versos amarrados a sus ramas.


Quizá yo pueda escribirlos
y quizá tú puedas leerlos
                    cinco veces,
con ese ritmo que aprendiste
en el cuartito de la calle Tonalá.
¿Recuerdas, amor,
de qué están hechos esos castillos?

 

Algunas aves

 

Pienso en todas las cosas que quisiera no nombrar jamás
y hay un zumbido de vocablos delirantes
abatiendo cada cinco segundos
los silencios de este resguardo.

Inexplicablemente, aquí habrán de desahuciarse
algunas aves
incapaces de avanzar hacia otra historia,
menos trágica.
Y cansadas de tanta sal
del cardumen atestiguando cada caída
abandonarán todo impulso de vuelo.

Y claro, cómo culparlas.
El mar enervante del Pacífico
tampoco tiene la culpa,
ni el poeta provinciano
que no hace otra cosa
que nombrarlo
y reflejarse en él.