Carlos Barbarito: 5 poemas en prosa de su libro inédito "Cámara de eco"

 

 

 

Anotación en una pared de una casa vacía

A Hilda Paz

Toda el agua del mar cabe en un vaso; mientras dura el trasiego, percibo el porvenir: mitad lobo y mitad oveja. Un número, la latitud última, la vida a ras del suelo, la muerte ávida, con ánima y sexo. Cargado y sin asiento, al cabo de la larga jornada lunar; la razón de la locura, la locura en el devenir del humo: sin arte –me dijo-, la estafa, el crimen.

Devuelto al espacio donde se acomoda la espina al tallo, a la espera de la flor; la espera se convierte en agua, al agua se la beben, a grandes tragos. Ésta, la materia oscura: medianoche que gira sobre su propio y recto eje, una y otra vez, y otra, y otra…

Mañana, tal vez, podré decirte como me llamo.

 

 

 

 

 

Cena de cenizas

A Julien Gracq

        

 

Tal vez el secreto esté en frotarse los ojos, al menos una vez al día. En ser pasajero en tránsito en el cuerpo de la primera y última mujer desnuda. Pero, ¿de qué secreto se trata? Y si alguna vez llegamos a averiguarlo, ¿qué alivio nos traería tal revelación? Por ahora, y hasta nuevo aviso, una extensa playa en la que cerca de la orilla alguien plantó, para olvidarlo luego, un parasol; una figura con anteojos negros que mira, a través de los vidrios, un cuarto vacío; un relámpago en la tarde sin tormenta a la vista.

         Días compuestos de horas sin timón ni oráculo, de cuchillos desafilados y maniquíes a imagen y semejanza de quien, en lo oscuro, nos acecha, de dioses que al menor contacto con el aire se desmayan. Días de voces:  miren la chispa que brota de mi dedo. Hay quienes creen verla contra toda evidencia. Días y noches de augurios tallados en jabón, de profecías amontonadas, junto a palas y martillos rotos, en sótanos con olor a humedad, de un nuevo Edén pintado en un lienzo de mala muerte, para colmo mal pintado.

         

Marzo, 30, 2016.

 

 

 

 

Cabalga, la inquietud

            

Estoy yo, y está mi fantasma. Quiero decir, mi sombra. Por una fatalidad o prodigio, mi sombra que mi cuerpo proyecta en el suelo, en alguna pared, en nada difiere de aquella sombra primera, la primera que recuerdo, un momento antes del viento que me obligó a buscar refugio en casa. Ese viento, ni ningún otro, pudieron con esa sombra que, desde siempre, se dibuja con más espesor y consistencia que yo que, al menor soplo, corro hacia la puerta y busco protección en la casa.

 

 

 

Levítico

         

Me exige limpieza pero nunca estoy  limpio. El vino no se divorcia del vinagre y en el agua no se hunde el pie que anduvo un siglo por la ceniza. Las horas me sobrevuelan como un ave rapaz a su presa; qué sombra no se graba en mí  aunque desde lo profundo anhele un súbito arrebato de luz. Me exige pureza pero no me purifico. A mi paso se endurecen pasajes y signos, aúlla lo que hasta hace un momento permanecía silencioso, se abre una herida aun en las más lejanas gargantas, en las lenguas más remotas. Hasta quien se ahoga con un trozo de pan me señala. Y de su dedo nace el juicio, sin posibilidad de defensa, contra mí los que respiran y los ahogados, los que arden en el fuego y los que lo encienden, los que graban en los troncos el peor adjetivo y los que se aman con leves y dulces mordeduras. 

 

 

 

 

Una luz durante la noche

A la espera del mediodía, luego del encargo del espíritu a las horas: un lugar en cuyo cielo hasta el ave más pequeña deje al volar una estela. A la espera de un estímulo entendido como huella en el éter. A la espera del tejido, de la trama, de la urdimbre. A la espera de una chispa, afuera o en la mente, capaz de revelar el estrato salvífico, la herida expuesta que no necesita vendaje. A la espera de un bastante que sea vasija colmada, el paisaje por fin recompuesto, las horas dispuestas en sucesión hacia el bruñido. A la espera de una danza, un angélico algoritmo, un gorjeo ante la ancha y alta estación, lo breve accediendo a lo inmenso, un resplandor sin fuente a la vista, una bandada que al extraviarse descubra la ruta precisa de la que la anterior, por siglos emprendida, era una aproximación, un remedo.

 

 

 

 

 

 

Un ave de uñas cortas

         I

Todo es cuestión de esconder el lado enfermo y parecer sano ante el mundo. Así se allana el camino hacia la cama cada noche y hacia el vientre de la eternamente desconocida. Y es, también, cuestión de no hablar como se escribe, de hablar como no se escribe, a riesgo de ser desnudado y descalzado y arrojado bajo una sábana sucia y olorosa que ninguno se atreve a lavar y perfumar.

II

Y hasta los últimos vestigios de infancia serán barridos como un montón de hojas secas…  Voz, múltiple y una, que me alcanza justo en el momento que reclamo al aire más oxígeno para respirar. Un tumulto de olas y una desbandada de fragancias: ¿qué viaje no concluye, qué color no se topa con su propio desgarro, qué novia no pierde el traje camino a su boda? Y nada, nadie vuelve a existir para ser, más allá de arenas y fiebres, temblor en la espalda, luz que escarba en el suelo.

III

Sólo esto pido –dijo-,  ¿me será concedido? –  el agua no deja de adoptar la forma del recipiente que la contiene, el día engendra otra vez la noche, la entraña no rompe el contrato a futuro con el gusano-,  un ave de uñas cortas, sólo esto pido.

 

 

 

 

Anuncio desde las grandes piedras

A Saint-John Perse

Así se constituye el deseo y no de otro modo. Y así todo se fundamenta, ladrillo y cemento. No importa cuántos se reúnan, urgidos y sedientos, en una habitación que es nave y también templo. Por cada piel, aceites. Por cada piel, aguavivas que no causan ardor y si lo causaran es como si ese ardor se mezclara con una golosina. Líquido precioso ofrecido sin límite. Entrada amplia de desierto a jardín. Un destino para los que vagan por ciudades levantadas sobre lomos de tortuga. Sello que se rompe para que el libro se abra justo en el pasaje que habla de las sombras de los pájaros en vuelo y de las trombas en viaje .

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