Mía Gallegos: Poésia

DESPUÉS DEL AMOR

Después del amor,

después del amor puesto sobre el amor,

como altivos volcanes que se quemaron,

como oleaje de lava,

como astros que sucumbieron,

me quedo en mí,

en el centro de mi piel y mi vestido,

y aprecio la luz

de un amanecer que estalla calmo,

abierto, perfecto,

como la curva de un ángel cuando pasa,

cuando traspasa.

Te he olvidado, digo

y miento, me miento,

ya no creo en las palabras ni en los

trajes.

Y brota entonces

una ácida ternura

que saboreo con la lengua cansada,

herida,

con una lengua que ausculta,

que devora a solas

el olvido, la acidez, el recuerdo

de una noche lunar,

de estréchame mucho y no te vayas nunca,

de raras geometrías,

en donde tu cuerpo era brioso y largo

como un estrecho camino que no alcancé a cruzar.

Ha pasado el amor, me digo

y ahora no miento.

Saboreo mi ácida ternura

y descreo de las palabras,

y me quedo así: escéptica y callada,

por si algún día los verbos

me nacen como frutas,

por si de golpe me nacen

como astros las palabras,

y vuelve la mitad de mi cara a buscar el aire,

O el rostro a ser intacto y hable.

y yo hable.

Ahora nada más soy yo

con mi ácida ternura y mi garganta

y todos mis recuerdos.

Pero el amor se fue.

Se ha ido como se va la noche.

Te recuerdo.

Me parece que para esta vida

ya es bastante.

 

AUTORRETRATO

Heme aquí

con mi elemental pobreza:

dos piernas, dos brazos

y un cuerpo hecho de agua en el espejo.

Si me deslizo entre perfiles

nadie puede hallar la otra cara

de mi rostro en el espejo.

Mas si muestro lo que soy,

quedan desnudos e intactos los deseos:

los ojos, la frente alta, el dedo con el que desino lo que es mío

y lo que amo.

Y, por último,

escondida está la boca

acompañada de pliegues imborrables

que nadie, ni siquiera tú,

podrás borrar con besos.

 

 

 

VIII

Vivir, ya lo he dicho:

tener sobre las manos un fajo de papeles:

un lápiz, libros, dibujos, sueños.

El alma al descubierto,

vulnerable.

Estar así. Beberse a uno mismo.

Sollozar.

Tomar el invierno para tejer

una mansión de lino.

Vigilantes los senos,

escondidos en la piel.

Vibrar.

Repasar las camisas, acomodar los sueños,

Dejar en perfecta armonía los clavos de olor, la canela,

el azúcar y los aromas.

Dejar el alma al despoblado,

Musitar pequeños versos de Sor Juana,

olvidar castigos y derrotas.

Recordar el olor de un verano en Guanacaste.

Fruncir el ceño por placer,

sonreír por malicia.

Vivir,

acodada entre sombras,

aniñando los ojos.

Y olvidar, olvidar.

 

 

XIV

Toco la carta suavemente. El mago murmura algunas palabras que no entiendo. Dice que la mujer del coche soy yo.

No puedo lanzarme desde aquí, aunque quisiera tener el valor de hacerlo. Soy yo, la mujer, esta criatura mágica que tira de las riendas de este coche, sin haber descubierto nunca quien las puso en mis manos.

No comprendo cuál es mi papel.  Lo cierto es que estoy aquí desde siempre, en lo alto, mirando hacia delante, sin parar, sin hacer un solo momento de tregua.  No puedo hacerle concesiones a nadie. Estoy aquí y eso me basta.

Quiero que otra persona venga de pronto. Pero no. Nadie podría atravesar conmigo tantos lugares, tan altos, tan angostos y gigantescos sueños, aquí conmigo en este coche.

Temo perder las riendas. Si alguien viene podría adueñarse del coche, de los dragones y también de mí.  Necesito llegar lejos, a las cumbres, a las puertas azules de los montes, O quizás más alto aún: a las nubes.

Temo quedarme sola; sin embargo, no puedo detenerme, es el destino y a ese sitio se llega a oscuras en la ceguera total. Tiene que haber un final, por eso continúo mi ruta, mi viaje total con las estrellas. ¿Cómo será ese fin? ¿Será la muerte líquida, será la muerte blanca, la de la creación, la que me aguarda?

Basta, no importa ya nada. Tengo mi alma y el coche en movimiento. Soy la mujer que dirige un carruaje con los dragones de Medes. Sé hacia dónde voy. Si alguien pregunta por mí, dígale que me vieron pasar, que salí al alba y que no regreso más.

 

 

XIII

Vivo, otros dicen que sueño y que los sueños me atan a mi casa de vidrio y cerraduras.

Solo yo sé de los cuartos menguantes; de mi cama de arena; de un hombre que entró en mi casa una tarde precisa a vulnerar la cifra más secreta y dejó en mi almohada los cinco picos de la estrella.

Vivo. Otros dicen que sueños.  Solo yo sé de un rumor de galaxias; de un lecho de paja cubierto de estrellas en media montaña, en donde estaba la Madre llorando.

Bien sé que duermo en los senderos que van a mi centro.  Miro mis ojos de leona verde en un río de serpientes.

Otros dicen que sueño.  Pero yo sé que mis manos acunan un caballo de mar muerto en la playa y permanezco despierta mientras la sombre de una nube pasa.

Vivo. Mientras duermo vivo y los sueños no me aplastan en mi casa de vidrio y cerraduras.

 

 

ASTERIÓN

Hay algo que más allá

de tu fuerza

me fascina.

Camino por sobre tus pechos de piedra.

Eres color de pulpo y lagartija.

Me envuelvo en tu lengua de misterio.

Tal es tu forma de estar

cercano al sol.

Acuden hacia ti, extrañas mareas matinales,

donde todo se oscurece y se bifurca,

Asterión mío, único.

¿Quién eres?

¿Un toro o un hombre?

El ausente y derramado

entre infinitas cerraduras.

Eras el aire, el aire mismo

de la primera mañana

en que los hombres labraron

tu cuerpo de ausencias.

Estoy tan lejos de tu piel.

Mas ¿qué recodo hay en ti

donde pueda dormitar

y ser tu párpado

y la forma más honda del silencio?

¿Eres hombre o bestia?

Eres un hombre,

un ruiseñor,

o tal vez un nuño dormido

entre sábanas de azúcar.

Asterión mío, único, de mil ojos de agujas.

Tus manos son múltiplos del sol.

Ayer cacé una mariposa

y era catorce veces arpa y movimiento.

Uno y uno no son dos,

son el universo y la nada,

Las puertas de todo fin

y del infinito.

Me adentro en ti.

A través de tu cuerpo

aún permanecen los reductos del sol.

Eres oscuro y caliente.

Me enredo en el pasadizo

de tu lengua de vidrio.

Asciendo hasta tus manos.

Eres un espejo

de otro que antes fuiste.

Y yo tengo miedo de perderme en ti,

en el hilo

que son todas las puertas

y la oscuridad.

Asterión mío, tan alto y pagano.

Me adentro en tu cuerpo empedrado, altivo.

-No tengo escapatoria-

Apenas soporto tu clima de asfixia.

Pero eres una almohada dulcísima,

Asterión mío, Asterión.

PSIQUE

Ella sueña con un hombre que la mira dormir.

No le sonríe

para no distraerlo de su contemplación.

La amada, de tantos sueños, duerme

y se vuelve metáfora de polvo.

El contempla

e imagina una palabra para nombrarla.

La encierra entre su voz y la guarda para sí.

¿Ariadna? ´Él pregunta.

Ella tiembla en sus almohadas.

¿Psique?

Ella entonces derrama unas gotas de su lámpara de aceite.

Lo unge sobre su frente.

Lo besa y se va.

AUTORRETRATO II

…tú el vidrio,

la persona yo del espejo.

Parca,

mudanza de marfil.

Almohada de Quevedo.

Gonzalo Rojas

Bien mirada soy

mínima,

silenciosa,

atávica,

posesa,

suspicaz,

descreída,

amable, si,

muy amable,

no conservadora,

briosa,

de paso exacto,

de diestra mano,

sarcástica,

débil y fuerte,

quebradiza,

solitaria,

dubitativa

lectora voraz,

curiosa,

con asfixia,

sin certezas,

sin atajos,

con diez dedos en la mano derecha,

generosa, pero que no me presionen,

distante de las tentaciones.

Amable, sí, soy muy amable…

Franciscana,

mas levemente anarquista,

afable,

sin dobleces,

escurridiza,

voluble,

de mirada frontal,

replegada, desdeñosa, austera, secreta, lóbrega

y en los días de luna, me ilumino

LOS RAPSODAS

Aprendí de Platón, el maestro,

el desdén por los rapsodas.

No porque repitiesen a Homero, el inmenso,

a Homero, el infinito,

y al divino Ulises.

Más bien mi desdén surgió porque jamás lograron escuchar

el susurro de los dioses,

de haberlo hecho, habrían, sin duda,

escuchado el alma de su pueblo,

de los suyos-.

Tomé, por tanto, la mano del rapsoda Ion,

y me marché.

Me marché muy lejos.

Llevé conmigo los anhelos de los míos,

no vaya a ser que también yo olvide

escuchar al pueblo.

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