Sobre los fragmentos, poemas de Álvaro Mata Guillé

 

Álvaro Mata Guillé

 

5.

En  nuestros días

(días alejados del estupor de los campos

del hedor calcinado de hueso en los hornos de hueso

del ahogo y el miedo de gas y dientes de polvo en el lodo,

en las grietas del ahogo,

del terror de los ojos en los dientes

en la hendedura negra del ojo,

en los dientes,

de rezos aplastados en las vigas,

en las manchas del cuerpo y el cuerpo que mancha el color destiñendo los ladrillos

los trazos 

los vagones

el rostro hundido en las columnas,

de sal negra en la nieve negra del fango,

del sopor en la ausencia,

en los huecos que perforan la carne de hueso en las piedras,

del susurro en los huecos de las urnas,

en las cámaras,

en el silencio que vulnera el sopor muerto del silencio asimilado en el tiempo, violando el mutismo sosegado en la costumbre,

en el tiempo

en el túmulo

los tablones

los insectos),

el otro

-lluvia que encubre la niebla

humedeciendo el cuerpo,

el rozar de la boca-

desaparece como un espejismo en la avidez del prisma,

como una fosa perdida en la oscuridad del brillo,

como un espectro que persigue al moho en el fulgor del moho,

reflejo de una alucinación sin pétalos,

ni fulgor.

Se han ido los pájaros

y la mirada se ausenta en la ceniza,

en la bruma

en la tiniebla,

en el llanto al lado del riachuelo próximo al cerco, que atrapa el susurro que baja de las ramas en las nubes

en la brisa,

poseído por un brillor de abolorio muerto;

esplendor gris de lo que ocurre,

acumula rostros como celdas de una colmena,

pudre lo luminoso,

la soledad en la ausencia,

en el miedo,

en el vacío que cobija la sonrisa en la sombra, encubriendo las arrugas de pus en los ojos, en los dedos en la pus,

en el espejo,

piel enmohecida de herrumbre en los huesos,

en el umbrío de ceniza en la oscuridad,

en los resquicios de los sepulcros

como ópalos oscuros.  

La lluvia

oscurece la poza estancada en la imagen de piedra,

las piedras del riachuelo,

los pétalos de piedra,

en el adobe, en los vanos, en los tablones,

los dedos en la tierra desprendidos de los brazos,

sangre coagulada en la ceniza,

en los hornos,

en los agujeros que carcomen de negro los ojos,

los dientes,      

los insectos.

 

 

18.

Estamos hechos de fantasmas,

de pulsiones hechas limo,

polvo olvidado en el lodo del polvo,

silencio que escribe en la bruma, 

en el silencio,

pájaros como gotas que carcomen las ramas en las nubes, perseguidos por las voces de los árboles,

presencias que subyacen como sombras en los adentros de los vocablos,

en los gritos disueltos en recuerdos,

lo que era, lo que fuimos,

lo que ya no palpamos

lo que somos:

balbuceo transformado en palabras, presintiendo los destellos de sí en la imagen y los recupera,

el sonido del silencio que se expresa en la imagen:

eco rememorando los cantos de niebla del eco,

el llanto que deambula junto al río en el monte, 

el jardín de piedras de granito próximo al cerco, en los adentros de las montañas en los árboles,

las nubes del espejo de pus empozadas en el riachuelo,

en el humo;

ecos que rememoran los cantos de niebla del eco, llevando en sí las conversaciones con los muertos,

su impresión

sus miedos

sus asombros,

aire convertido en premisa,

en sortilegio.

A través del pigmento de los vocablos

(de la imagen que desaparece en la bóveda de huesos del entorno,

como un sueño sumido en lo eterno,

que no despierta no ve nada,

como un deseo,

una ruptura

una despedida enterrada en la niebla que vuelve a la

niebla,

a la penumbra),

retorna el sentir de abuelos y ancestros,

a nosotros viéndonos ya muertos,

la orfandad de sabernos en tránsito hacia lo finito que yace en el infinito:

sombras que vienen de la sombra,

regresan a ella,

polvo que muerde al polvo,

al humo, a la ceniza.

Aun así,

a pesar de la ilusión que fustiga hasta el cansancio,

del espejismo que golpetea intentando hacernos olvidar,

el pasado no vuelve, tampoco existe el futuro aunque creamos en los ciclos y nos aferremos a la certidumbre que ilusiona lo eterno,

aunque el sol se acueste recluido en las nubes, en las sombras de los cerros y se sumerja en la tierra, provocando alucinaciones que parpadean con su reflejo;

aunque la luna se deshaga en fragmentos que transcurren entre escombros de otros fragmentos, cavilando en silencio hacia el crepúsculo,

hacia las nubes en el ocaso del crepúsculo,

buscando el jardín de estrellas de granito

en las sombras,

en el silencio;

aunque lo cotidiano perviva como una mancha, poseído por lo sempiterno que concibe la muerte como una caída,

como una continuación que va hacia el allá sin ir al allá,

el allá que es el aquí siendo el allá,

un sitio al que vamos sin ir pero vamos carcomiéndonos en la ceniza de los huesos,

en el humo de la urnas

en el viento,

en la niebla,

donde se repiten los lugares como espectros,

como animales

como piedras

como flores:

Yo me pongo triste, mortalmente palidezco.

¡Allá a donde vamos!

 ¡Si pudieran llevarse a su casa

 las flores y los cantos!

Me vaya yo adornando

con áureas flores del cuervo,

con bellas flores de aroma:

 ¡Oh, ya no hay regreso:

ya nadie retorna acá.

¡De una vez por todas nos vamos

allá donde vamos!

 

 

29.

Todo

vuelve al mismo sitio:

la ciudad con el escozor de su brillo, 

el rumor que bosqueja el río en los bosques de musgo,

alejados del

cielo en el agua de piedra:

el centelleo opaca el sopor en las sombras,

el vislumbre de las luces,

el murmullo empozado en el riachuelo al lado del llanto en el cerco,

junto a los pétalos mecidos en las nubes y las ramas que cercenan los árboles

y su luto:

la noche está afuera,

es adentro,

permuta en el sigilo de pasos de noche,

en los surcos que agrietan el párpado,

en las urnas,

en el humo de barro del humo

(busqué los pájaros en los árboles

y los muertos se habían ido,

solo apareció un perro con cadenas que corría hacia el monte

traspasando el herrumbre que goteaba en las columnas

-los gritos en las puertas,

el rumor en los sepulcros,

en los nichos clausurados-

golpeando la arena del túmulo de polvo

la ceniza

la sal de la estatua derruida en la nieve

los barrotes de la iglesia,

las calles de susurros inundadas por una flor de pétalos de piedra

desmoronándose en los caminos

en los cerros,

en la arena del rostro en el viento

en las alas de un dios muerto),

la noche es afuera,

está adentro,

muta sin mutar en el crepúsculo

(los árboles

venían detrás de nosotros

con los pájaros

                                               con los grillos,

buscando el nacimiento del eco

y la sangre de un becerro muerto florecía en el ara en las piedras, en la lumbre de la sangre en las velas, las manos y uñas del sudor del lodo en la carne y el altar del sacrificio,

junto a la casa de los venados

que recibía los rezos y ofrendas en silencio,

en ese lugar

donde nace el sol

y la sombra baña la espalda del cerro

y lo quema,

donde nace el viento

y las cosas vuelven sin volver

al principio),

la historia,

es bruma, vacío,

el vacío en la sombra,

yo mismo en el umbrío, en la flor que transparenta en la laguna de piedra,

en el llanto de los pétalos en el árbol,

en el ladrido del perro arrastrando las cadenas en el trecho,

en el monte al lado del cerro,

entre huesos y ramas escondidas en las nubes

en los ojos de las urnas:

los insectos ululan en el jardín prohibido,

camino hacia la laguna muerta,

en busca de las estrellas de granito:

la vida aquieta la vida

la nada se disgrega en la nada

en la niebla,

en el viento.

 

(Capítulos pertenecientes al libro Sobre los fragmentos, a publicarse próximante en España)

Álvaro Mata Guillé. Nací un día de tantos, en un mes de marzo del siglo pasado, en un lugar que no era un lugar, al que se llamó San José en 1723, cuando se fundó, allá en Costa Rica. 

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