La hermandad de los tristes, muestra de Agustín Cadena

 


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Tres poemas sobre el café

Agustín Cadena

 

El café de la que ya no volverá

 

Si viene ella, abuelo,

y dice que no pudo antes,

dile que ya no importa.

De todos modos yo no iba a salir.

Si acaso viniera todavía

y te pide perdón

por turbar así el sueño de los muertos,

dile que está bien.

Hazla pasar a la sala,

que se tome un café,

y toque con sus dedos

este sudario de sombra

que fue tejiendo su ausencia.

Siéntate con ella, conversa un poco;

cuéntale cómo fuimos enterrados

hace treinta años,

un mediodía sin lluvia.

Tú por viejo, abuelo,

porque ya habías tenido suficiente,

y yo porque no me sirvió para atraerla

esta momia de corazón

que llevo aún atorada en los ijares.

No te costará reconocerla,

si es que todavía viene:

está viva, fíjate en eso, abuelo,

tiene calor en el cuerpo,

en la voz, en la mano con que saluda;

la sangre da color a sus mejillas

y sus labios guardan humedad reciente.

Si viene y llama a la puerta

y tú sales a abrirle,

mejor no le cuentes nada de mí.

Sólo ofrécele un café,

dile que la amo y la extrañé

y que cada mañana sin ella

fue el punto cero de un largo y lento morir.

Acuérdate de eso, abuelo,

por si todavía, aunque no lo creo,

viniera ella.

 

 

Café San Martín

 

¿Te acuerdas del Café San Martín?

Yo sí, a veces,

cuando llueve de tarde y es verano.

Nos gustaba ir ahí y tomar café

y fumar mientras mirábamos la lluvia.

El Café San Martín era pequeño,

tibio, y tenía ventanas grandes

que daban a un camellón de junio.

            Pero ya no existe.

Ahora venden videojuegos

en la esquina donde antes estaba.

¿Has intentado regresar?

¿Has caminado bajo la lluvia, sola,

recordando la muchacha que fuiste

y preguntándote adónde se mudaría esa gente,

con sus cortinas rosas y sus cucharas viejas

y su Café San Martín?

            Yo sí he querido volver,

muchas veces,

cuando me da por pensar en ti,

cuando los zapatos se me llenan de agua

y quisiera tener otra vez esa edad

y no ser tan tonto,

no soltarte la mano aquella tarde.

            De nuevo es junio y llueve.

Por todas partes hay cafés

en ciertos barrios.

            El presente borra todas las huellas.

 

 

Feminidad del café

                                                                                         (A la manera de Manuel Mejía Valera)

¿Qué podría beber una viuda negra si no café?

¿Qué puede tomar una niña en la Selva Negra

si no café?

            Las mujeres, las hermosas mujeres fatales

de cabellos de ala de cuervo y lencería de humo,

las de ojos brunos y pezones como uvas africanas,

las que usan paraguas en tiempo de lluvia

y medias como trazadas en su piel con tinta china,

las que duermen en camas de ébano

y usan por sábanas banderas anarquistas,

las hermosas vampiresas de piernas zainas y endrino pubis,

las bellas moriscas, las fascinantes nubias

que al caer la noche se confunden con los zanates

y rigen sobre tarántulas y murciélagos y mariposas pardas,

sobre urracas, gatos de mala suerte y toros de lidia,

las que en el ajedrez tiran al último y siempre ganan,

las negras lascivas de oscuro crespón

por cuyas piernas hace escurrir su estro tinta de pulpo,

las concubinas de Otelo, las eternas destructoras,

hijas de Lilith, hermanas de los muertos,

las de corazón negrescente y alma de acerina

que aparecen en la vida de los hombres

y son como nubarrones, como pozos sin fondo,

y causan más estragos que una bala de cañón

y hacen más milagros que el Cristo del Veneno,

esas beldades atramentosas, esas panteras del asfalto

que tienen menstruaciones de caviar y orines de vainilla,

que se pintan con los colores del abismo

y no les importa ser la oveja negra,

ni las leyendas negras que van dejando,

y no respetan ni el luto ni la sotana,

ésas, ésas...

no pueden beber otra cosa que café,

sólo café. Café negro, sin azúcar y sin crema.

Si acaso se permiten, un día,

sopear en la taza un buen pedazo de pan negro.

 

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Los pobres de espíritu

] acercamiento a la obra de Agustín Cadena

Juan Antonio Rosado

 

Captar, mediante instantáneas narrativas, las intensidades que se fugan para dejar todo en el mismo punto en que inició requiere, sin dudas, de una maestría en el genero cuentístico, ya que el lector, por lo general, se espera una transformación, si no radical, sí por lo menos lo suficientemente significativa de la situación inicial o de la trayectoria de algún personaje. ¿Qué interés puede propiciar una situación cotidiana que al final sigue siendo tan cotidiana como al principio? La clave radica, en este caso, en saber representar, mediante la descripción, la intensidad de la que pueden ser capaces estos breves retratos, estas escenas de vida cotidiana, y hacer aparecer, por lo tanto, el odio, el adulterio, los celos, la hipocresía religiosa, la mediocridad de una vida igual a sí misma,  la indiferencia y la transgresión. Agustín Cadena (Ixmiquilpan, 1963) ha sabido jugar con todos estos elementos, en ambientes realistas y con personajes cotidianos. Lejos de buscar la universalidad con el snobismo de lo extranjerizante gratuito, lo encuentra en la realidad más inmediata, y esa es una de las virtudes de su nuevo libro de cuentos, Los pobres de espíritu, donde las pinturas y secuencias, casi minimalistas, incluyen personajes que aparentemente nada tienen de excepcionales. El autor nos muestra toda una galería de seres casi rutinarios (el dueño de una mueblería, el administrador de un hotel, un solterón que vive con su hermana...), a quienes la Vida les obsequia una intensa experiencia, digna de ser contada, para luego hacer que retornen a su estado habitual. Las escenas y atmósferas también son variadas: desde un negocio o una casa hasta la cárcel, donde dos reos conversan en la penumbra y uno de ellos quiere que el otro le enseñe a hacer pulseras.

            Autor versátil, quien antes, en Fábulas del crepúsculo, había incursionado en mundos imposibles para nuestra realidad, pero posibles en los sueños, en la literatura y acaso en una realidad futura, en Los pobres de espíritu Agustín retorna al realismo que lo caracterizó en novelas como Tan oscura o La lepra de San Job, aunque de una manera más sencilla, más cercana a lo inmediato. El prurito por la sencillez llega al paroxismo en “Hotel Pánuco”, donde no hay intervención de narrador alguno; es un simple diálogo, que desemboca en lo absurdo, entre un joven y una muchacha que no se conocían y que, sin embargo, acaban de tener una relación sexual.

            En el primer texto, titulado “Domingo”, los impulsos, el rencor, las emociones más irracionales son dibujadas con penetración psicológica. Don Antonio, dueño de una mueblería, es autoritario y celoso de sus hijos. Desde la violenta muerte del hijo mayor, una brecha se ha abierto entre los viejos esposos. Parece que la incomunicación es entonces el sino de esta familia y del medio en que se desenvuelve. Bibiana representa la irrupción de la transgresión, de lo impuro, de lo “anti-femenino”. En otro de los cuentos, un padre de familia decide ir a robar higos a la huerta con sus hijos; en otro, la frontera con Estados Unidos no es sólo el espacio físico que divide a los dos países; es también, simbólicamente, el mismo administrador de un hotel que mantiene viva sexual y económicamente a una mujer mientras su marido regresa del otro lado. En “La campaña”, un “guarura” apodado El Changa es vulgar y lujurioso, pero fiel a su patrón...

            En cada texto, Agustín Cadena retorna a los instantes cotidianos, a las pequeñas sorpresas de cada día, a los “pobres de espíritu”, de donde extrae los temas y las emociones para explorar y desarrollar una nueva sensibilidad, un nuevo despertar espiritual. El autor ha renunciado a las situaciones límite, a las intensidades metafísicas abrumadoras y a los finales sorpresivos, pero ofrece cuadros y personajes memorables, en los que la sorpresa reside, a menudo, en que no hay sorpresa.

 

 

La hermandad de los tristes

 

Las personas felices no se imaginan cuán amoroso puede ser el baño sauna para un enfermo emocional. Uno se siente protegido en esa cueva de calor, humedad y penumbra: es un poco como volver al útero, a esos días perfectos cuando uno no sabía —no sospechaba ni por aquí— que en unos meses sería echado al mundo, a un espacio radicalmente hostil donde siempre estaría solo. Por eso el sauna es como una droga para nosotros: sólo ahí nos sentimos a salvo de la miseria del exterior: el aire seco, la luz intolerablemente fuerte del sol, la agresiva prisa de la gente que debe llegar a algún lado. Nosotros no tenemos prisa. Llegamos en la mañana, en diferente horarios. Yo llego a eso de las diez y, desde que cruzo la puerta de cristal de la recepción, comienzo a desarrollar puntualmente el ritual de los iniciados. Hablo de iniciados porque entre nosotros suele haber gente ocasional: personas que van una vez o dos y luego desaparecen. Su condición de extraños se nota precisamente en su falta de ritualidad: se quitan la ropa, toman su toalla y su sábana y se meten a la cabina riendo y platicando entre sí.

            En mi caso, decía, llego a eso de las diez de la mañana, luego de un desayuno ligero de café y cereal con leche. Como ya se sabe, los tullidos emocionales no podemos comer mucho ni sentimos ánimos para cocinar nada, además de que muchas veces ni siquiera tenemos trastes limpios para hacerlo. Pues llego yo —decía— como a las diez, le muestro mi tarjeta a la empleada de la recepción, que checa en la computadora la vigencia de mi membresía y me entrega una toalla, una sábana y la llave de mi locker. Con esas tres cosas —el pase de salida para escapar del sórdido mundo— camino hasta el fondo del corredor, donde se hallan los vestidores. Una vez dentro el ritual comienza con la apertura de mis sentidos: disfruto el olor a limpiadores con que los empleados trapean el piso varias veces al día y el aroma de desodorantes, jabones, gel para el baño, agua de colonia, etcétera, de los otros cofrades. Saludo a quienes están ahí y converso un poco con ellos mientras se visten ya para retirarse o se desvisten como yo para entrar al sauna.

            Busco entre los lockers el número que corresponde a mi llave, abro mi maletín y, con la misma solemne parsimonia con que un sacerdote prepara los ornamentos, cálices y custodias para la misa, empiezo a disponer sobre la banca los objetos ceremoniales: toalla, sábana, traje de baño, chanclas y estuche de aromaterapia. Entonces me desvisto, me pongo el traje de baño y, con el ánimo ya menos decaído, me dirijo con mis cosas a “la playa”, como la llamamos los cofrades. Es ésta un salón en penumbra, lleno de sillones playeros, adonde uno se va a descansar saliendo de la cabina —la “capilla ardiente”, le decimos—. En el centro hay una pequeña piscina con agua a 15 grados centígrados y al fondo un garrafón de agua mineral con vasos desechables y una cesta llena de manzanas.

            Y ahí están: hermanos y hermanas en la tristeza.  A pesar de la penumbra, los reconozco a todos, incluso a aquellos cuya cara no es visible, ya porque se acomodan en el sillón en posición fetal, ya porque les gusta cubrirse el rostro con la sábana húmeda mientras dormitan o lloran.

            Sus cuerpos son muy semejantes, dentro de su relativa variedad, en tanto distintas manifestaciones de un solo cuerpo: el de la Soledad. Se mueven pesadamente, abrumados por el peso de incontables desilusiones o de un solo, inmenso, rotundo, irreversible fracaso.

            Entre las mujeres, algunas entran con las dos piezas del bikini, pero la mayoría se quitan el sostén, demasiado deprimidas como para tener pudor. “Mi vida está en ruinas”, oí decir a una de ellas una vez, “y quieren que todavía me importe si me ven las tetas”. Son mujeres de diferentes edades, entre 25 y 60 años: la edad perfecta de los enfermos emocionales. Porque antes de los 25 nadie lo toma a uno en serio; creen que simplemente no ha sido capaz de trascender la adolescencia. Y después de los 60 ya resulta macabro.

            Bien, pues una vez que reconozco a mis cofrades en ese perpetuo crepúsculo de la “playa”, saludo a los que es posible saludar y enseguida me dirijo a la cabina. Los cuerpos se mueven ahí adentro con más lentitud aún, inseguros, torpes, como si bucearan. Aunque en realidad casi no se mueven. Los más tristes buscan un rincón y ahí se acuestan en posición fetal, con la cara vuelta hacia la pared.

            Miro por dónde va el reloj de arena para no estar en la cabina más tiempo del saludable —ya se sabe que los enfermos emocionales tendemos a la hipocondría— y, si nadie ha usado aún alguna esencia, abro mi estuche de aromaterapia, elijo algo apropiado para mi estado de ánimo —mentol y eucalipto casi siempre— y pregunto a los presentes si están de acuerdo en la elección. Invariablemente dicen que sí. Yo respondo de la misma manera cuando es otra persona quien escoge la fragancia.

            Ése es el momento climático: la primera ronda de sudoración, cuando el cuerpo viene de la calle, está tenso, reseco, adolorido por los golpes de la vida, por los reveses del destino, y se sumerge en el calor y en la humedad. Cierra uno los ojos, aunque la penumbra dorada lo hace innecesario muchas veces, se recuesta o se sienta en un rincón y aspira hondo esa mezcla de olores a sudor, a madera, a la esencia elegida, a agua, a piedras calientes, a sangre y tejidos y vida orgánica... y se pone a paladear su desdicha hasta que el reloj de arena señala que el tiempo de la primera sesión se ha agotado. Entonces sale uno de la cabina y se va a las regaderas o se tira de clavado en la piscina, donde siente que se va a quedar paralítico de tan fría que está el agua. Y luego, ya refrescado, renacido, toma su lugar en la “playa” entre los demás cofrades. Ahí se queda una media hora, dormitando o platicando en voz baja (hay que respetar el dolor ajeno) o sollozando discretamente mientras bebe agua mineral y se come una manzana; después vuelve a la cabina, luego otra vez a la piscina y otra vez a la “playa”, y así... así, hasta que la tristeza termina de derretirse bajo la piel y escapa en la forma de ese sudor tibio, sutil que deja en las toallas una nostálgica fragancia de pañuelos de llorar.

            Ésa es nuestra vida, la única manera posible de soportar la carga de la existencia diaria con todos sus monstruos: la desilusión de los casados, la orfandad de los divorciados, la desesperanza de los solterones... Y fue así como conocimos a Fernanda.

            Fernanda tenía 28 años y un cuerpo que no reflejaba su frugalidad emocional, como no fuera porque estaba algo encorvada. Era una de las iniciadas. Digamos que si hubiéramos sido una secta, ella habría sido la Alta Sacerdotisa; la hacía merecedora a ello su apego a los principios no escritos de la hermandad. Ciertamente, era una virtuosa de la renuncia a todo cuanto pudiese ser causa de felicidad; su talento para el autosabotaje era maravilloso: era capaz de enfermarse o hasta de provocarse un accidente si con ello se echaría a perder la oportunidad de un romance o de un ascenso en el trabajo; tenía ojo clínico para enamorarse de los tipos más canallas y un olfato de perro para detectar a la gente más traicionera y confiar en ella. Pero, sobre todo, era una gran predicadora de nuestra doctrina; su pesimismo —el más negro que yo hubiera conocido— se traducía en frases contundentes: “No soy feliz, nunca he sido feliz y nunca seré feliz”, decía. Así era ella.

            Un día empezó a cambiar. Ya por una cosa, ya por otra, dejó de asistir con regularidad. Y en una ocasión la descubrimos sonriendo para sí misma, con los ojos brillantes de una horrenda alegría.

            —Estoy enamorada —confesó—. Y soy feliz.

            ¡Ups! Eso fue una bomba. Por supuesto, no íbamos a dejarla claudicar tan fácilmente. Por favor, éramos sus amigos.

            —“El sufrimiento —sentencié, citando palabras de Andrzejewski— es la sombra de todo amor; se puede amar, mas si se ama el amor se desdobla en amor y sufrimiento.”

            Los demás hicieron aportaciones en el mismo tono. Todo lo intentamos, pero no fue posible retener a Fernanda con nosotros. Se fue. Y me gustaría decir que nos dejó aún más tristes que antes, pero eso no era posible. Sólo diré, pues, que nos dejó resentidos. Ya nadie en la hermandad quería recordarla. Y si alguien lo hacía, se guardaba de mencionarlo. El nombre de Fernanda se convirtió en palabra prohibida. Una sola vez, de manera indirecta, nos referimos a ella. Y fue para ponerla de ejemplo:

            —No vayas a terminar como ésa —advirtió alguien, tratando de aconsejar a un hermano que estaba ilusionándose con una mujer.

            En realidad nadie la envidiaba. Si de verdad era feliz, qué bueno, pensábamos. Pero eso no era para nosotros. La felicidad es algo demasiado vasto, demasiado vertiginoso. Es como hallarse en medio de una plaza inmensa al golpe del sol. Y es muy solitario: al que es feliz nadie lo apoya, nadie lo comprende, nadie lo consuela. Ni siquiera Dios. ¿No lo dice así el Evangelio? “Bienaventurados los que lloran...” Nosotros nos teníamos unos a otros y teníamos esa cueva cálida, húmeda y penumbrosa que nos acogía en su seno para nutrir nuestra alma igual que una madre.

            Después de unos meses, como en el fondo lo esperábamos, Fernanda regresó. Vencida, rota, triste. La relación había terminado. El amor, una vez más, demostraba ser una flor demasiado frágil, demasiado efímera. Y, como en la parábola del hijo pródigo, hubo en la hermandad más alegría por la oveja mala que volvía que por todas las buenas. Las sesiones de lloro y duelo recuperaron su esplendor de antaño. Pasó el tiempo. Alguien más se fue y luego regresó, igual que Fernanda. Perdimos el miedo a las tentaciones de la dicha; comprendimos que la Hermandad de los Tristes sobreviviría a todos los amores, a todos los golpes de fortuna.

            El otro día, alguien trajo al sauna una mezcla de esencias florales que se llamaba “melancolía gitana”. Fue una sesión memorable: lloramos hasta caer dormidos, como bebés.

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Los pobres de espíritu

 

Cuando vio a Sonia arreglándose, Lope recordó que era primer domingo del mes. Eran como las once de la mañana. Habían desayunado temprano y luego él volvió a acostarse pensando que ella lo seguiría después de lavar los trastes, como lo hacían otras veces. Se quedó dormido en la cama revuelta, arrullado por el ruido del fregadero que llegaba desde lejos. En algún momento, su cuerpo echó de menos la compañía y entonces despertó. Sonia se había puesto un vestido blanco y estaba untándose gel en el pelo. Lope iba a preguntarle, pero entonces recordó: era primer domingo del mes. Sintió una leve amargura, muy en el fondo de sus pensamientos, y se sentó en la orilla de la cama. Tomó del buró sus calzones del día anterior, se los llevó a la nariz y, como le pareció no estaban tan sucios, se los volvió a poner. Con la misma pereza de ir a escoger algo al ropero terminó de vestirse.

            A través del espejo, Sonia le lanzó una mirada de reproche. Se calzó los zapatos y, viendo que la cama ya estaba libre, comenzó a cambiar las sábanas. El viejo llegaba a las 12 en punto a cobrarse la renta. Lope fue a peinarse al tocador aún impregnado con el olor de los menjurjes que Sonia acababa de echarse. Trató de mirarla como si nada y fue a darle un beso.

            —Nos vemos al rato —le dijo.

            Ya fuera de la vivienda, se dio prisa en bajar las escaleras y salir del edificio. No quería toparse con el casero: le parecía humillante tener que saludarlo. Una vez en la calle, compró el periódico y se alejó rápidamente de la cuadra sin pensar en ir a ningún lado. Eso se lo preguntó un poco después, cuando fue necesario decidir hacia dónde iba a seguir caminando.

            Pensó en el billar. Si fuera de tarde y entre semana, hacia allá hubiera ido. Pero los domingos se llenaba de adolescentes y a Lope le molestaban. Se sentía invadido por ellos, aunque no era viejo. Todavía no llegaba ni a los treinta. Además era guapo: tenía la barba partida y un bigote negro y grande como de bandido de película vieja. Las jovencitas que iban a jugar pool le echaban miradas, le sonreían. Él las observaba con reprobación, no sólo porque jugaban un juego de hombres, sino también porque a veces bebían cerveza mientras esperaban su turno para tirar. Un día —recordaba— una de ellas le puso en la mesa un papel que decía: “¿No quieres hacerme el amor?” Lope se ruborizó. Sus compañeros de juego se habían dado cuenta de que recibió algo y quisieron curiosear. Pero él no los dejó. Buscó con la mirada a la autora del recado. Estaba al fondo del salón: una muchacha rubia, nada fea, como de dieciocho años, que lo miraba sonriendo con una cerveza en la mano. Eso fue lo que no le gustó a Lope; de no haber sido por eso habría considerado la oferta, pues qué. Pero era enemigo del alcohol y de los borrachos, y le desilusionaba que la juventud se iniciara tan pronto en ese vicio. Y más las mujeres. Así que consiguió una pluma y escribió su respuesta al otro lado de la hoja: “Señorita, usted ha bebido y tal ves luego se arrepienta de lo que dise. Si mañana que este en su juicio sigue pensando lo que dise busqueme aqui mismo, sin aliento alcólico, y hablaremos de eso.”

            Ante las miradas curiosas de sus amigos y de los amigos de la muchacha, volvió a doblar la hoja y fue a dejarla en la mesa de la joven. Ella leyó el mensaje, se echó a reír y le hizo una seña obscena. Al día siguiente, Lope llegó temprano para ver si la veía, pero la muchacha no volvió a aparecer por ahí. Él suspiró con satisfacción, como si hubiera hecho una buena obra. Además de todo porque nunca le había sido infiel a Sonia. Le gustaba mirar a las mujeres y que ellas lo miraran, pero no intentaba ir más allá. Le parecían seres lejanos, ilógicos. No sabía cómo definirlas hasta el día en que vio en la televisión un documental sobre Picasso. A partir de entonces filosofaba con sus amigos: “Las mujeres son como cuadros de Picasso.”

            Dio vuelta en una esquina, hacia la periferia del barrio. Era el camino que tomaba antes, cuando trabajaba de mesero en La Negrita; el camino que aún tomaba en las noches para ir a recoger a Sonia. Lope prefirió evitarlo: se metió por otra calle, que no conocía. A media cuadra estaba llegando mucha gente, unos en coche y otros a pie. Era la iglesia. Después de tantos años de vivir en ese barrio, hasta ahora se percataba de que había una iglesia ahí. Iba a pasarse de largo, pero vio entre los fieles a una muchacha rubia, alta, que llegaba del brazo de sus padres. Le pareció conocida. Antes de entrar, ella también lo miró y entonces Lope ya no tuvo duda: era la del recado en el billar.

            Entró a la iglesia detrás de ellos. Ya no había asientos libres; se quedó de pie cerca de la puerta, con la intención de poder irse pronto. La muchacha y su familia pasaron adelante. Lope quería verla bien, sólo verla. No le interesaba nada más. Cabrona hipócrita, pensó. Quién la viera con esa carita de alma de Dios. Era la primera vez en muchos años que entraba a una iglesia; ya ni siquiera recordaba cómo era la misa. Sentía que todos lo miraban y, cuando apareció el sacerdote, tuvo la intención de marcharse. Qué tal si le decía: “A ver ese señor de la playera negra, ¿es la primera vez que viene? Háganos el favor de presentarse ante todos”. Pero nadie lo miraba y comenzó a relajarse. Él sí miraba a los otros, los miraba para hacer lo que ellos hacían. Se hincaban, él se hincaba; decían una oración, él fingía decir una oración; cantaban, él hacía como que cantaba.

            La gente seguía llegando. Lope estaba fascinado: cuántas jovencitas bellas iban a misa. Como ya no había lugares, se quedaban paradas regalándole a Lope el espectáculo de sus nalgas y sus piernas. ¿Cuántas de ellas serían igual de hipócritas que la rubia? ¿Cuántas saldrían de ahí sintiéndose santas y en la tarde ya iban a estar tomando cerveza o abriéndole las piernas a un hombre? Y sus madres se veían iguales a ellas. Y sus padres. Más de cuatro serían clientes de La Negrita, aunque él no reconoció a ninguno.

            Recordó la época cuando trabajaba ahí. Al principio estaba contento. Él y Sonia tenían pocos meses de vivir juntos y se sentían enamorados. Ella también trabajaba en La Negrita y, con el sueldo y las propinas de los dos, vivían desahogadamente. Pero luego a él comenzó a pesarle el ambiente: había demasiados borrachos. Le daba asco tener que limpiar las mesas con ceniza de cigarros y restos de bebidas derramadas. Después contrajo esa enfermedad, dizque del oído medio, que lo hacía perder el equilibrio. La primera vez fue a dar al suelo con una charola llena de vasos y botellas. De milagro no se cortó con tantos vidrios. El dueño de La Negrita le pagó los estudios médicos y, cuando supo lo que tenía, le quitó el empleo. El doctor le dijo a Lope que no podría trabajar en ningún lado hasta que lo operaran. Pero la operación era muy cara y el tiempo fue pasando. Sonia se quedó sola con el sostén de la casa; es decir, casi sola. Lope también hacía sus negocios. Uno de los clientes de La Negrita le tenía afecto porque él no le robaba con las cuentas y, cuando ya estaba muy borracho, lo acompañaba a la calle a tomar un taxi. Resultó que era ex comandante de la policía. Él metió a Lope en el negocio de la compraventa de armas de fuego, todo clandestino por supuesto. Sus clientes eran puros tipos de aire siniestro; no le gustaban y menos aun cuando querían hacer tratos con aliento alcohólico. Lope nunca los recibía así y eso le ayudó a hacerse fama de traficante serio. En ciertas temporadas ganaba buen dinero; luego, durante meses enteros, nada. El sueldo de Sonia no alcanzaba para vivir los dos, por lo menos no como estaban acostumbrados. Comprendieron que tendrían que dejar el apartamento y buscar algo más barato, pero lo más barato se encontraba en barrios todavía más jodidos y lejos. Ahí donde vivían, La Negrita les quedaba a quince minutos a pie. Sonia no quería mudarse y tener que tomar camiones para llegar a su trabajo. Fue entonces cuando el viejo aprovechado, viendo su situación, le dijo: “Las mujeres tienen la chequera entre las piernas”.

            Por medio de un proyector pasaban en la pared, a la izquierda del altar, el texto de la misa. Lope intentó leerlo un par de veces, pero no entendió de qué se trataba y además le pareció aburrido. Eso sí, se dijo que la iglesia era un buen lugar para ir a mirar mujeres y se hizo el propósito de volver, si no cada semana, por lo menos los domingos en que a Sonia le tocaba pagar la renta.

            Al momento del saludo de la paz, la rubia se volvió a mirarlo. Lope se acercó de inmediato a darle la mano. Como no sabía qué se tenía que decir, le dijo “Hola”. Ella respondió algo entre dientes, muy breve, y apenas si lo dejó tocar su mano. Será porque viene con sus padres, pensó él. En algún lugar, arriba, el coro empezó a cantar una canción bonita y alegre mientras muchas personas desfilaban hacia el altar para tomar la comunión. Lope se preguntó si estaría obligado a tomarla él también. Algo le decía que no tenía derecho a ello. Afortunadamente, así como nadie se dio cuenta de su condición de extraño, tampoco repararon ahora en que no comulgaba.

            Antes de salir a la calle, metió los dedos en la pila de agua bendita, más por seguir imitando a los demás que por cualquier otra cosa. Le gustó sentir el frío del agua en su frente y en su pecho. Y le gustó la simpatía con que lo miró una jovencita, tal vez tomándolo por un hombre piadoso. La rubia ya había salido con sus padres. “Qué tonto fui ese día”, pensó Lope. Siquiera hubiera guardado la hoja, de recuerdo nada más.

            Cuando llegó a su casa, Sonia estaba llorando en la cama. Siempre se quedaba llorando después de que el viejo se iba. A Lope le molestaba que lo hiciera: le parecía como un reproche después de todo injusto, ya que ella fue la que no había querido dejar el apartamento. En todo caso, el enojado había de ser él. Pero ahí estaba Sonia con sus lágrimas, con la cara hundida en la almohada como una adolescente que se hubiera peleado con el novio. Ni siquiera se había vestido. Ya debería acostumbrarse, pensó Lope. Total: jabón que no se gasta. No sabía qué decirle. Ella nunca quería contarle nada. La única vez que él le preguntó si el viejo le había hecho algo, le respondió enojada: “Ya sabes, ¿no?”

            No quería verla así. Iba a salirse otra vez cuando ella levantó la cara.

            —¿Qué hiciste mientras? —le preguntó, gangosa de llanto.

            —Nada. Fui a la iglesia.

            —¿Pediste por mí?

            —Sí —le dijo él y se metió en la cama, a su lado, acariciándose el bigote.

            —Gracias —le contestó ella y le dio un beso impulsivo que le dejó a Lope la cara llena de lágrimas.

 

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La dicha como tentación

] a partir de Agustín Cadena [

 

Carlos Olivares Baró

 

“Tentación: Deseo intenso. Influencia sobre otro(s). Provocación que induce a actuar en contra de los propios principios. Caer en la tentación. Flaqueza frente a algo negativo o perturbador. Incitación. Fragilidad. Quebranto. Excitación. Provocación del mal / Dicha: (del latín dicta) Felicidad, goce, ventura. Fortuna. Bienestar.”

Estamos siempre en los filos de las tentaciones. Muchos apuestan para alcanzar la dicha. Incitación que impulsa, envite que dispensa. La vida es un suceso de venturoso y turbado ardor. Las tentaciones bordean cada uno de los pasos que escribimos. La complacencia se regodea y espera que los impulsos nos transporten a su patio. Nacer, posiblemente la dicha más insospechada del hombre: no podemos aparecer, pero celebramos el arribo a este mundo plagado de provocaciones. Vivir, estadía en el tiempo que arropa y destruye la presencia. Morir, quebranto de todo lo posible. Tentación y dicha zanjan los destinos  que somos; ungen las estaciones que habitamos. Recompensa que se entremete en esas pequeñas pausas del mercurio que nos traga cada instante: mirarse en el espejo, comprobar que estamos, medir la distancia que nos separa del colofón. La tentación nos muerde; la dicha, enceguece y perturba.

            Las tentaciones de la dicha (Jus Contemporáneo 2010), de Agustín Cadena (Hidalgo, 1963) columpia un séquito de criaturas entre los ángulos de la desolación y los vértices del goce. La escritura del autor de Tan oscura es una instigación: visita al vórtice de esas zonas oscuras que retratan la desnudez del hombre. Historia de liviandades trotando sobre nublados territorios de misteriosa y seductora inocencia. La excentricidad, una mueca; el ansia, un acicate.

            Un anciano vampiro alquila una habitación en su madriguera; un escritor, el mar Negro, una singular pareja de vacacionistas, y un portafolio que guarda el manuscrito de un libro redactado en ruso; un sacerdote con una doble vida; un tío con el apodo de “vampiro” —comparte sexualmente a dos hermanas—, quien aparece asesinado en un basurero; una mujer regresa derrotada a casa, pide perdón a su marido; unos peces con nombres de poetas se suicidan mientras su dueño intenta hacerle el amor a una mujer que acaba de conocer; una cofradía de amantes del baño sauna; un castillo, un niño y una pareja en viaje de separación... cosmos alucinante en once cuentos de pulcra estructura y desafiante rango semántico. “Estos cuentos quizá tengan que ver temáticamente con los relatos de Los pobres de espíritu, que publiqué en 2005", me dice Cadena cuando le pregunto las razones de este catálogo de seres frustrados, marginales, menguados, cansados, sin gracia, desesperados, traicionados, arrepentidos, deseosos, desamparados... “Me interesa ese universo de seres que viven la premura del acaso y aventuran en pos de la incertidumbre”.

            Antón Chejov, Samuel Beckett, Arreola, Dino Buzzati y Rulfo se asoman por estas páginas de alegóricas resonancias. Desgracias y desencuentros, sombras de suturas que gotean espesas claudicaciones y espejeantes bríos. En los cuentos de Cadena la existencia es un clamoreo; unos pueden llegar hasta caer dormidos como bebés; otros, morir a sabiendas de su concupiscencia; algunos, peregrinar por los suntuosos filos de la avidez... los actores de estas perturbadoras fábulas viven sin pestillos en las ventanas y sin aldabas en las puertas, desandan imprudentes por oscuros túneles y luminosos prados.

            La dicha como tentación. El dolor, presencia y ropaje. Las tentaciones de la dicha o la propuesta cómplice de un narrador dueño cabal de su oficio.

 

Agustín Cadena  es novelista, cuentista, ensayista, poeta y traductor, además de profesor universitario de literatura. Ha publicado más de treinta libros y ha colaborado en más de cincuenta publicaciones de diversos países. Ha recibido varios premios nacionales e internacionales yparte de su obra ha sido antologada y traducida al inglés, al francés, al italiano y al húngaro. Algunos de sus libros: Tan oscura (Joaquín Mortiz, 1998), Los pobres de espíritu (Patria / Nueva Imagen, 2005), Las tentaciones de la dicha (Editorial JUS, 2010), Alas de gigante (Ediciones B, 2011), Operación Snake (Ediciones B, 2013), La sed de la mariposa (FCE, 2014), Fieras adentro (Editorial Progreso, 2015) y Dibujos a lápiz (Editorial Puente / Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Hidalgo, 2015).

 

 

 

 

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