Esta ínfima parte del infinito (un par de visitas)

 

A flor de piel                                                                                              

 

En las yemas de los dedos de una mujer ciega,

en las alas vibrantes de una libélula,

en el pecho del condenado a muerte                                                   

un segundo antes de ser fusilado,

en el infrarrojo secreto de tu pulso,

en las venas del suicida                                                                   

cuando se aproxima la cuchilla a la muñeca izquierda,

en el musgo sedante de tu nuca,

en un copo de nieve suspendido aún en el aire,

en la parte más sensible de tu cuerpo,

poso mis labios, y te beso.

 

 

Paternidad 

 

Hoy, mientras veo a mi hijo

atrapar lagartijas en el jardín,

te veo verme,

y acuso el golpe que te dio en mis costillas

la calavera hueca.

Soy como eras cuando abrazo a tu nieto

que no sentiste, pero amaste al amarme.

Repito los consejos que me has legado

para que los comprenda el injerto que me hicieras

en el baipás heráldico de tu simiente marchita.

Soy, a través del tiempo, todos los huérfanos

cuando acaricio al vástago que me diste.

Siento el vapor ancestral del padre ausente.

Quiero recomponer tu presencia, ahora,

con los frágiles huesitos que enterré en el estiércol

doméstico de nuestra vida futura.

Terminaré este puzle aunque no tenga la pieza

que te llevaste en tu fuga temprana.

 


La luz

 

El color cobrizo

del helecho seco

disputa

al verde amarillento

de las hojas semivivas

el protagonismo azul

que la mañana

difunde en reflejos

tan pálidamente rosas

como la carne

diluida.

Un tono se impone

al resto

sin dejar de ser único:

la negrura

que avanza

desde los fosos

hasta las cavidades.

Importa

la fijeza cromática

que varía

según la inclinación

de la luz:

un llano brillante,

después sombrío,

después oscuro,

y siempre

fatídico

o casi blanco.

 

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