Tres espectros

Ivan Leroy Ayala

 

Contestación al Otro poema de los dones 

 

Por las palabras que nunca nos diremos y se dijeron de una cruz a otra cruz.

Por las palabras que se hicieron poema y te empeñaste en demostrar triunfo del amor por sobre todo.

Por tu cariño, siempre cariño amotinado y revelador de hermana grande, ejemplo de busca mundo y sus exploradores.

Por las noches de hacer libros e imágenes que se grabaron con el buril de tu delicadeza.

Por la seda y el lino y la plata de tu aliento.

Por la fuente de vocablos que signaste en nuestra lengua y se volvieron canciones desesperadas.

Por las copas de vino a tu silueta fina abogada de camino verdadero.

Por tu música en todas las obras.

Por la llama de la cascada de flores de nube que sembraste también en nuestras venas.

Por el agua que bebimos de tu cántaro y que nos enseñó para qué sirve la sed.

Por Juan y Pedro, su cuello y sus llaves.

Por la virgen de Líbano arando el desierto, siembra de nardos y azucenas.

Por los dulces clavos y la vida y la corona de laurel del poeta derramada por tus lágrimas rojas, negras y blancas.

Por las aras, el ramo y el perdón de tus rodillas y sus rodillas sobre el cojín brocado.

Por su amor para toda la vida en esta vida.

Por la miel y el perfume y la leche y el pan y el jengibre y la libertad del ciervo y tus ojos de venada.

Por los hijos y los hijos de tus hijos.

Por nosotros que somos tus hermanos-árboles todos que queremos acariciar a las nubes y a los papalotes de nuestro trabajo.

Por El beso y La Eva y todas sus Sombras en una misma.

Por el biombo de espejos que multiplica tu sonrisa.

Por la rosa y los nombres que le reinventó tu nombre.

 

 

Oración de la boca del dragón 

 

Lumbre     lumbre     lumbre
volver a decir es decir tu nombre
es la fuerza de tus siglas deletreadas
con la cruz de tus cicatrices perlas
rosario entre mis yemas
que construye la oración perpetua en tu aliento
de ave del murmullo
que llora la imposibilidad de nuestros besos
y en el último caracol eclipsa la mañana
—arrullo de lana y remanso de aguaplata entre tus piernas—
alimenta el cardumen de nuestras alegrías amargas
Lumbre     lumbre     lumbre
todo purificas tú en la agonía de la materia
devuelve su voz a mis espaldas
que me toque el cuello
que apague una vela
que tire el diccionario
que mueva las cosas de su sitio
y que toques la campana de los muertos
y vuelvas a nacer para decir mi nombre
con la fuerza de las oraciones de la tierra
a la luz de todos los destellos del mar y en el eco de sus ostras
Tú al tacto de todos los pezones ebrios
—cuentas del último collar de barro negro—
eres la oración triste del desahuciado
grito del ave que encontró a la nube y perdió el nido
para reivindicar las razones místicas del odio
para hacer con el fósil ámbar de la hormiga
los cimientos de tu enterramiento
—para dejar de cavar mi tumba
y no arrebatarle a otro el privilegio—
en paz a la noche con sus perros y sus lunas
y que cada pez decida qué estrella lo traga
o qué vientre le habita una constelación de lunares
porque tus pechos
y sólo tus pechos regaron su leche
en los zapatos de la infancia
mi infancia que llenó de luciérnagas
esta boca mía malherida.

 

 

Las revelaciones del lino. Lírica del guerrero 

 

Habiendo despertado del sueño que resulta de siete noches fervientes
desquiciadas las coyunturas que mi cuerpo desespera
y la inminente condena y repudio del infierno
me mostró su vientre bañado en mi leche para escuchar mi lengua
Faridhe me quitó la argolla del índice
después del fuego lo puso en la cadena de su cinto
me hizo vestir ropas de lino fatuo
puso mi collar de oro a su cuello
y bebió mi poesía y el vino de sus enemigos
salieron del santuario de sus ojos siete ángeles
también desvestidos
llevaban los siete placeres en sus copas
resplandecientes e inmorales
ceñidos al escote por cinturones de oro
las espaldas invisibles de brillo soberbio
se aproximaron a escasos dedos de mis arterias
tus labios y el acero frío —por eso fascinante—
de la mujer más heróica de la tierra ¡qué decir!
de la historia de los tiempos
mientras me inclino entregado a la piedad
mi cara a tus rodillas
—así la miraron mis ojos—
ordeno con ira senil te entreguen mis regimientos
cargamentos de plata
piedras preciosas
perlas
púrpura
seda y escarlata
maderas olorosas
y objetos de marfil
bronce
hierro y mármol
lentamente se fue concediendo a la lucidez absoluta
quedando sus vestidos de lino bañados en mi sangre
supe mis pies derrotados
en lino que rasga las buenas acciones
de los santos
y a los ejércitos del cielo y la tierra
tambien desnudos en vino blanco
—casi vehemente—
no entendieron por qué les di la espalda
y al mundo
por matarme en tu cabello del delirio
destruído rumbo al ocaso.

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