José Agustín

 

El lado oscuro de la luna. Unos amigos me invitaron a una fiesta–a–oscuras, que ahora están de moda. Ya sabes: son iguales que todas, sólo que éstas son en total oscuridad: bueno, siempre andan por ahí unas lamparitas para iluminar bebidas, comida, dogas, y por supuesto para lanzar ocasionales haces indiscretos a la gente en pleno desfiguro. Por lo general la música brama a alto volumen, e inevitablemente hay líos inesperados.

Óscar de la Borbolla

 

Estaba tan harto de la vida que decidió pegarse un tiro: tomó un diúrex y como sabía de oídas que los tiros infalibles se pegan en la sien, ahí se pegó una bala calibre 22 con todo y casquillo. Fue un momento de gran excitación, con la mano temblorosa se llevó el proyectil al lugar preciso, cortó con los dientes el primer pedacito de diúrex, presionó para adherírselo sobre la punta de la ceja y el pelo de la patilla, y en seguida se colocó una segunda tira, una tercera y hasta una cuarta. Cuando por fin pudo sacudir la cabeza sin que la bala cayera supo que el tiro estaba bien pegado, respiró hondo con un enorme alivio. Suicidarse no era para tanto, ni siquiera dolía.

Juan Villoro

 

Los granaderos no quisieron presentar examen para entrar a la preparatoria. Ellos usaron su propio método: el bazukazo que convirtió la puerta colonial en una nube de aserrín.

La policía justificó el ataque con razones estratégicas: la Prepa 1 era un “foco de sedición”, los estudiantes, en vez de ideales académicos, acariciaban ametralladoras soviéticas.

Alain Derbez

 

(a Ricardo Fritz, a Carlos Chimal, a Marcela Capdevilla)

 

Imagino un falo péndulo lleno de campanadas y dos negras vestidas a la usanza antigua.

Imagino que ríen de lo que imagino ahora que con el negro entran a la casa. Me imagino que sus risas se alargan, ascienden entre distintas tonalidades e inundan toda la habitación. Los muros, las risas y los cantos los blancos dientes. No hay cifrado que encierre esos sonidos ni escrito que puede detectarlos: agua derramada el tiempo que gotea y el péndulo que lleva el ritmo: el péndulo y el blues tic tac, tic tac: el péndulo, y el blues el miembro como de chango que cuelga de la imagen que Cortázar me dio de Johnny Carter. El ritmo todo lo satura.

Silvia Molina

 

De pronto la luz de la mañana inunda la fachada de Colima, y obliga a las sombras a esconderse tras las balaustradas de las terrazas. Un aire apresurado arrastra el polvo del parque y las hojas de los árboles, en un torbellino que nos obliga a contener la respiración y a cerrar los ojos. Cuando los abro, mi mamá ha desaparecido.

Margo Glantz

 

¡Mira, nomás!, te digo. Y tú miras. Al lado se han sentado. Ella es alta, rubia, bien vestida. Lleva, como debe de ser, el suéter colocado en el cuello como si fuera pañuelo, por si las dudas, ahora que es verano y que el tiempo parece invernal, pero a lo mejor, de repente, nos sale el sol o cae la lluvia de nuevo, y hace fresco, y además es elegante.

Juan García Ponce

 

Todas las tardes, al salir de la oficina, C se dirigía a la plaza que durante casi todos los días de su infancia había deseado ir con un propósito determinado lográndolo sólo en unas cuantas ocasiones inolvidables. Allí, en la antigua nevería bajo los portales, a un lado de los puestos de revistas y periódicos y de los cambiantes retratos de las películas del viejo cine, sentados en las conocidas sillas de pies y respaldo de metal y gastado asiento de madera alrededor de una de las pequeñas mesas redondas con cubiertas de mármol, encontraba a un grupo de amigos.

Luis Zapata

 

En la noche, aunque todos estábamos cansados, el Rengo propuso que fuéramos a un burdel para brindar por nuestro triunfo. Un poco porque era algo que había que celebrar y otro poco por la costumbre, aceptamos. Todos nos sentíamos muy contentos, especialmente el Guacho y el Botas, que a saber qué diablos les había picado: se palmeaban los hombros, decían más chistes que otras veces y se les veía la cara como recién lavada. El fresco de la noche nos había reanimado, y la sensación de estar, el sabernos, en otra ciudad, ya sin preocupaciones y a punto de emborracharnos, nos llenaba de chispitas el pecho y el estómago.

Pedro Miguel

 

Esta es la historia de un todavía joven profesor de epistemología que terminó girando sobre sí mismo a la velocidad precisa, regulada por cuarzo de 33 y media revoluciones por minuto,, empalado en el postecillo central de su tornamesa Pioneer –un aparatazo, hombre que bárbaro– y arruinando para siempre la vos preciosa de Silvio Rodríguez.

Iliana Vargas

 

Una historia que no debía existir. La torre de San Petersburgo construida por enanos en busca de miles de terrones de oro. O la tierra de los hombres que sólo comen musgo. O las princesas que se acuestan pensando en los dolores de su mandíbula y en la hinchazón de sus vientres a causa de la infertilidad que se expande como un feto de seis meses. Una historia que ni siquiera valga la pena ser imaginada. No burlada ni negada ni malversada, ni siquiera planteada por la mente más ociosa y aburrida de cualquier ciudad o pueblo o terruño. Una historia sin personajes, sin materia para degustar, sin cielos estremecidos, sin paisajes por descubrir. Una historia que no nazca del sentido común y que no encuentre sentido en ningún sitio más que en el que le fue dado en su nacimiento… A eso me suena la historia que me contaste, Bulmaro. Pero, Óscar, lo dices como si yo la hubiera inventado, y en realidad sólo la aprendí de memoria para explicarte que puede escribirse algo así, bello y sin sentido. Escucha, voy a decirte la segunda parte:

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