Carlos Monsiváis

 

Era una santa, así la considerábamos, y eso mostraba en su conducta. No le tenía miedo a la pobreza y la enfermedad, sufría cuando no sufría. Por eso todos protestamos cuando se le llevó a la cárcel. ¡Era una infamia! Esa mujer era sólo el bien, era llama de amor puro. La policía insistió: ella había envenenado a doce viejitas a quienes obligó a testar en su favor.

José Agustín

 

El lado oscuro de la luna. Unos amigos me invitaron a una fiesta–a–oscuras, que ahora están de moda. Ya sabes: son iguales que todas, sólo que éstas son en total oscuridad: bueno, siempre andan por ahí unas lamparitas para iluminar bebidas, comida, dogas, y por supuesto para lanzar ocasionales haces indiscretos a la gente en pleno desfiguro. Por lo general la música brama a alto volumen, e inevitablemente hay líos inesperados.

Bárbara Jacobs

 

Mi libro favorito no es todavía un libro, sino que empieza por ser un cuento dentro de un libro que se llama Trois contes, de Flaubert. La idea de Trois contes me gusta y, sí un día me animo a imitar a mi vez a Gertrude Stein, escribiré mis Three Lives como ella, por Flaubert, pero las escribiré como to, por ella y por Flaubert, y las llamaré Tres historias, por ejemplo. La idea de Trois contes y la de Three Lives, que es la misma idea, me atrae, decía, pero cuento, la vida, que llamaría mi favorita de esas ses historias, es “Un coeur simple”, de Flaubert, y en segundo lugar “The Good Ana”, de Gertrude Stein.

Juan Villoro

 

Los granaderos no quisieron presentar examen para entrar a la preparatoria. Ellos usaron su propio método: el bazukazo que convirtió la puerta colonial en una nube de aserrín.

La policía justificó el ataque con razones estratégicas: la Prepa 1 era un “foco de sedición”, los estudiantes, en vez de ideales académicos, acariciaban ametralladoras soviéticas.

Carmen Boullosa

 

Es de noche en los bosques de Santo Domingo. Las moscas de fuego iluminan a dos perros acostados sobre el cuerpo de un chico. Su cuerpo está helado y los fieles animales procuran regresarle el calor con su proximidad. Cuidan de no tocarle la cabeza y de no movérsela. Lamieron ya la sangre que escurriera de las heridas.

Silvia Molina

 

De pronto la luz de la mañana inunda la fachada de Colima, y obliga a las sombras a esconderse tras las balaustradas de las terrazas. Un aire apresurado arrastra el polvo del parque y las hojas de los árboles, en un torbellino que nos obliga a contener la respiración y a cerrar los ojos. Cuando los abro, mi mamá ha desaparecido.

Elena Poniatowska

 

De los pretendientes, el que más inquietaba a Weston era Xavier Guerrero con su mutismo, su casi displicencia. No hacía sino mirarla, nunca decía una palabra, ni siquiera se movía. No bailaba y Weston sólo captó una mueca despectiva del día en que él se vistió de mujer en la fiesta en casa de los Salas y empezó a contonearse. No, no eran macho como él, Dios me libre, ni ostentaría jamás una pistola ni un traje de charro. –Qué mariachis tan exhibicionistas, los muralistas, qué machismo el suyo! Para hacerlo rabiar se acercó a Guerrero: “¿Me permite esta pieza?” El ídolo lo miró indignado y al poco rato se fue para su casa. “Qué hombre tan cerrado, no es un hombre, es una piedra.” “Sí, pero muy bien tallado”, le contestó Tina.

Juan García Ponce

 

Todas las tardes, al salir de la oficina, C se dirigía a la plaza que durante casi todos los días de su infancia había deseado ir con un propósito determinado lográndolo sólo en unas cuantas ocasiones inolvidables. Allí, en la antigua nevería bajo los portales, a un lado de los puestos de revistas y periódicos y de los cambiantes retratos de las películas del viejo cine, sentados en las conocidas sillas de pies y respaldo de metal y gastado asiento de madera alrededor de una de las pequeñas mesas redondas con cubiertas de mármol, encontraba a un grupo de amigos.

Aline Petterson

 

El hombre levanta la vista de los papeles. Lleva tantas horas inmerso en la batalla. Está mareado. Tantos héroes. Tantos muertos. Tanto tiempo, Tantos años viviendo historias. La espalda le duele, las letras se le mezclan, los nombres se le olvidan. Hay un escudo… El mundo fraguado en una rodela de triple cenefa brillante y reluciente, con una abrazadera de plata. Dos ciudades de hombres dotados de palabras. Él también está dotado de palabras que se le secan en la garganta. Unas bodas. Unos ejércitos. Jóvenes entre viñas de oro sostenidas por varas de plata. Doncellas que danzan. En la orla del sólido escudo, la poderosa corriente del río Océano. ¿Hace cuánto que estuvo frente al mar? La cabeza le zumbaba como enjambre libador de dulce miel. Quién fuera Aquiles, el de los pies ligeros. El que tiene en su poder la historia.

Pedro Miguel

 

Esta es la historia de un todavía joven profesor de epistemología que terminó girando sobre sí mismo a la velocidad precisa, regulada por cuarzo de 33 y media revoluciones por minuto,, empalado en el postecillo central de su tornamesa Pioneer –un aparatazo, hombre que bárbaro– y arruinando para siempre la vos preciosa de Silvio Rodríguez.

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