Agustín Cadena*

 

Para Guadalupe

Makasimhaí, la flor corazón de la Santa Tierra, era niña cuando sucedió todo lo que ahora recordaba en huracanados sueños. Ahora era invierno y ella dormía mucho. Despertaba al amanecer, pero alrededor del mediodía –En Butithí el sol tenía un ciclo de vida de sólo dos o tres horas— volvía a su cueva, a su cama hecha con pieles de carneros y perros salvajes, y empezaba su diaria batalla contra los erizados demonios del pasado. A veces despertaba a mitad del sueño y buscaba el calor de la axila de su hombre, Shan Jua era un mago gigante del Valle;

Rafael Ramírez Heredia

 

Es que así de sopetón no se entienden las cosas, deveras, no le encuentro la razón. Mira, apenas el sábado pasado la estuvimos oyendo ahí con el Güero, que te lo diga el Blacamán sino es cierto.

La pusimos muchas veces hasta que el Güero dijo que iba a cerrar, ya ves como se pone de ojaldrita cuando tiene sueño y sale con que tiene que llevar a la familia al cine.

Abilio Estévez*

 

Y por cada palabra algo se añadió a la realidad. El mundo se conformó y ordenó como yo quería o deseaba. El Herido y yo paseamos por aquel invento con alegría que no tuvimos modo de contener. Sé, o creo saber, que llegamos un lago. Debimos de habernos sentado en sus orillas (los lagos están para que nos sentemos en sus orillas). Con gesto cargado de intención, él ordenó Inclínate, mírate en las aguas azules que, cómo están acabadas de crear y como todavía somos los únicos humanos, aún no están contaminadas.

Armando González Torres

 

Miércoles

Por la tarde, tras exhaustivas caminatas sin rumbo, llegué al bar, con la mínima catarsis del cansancio encima; con el cuerpo tenso que, después de tanto esfuerzo, reclamaba mujer. Vi el gato que saltaba de una mesa a otra para devorar piltrafas: se es un privilegiado viviendo entre tantas mujeres, pequeño garañón de sexo eléctrico. Puse monedas en la sinfonola y pedí canciones de moda que, al parecer, no eran del gusto de los parroquianos, pero llamaron la atención de las muchachas.

Juan José Arreola*

 

El cilindro es al toro lo que la banda de Möbius a la botella de Klein”. Y Francisco Medina Nicolau sacó de una gaveta la célebre cinta de papel, ahora con las puntas pegadas de un modo particular, como en el cuello de camisa. Sus manos de prestidigitador la hicieron girar y en el aire quedó la forma pura:

—Cuando la banda de Möbius se esconde en ella misma, surge la botella de Klein… ¿La ves?

Quede perplejo y salí por tangente literaria:

Leonardo Padura Fuentes

 

Noticia

El pasado domingo 21 de octubre, a las 4 y 23 de la tarde, Raimundo Manzanero, de 46 años, casado, subdirector económico en funciones de la Dirección Nacional del C.A.N. (Combinado Avícola Nacional), y vecino de la calle Josefina 146 en el reparto Sevillano, en esta capital, se ahorcó en su vivienda, sin explicar verbalmente o por escrito la causa de este lamentable acontecimiento. Según los peritos, los preparativos del ahorcamiento fueron hechos con todo cuidado, como si Raimundo Manzanero tuviera experiencia previa en tales actividades suicidas.

Berta Hiriart

 

El doctor Schwartz era un hombre particularmente chaparro, con lentes de fondo de botella que aumentaban, la agudeza de unos ojillos de ratón inteligente. Primero nos hizo pasar por separado y luego juntos, haciéndonos toda clase de preguntas, como si se tratara de una pesquisa policiaca. Después nos ausculto con minuciosidad, y por fin nos sentó frente a él dispuesto a darnos su diagnóstico.

—Bueno, jóvenes, he aquí un caso en verdad interesante.

Hablaba con una lentitud enloquecedora, dándose tiempo para repetir en cantaleta cada última frase.

Juan Hernández Luna

 

Lo que más me dolía era el culo. Como si los hijos de puta le hubiesen metido una marra de acero y olvidado sacarla.

Aquel no había sido su día, de eso estaba segura. Podía jurarlo por Santa Agueda y por San Bonifacio, sus santos preferidos. Primero, habían sido las medias corridas con el lazo del tendero, luego al ir a cagar, descubrió a Zoila espiándola desde la letrina contigua. Odiaba a Zoila, no podía entender cómo a sus doce años, todos los hombres del barrio le fueran conocidos. Y no bastante con ellos, había comenzado a buscar el favor de las mujeres con sorpresa de que no pocas aceptaban acostarse con esa chiquilla que hacía valer su condición de huérfana, quedándose a dormir en el portón de la vecindad y haciendo de la letrina su centro de actividades, tanto para sus escarceos como para espiar a quien usara el retrete de junto.

Sabina Berman*

 

La casa se encuentra limpia, pero huele a humedad y las maderas de los marcos de las ventanas y de las puertas están hinchadas y con ciertas junturas quebradas: Hay que patear la puerta de la biblioteca para que ceda. Lo hace la señorita Berman, mientras doña Ana destapa su Chanel No. 5 y bebe los restos del coñac.

—Aquí podría escribir —dice doña Ana pasando la mano por el escritorio—. Qué curioso —dice luego y está mirando hacia la ventana.

—¿Curioso qué?

Roberto Echevarren

 

Por esa época te cambió la cara. Ni mejor ni peor. Fue otra. Los ojos volcados hacia dentro se habían vuelto más claros, crispabas las comisuras y arrugabas los párpados. Insultaste y te insultaron. Pasabas horas cortando y pegando celuloide. Nada de eso servía para hacerte conocer ni te daba una carrera. No serías director de cine. Te volviste impaciente a medida que acumulabas experiencia. “Prepárate a ver la luz, a ver al envuelto por la luz”. “Nunca habrá otro como tú”. “Conozco tus tácticas y tu cabeza, el porte, el haz insoportable en el borde del podio”.

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