Gerardo Amancio 

 

Bella de día

A mediodía la encuentra dormida en la habitación a oscuras. La observa soñar y sonreír. Enseña los colmillos. Cierra el ataúd.

(139 caracteres con espacios)

 

Insomnia

Un tren viaja de medianoche al amanecer lleno de insomnes, quienes ven por las ventanillas los sueños que hubieran podido soñar.

(137 caracteres con espacios)

 

Andreu Martin*

 

Estoy sumergido en la bañera. Hundido. Acaba de suceder algo muy importante en mi vida. Pero no sé qué es. Estoy sumergido en la bañera, pensando en Laura y los niños, recreando algún recuerdo apacible de los juegos y rutina conyugal, la paz del hogar, las risas infantiles y entonces entra ella, desnuda y perversa, y se arrodilla junto a mí, y mete las manos en el agua jabonosa para jugar con esa porción de mi persona que hace unos instantes le ha procurado un viaje de ida y vuelta al Paraíso. No disimula su fascinación por el placer sexual, el regocijo que le causa provocar y notar su resurrección.

Beatriz Escalante

 

Ella era una de esas mujeres que tienen el ano —y no la boca— debajo de la nariz, a juzgar por el gesto de desagrado permanente. No era una persona: era una especie de consecuencia: el producto de la cosmetología, la cirugía plástica y las últimas novedades de liposucción. No contaba su tiempo en años de vida sino en horas de masaje. Y, salvo las anginas y el apéndice, cada centímetro de su cuerpo había conocido algún tipo de reparación con bisturí y ciencia médica. No tenía lunares, pecas, manchas ni pelos. Tampoco las últimas costillas flotantes. Era tan artificial como el rostro azul de una Menina de Picasso. Su mirada era vacía y transparente, como una botella de vidrio sin estrenar. Nunca se le ocurrió que más allá de las puntas de sus sedosos cabellos pudiera haber una persona, pues, sin importar donde estuviera: en la fila de un banco, o en el centro de un elevador con cupo completo, agitaba su cabecita con la inconsciencia con que los perros se sacuden el agua de la lluvia.

Mónica Lavin*

 

Cuando una mujer se va, no hay que dejarla volver a casa. Pero como iba yo a ignorarla, si toda la noche se estuvo fuera. Tocó y pregunté quién. Vete, le dije. No habló más. Escuché la lana del abrigo frotar la madera mientras escurría para caer sentada en el escalón. La imaginé abrazada al bolso con el que partió. Ese bolsón de fin de semana, el que usábamos cuando —muy de vez en cuando— se nos ocurría dejar la ciudad. Eché los huevos en el sartén y el chiriar del aceite veló el sonido del klinex con el que seguramente se sonaría las narices.

Mauro Barea

Aquellos hijos de la chingada vinieron por mí al atardecer. Esperaron a que me tomara una ducha rápida, solo. Un gordo con un tatuaje de un león mal dibujado y mostrando los colmillos en la cabeza rapada, con los pantalones ya abajo y meneando su inmensa polla, se me acercó sonriendo. Tras él llegaron otros tres idiotas, llenos de cicatrices y pinchazos en el cuerpo y bajándose los pantalones también. Se reían y estaban excitadísimos. Agarré la barra de Zote con la que me enjabonaba. La sostuve con fuerza y me volví hacia ellos.

Joserra*

 

Mi hermano se rompió la espalda. Es probable que nunca vuelva a caminar. ¿Te das cuenta?

Sí, me doy cuenta. No importa. Tu hermano era un pobre güey. Le gustaba pisar los gusanos.

(Y es de noche, y estamos borrachos con sus lágrimas y nos moriríamos de asco si nos besáramos un poco)

No bromees conmigo, de verdad es serio. Y de verdad tu hermano me vale pito.

Eusebio Ruvalcaba

 

Siempre que veía a la Emi se me paralizaba. Ella tenía la culpa. Usaba unas falditas que no más se agachaba o cruzaba las piernas, y se le veían los calzones. Tiro por viaje yo apostaba a ver de qué color los traía. Apostaba con mi primo, porque él vivía en mi misma casa, en el piso de arriba. Era una casa dúplex, de esas que están una arriba de la otra, o una al lado de la otra, las dos juntas pero no revueltas. De interés social. Que cuando las ves desde lejos parecen como palomares. O colmenas. O un montón de cajetillas de cerillos perfectamente acomodadas.

Guillermo Fadanelli

 

El asalto está a punto de consumarse. Todos saben que ocurrirá de un momento a otro y saben también que la víctima está cerca. Tan cerca que pueden sentir su piel caliente y su respiración temblorosa, oler su perfume adulterado y ese aroma a muerto que quizás produce la adrenalina. Un empleado se acomoda la corbata frente al aparador de Sanborn´s, su nudo mal hecho, las marchas cetrinas de su camisa, su barba mal afeitada se disimulan en el paisaje que reproduce el cristal opaco.

Angelina Muñiz—Huberman**

 

Debió ser por la vida sexual tan tranquila y ordenada que tuvo por lo que empezó a contarle a su hija todo tipo de perversión, anomalía, reversión e inversión.

No ejecutó actos imprevistos, súbitos o alterados. Siempre siguió las reglas. Siempre en orden. No hizo el amor bajo la mesa de la cocina, ni sobre el piso del elevador. Ni en equilibrio sobre una valla. Tampoco en la oscuridad del cine en la última fila. Mucho menos en el vestidor del almacén. No. No. Nada de eso. Ni siquiera a pleno sol o a plena luna: en medio de una visita; tras bambalinas o en el centro del escenario.

Agustín Cadena*

 

Para Guadalupe

Makasimhaí, la flor corazón de la Santa Tierra, era niña cuando sucedió todo lo que ahora recordaba en huracanados sueños. Ahora era invierno y ella dormía mucho. Despertaba al amanecer, pero alrededor del mediodía –En Butithí el sol tenía un ciclo de vida de sólo dos o tres horas— volvía a su cueva, a su cama hecha con pieles de carneros y perros salvajes, y empezaba su diaria batalla contra los erizados demonios del pasado. A veces despertaba a mitad del sueño y buscaba el calor de la axila de su hombre, Shan Jua era un mago gigante del Valle;

Numero actual

portadaCafé