Rowena Bali

 

Aquel asunto me convirtió en objeto de estudios y secretismos por parte de doctores y padres. Esos secretismos provocaban que me sintiera un fenómeno inserto en una realidad que apenas conocía a los tres años. Los mayores, con esa autoridad que se autoconfieren por su larga permanencia, me decían que tenía que cambiar, que no había otra posibilidad porque yo era diferente y ser diferente era algo muy malo, que ellos, con una magia nefasta y autoconferida, tenían que convertir lo malo en lo “bueno”. Lo bueno era que yo fuera un niño.

Gerardo Amancio 

 

Bella de día

A mediodía la encuentra dormida en la habitación a oscuras. La observa soñar y sonreír. Enseña los colmillos. Cierra el ataúd.

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Insomnia

Un tren viaja de medianoche al amanecer lleno de insomnes, quienes ven por las ventanillas los sueños que hubieran podido soñar.

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Roberto Hurtado

 

Bajo las sombras de la noche esperando la salida del autobús que me conducirá a la ciudad de Tepic, aparece Teresa, lleva en brazos un bebé, le siguen otros dos niños, vienen somnolientos, se ve que han viajado mucho, tras ella un anciano con un diablito repleto de maletas y cajas, la vigilante no le permite que meta las maletas a la sala de espera y le dice que puede dejarlas en la entrada, ella sienta a sus hijos en las butacas y sale para descargar las maletas y pagarle al maletero, regresa y agarra al bebé, se abre la blusa y le da de mamar, muy confiada deja las maletas y después lleva al baño a sus otros hijos los cuales, muy calladitos no hacen lo que otros niños de su edad que andarían inquietos, corriendo por la sala, llorando o exigiendo que les comprara algo. Ella, de estatura media, complexión ni gorda ni flaca, con el pelo largo recogido con unas pinzas, blusa blanca, un poco escotada que deja ver el nacimiento de dos senos llenitos quizá por el amamantamiento, su blusa sube con los movimientos del brazo y deja ver un ombligo atractivo y por atrás el nacimiento de su espalda, moldeado como los de una modelo que practica ejercicio, trae un pantalón de mezclilla que encierra unos esbeltos muslos, su andar cadencioso, rítmico, su rostro, a pesar de la presión de su situación, el temor de que le roben sus maletas, el que sus hijos se extravíen y ahora comprendo por que estaba vigilando a todas las personas que entraban a la sala, no denota preocupación, antes se ve tranquila, confiada.

Beatriz Escalante

 

Ella era una de esas mujeres que tienen el ano —y no la boca— debajo de la nariz, a juzgar por el gesto de desagrado permanente. No era una persona: era una especie de consecuencia: el producto de la cosmetología, la cirugía plástica y las últimas novedades de liposucción. No contaba su tiempo en años de vida sino en horas de masaje. Y, salvo las anginas y el apéndice, cada centímetro de su cuerpo había conocido algún tipo de reparación con bisturí y ciencia médica. No tenía lunares, pecas, manchas ni pelos. Tampoco las últimas costillas flotantes. Era tan artificial como el rostro azul de una Menina de Picasso. Su mirada era vacía y transparente, como una botella de vidrio sin estrenar. Nunca se le ocurrió que más allá de las puntas de sus sedosos cabellos pudiera haber una persona, pues, sin importar donde estuviera: en la fila de un banco, o en el centro de un elevador con cupo completo, agitaba su cabecita con la inconsciencia con que los perros se sacuden el agua de la lluvia.

Hugo López Coronel

 

Siempre sobresale de las flores cuando camina a contraviento; y eso, a pesar de lo tupido de los campos con su color violeta. Algún día nunca le dije de mí, de mi espalda plana, de mi ser y mis hojas, pero el sol me dio en la cara y desperté, confinado a buscar su nombre en mis ojos. ¡Está perdida! ¡Es la cresta! En la lejanía se detiene, se escurre en la marea de la noche y hace cantos sobre la piel de los árboles, anida y reproduce la vida. La devuelvo al corral, ahí está sin remos para llegar a la orilla; pero ahora, pondré llave a la cerradura, ya mañana veré con quién la dejo. María una vez me pidió su custodia, tiene dos palomas en la ventana, heredada una barbilla lasciva, los cabellos rotos amarrados en trenzas y aunque acostumbra madrugar, las líneas aún le restan años de brisas: sus ojos me querían mirar.

Mauro Barea

Aquellos hijos de la chingada vinieron por mí al atardecer. Esperaron a que me tomara una ducha rápida, solo. Un gordo con un tatuaje de un león mal dibujado y mostrando los colmillos en la cabeza rapada, con los pantalones ya abajo y meneando su inmensa polla, se me acercó sonriendo. Tras él llegaron otros tres idiotas, llenos de cicatrices y pinchazos en el cuerpo y bajándose los pantalones también. Se reían y estaban excitadísimos. Agarré la barra de Zote con la que me enjabonaba. La sostuve con fuerza y me volví hacia ellos.

Gerardo Amancio 

 

Es poco sabido que los vivos somos los fantasmas de los muertos. Por eso muchos de ellos se espantan al vernos y no vuelven a aparecer.

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Bum

Llevaba su propia bomba a donde fuera, porque era imposible que otro loco llevara otra y coincidieran en el mismo lugar.

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Eusebio Ruvalcaba

 

Siempre que veía a la Emi se me paralizaba. Ella tenía la culpa. Usaba unas falditas que no más se agachaba o cruzaba las piernas, y se le veían los calzones. Tiro por viaje yo apostaba a ver de qué color los traía. Apostaba con mi primo, porque él vivía en mi misma casa, en el piso de arriba. Era una casa dúplex, de esas que están una arriba de la otra, o una al lado de la otra, las dos juntas pero no revueltas. De interés social. Que cuando las ves desde lejos parecen como palomares. O colmenas. O un montón de cajetillas de cerillos perfectamente acomodadas.

Gerardo Amancio 

 

Clase

El problema no es matar sino disponer del cuerpo, dijo. Mientras no sepas hacerlo, es mejor que no practiques y limpies ese cochinero.

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Enigma

El detective no vio rastros del culpable en la escena y tarde comprendió quién era. No pudo huir porque antes apreté suprimir.

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Angelina Muñiz—Huberman**

 

Debió ser por la vida sexual tan tranquila y ordenada que tuvo por lo que empezó a contarle a su hija todo tipo de perversión, anomalía, reversión e inversión.

No ejecutó actos imprevistos, súbitos o alterados. Siempre siguió las reglas. Siempre en orden. No hizo el amor bajo la mesa de la cocina, ni sobre el piso del elevador. Ni en equilibrio sobre una valla. Tampoco en la oscuridad del cine en la última fila. Mucho menos en el vestidor del almacén. No. No. Nada de eso. Ni siquiera a pleno sol o a plena luna: en medio de una visita; tras bambalinas o en el centro del escenario.