La cigarra autista

Linda Barrón*

 

La línea ondulante de hojas, granos y semillas avanzaba con lentitud bajo el sol ardiente. Las hormigas obreras, diminutos titanes del bosque. Cargaban el estigma de su especie servil. Tres veces su propio peso soportaban sus cuerpos frágiles.

Los guardianes de curvas mandíbulas vigilaban la línea sin desmayo, atrás, adelante, animando la marcha del ejército acaparador, amenazando siempre con el ataque enemigo para aligerar el paso.

La fila sinuosa escalaba los troncos caídos del sendero, se perdía en las hondonadas, resurgía incontenible en las lomas, sorteando los escasos charcos estivales, camino a la fortaleza terrosa donde atesoraba su codicia.

Los exploradores aparecieron en el horizonte pequeño de una colina. Corrían apresurados, atolondrados, contorsionando su ágil cintura. Rozaban una a una las antenas de los negros soldados que recibían inquietos las alarmantes noticias.

Supieron que el escuadrón de exploradores, al cruzar un campo de frambuesas silvestres, fue interrumpido en su marcha por la singular armonía de un sonido que perforaba la canícula.

Docenas de exploradores sucumbieron al hechizo y olvidando su impostergable misión, se perdieron para siempre en la umbría del bosque.

Los exploradores aguerridos que resistieron el embrujo, haciendo acopio de sus instintos más antiguos, retomaron a la columna sin detenerse un momento para contar el ataque inesperado y prevenir el desastre.

Exploradores y guerreros observaron en los espejos redondos de sus ojos un mismo temor, el recuerdo ancestral de una tentación que durante treinta millones de años no había cesado de acosar la pervivencia organizada y laboriosa de los mirmícidos.

Guerreros y exploradores se comunicaron la estrategia con temblorosos roces de sus antenas. Tomaron posiciones a intervalos regulares junto a los flancos de la silenciosa legión, olfateando el aire, acelerando el ritmo.

Las pertinaces obreras, ajenas a intrigas y dictado de la guerra y de la historia, redoblaron mecánicamente el paso, sostenido en milagroso equilibrio contra el más leve viento, el botín de granos, semillas, hojas, larvas y ninfas que vorazmente habían arrasado.

Ya se adivinaban a lo lejos los oscuros frutos rojos del peligro. Los guerreros arreciaron el paso empujando a las obreras con la firmeza metálica de sus mandíbulas. Los exploradores agitaban con temor sus seis patas indefensas, únicos sabedores en toda la comitiva de la irresistible tentación que tendrían que vencer por el bien de su especie.

Una brisa cálida golpeó la frente humillada de las primeras obreras. Las ondas acariciadoras de una música desconocida estremecieron las articuladas antenas como los estambres de una flor. Una ansiedad desconocida, un anhelo sin límites iba horadando el doble cuerpo ovalado de las hormigas que dejaban caer su enconada carga como un fruto podrido.

Las hormigas aventuraron unos pasos indecisos hacia el campo de frambuesas. El resto de la columna se agolpaba, imprecisa y desorientada. Todas ellas, una a una, fueron seducidas por la magia de aquella música prodigiosa.

Los guerreros de rígidas antenas, agitaban desesperados las hoces de sus mandíbulas, inútiles para enfrentar un enemigo transparente como el aire.

Un abandono de larvas estremecidas, de velas verdes plegadas, de granos amarillos, quedó olvidado en el trillo opaco del deber. Todas se precipitaron curiosas hacia el campo de frambuesas. El calor vertical del mediodía extraía los perfumes resinosos más intensos del bosque. A medida que avanzaban, la música las iba magnetizando con la atracción irresistible de la belleza.

Las hormigas obreras como las olas de un velo negro, se fueron adentrando en el bosque rumoroso. Allí observaron asombradas un pulular de amarillos seres acorazados que salían de la tierra y escalaban presurosos los troncos de los árboles. Maravilladas percibieron la ruptura de cientos de corazas amarillas de las que emergían triunfantes insectos fantasmales que ascendían a las ramas de los árboles.

Y allí arriba, gloriosamente multicolor, la primera cigarra adulta del verano, filtrando la luz solar con los vitrales de sus alas.

Las hormigas, agolpadas a los pies del frondoso árbol, escuchaban en inmóvil encantamiento los sonidos que crecían potentes y apasionados, vencedores de largos años de oscuridad y aislamiento, proclamando la alegría de vivir y el ardoroso deseo de amar.

La vieron descender de lo alto y detenerse en la base del tronco, muy cerca de ellas. Admiraron su cuerpo robusto y dorado, el plegarse de sus alas de abanico. Advirtieron que en lugar de corazón una oscura cavidad anhelante producía la melodía del bosque.

La intensa vibración de los sonidos inundaba el cuerpo de las hormigas, los cuerpos pequeños, negros, infecundos; los cuerpos in alas y sin caricias que se dejaban hipnotizar sin remedio por la perversa belleza de aquella mirada asimétrica, por triple joya brillante de sus ojos frontales.

Con un leve vuelo, la cigarra se acercó a ellas y se abandonó a sus ansias antiguas, al indeciso y reiterado palpar de sus antenas, al roce de sus cuerpos sin sexo que se habían olvidado para siempre de sí mismos, al tercer día de nacer.

Expertas en apropiaciones, las hormigas se adueñaron también de aquella música que era ahora de todos, un latido de la tierra eufórico y tribal, un solo ritmo de instintiva libertad recuperada.

Sólo los amargos soldados y una pequeña cuadrilla de endurecidas obreras resistieron el embeleso. Las demás se pusieron a bailar. Sus cuerpos escindidos por estrechos desfiladeros de represión, desarticulaban, se rompían, para renacer armoniosamente unificados, cuerpos de gusano acariciador, de diminuta serpiente azul, ondulante, reptante, inscribiendo en el apéndice de su larga memoria genética la recién descubierta alegría de vivir.

Inútiles resultaron los esfuerzos de los soldados por impedir aquella fuga irreal, por hacer retomar a las hormigas danzantes; inútiles los mensajes que les transmitían sobre las laboriosas hermanas que esperaban impacientes las provisiones, o las indefensas larvas que boqueaban moribundas por su alimento. Nada lograba enturbiar la luminosa excitación que se había desatado en sus cuerpos.

La rabia impotente de los soldados hizo resurgir en ellos la atávica crueldad de sus mandíbulas. Arremetieron desesperados contra sus propias hermanas que, sorprendidas en su placer, eran incapaces de cualquier defensa. La feroz boca masticadora de los soldados iba dejando una inerte alfombra de cadáveres negros, de miembros descuartizados, de espesos jugos vitales donde se debatían convulsos los últimos gestos de una infracción feliz.

Ensimismada y solitaria, la cigarra autista continuó su canto hasta que sintió las férreas hoces atenazando su cuerpo. Los eficientes soldado se disponían a adormecer a su presa para llevarla inmóvil al cuartel general. Planeaban lascivos su oculto deseo de esclavizar a la cigarra para el exclusivo placer de su casta. Tarde advirtieron las brillantes esferas de sus ojos el peligro que corría y nada pudieron hacer ante tanto odio las diminutas sierras de sus patas.

La cigarra recibió con dolorosa pasividad la rabia de las obreras que, al desgarrar sus alas antes de devorarla, recordaron la ceremonia castradora en la que año tras año participaban, cuando les tocaba arrancar las alas nupciales de la reina, la única hormiga del hormiguero que había conocido el amor.

 

[Número 61 - Nueva Narrativa Argentina]

 

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