Soledad (en) crónica

Patricia Laurent*

 

Una llaga apareció en el frenillo. Un ojo oriental que soma vigilador a través de un túnel rojo, como un faro en busca de sanar la aburrición.

Regreso de la ventana. Ella todavía duerme en la misma posición, mal cubierta con mi sábana. Sus piernas están rojas de sol y su espalda llena de ámpulas, algunas vacías donde empieza a despellejar. Su respiración chacualea en flemas que suben y bajan por el tubo de la garganta.

Me acomodo en cuclillas a su lado y levanto, cuidadosamente una esquina de la sábana para ver la división de sus nalgas, verdosa y grasienta. Poso la yema del dedo índice por la raya. Me llevo el dedo a la nariz, después lo chupo. Jugos naturales.

Poso la punta de la lengua donde empieza el canal y la deslizo hacia el ano. Mis ojos sólo ven carnosas montañas llenas de espinillas, pozuelos y estrías. Ella mueve un poco la pierna como si espantara una mosca. Regreso a mi posición de cuclillas y la observó: sus hombros, sus pecas traslúcidas.

Con menos recelo, de nuevo colocó mi lengua en su canal trasero. Bebo brillantes gotas de sudor fresco y más abajo me llega un tufillo a sudor guardado. Paseo el gusto por vellos gruesos y pegajosos. Siento el orificio y ahí presiono con toda la lengua para después dejarla caer de lleno en el laberinto vaginal. La oigo que gime. Intenta deshacerse de la circunstancia y es cuando yo apreso sus muslos y la obligo a abrirse hasta el dolor. Sus nalgas contraídas, su clítoris apunta a la ansiedad, lo veo ensancharse y sufrir. Lamo sus contornos. Meto la lengua en su vagina que ahora escupe hilos de lama y salitre. Abro las quijadas para exhalar el vaho. Imperceptible, casi con el aura de mi lengua, la paseo por su clítoris hasta que ella me agarra por la nuca y hunde mi cabeza entre sus piernas. Cabalga, trota. Su vientre se hincha. Oigo sus gritos ahogados en el aliento de cruda. Succiono el montecillo, lo chupo, lo alargo, escarbo para buscar la piedra escondida en su caverna. Llega el sollozo inconfundible. Pongo la mirada en el túnel que se contrae. Me separo con fuerza para ver el orgasmo en su cara. Ella no lo entiende. Se queda con un mechón de mis cabellos. Su mano la masturba. La escucho desahogarse mientras yo doy un cerrón a la puerta del baño.

Abro la regadera y me siento en el excusado. Aún no grabo sus facciones y sólo aparecen en mi memoria sus espantosas nalgas. Anoche que llegamos parecíamos viejos amigos. Me recuerdo borracho y ridículo, tarareando un tango de Fardel y bailando con ella alrededor de una vela pegada al suelo. Nos excitamos con besos. Ella tendió el sarape maloliente. Se recostó en posición de maja y apoyó la cabeza en la palma de su mano. Se veía draculesca a contraluz la vela y sonreía porque no se miraba en el espejo. Soplé el pabilo y quedó la luna en la ventana. Trepé en su cuerpo, pero agotado de tanto tequila y preludio, me quedé dormido.

La ducha me cambia las ideas y pienso salir del baño y darle los buenos días. Invitarla a almorzar, platicar un poco de nosotros.

Salgo del baño y la encuentro recargada en la pared. Fuma. Me apunta con el cigarro y truena la uña del pulgar entre sus dientes. En sus ojos se asoma un velo gris. Las ojeras negras y sus mejillas pálidas y cicatrizadas por el acné.

Me pregunta el nombre y contrario a lo decidido, le contesto que me llame como quiera. Siento asco de mí mismo, ganas de salir de la habitación, caminar dos cuadras y tirarme en la playa. Tengo cosas qué hacer, le digo. Ella me contesta que igualmente. Apaga el cigarro bajo su sandalia. Se ajusta el mini vestido de libra azul, se peina un poco con los dedos y se acomoda la cartera bajo la axila.

Salimos al sol. Ella camina de prisa, unos pasos delante de mí. No intenta reconocer el barrio donde pasó la noche, ni mira las calles de arena sucia, las gallinas nerviosas o el almendro que cobija con fresca sombra un chiquero lleno de moscas.

 

[Número 59 - Ciencia Ficción Mexicana]

 

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