Danos hoy el amor nuestro de cada día*

Francesca Gargallo

 

Sucedía que, al despertar con un amante, experimentaba una náusea repentina y, antes de que el hombre o la mujer con quien había dormido pudiera ofrecerme el desayuno, yo huía hacia mi casa. Entonces recordaba otras mañanas, las muy tristes en que volvía del tribunal donde dictaminaban un divorcio que ni mi marido ni yo habíamos querido, y las muy alegres de una juventud que duró hasta entrados los cuarenta años.

Caminar me serenaba. Sobre todo sí la mañana era húmeda y un poco fría. Me daba la sensación de ser una heroína de película vieja. Y me devolvía a las madrugadas invernales en las que había iniciado esa historia nuestra que, cuando terminó las malas lenguas –y yo misma, a veces– definieron como el más banal lío de cuernos.

Se daba el caso de que mi hermana había sido siempre bellísima; desparramaba un algo difícil de describir porque no era ni un perfume ni una táctica, sino una seducción involuntaria, tan violenta como el viento de diciembre. Las monjas del Sagrado Corazón, las colegialas y sus padres, los primos, los choferes de los camiones, los jardineros, las maestras y aún los santos padres franciscanos que cada pascua bendecían la casa de mi mamá, quedaban fascinados por sus modales, por su sonrisa o por su olor, nadie sabía a ciencia cierta por qué cosa. Amalia los miraba con sus ojos grisverdosos sin entender qué sucedía a su alrededor. Las tías nonagenarias despertaban a un senil lesbianismo, la esposa del médico de familia se negaba a pasar a su marido los recados de mi madre, asustada por los sarampiones y varicelas que nos golpeaban de uno en uno a sus once hijos, y a los trece años el vecino de descalabró la cabeza para espiarla desde el muro que separaba nuestras casas. Para sobrevivir a su cercanía, me tocó estudiar piano, esgrima, natación y aprender a leer textos que ninguna adolescente entendía. A los quince años opinaba de política, citaba a Musil y podía recoger un caballo al galope un sombrero en el piso. Pronto me convertí en la mejor amiga de todos los hombres flechados por Amalia. Nuestras obras cuatro hermanas no consiguieron siquiera eso y, con el tiempo, se hicieron mujeres normales, de las que estudian, trabajan, se casan y tienen hijos, en ese orden. Nuestros cinco hermanos, por el contrario, nunca pudieron ni olvidarnos ni soportarnos y terminaron casándose con mujeres que lejanamente se asemejaban a nosotras dos.

De haber nacido sólo treinta años antes, mi mamá hubiera logrado insertarnos en familias a las que, por la escasez de nuestras dotes, no hubiera sido fácil ingresar; pero, a principios de los setenta, no fue muy arduo convencerla de que los tiempos habían cambiado. Yo era un marxista fanático aunque sufriera por no poderme comprar un Alfa Romeo GT plateado. En invierno salía hacia la universidad con las manos enfundadas en los bolsillos de un saco de tweed de corte rígidamente masculino. Parecía muy dura, lo cual me gustaba, pero a veces no comía por darle hasta mi último centavo a los migrantes africanos que dormían en cajas de cartón en el helado pasillo de la estación del ferrocarril. Me sentía culpable por haber nacido en un país del primer mundo y no haber experimentado jamás el hambre. Igualmente me avergonzaba de que todos los hijos de mi madre hubiesen sido del mismo padre y de ambos nunca se hubieran divorciado. Amalia no me entendía cuando intentaba explicarle que dios no podía existir dado que yo no había hecho nada para merecerme la salud, la vista y el buen funcionamiento de mis piernas, ella me contestaba: “¿Con quién crees que me conviene salir? Roberto es un canalla, pero Phillippe me atormenta con sus exigencias intelectuales”. Y yo seguía, “dios no puede darme todo y negarle la vista a una mujer que nunca ha pecado y que además necesita trabajar para vivir”. Y ella: “me angustia que se me exijan conocimientos teóricos que no que tengo ni tiempo ni ganas de estudiar. Los hombres deberían amarme así como soy”. Y yo: “hay una injusticia del fondo en el mundo que me impide sentarme a la mesa. No soy capaz de soportar que alguien me sirva la sopa porque no ha tenido la oportunidad de estudiar y que lo haga mientras están tirando napalm sobre las aldeas vietnamitas”. “Si no lo hacen, el comunismo va a llegar a cualquier país”, contestaba Amalia y yo suspiraba para no ahorcarla. En la noche caminaba por las calles heladas con el hombre que mi hermana había desechado. Amalia se sintió siempre muy segura de que sus víctimas no la detestarían nunca, pues les ofrecía lo mejor que tenía: yo.

Por 1975 decidí que era tiempo de que me fuera de la casa de mi madre e intenté despedirme de manera civilizada de una familia patriarcal y mediterránea. Ensayé los mejores tópicos de la literatura feminista en voga y las frases más efectivas del cine y el teatro d’essai. Me era muy doloroso hacer sufrir a los demás y las lágrimas y las recriminaciones me hacían bajarla cabeza por las culpas que me provocaban, pero tenía una fe vehemente en lo que creía y estaba dispuesta a experimentar la libertad en lo que creía y estaba dispuesta a experimentar la libertad con todos sus costos. Frente al espejo me salió muy bien: “Mamá, debo irme para que de aquí a diez años no piense que ojalá te hubieras muerto para que yo pudiera hacer mi vida. Emprendo mi camino para poderte amar siempre”. El resultado a la hora de comer fue desastroso. Mi padre tenía la brutalidad de los hombres que se sienten dueños de sus hijos; a media frase me interrumpió: “¡Puta asquerosa, te irás adonde yo digo!” y agarrándome del pelo me empujó la cabeza en el platón de la sopa. Ente la falta de aire y la sensación de estarme quemando sentí que enloquecía y tiré un codazo en el plexo solar de mi padre que se dobló, soltándome. Yo tosía. Amalia me empujó hacia el jardín, mi hermano mayor retenía a mi padre y mi madre salió con treinta mil liras: “Vete hijita, que aquí te matan”.

De ese modo me evitaron las culpas. Busqué casa tenazmente y nunca pague ni una sola renta ya que mi lema era: La Casa Es De Quien La Habita. Me convertí en una especie de gitana de los departamentos amueblados, porque cada tres meses dueños diversos lograban sacarme de lo que ellos pretendían que fuera su casa. Cuando conseguía vivienda en una zona decente de la ciudad, Amalia me pedía prestada la recámara. Entonces yo salía, aunque a veces me quedaba encerrada en un armario para espiar los malabarismos eróticos de mi hermana, pues no sólo tenía un cuerpazo sino lo movía con una habilidad estruendosa y en una ocasión, fascinada, me mordí las manos al verla encaramarse arriba del refrigerador para hacer el amor (algo que nunca se me hubiera ocurrido ni en mis fantasías mejores). Caminaba por las calles en busca de amigas. Tenía la necesidad absoluta de reconocerme mujer, de saber que había alguien más a la que le doliera el ovario izquierdo mientras se esforzaba en entender por qué Rosa Luxemburgo era más simpática que Lenin y por qué Trotsky más que la Krupskaia. Mujeres, necesitaban mujeres. Amalia me dejaba a sus amantes, pero el futbol, los caballos, los coches y la revolución me interesaban menos que las brujas, las menstruaciones y la rebelión. También iba a la escuela, donde las mujeres podíamos ser alumnas pero jamás sujetas de estudio. Me masturbaba en la noche pensando en la mónada de Liebnitz como un óvulo omnisapiente. Rosa, Emilia, Carla, Elena, Claudia, María, Vita, Inés, Lucía, Marta llenaron mis espacios con sus ires y venires y mis estantes con la peor literatura que jóvenes en busca de editor hayan escrito jamás. Nos bebíamos el culo de todas las botellas hablando de hijos, resistencia, doble jornada y de las nalgas de nuestros compañeros de facultad.

Con éstos, de vez en cuando, el maestro de paleografía nos llevaba a monasterios tan antiguos que se habían perdido entre las montañas y ahí descifrábamos códigos en caligrafía universitaria gótica boloñesa del siglo XIII o falsos documentos pseudoromanos escritos en carolingia umbra del siglo X. Era la más placentera de las tareas. Vagaba por los corredores por donde monjes enjutos habían pasado la vida intentando descifrar a la divinidad. Pasaba mis yemas por las páginas de textos copiados siglos antes por religiosos que creían firmemente que el rezo y el trabajo son el motor de la historia. Contra muros centenarios descansaba mi cabeza y el cuerpo, por las noches, en colchones de heno que no habían cambiado de forma desde que la humanidad era tal. Fue un monasterio benedictino donde descubrí que era capaz de reírme aún de mis arrebatos místicos y eso porque los tomaba muy en serio. Éramos entonces unos cinco muchachos y tres muchachas que se querían como en la juventud se forman familias: intensa y despreocupadamente. Nos dolía que nuestro maestro no hubiera todavía descubierto un solo palimpsesto y decidimos que le ofreceríamos el hallazgo. Creo que la intensidad de ese sentimiento altruista no puede ser entendida por las personas ajenas a los trabajos. Por el contrario, la fuerza de nuestra complicidad era evidente. Los monjes nos ofrecieron ocho colchones que dispusimos e círculo en el principal salón de la hospedería. Hablábamos hasta dormirnos, algunos leían, yo meditaba en la capilla, otros hacían ejercicios, y todos vagábamos desnudos del cuarto a los baños.

El último día de nuestras labores, el padre prior interrumpió el silencio del comedor. Vivamente emocionado se subió al pretil y empezó: “Hermanos, queridos amigos, En el siglo XII un santo abad sentenció que la mayor prueba de amor a Dios consistía en resistirse a la carne durmiendo nudus cum nuda, espalda con espalda, en la misma cama durante una noche. Jamás me atreví a poner a prueba mi fe de esa forma, pero estos muchachos”, y con esas palabras en tono vibrante hizo un ademán para indicarnos mientras unas lágrimas de devoción le bajaban por las mejillas, “estos muchachos han resistidos once noches la tentación de la carne”. El primero en empezar a reír fue el asistente del maestro, yo me tapé con la servilleta para no desternillarme, a mi lado Rosa pujaba, y Roberto se puso tan colorado que temimos que le diera un infarto. “Hijos de puta”, dijo finalmente. “Nos han espiado todo el tiempo”.

Regresar a casa era un poco triste, por suerte a mí casi siempre me tocaba volver a buscar vivienda y por lo tanto no tenía tiempo de pensar en el abandono. Amalia me ayudaba, celos de que prefiriera –por lo menos así lo consideraba ella– a mis amigas. “No seas tonta”, le decía. “Es que con ellas hago cosas”. “Pues sí”, contestaba mi hermana que de tonta sólo tenía las apariencias. “Por eso estás mejor con ellas que conmigo”. Y tenía razón.

Con el trabajo tenía unos líos infernales. No porque no fuera buena, sino porque jamás pude, y todavía no puedo a pesa del aire de manager ocupada que aparento frente a los abogados, soportar la idea de hacer algo que no esté ligado a la utilidad suprema del ser humano. Y eso abarca muy pocos campos: la literatura, la política y la enfermería. Pensaba tan denodadamente en la grandeza humana, en la necesidad de otorgarle todo esfuerzo, que los días se me iban uno tras otro. Por el hambre adquirí un aire vehemente, etéreo; las ojeras de mis mañana fueron objeto de varios chistes y algún suspiro, mis hombros enflacaron y la tarde en que el profesor de historia medieval me sorprendió en la biblioteca casi a oscuras, posó sus labios sobre mi cuello. No lo denuncié porque más que acoso sentí placer: yo, yo la hermana fea de Amalia podía obligar a un afamado profesor a arriesgar su carrera, su honorabilidad y su imagen por tan sólo mi presencia. Me volteé despacio y con los ojos, la boca, y el pecho llenos de amor a mí misma, abrí los labios y suspiré: “Sí”.

Digamos que no le recomiendo a nadie hacer el amor por primera vez con una persona treinta años mayor, sobre todo si tiene por modelos a unas parejas adolescentes que se adornan, como las que normalmente formaba mi hermana y que, además eran las únicas que yo había espiado. Cuando cerré los ojos esperando que recorriera con la punta de su lengua mis piernas y besara mi coño con deleite, me encontré con que mi bellos profesor se negaba a quitarse la camiseta y los calcetines y en cinco minutos me había llenado la entrepierna de un semen pegajoso porque le daba miedo dejarme embarazada. Fue la primera vez que me vestí de prisa para no dormir con alguien.

Poco después me licencié y me enamoré de una angoleña. La seguí. Amalia me escribió una, diez, cien, cartas porque me extrañaba tanto como yo a ella, porque quería saber a qué sabe una piel negra y porque sabía perfectamente que pronto yo me aburriría de ser la amante secreta de una lesbiana de estado. Me fue bien: después de un intenso bombardeo de la contrarrevolución, mi amiga me dijo que no podía dedicarme un minuto más de su tiempo, pues se lo debía todo a su ente. Me hice la sufrida por un par de semanas y estrictamente entre los internacionalistas occidentales que conocían nuestro affair y lo aprobaban en nombre de esa libertad de opción sexual que los socialistas de tres continentes condenaban. Al mes, me dejé pagar un boleto a Atenas por mi hermana y no volvía a África nunca más.

Vacaciones, o sea mar, barcos, playas, sueños, daikiris, yogurt y pimientos asados. Todo eso lo pagó mi hermana que ya era un alta funcionaria de la FAO y sostenía que para combatir el hambre del mundo había que empezar por derrotar la propia. Entre una uva y un trago de vino blanco, entre un chapuzón y una velada, me preguntaba cómo me había ido, cuáles eran las causas de la guerra, si le veía futuro a Angola. Me parecía tan estúpido que no pudiera darse cuenta de que el enemigo era uno y siempre el mismo, como a ella yo le debía de parecer idiota cuando pasaba la cuenta de todos los problemas del tercer mundo al imperialismo. Griegos de ojos verdes y piel morena, alemanes bronceados y narizones, italianos de culo respingado, británicos requemados, franceses flácidos nos veían discutir y luego reír y nuevamente discutir mientras nuestros pezones se erguían por la brisa y nuestros músculos se tensaban nadando. De repente, Amalia miraba más intensamente a uno de ellos y por la noche llegaban a nuestro cuartucho de pescadores y ramas de flores y adornos de fruta, mermeladas y lukumía. Lo que nunca me imaginaría es que Amalia pudiera realmente enamorarse de veras durante un mes al mar.

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