Cuatro*

Carmen Boullosa

 

Es de noche en los bosques de Santo Domingo. Las moscas de fuego iluminan a dos perros acostados sobre el cuerpo de un chico. Su cuerpo está helado y los fieles animales procuran regresarle el calor con su proximidad. Cuidan de no tocarle la cabeza y de no movérsela. Lamieron ya la sangre que escurriera de las heridas.

De pronto, el chico empieza a temblar. Su cuerpo se baña de un sudor copioso. Esto no es por los golpes del cruel amo que lo ha abandonado ahí, en medio del bosque, medio muerto, sino por las fiebres adquiridas también por los crueles tratos del bucanero.

El chico abre los ojos. A pesar de la luz emitida por los insectos, no alcanza a distinguir nada. Las imágenes llegan borrosas a su vista y en algún punto una aparece duplicada. Cierra los ojos. Le duele la cabeza. Los oídos le zumban. Vomita. Parches, su perro predilecto, lo limpia. Nau cae dormido.

Por dos largos días y sus noches sigue dormido, o en un estado que se parece al sueño, alternando los vómitos, las fiebres y el cuerpo helado al que los perros tratan de infundir calor y del que espantan hormigas y alimañas. Los perros se alejan para cazar, para traerle alimento. Un caimán se acerca al joven Nau que en tal estado más parece carroña que muchacho, por lo que se puede sospechar lo devore el animal de inmediato.1 Parches y Leño regresan, arrastrando al jabalí que han matado. Se desata una fiera lucha entre el caimán y los defensores del muchacho.

Nau casi no se da cuenta de lo que pasa. Allá adentro, cuando no abre los ojos, en su cabeza, de desatan innumerables luchas. No entre perros y caimanes, sino entre hombres y hombres. Y en verlas encuentra un profundo placer.

Los días pasan. Nau protegido por Parches y Leño, comiendo la carne cruda que ellos le traen y bebiendo agua del arroyo que corre a su lado, porque los perros lo han acomodado a su vera, recupera su salud, pierde la jaqueca, el zumbido, las imágenes borrosas y dobles y sigue soñando con las violentas luchas. Pasa semanas solo, con los fieles perros y las nobles moscas de fuego iluminando aquí y allá las noches. Siempre que duerme, participa de ataques. Éste es uno: él y sus hombres (porque el siempre comanda la lucha) usan por escudos hombres y mujeres vestidos como religiosos y religiosas, tapándose con sus cuerpos para subir el muro de una ciudad. Los sitiados disparan. Los y las religiosos mueren y mueren, porque no dejan de caer balas sobre sus cuerpos destrozados. Los atacantes consiguen brincar el muro y ejercen en los vencidos, en cuanto los desarman, enormes crueldades.

Conforme pasan las semanas, Nau puede caminar, participar con sus dos perros de las cacerías y después de soñar luchas tremendas despierta con gusto, satisfacción, placer. Y con gran apetito.

Uno de esos días, repitiendo la rutina sale a cazar con Parches y Leño. Los animales atacan a un enorme jabalí, estupenda presa que lucha fieramente contra los salvajes perros y contra Nau, ayudado del arma que se ha hecho para auxiliar a sus caninos cómplices, algo que parece una lanza, con la que lincha a distancia a la víctima mientras Parches y Leño atacan.

La presa es tan estupenda que tiene más persecutores. Un grupo de bucaneros viene tras el jabalí y presencia la escena del joven Nau y sus dos amigos. Con su mosquete, Tournier mata al jabalí de una bala, interrumpiendo la lucha de los dos perros y el joven que, al oír el disparo, se sobresaltan, y al ver al grupo de bucaneros no saben si alegrarse, enojarse, asustarse… Sobre todo Jean David Nau. Hace tanto que no ve personas más que en sueños… Y ahí siempre los ve en medio de un asalto, luchando fieros, cometiendo crueldades… sin hablar jamás.

Ignorándolos, Nau hace la seña a sus perros y los tres se lanzan sobre el jabalí a comer carne cruda, cortándola con sus dientes –los perros– y a jalones con sus fuertes manos el muchacho.

–¡Hey!, ¡Esperen! ¡Destrozan la piel! –dice otro de la partida, Henry. Pero nadie parece escucharlo o secundarlo. Y todos ven atónitos cómo los tres comen por igual carne cruda, gruñendo, tres animales hambrientos entre los que na distingue a Nau. Algo saca de su azoro a Tournier, y lo interpela:

–¡Chico!, ¡ven acá!

Nau alza la vista del jabalí y le dirige la mirada, la cara bañada, como hocico, con sangre. ¿Quién se atrevería a decir que esa mirada es de persona y no de animal? Un fijo resplandor inmóvil vuelve a los seis ojos que devoran al jabalí idénticos. Si el jabalí viviera. ¿tendría el mismo tono en los ojos? Probablemente…

–¡Chico!, ¡Espera!

Se adelanta hacia ellos y los hace a un lado, apartando a los tres del jabalí. Torunier es tan enérgico que los animales no gruñen con su gesto. Saca un puñal del cinto, y con cuidado y precisión corta la piel de una pata del animal, desollándolo hábilmente, de un tirón firme.

–Dame el pie, ¡acá!

Por la cabeza de Nau rebotan de un lado al otro al otro la palabra pie y la palabra dame, y la semilla hueca. ¿Cuánto hacía que no entraba en ella una palabra? ¿Cómo pensaba Nau que no usaba palabras dentro de él mismo? Durante estos meses Nau se ha repuesto con silencio.

Como el chico no obedece. Tournier le hala el pie desnudo. Acomoda en él la piel recién desollada, la rodilla del animal en el talón, y unos centímetros arriba del tobillo, ajustándola al cuerpo de Nau, la corta y la amarra, con una tira de la misma piel.

Hace lo mismo en el otro pie mientras le va explicando a Nau que eso son mocasines, que son muy cómodos para caminar, que ha de dejarlos en el pie, sin moverlos, algunos días, hasta que se sequen porque así solos cobran horma, y que son muy cómodos para andar por esas tierras, que los bucaneros han copiado a los indios araucos tal costumbre, aquí como la manera de preparar la carne abucanada, secándola al sol y ahumándola con leña verde, y que la piel…

De pronto, las palabras dejan de rebotar en la vacía cabeza, y a su paso hacen resucitar a las que el chico conoció antes de su accidente. El orden en que van despertando de su letargo es un orden monstruoso. Cuando Tournier termina de ponerle el segundo mocasín, Nau se ha convertido en otro, en el hombre formado por la resurrección de las palabras. Su mirada, si alguien la hubiera visto, es ya la del hombre terrible que hace deponer las armas a los enemigos con solo verlos. Es Tournier quien, al calzarlo con mocasines y hablarme de la vida en los bosques, lo ha convertido en hombre porque no hay nadie que alcance tal condición en la soledad.

Nau se une a los bucaneros, y en cuanto consigue hacer contacto con los filibusteros, firma contrato para sumarse a su expedición con el nombre de L’Olonnais, no sin antes regar los sesos de su ex–amo por el suelo de su bucan,2 con un bien dado golpe de hacha.

En poco tiempo, L’Olonnais sobresale entre los Hermanos de la Costa, con una pericia en los ataques que sorprende a todos. Cuando alguien le pregunta “Nau, ¿cómo puede ser que siendo tan nuevo en eso actúes expertamente?”, él contesta: “Yo ya he vivido todas estas luchas. Esto ya lo he visto, ¿comprendes?

Nadie creyó en la explicación de su pericia, pero sin ésta es casi inexplicable la oportunidad de sus salidas, la frialdad e inteligencia con que respondía a los momentos candentes. L’Olonnais tenía una habilidad excepcional para escapar de las situaciones extremas, como cuando, al hacer naufragar una borrasca sus barcos frente a las costas de Campeche y llegar los hombres que se salvaron del mar a la playa sólo para ser recibidos por los indios flecheros y los españoles, quienes mataron a casi todos, quedándose unos pocos para obtener de ellos mediante tortura información de los Hermanos de la Costa, L’Olonnais se batió con arena y sangre, acomodándose entre los cadáveres para hacerse pasar por muerto. Cuando se retiraron los españoles, L’Olonnais quitó la ropa a un enemigo muerto, y corrió a buscar refugio al bosque donde se curó como pudo las heridas, regreso sobre sus paso vestido de español, con la ropa que había hurtado al verdadero muerto cuando él era muerto falso, y entró a la ciudad de Campeche en la que presenció los festejos con que celebraban su muerte, donde convenció a un esclavo de que lo acompañara a Tortuga, prometiéndole a cambio libertad y franqueza, y el esclavo reunió algunos amigos en su condición, robaron la canoa de un amo y se hicieron a la mar, sin tregua hasta alcanzar Tortuga donde fueron recibidos con júbilo por su proeza.

Yo conocí a L’Olonnais cuando era ya un capitán temible, cuando lo elegimos Almirante de la expedición en que asaltaríamos la hermosa ciudad de Maracaibo.

     

*Fragmento de la noveleta Médico de Piratas

 

NOTAS

  1. Así son las costumbres de dichos animales que al encontrar presa la hunden en el agua para ahogarla, y luego la secan y la dejan pudrir antes de comérsela. Para conseguir el peso que hunda a cualquier presa, los caimanes acostumbran comer piedras; uno cazado por un amigo de Smeeks tenía hasta cien piedras, grandes como un puño, en la barriga.
  2. Nombre dado por los bucaneros a sus cabañas.

 

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