La Plaza*

Juan García Ponce

 

Todas las tardes, al salir de la oficina, C se dirigía a la plaza que durante casi todos los días de su infancia había deseado ir con un propósito determinado lográndolo sólo en unas cuantas ocasiones inolvidables. Allí, en la antigua nevería bajo los portales, a un lado de los puestos de revistas y periódicos y de los cambiantes retratos de las películas del viejo cine, sentados en las conocidas sillas de pies y respaldo de metal y gastado asiento de madera alrededor de una de las pequeñas mesas redondas con cubiertas de mármol, encontraba a un grupo de amigos.

El número no era siempre el mismo, pero invariablemente había alguien. A esa hora, la permanente luz que durante el día brillaba implacable sobre los laureles de la India, la cúpula del quiosco en el centro de la plaza, las lavadas piedras de la catedral y los edificios coloniales, con él discrepante gallo que anunciaba la farmacia en una de las esquinas, empezaba a ceder haciéndose casi neutra antes de que el sol se ocultara y por un instante todo permanecía inmóvil y a la expectativa, sumergido en sí mismo, como si el momento fuera a mantenerse indefinidamente y la tarde, negándose a entregarse a la noche, prolongaría más allá de sus posibilidades el día.

En el portal el rumor de las conversaciones, el peculiar sonido de algún plato en el mármol y hasta el metálico apartarse de alguna silla sobre el mosaico del piso se apagaban poco a poco, adquiriendo un tono más grave y, de pronto, se escuchaba el irritado canto de innumerables pájaros que se agitaban invisibles entres las oscurecidas ramas de los laureles. Después el lento llamado de las campana se la catedral se extendía rodando sobre sí mismo por encima de la plaza en círculos cada vez más amplios y era como si el sonido lograra que el aire adquiriese substancia marcándose en su intangible espacio como el movimiento concéntrico de las ondas que produce un objeto al caer en un lago tranquilo. Mientras tomaba el sorbete de guanábana que el mesero acababa de dejar frente a él, participando distraído en la vaga conversación general, C advertía oscuramente esa imperceptible conjunción de movimientos como algo que la costumbre ha terminado por hacer parte de nosotros mismos. Enseguida, el tiempo volvía a ponerse en movimiento. Antes de que oscureciera, los amigos empezaban a retirarse y al llegar la noche otros clientes ocupaban la mesa que ellos habían abandonado con el recuerdo del repiqueteo de una última moneda arrojada sobre la cubierta de mármol, al tiempo que se echaban hacia atrás las sillas.

La noche se abría a un nuevo día y por la tarde, al salir de su oficina, C volvía a dirigirse a la plaza. Así pasaban las semanas y los meses, indiferenciados en la semejanza con que las horas se repetían a sí mismas. Una boda, alguna muerte, un amigo que decidía abandonar la ciudad, un nuevo bautizo provocaban de vez en cuando una inesperada revelación del paso del tiempo, pero, encerrado en un espacio perfectamente delimitado, éste no parecía realizarse hacia adelante, sino provocando miradas hacia atrás que inevitablemente se cerraban sobre la aparición de algún antiguo recuerdo al que muy pronto se devolvía al olvido. Por la tarde bajo los portales, los constantes cambios en el número de amigos que se reunían alrededor la pequeña mesa con cubierta de mármol ocultaban las ausencias definitivas, pero ésas no eran menos reales por ello. Sólo el misterioso cambio en el poder de la luz, el súbito canto de los pájaros y el largo tañido de las campanas permanecía inmutable. Fue así como un día llevado por el silencioso movimiento de los días, que habían acabado por deshabitar casi permanentemente la mesa de la antigua nevería, C dejó de ir también a la plaza.

El último mes, sólo él y uno, a veces dos amigos habían seguido encontrándose bajo los portales por la tarde. De pronto la plaza quedaba definitivamente atrás. Junto con ellos, la ciudad también la hizo a un lado, obedeciendo los involuntarios movimientos que determinaban su crecimiento. Aunque nominalmente no había perdido su carácter simbólico de centros, y la catedral, los arcos coloniales del palacio de gobierno y la hermosa fachada de la casa en la que se había logrado por primera vez el escudo de la ciudad conservaba su prestigio, para los niños los antiguos sorbetes de la nevería ya no eran los más codiciados y entre los laureles de la India, el quiosco en cuya cúpula la luz se posaba sin reflejos al empezar a repicar las campanas mostraba sus oxidados barandales de hierro sin que a nadie se le ocurriera protestar, mientras las manchas dejadas por las golondrinas en el piso desaparecían sólo gracias al viento que las borraba una vez que el sol las había secado. Aislada en su propia realidad, la plaza se quedó sin memoria. Y para C, que le volvió la espalda junto con la ciudad, su acción no tuvo ningún eco exterior, aunque más allá de su conocimiento había creado un vacío que nadie parecía capaz de llenar porque tan sólo se mostraba en inesperados golpes de nostalgia por algo cuya naturaleza no podía expresar y que trataba de borrar rápidamente, con una especie de vergüenza ante la posibilidad de que eso se advirtiera y de temor por la capacidad de ese algo desconocido para paralizarlo de una manera extraña, alejándolo de las realidades concretas que tenía a su lado y llenaban sus afectos. Ahora, simplemente, al salir de su oficina se dirigía directamente a su casa. Allí, el manto de lo conocido lo envolvía con sus firmes pliegues, aunque, a veces, por dejo de él, la sensación de vacío permaneciera agazapada, oscura y amenazante en su misteriosa irrealidad y la huella de los días que habían quedado atrás se mostrara entonces en toda su profundidad sin que nada le permitiera recuperarlos, mientras la vida o lo que antes ocultaba su vacío parecía pasar a su lado sin tocarlo, ardiente y helado, denso e indiferente, demasiado vago para reconocerlo, demasiado intenso para ignorarlo, dejándolo solo, desamparado y sin tener a quién recurrir para volver a encontrarse a sí mismo, hasta que un día, por casualidad, C se encontró otra vez en la plaza por la tarde. A su lado, la catedral descansaba pesadamente bajo el sol. La luz borraba su silueta haciéndola vibrar junto con la de los demás edificios como si de pronto todos se hubieran puesto en movimiento.

Unas cuantas figuras indiferenciadas descansaban en los descuidado bancos de la plaza a la sombra de los laureles y al filtrarse entre las copas de éstos, la misma luz que vibraba implacable sobre los edificios formaba en el piso charcos de sombra que parecían comunicarse entre sí cuando el viento agitaba las ramas de los árboles. Desde la esquina en que se disponía a subir a su coche, C vio bajo los portales las pequeñas mesas de cubierta de mármol cercadas por los lineales respaldos de metal de las sillas y se dirigió a la antigua nevería. Al sentarse, su espalda reconoció el trazo del respaldo de metal grabándose en ella, como cuando era niños. El mesero lo saludó, reconociéndolo, igual que cuando algún domingo por la mañana había llegado a la nevería con su mujer y sus hijos; pero ahora C lo veía de una manera distinta. El rostro, envejecido de pronto, lo llevaba hacia sus inmutables anhelos de infancia y sus nunca recordadas costumbres de estudiante, deteniéndose en su pasado vivo e inalterable en vez de mostrarle el camino del tiempo. Pidió un sorbete y se quedó mirando sin ver hacia la plaza con la sensación de que está a punto de entrar a una habitación en la que todo debe resultarle conocido aunque nunca ha estado en ella. Entonces, igual que cuando se reunía con su grupo de amigos y como durante todos los días siguientes durante su larga ausencia, la tarde empezó a ceder ante la noche y llegó ese momento en el que por un instante todas las cosas se mantenían suspendidas en sí mismas; pero ahora C seguía cada una de las imperceptibles transformaciones con el ánimo detenido en el punto más alto de una inexpresable elevación que rechazaba el movimiento de caída. Los pájaros empezaron a cantar, invisibles entre las ramas de los laureles, y luego las campanas dejaron escapar su seco y prolongado sonido sobre el canto como si no viniera de las torres de la iglesia sino de mucho más atrás de un espacio distinto que se precipitó sobre C igual que una vasta ola, dulce, silenciosa y cada vez más grande, que se extendiera sin límites, oscura y envolvente como una noche hecha de luz en vez de sombras que lo cubriera con su callado manto. Por primera vez en mucho tiempo, como no lo había sentido en compañía de nadie ni ante ningún acontecimiento, C sintió una muda y permanente felicidad, y la plaza, a la que supo que regresaría ahora definitivamente todas las tardes, se quedó otra vez en su interior, encerrando todo en un tiempo que está más allá del tiempo que está más allá del tiempo y le devolvía a C durante un instante fugaz pero imperecedero toda su substancia.

 

*Cuento del libro Encuentros, Fondo de Cultura Económica, 1988.

 

[Número 43 - Narrativa Femenina Mexicana]

 

Numero actual

PORTADA BM 141142 .jpg