Se pegó un tiro*

Óscar de la Borbolla

 

Estaba tan harto de la vida que decidió pegarse un tiro: tomó un diúrex y como sabía de oídas que los tiros infalibles se pegan en la sien, ahí se pegó una bala calibre 22 con todo y casquillo. Fue un momento de gran excitación, con la mano temblorosa se llevó el proyectil al lugar preciso, cortó con los dientes el primer pedacito de diúrex, presionó para adherírselo sobre la punta de la ceja y el pelo de la patilla, y en seguida se colocó una segunda tira, una tercera y hasta una cuarta. Cuando por fin pudo sacudir la cabeza sin que la bala cayera supo que el tiro estaba bien pegado, respiró hondo con un enorme alivio. Suicidarse no era para tanto, ni siquiera dolía.

El descubrimiento lo tranquilizó, lo llenó de orgullo, le dibujó en la boca una sonrisa de felicidad: matarse, se dijo, es un juego de niños. Obviamente, Paco Santander era un oligofrénico, un hombre torpe de escasas luces que creía en el sentido literal de las frases y que poseía muy poca malicia para andar por el mundo. Por eso salió del baño dispuesto a enfrentarse con su esposa, con sus compañeros de oficina, con su jefe, con el vecino, con el vendedor de periódicos, con el ascensorista, con la secretaria y con cuanto canalla se burlaba de él. Pero la esposa ya se había ido cansada de esperarlo: “prepárate el desayuno imbécil y pon las cosas en su lugar”, decía una escueta nota prendida con un imán a un costado del viejo refrigerador.

Paco Santander no tenía hambre por la mañana nunca sentía hambre. Los muertos no comemos, se dijo y sacó el pecho echando los hombros atrás, su nueva condición lo libraba de aquella orden humillante, además ya no tenía esposa, él recordaba muy bien la frase: “hasta que la muerte los separe”, y ahora estaba muerto, muerto y libre por su voluntad. De un portazo abandonó su departamento y con una agilidad que hacía 30 años había perdido, bajó los escalones hasta la calle. El sol estaba magnífico, el cielo saturado de ozono se veía azul, ni una nube, ni un pájaro, sólo había autos, centenares de autos encharcados sin poder moverse. Pobres tontos, dijo Paco, yo nunca volveré a tener prisa, y así parsimoniosamente, se encaminó a su trabajo como por inercia, como llevado por la curiosidad de mirar por última vez su oficina, antes de echarse a caminar hasta la Patagonia o al mar para cruzarlo a nado y conocer Europa. Igual que siempre nadie lo saludó al llegar, sólo que ahora Paco Santander justificó aquella indiferencia de sus compañeros de oficina, pues él estaba muerto y a los muertos nadie nos ve, pensó. Sobre su escritorio se apilaba la correspondencia, un cerro de cartas que él debía ordenar y distribuir: las cartas comerciales para el departamento de Relaciones Públicas, las solicitudes de empleo para el Personal, los telegramas perentorios de pago para el de Finanzas y así sucesivamente. Sintió deseos de despejar su escritorio de un manotazo, de empujar aquel altero de papeles que le había consumido cada día de su vida, que lo había empantanado en ese triste oficio haciéndolo perder sus expectativas de ascenso, el amor y consideración de su esposa, el respeto de los demás; esos papeles que le habían reducido el nombre, pues él se llamaba Francisco y no Paco ni Paquillo como le decían. Levantó ambas manos para aventar al piso la correspondencia, pero la rutina, la férrea costumbre se las contuvo obligándolo a separar unas cartas a un lado y otras al otro. Por última vez lo voy a hacer, se dijo divertido, al fin que estoy muerto y los muertos no tenemos que trabajar. La mañana avanzó sin que Paco se diera cuenta, el calor se metía como una tufarada densa por las ventanas haciéndolo transpirar, perlándole la frente de sudor. Paco creyó que la muerte le imbuía de fuerza y dignidad y deseó comprobar su estatura. Se levantó de un salto y fue directo al privado del jefe, lo iba a abrir de una patada, pero aquel lugar al que sólo había acudido a recibir regaños, transformó su impulso en unos tímidos golpecitos que con los nudillos dio contra la puerta. El jefe gritó: “¡Adelante!”, Paco giró el picaporte, por lo menos le vaciaría el cesto de basura en la cabeza, le diría tres grandes y se reiría en su cara; pero al dar el primer paso la bala se despegó de su sien y rodó por la alfombra, el diúrex se había aflojado por el sudor. Paco sintió que recuperaba su vida, que la vida con todos sus temores volvía a irrigarle las venas, que afluía a su rostro haciéndolo enrojecer; automáticamente combó los hombros, hundió el pecho, y como un conejo asustado se agachó a recoger su bala. Perdone usted, dijo al jefe, no sé a qué venía; escuchó las típicas carcajadas de siempre, y derrotado cerró la puerta tras de sí. Al volver a su escritorio, Paco Santander encontró un nuevo cerro de correspondencia junto al portarretratos en el que se hallaba la foto de su esposa; abrió la gaveta, tomó un botecito de pegamento líquido, se lo guardó en la bolsa junto con la bala, y arqueando las cejas y abriendo la boca pensó: mañana, mañana sí voy a escapar de esto.

 

*[Tomado del libro UCRONIAS de próxima aparición.]

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