Plazuela, 7 de la tarde

 Plazuela, 7 de la tarde

 

Teresa Muñoz

 

 

—La verdad es que no quiero verte porque siempre caemos en la misma y yo me siento muy culpable con todo esto.

—Pero no te estoy pidiendo que hagamos nada, solo quería verte para que me dijeras por qué ya no quieres verme.

—Por eso, si nos vemos, volvemos a caer en eso que no me gusta.

 

 

 

 Plazuela, 7 de la tarde

 

Teresa Muñoz

 

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—La verdad es que no quiero verte porque siempre caemos en la misma y yo me siento muy culpable con todo esto.

—Pero no te estoy pidiendo que hagamos nada, solo quería verte para que me dijeras por qué ya no quieres verme.

—Por eso, si nos vemos, volvemos a caer en eso que no me gusta.

—Pues no parece que no te haya gustado todo este tiempo.

—O sea, si me gusta, pero no me siento bien. Tal vez deberíamos casarnos antes de seguir haciendo esto.

—No seas tonto, somos adolescentes, cómo nos vamos a casar. Todavía no terminamos ni la prepa. ¿De qué vamos a vivir? Y, además, tu mamá no me quiere, ya lo sabes.

—Pues entonces ya no hay que vernos.

 

Estaban en la banca que usaron para eso durante cuatro meses. Siempre con el pretexto de que Edgar acompañaba a Miriam a su casa, se detenían en “su banca”. A veces por más de tres horas.

 

Se conocieron en la clase de aerobics. No es que él fuera alumno, no se permitían hombres en la clase de las seis de la tarde, sino que él pasaba con otros amigos a ver a las chicas en mallas. Sobre todo, porque sabía que las hijas del doctor Marcos, todas con fama de muy guapas, iban a esa hora.

 

En realidad, él comenzó a hablarle porque pensó que era una de esas muchachas; la vio rubia, de ojos azules y se confundió. Pero como a ella le cayó bien desde el principio, se dejó acompañar, que era como llamaban sus tías a esos esfuerzos de los muchachos por caer bien y, con suerte, conquistar a las chicas.

 

Con el tiempo se volvieron novios. Él iba por ella a su casa, salían a la plaza a tomar nieve, o a las hamburguesas con los hermanos y primos de ella. El muchacho les gustó a todos. Era simpático, tocaba la guitarra y cantaba, tenía conversación fácil. En fin, un noviazgo como el de cualquier otra niña de familia en un pueblo anodino como ese.

 

Era el apogeo de las tardeadas, siempre en cualquiera de los dos colegios, porque no tenían permiso de ir a las fiestas de la preparatoria pública. Bailaban separados, contoneándose mucho, haciendo mucho escándalo, sin atreverse jamás a bailar “las pegaditas”. Las monjas veían una bonita pareja con el típico futuro: casarse, tener hijos, caber en la sociedad que necesitaba cumplir el rito de siempre para evitar grietas.

 

Pero ella comenzó los besos más allá de las mejillas. La primera vez, se atrevió a poner sus labios en los de él, quien sorprendido se separó, sonrió, pensando que había sido un accidente y que debía tener más cuidado. La esperó a que entrara a su casa y se fue.

 

Después, esos roces fueron menos accidentales. Se entretenían un poco más en despedirse, con abrazos más estrechos, y un día, con las bocas abiertas, intercambiaron sus lenguas, sin percatarse de la hora, ni de que estaban fuera de la puerta de ella. Se separaron mareados, insatisfechos, con ganas de estar en otro lado para seguir haciendo eso que los llenó de pasmo y calor.

 

A ella no le importaba mucho que la vieran, finalmente estaba en el colegio porque no la habían dejado ir a la escuela pública. Se aguantaba para no discutir, pero sus rezos eran simple trámite que cumplía sin remordimiento.

 

Un día, ella lo invitó a sentarse en esa banca de la plazuela que ella ya había disfrutado antes a solas. Se encontraba en uno de los pasillos menos transitados y entre los árboles, de tal forma que ella podía ver a los que pasaban, pero ellos no la distinguían. Le gustó porque podía esconderse por horas a leer y, a pesar de que en la esquina se detenía el camión a subir y bajar gente, nadie podía descubrirla.

 

Comenzaron el feliz deslice de una lengua en la boca del otro, inspeccionando con deleite, las humedades, sabores, desesperos del otro. Con el paso de los días, ella no pudo resistir la tentación y puso su mano en la entrepierna de él, que reaccionó en seguida. Mientras se elevaba, él puso su mano en el pecho de ella, quien gimió aprobando. Por encima del pantalón, Miriam tenía la mano llena de la viscosa sensación de saciedad que provocó en Edgar. Cuando le llegó el turno a ella, sus líquidos más discretos le permitieron llegar a casa como si nada hubiera pasado. Era una campana de alegría, parloteando sin cesar con los ojos casi blancos de tan claros.

 

Para evitar la vergüenza del pantalón manchado que le impedía acompañarla, optaron por bajar los zippers y usar los kleenex que ella comenzó a cargar para limpiar la embriaguez de sus cuerpos. Ella comenzó a usar camisas que le permitían a él acceder a los pezones, ansiosos todos los días como si no hubieran disfrutado ya los goces de una lengua que, poco a poco, adquiría mayor destreza. Un día, ya estaba oscuro, Miriam se atrevió a mover la suya en el regazo de él, causando el gemido más dulce que ella hubiera escuchado hasta entonces. Cuidando no morder, subía y bajaba, hasta que él interrumpió el deleite con brusquedad.

 

Miriam llegó de mal humor a su casa, no entendía por qué le había quitado el gusto de saborearlo. Y menos entendió por qué Edgar dejó pasar tanto tiempo sin verla. Incluso a su mamá le sorprendió que faltara la semana completa. Ella inventó que estaba de viaje, para evitar las preguntas, pero estaba que ardía de la duda.

 

Finalmente regresó, pero con un amigo. Un amigo incómodo porque era necesario invitar a alguien más a salir con ellos y los momentos en la plazuela terminaron. Hasta que una noche, ella deslizó una carta en sus bolsillos mientras se despedían con un casto beso en la mejilla.

 

Era una pedida de explicación, una cita a solas, si era posible tal cosa. Y terminaron otra vez en la banca, pero entre ellos estaba la barrera de la ruptura que él impuso.

 

—Yo pensé que podríamos casarnos, porque creí que eras una buena muchacha. Pero la verdad, me has sorprendido.

—Pero te gustaba, no entiendo en que soy diferente.

—No eres conveniente.

 

Y ella ya no encontró ningún argumento con que detener su partida. Lo vio alejarse rumbo a la parada del camión, mientras pensaba que era un idiota porque si se subía al camión en esa esquina, daría toda la vuelta al pueblo, antes de salir de él.

 

Tiempo después supo que había embarazado a una buena muchacha de su barrio. Y que se casó con ella, antes de que el suegro le metiera un balazo por caliente. Eso le contó la hermana de Edgar, cuando se la encontró en una de las tardeadas del colegio. Terminó con el consabido “hubiera estado padre que no te hubiera cambiado por esa”.

 

Miriam no supo que decir, pero esa noche durmió sin dudas, sin culpas y sin soledades.

 

“De la que me salvé”, pensó, mientras abrazaba su almohada, sin mayor nostalgia por aquel aroma, ya olvidado.

 

 

María Teresa Muñoz Ortiz.  (Minatitlán, Ver.)

Actriz con formación teatral desde 1986 con Rogelio Luévano, Nora Mannek, Jorge Méndez, Jorge Castillo, Abraham Oceransky, entre otros. Diversas puestas en escena, comerciales y cortometrajes de 1986 a la fecha.

Directora de la Escuela de Escritores de la Laguna, de agosto de 2004 a diciembre 2014.

Columnista en las revistas electrónicas Bitácora de vuelos https://www.rdbitacoradevuelos.com.mx/ y Escritoras mexicanas https://www.escritoras.mx/

Coordinadora de Talleres literarios, Presentaciones de libros, Charlas literarias, Diplomados, en la Biblioteca José Santos Valdés, de Gómez Palacio, Dgo.

Su programa Lecturas prestadas (promoción y difusión de la lectura) se trasmite todos los martes a las 7:30 pm por Radio Torreón.

Lic. en Idiomas, con especialidad como intérprete traductor. (Centro Universitario Angloamericano de Torreón).

Profesora de diversas materias: literatura (en inglés, francés y español), gramática, traducción, interpretación.