Metrero

 

El Aprendiz de Palabrero

Por Antonio Orozco

Él ya estaba arriba del metro cuando yo me subí.

            Transbordé en San Lázaro rumbo a mi casa y, sin ninguna novedad, me bajaría en dos estaciones. Era media tarde y ya estaba algo fastidiado, el jotivagón no había ofrecido nada nuevo: los mismos chacales con cara de golpeaputos  y las mismas jotitas locas con delirio de divas; fue entonces que lo vi, recargado en la escalera, junto a la otra puerta a la que yo subí.

 

            Lo vi.

            Lo vi y me miró.                                         

            Lo vi, me miró y, sutilmente, sonrió.

            ¿Me sonrió?

            Yo también sonreí, pero creo que no alcanzó a verme; giró la cabeza y se distrajo con la ventana de la puerta del metro. De San Lázaro a Flores Magón no me prestó atención alguna, por lo que yo lo observé sin limitarme. Era un hombre un tanto mayor que yo, algunas canas en su barba de candado así lo hicieron notar y de un cuerpo duro y macizo, casi inquebrantable, a pesar de venir envuelto en la finura de la tela de su traje oscuro. Lo miraba tanto, que no podía (ni quería) dejar de hacerlo.

            Al cerrarse las puertas en Flores Magón giró hacia mí, como si hubiese querido cerciorarse de que aún no me baja del metro y me sonrió, le correspondí el gesto con otra sonrisa y él me giñó (o eso creí), porque más que giño, pareció que sus ojos habían parpadeado a destiempo, uno primero que el otro. Discretamente empezó a verme, yo me dejé desnudar con cada mirada; quería mostrarme desnudo para él. Cada que él volteaba hacia mí yo sonreía coqueto, esperando que la distancia entre los dos se hiciera menos, mas no sucedía así.

            Llegaba a Romero Rubio y debía tomar una decisión, bajarme del metro e irme a mi casa o seguir y acércame a él hasta sentir sus labios en los míos; las puertas se cerraron y yo permanecí arriba del gusano naranja, no me iba a quedar con el antojo de meterle mano y de dejarme tocar por él. No es que me hiciera ilusiones a la primera, pero es que él, me sonreía tan sinceramente, que me hizo sentir cositas en la panza, las trilladas mariposas; pero, a pesar de ser tan comunes, en verdad las sentía, revoloteaban tan alto y tan fuerte que me llegaban al corazón. Quizá él escuchó el ruido que hicieron con su aleteo, que cada vez volteaba con más frecuencia a mirarme y cada vez más me entregaba yo a las caricias que me hacía con sus ojos. Me sentí totalmente desnudo y excitado ante él, quería gritar que me tomara, que me hiciera suyo, que me obligara a hincarme y tenerlo en mi boca, quería abrirme para él; pero él sólo me miraba y sonreía. Ya no podía contenerme más, deseaba besar sus labios o morir, morir en sus brazos y con el sabor de un beso suyo.

            Estaba tan distraído mirándolo a él que no vi en qué momento llegamos y nos fuimos de Oceanía. Para mí no existía nadie más que no fuera ese hombre de barba de candado y traje oscuro; sólo imaginaba quitarle el saco, aflojarle la corbata y besar su cuello mientras bajaba la bragueta de su pantalón. Él sólo volvió a sonreír, fue entonces cuando lo pensé: “él espera que yo dé el siguiente paso; primero él sonrió, ahora yo debo acercarme...”

            Estábamos por llegar a Deportivo Oceanía y decidí acercarme haciendo la finta de que iba a bajar; esperé que él volviera a mirarme y sonreírme para hacerle saber que me acercaría. Llegando a la estación me vio y sonrió. Yo di un paso hacia adelante decidido a aproximarme; quería correr pero me contuve, no quería verme tan obvia, caminé con pasos cortos y tranquilos, con sus ojos fijos en mí, con su lengua paseándose por sus labios. Cuando estuve a punto de tomarlo de la mano, él dio un paso hacia su izquierda, luego otro; el metro anunció que cerraría sus puertas y éstas se cerraron entre él y yo, frente a mis narices. Yo me quedé arriba del naranja gusano y él, de pie en la estación, haciéndome un gesto de despedida con la mano mientras el metro se ponía en marcha.