Imágenes del diario

Por Adriana González Mateos

 

Durante muchos años compartimos una oficina, amistades, comidas, preocupaciones, rutinas: la vida cotidiana, tan cerca y tan a gusto que la mayor parte de esos días no dejó recuerdos. Veloces, sin aristas: si los miro desde aquí, ondulan como árboles poblados por criaturas minúsculas, buenos para estar a su sombra y oír al tiempo frotándose en sus hojas.

Sin historias. [1]

(En el fondo transcurría algo que no parecía tener mucho que ver con mi sonriente amiga: un día se convulsionó en la escuela y recibió un diagnóstico lacónico: es un tumor cerebral. Es cáncer. A los pocos días entró al quirófano; antes de una semana estaba en su casa, recuperada. Mandó al chat donde estábamos con otros profesores una fotografía en la que su cráneo rapado parecía una audacia fashionista, con un mensaje redactado al vuelo:

 

Oigan, ya sé que están en el desmadre de la elección a rector y que soy la más morbosa, pero me encanta mi cicatriz y quiero presumírselas junto con mi pelona, espero que no lo tomen a mal, je.
Los quiero y los extraño, casi tanto como a mis alumnos
Trabajen y diviértanse mucho
R

 Con la misma ligereza, elogié lo guapísima que se veía. [2] Por más que alguien quisiera buscar por ahí huellas de la muerte, no había nada. Se había ido, dejando una Rocío alegre, simpática, aficionada a leer, entusiasmada con los planes para sus próximos poemas, de los que por supuesto no daba muchos detalles. Años después publicó un libro sobre el tumor, sobre la operación, pero poco hablábamos de eso, metidas en las ocurrencias diarias de la universidad.

Alguna vez me pregunté si ciertas reacciones suyas (la obstinación con que enfrentó un conflicto con otros profesores, una incapacidad para ver las agresiones de otros, sobre todo si los quería, algo que podría describirse como ingenuidad, que saltaba donde menos la esperaba) tendrían relación con el tumor ausente, pero estas interrogaciones mías nunca atrapaban nada decisivo. En cambio, tenía enorme facilidad para tratar a los niños pequeños, que la adoraban: jugaban con ella, inventaban formas de comunicarse aunque todavía no supieran hablar, se divertían, le tendían los brazos a los dos minutos de conocerla. ¿Mi torpeza en esas situaciones será síntoma de algo? Tal vez yo imaginaba la huella del tumor para explicarme instantes y sombras que podían aceptar otras suposiciones.

Tal vez en eso pensaban los cubistas cuando retrataban a alguien desde muchos ángulos. Acababan pintando una figura distorsionada, algo que no se ve con nuestros dos ojos, nuestras tretas para torear el transcurrir del tiempo, las reglas tácitas que definen qué es una amistad, qué tan cerca logramos estar de alguien, qué secretos respetamos llamándolos privacía.

Su cara parecía la misma: los grandes ojos alegres, la esbelta línea de los pómulos, facciones que ella consideraba zapotecas pero recordaban también estilizadas cabezas africanas. Rapada para la operación, las líneas de su cráneo parecían una escultura, aunque las animaba una sonrisa traviesa.

La conversación seguía.

Tan despreocupada como el día que llegamos al aeropuerto con minutos de diferencia, felices de pasar unos días en Mazunte. Faltaba un rato para que saliera el avión y nos sentamos a tomar un café, absortas en una plática que tal vez se parecía a un juego con bloques de madera: el placer de construir torres, abrirles huecos, ventanas que daban a terrazas, escaleras más y más altas para inventarles puentes, recodos, tapancos, miradores, jardineras, pasadizos. Hablábamos y hablábamos sin preguntarnos a dónde íbamos a llegar o para qué servía nada de lo que decíamos. Sólo disfrutábamos esa expansión gratuita, tomábamos más café.

De repente Rocío se fijó en el reloj y me dijo que ya era hora. Pedimos la cuenta, arrastramos las maletas a lo largo del pasillo, me detuve a mirar un escaparate. “Ya no da tiempo”, me dijo. “Nuestro vuelo está a punto de irse.”

Pensé que exageraba pero me resigné a seguirla, sin entender todavía que la frase era literal, pues en ningún momento ella había perdido la placidez. Muy lejos, al cabo de una serie de pasillos, el avión se estaba yendo. La empleada nos explicó que el dinero era irrecuperable, como el boleto, como el principio de las vacaciones, como el minuto transcurrido. Lo perdimos.

Rocío me miró con sus grandes ojos desconcertados. Si estuvimos a punto de despeñarnos, preferimos no aceptarlo todavía. Medio minuto después ya íbamos hacia la taquilla de los autobuses. El único que podía salvarnos salía en menos de hora y media de la estación Taxqueña. La empleada nos aconsejó tomar el metro, pues había mucho tráfico a esa hora y no era fácil llegar a tiempo.

 Luego Rocío me reprochaba ese trayecto bajo tierra. Varias veces estuve a punto de pedirle que se quitara los artes de oro, demasiado visibles en el vagón atestado, pero ella nunca pareció darse cuenta. Era obvio que casi nunca usaba ese transporte; me dijo que le daba claustrofobia. No se sentía cómoda. Al fin logramos tomar el autobús y tras una noche en la carretera llegamos a una mañana a la altura de nuestros deseos, playa y buena comida y cabañas medio hippies y bellísimo paisaje, y nos felicitamos por nuestra capacidad para facer y desfacer entuertos. ¿Qué podía pasar que no lográramos domar muertas de risa?

Casi se nos olvidaba, pero por ahí, en un día que llegaría tarde o temprano, en una mañana al parecer idéntica a las otras, también con café y teléfonos y mensajes, el resultado de los análisis fue malo, aunque decía positivo. Apoyada en una de las sillas de su comedor, Rocío me dijo que le quedaban pocos meses de vida. Tenía que operarse otra vez, pero no había ninguna garantía de que saliera viva del quirófano. Tampoco se sabían las secuelas, las cicatrices que podrían quedarle. Me dan un treinta por ciento de posibilidades de salir bien de la operación.

Hubo un silencio. No era fácil seguir hablando, aunque sí había algunas cosas que agregar, unos pocos detalles prácticos, vagos comentarios alentadores, tentativas de ordenar y precaver. Faltaban como dos meses para la fecha fijada por el cirujano, y en ese tiempo había mucho que hacer.

No sé cuántas semanas después sucedió algo raro: Rocío dejó pasar la fecha de los análisis previos a la operación. Mientras me lo contaba con aire despreocupado, recordé el ultimátum que le había lanzado el médico, la urgencia de operarla pronto, la fecha límite, que ya estaba encima. Hice algún comentario desvaído al respecto y ella me aseguró que nada era tan grave, que unos días de retraso no cambiarían nada. Alguna otra nadería la hizo aplazar de nuevo los exámenes, siguió pasando el tiempo, entendí que no era buena idea insistir, querer obligarla a hablar del terror apenas escondido. Poco después me contó que se había enojado con el cirujano porque él le reclamaba su descuido. El tumor ya era inoperable.

(Yo podría haberme enojado también: regañarla, dejarle muy claro cuáles me parecían las reglas aceptables para lidiar con la amenaza. Eso me hubiera tranquilizado al darme una serie de instrucciones y una sensación de control, aunque ella no me hiciera el menor caso. Pero estaba empezando otra época. Se anunció así: no se podían predecir con exactitud los resultados de ningún tratamiento. No se podía saber a dónde llevaba ningún camino, qué abismos atravesaría. Podíamos pasar toda la tarde hablando del asunto, pero nunca sabría qué recuerdos, qué miedos, qué aversiones guiaban actos al parecer minúsculos, como cambiar la fecha de una cita o no tomarse una dosis de medicina. Tal vez llegó a decisiones cruciales en sueños olvidados al abrir los ojos.)   

…en alguna neurona cercana al tumor/ en alguna neurona que jamás recibió rayos X/ en alguna neurona…

No quise entrar en muchas honduras mientras me hablaba del tratamiento que surgía como alternativa: la radioterapia. En los meses siguientes fui enterándome de muchas otras medicinas: las cápsulas hechas con el veneno del alacrán azul, la moringa, la uña de gato, el aceite de mariguana, todas esas fuentes de energía y salud que Rocío probó mientras iba a su cita diaria en el hospital de radiología y se acostumbraba a sentirse cansada, a marearse un poco, a que se le cayeran mechones de pelo. Cada uno de esos síntomas me encogía el corazón. Nunca la vi muy mal, pero cada vez temí que esos malestares fueran preludio de otros peores. Cuando, al cabo de los dos meses de tratamiento y de nuevos análisis, me dijo que el tumor estaba eliminado, tuve un momento de incredulidad antes de sentirme feliz. Contra los pronósticos del cirujano, contra las informaciones pescadas en Google.  Habíamos estado tan asustadas en esos meses, y de repente se levantaba la sentencia.

(Claro: decir de repente es hablar desde mí. Nada era repentino para ella, que atravesó la ciudad para cada sesión, fue puntual, participó en los preparativos, escuchó consejos. Se puso un gorro confeccionado a la medida de su cabeza y agujereado en los lugares precisos, se sentó bajo la máquina, escuchó las indicaciones de la radióloga, los sonidos que anunciaban el principio y el final de cada exposición. A lo largo de esas semanas tuvo incontables sensaciones, algunas tranquilizadoras, otras alarmantes, muchas anunciadas por los médicos, otras no. El día que debía hacerse nuevos exámenes estuvo ahí, y también cuando le dieron los resultados. Fue perseverante, capaz de desplegar la disciplina que la hacía llegar a clase, planear evaluaciones, entregar notas, eficiente sin ser espectacular, confiable. “No era una guerrera”, me dijo después nuestra amiga Claire. “Una sólo hace lo que tiene que hacer.”)

Aunque el trayecto fuera incierto, lo logró. El 3 de febrero de 2016 mandó este mensaje:

 

Amigos, familia, todos ustedes tan amados, les escribo para contarles que me acaban de dar los resultados de las radios que me hicieron:

todo salió muy bien, estoy feliz!

Nunca te dicen que la libraste, pero de momento no encontraron nada (y eso que me metieron a la máquina más potente que tiene Neurología) y, por otra parte, yo me siento super bien, así que hasta dentro de 6 meses...

Confío en que mi cuerpo y mi alma sigan protegiéndose.

Mi ánimo es celebratorio, gozoso, fuerte.

Gracias por su amor, por sus pensamientos optimistas, por sus sonrisas y sus abrazos. Sin ustedes, nada tendría sentido.

 

Sólo ahora empiezo a imaginarme cuántas cosas no me dijo: tantos momentos de terror, de rabia, de despecho. Qué difícil apreciar si se valía tener esperanzas, si era posible rendirse.

¿Prefería estar sola para llorar?

Lo que yo llamaba normalidad no regresó nunca. Seguimos compartiendo la oficina y viéndonos con la misma frecuencia, pero el tiempo empezó a estar medido por los periodos entre unos análisis y los siguientes.

“Confío en que mi cuerpo y mi alma sigan protegiéndose.” Supongo que esa convicción es necesaria; a mi alrededor cada quien tiene su versión sobre los sentimientos positivos, la aceptación, la capacidad de desprenderse. Acercarse a la muerte es también confeccionar una narrativa para la que tomamos grandes préstamos del pensamiento religioso, que tal vez existe sobre todo para eso. Nos envolvemos en el antiquísimo tejido de consejos, refranes, pequeñas fábulas, actitudes, tal vez una alfombra para sentir que conocemos el camino.

Imaginar que nuestra decisión, nuestra postura o nuestra sonrisa influyen en el proceso. 

Hace poco más de un año, a principios de 2018, fui a comer con ella. Después de saludarme, se me quedó mirando y dijo: “¡Qué lindo eso que traes puesto! ¿Dónde lo compraste?”

Le expliqué dónde estaba la tienda, pero no se acordaba, aunque alguna vez entramos ahí a ver ropa. “Cualquier día vamos”, le dije, antes de revisar el menú y seguir platicando. Cuando pedimos la cuenta, casi dos horas después, alcanzó su bolsa y buscó la cartera: “Qué lindo eso que traes puesto” me dijo. “¿Dónde lo compraste?”

En los meses siguientes, tanto ella como algunos estudiantes me contaron que cada vez fue más difícil dar sus últimas clases, a medida que su memoria fallaba y le costaba más trabajo organizar las palabras. Fue un semestre en el que la ayudaron y le echaron muchísimas ganas. En estos días me he dado cuenta de cuánto la querían, cuánto cariño y solidaridad transcurrían casi invisibles por estos pasillos, mientras todos, aparentemente, se preocupaban sobre todo por seguir estudiando. 

Aquí estoy, encargándome de organizar una conmemoración, como un recalentado del funeral, una tornaboda, otro momento para reunir a quienes la queríamos. Otra ocasión para recordarla y poco a poco acostumbrarme a que no está. Ahora que escribo pienso qué fácil sería ponerlo en segunda persona: “acostumbrarme a que no estás”. Quizá ésa acabe siendo mi manera de pensar en ella: un diálogo entre yo, que la recuerdo, y yo, que iré armando una presencia interna llamada Rocío, hecha a su imagen pero mucho más a la medida de mis necesidades, deseos y añoranzas que de esa persona ausente, quien ya hoy, a dos semanas de su muerte, es presa de quienes recordamos algunos detalles y olvidamos otros.

Por ejemplo, mucha gente ha compartido una fotografía en blanco y negro donde aparece en el apogeo de su hermosura: joven, alerta, sana. Gira la cabeza hacia el fotógrafo, como si acabara de percatarse de su presencia. No sonríe: mira como si fuera a tomar una decisión. Quizá se pregunta quién va a fotografiarla, o para qué, o busca algo un poco más allá de quien la está mirando. Recuerda a un gato que mide la distancia antes de saltar. Una fiera poderosa, aterciopelada, un poco temible.  

Hay muchas otras fotos, pero tienen menos éxito. No han pasado tantos años, pero en ellas parece mucho mayor. Ha encanecido y en muchas imágenes lleva una diadema o una mascada para disimular los huecos dejados en su cabellera por las radiaciones. Ha engordado un poco, su expresión es menos concentrada. Aunque siempre le gustaron los colores vivos, los bordados, los collares vistosos, aunque en muchas fotos sonríe, sus ojos están impregnados de una tristeza que no necesita invadir la conversación ni estallar en lágrimas. Sólo está ahí, una media luz en sus pupilas, un cansancio derrotado por el momento, siempre a punto de vencer.

Su belleza del pasado nos ayuda a atajar lo que sucede. Sirve como una lápida: a la disolución de su cuerpo, al montón de cenizas, opone esa imagen que ya no va a cambiar.

A pesar de la dificultad para organizar las palabras, de confusiones y olvidos, en los últimos meses Rocío se veía más o menos igual. Quizá un poco rasguñada por los años, pero a primera vista no parecía enferma, aunque seguía viendo médicos y tomando medicinas. El año pasado, en algún momento del verano, hizo una reunión en su casa y sirvió una espléndida comida al estilo del Istmo. Nos quedamos mucho rato hablando, riéndonos, de muy buen humor. No quiero privarme de nada, nos dijo. No sé cuánto tiempo me queda, pero lo voy a disfrutar.

Para entonces ya la había visto reponerse tantas veces que imaginé muchas otras reuniones, otros mezcales y risas. Aunque en 2010 el primer diagnóstico de cáncer parecía una condena brutal, en estos años lo increíble sucedió varias veces, y yo aprendí que era una necedad sacar conclusiones. Tal vez llegaríamos otra vez a la playa, contra todo pronóstico.   

Por su lado, ella sabía muy bien lo que sucedía. Ni siquiera recuerdo cuando hablamos por primera vez de su decisión: no quiero perder el habla, no quiero quedarme inválida, no quiero vivir como vegetal. Eso no es vida. Eso no quiero. Tal vez me lo dijo después de la operación, hace tanto tiempo, después de preguntarle al médico qué posibilidades había e indagar qué permite la ley. Incluso le prometí mi respaldo, si llegaba a necesitarme.

Ni siquiera se me ocurrió discutir. Yo también quiero despedirme cuando todavía pueda hacerlo, proteger a mi cuerpo de una destrucción demasiado dolorosa. Sé que no es fácil, pero agradezco el consuelo que da esa facultad de citar a la muerte, fijar el día, la hora, aunque sólo sea porque su llegada ya es inminente.   

Tal vez el proceso de la enfermedad es una evaluación distinta de qué vale la pena y cuál es el tiempo perdido. Antes de mi operación me importaba mucho escribir, pero ya no tanto, me dijo un día. En los últimos años, en cambio, insistió muchas veces en que quería terminar otro libro; esa necesidad no dependía de una decisión ni de ningún sentimiento. No era algo de lo que pudiera deshacerse tan fácil. Hace pocos meses la acompañé a leer unos poemas en el Zócalo. Más allá de carrera, trayectoria, publicaciones o reconocimientos, escribir era una manera de existir.

Una forma de atrapar algo mucho más inasible y fugaz que el aire o las gotas que escurren por la cara. Los pensamientos, las percepciones, la sensación de respirar, abrir los ojos para dejar entrar los colores del día. La conciencia de estarme yendo tan rápido que aún ahora, al escribir, ya soy un tanto distinta, un poco más erosionada o no, más dispuesta, menos triste, ya otra. Algo como la sombra de las nubes o la raya veloz de un pájaro, muy lejos.

Que de eso quede un poema: una construcción fina, como un bordado, una filigrana de alambres, una telaraña contra la luz.

“Para mí, la poesía es una forma de estar en el mundo”, dijo ella.

Visto así, la decisión de poner punto final es un acto poético.

[1] Revisando viejos correos, veo que Rocío González fue contratada como profesora de la Academia de Creación Literaria de la UACM en febrero de 2009.

[2] Ese mensaje está fechado el 21 de abril de 2010. Exactamente nueve años antes del fin.

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