Espera

 

Por Teresa Muñoz

 

La escuchas trajinar por la casa, tal vez en el patio. El molesto rumor de la escoba, cantando con rapidez esa tonada que todas las mañanas sin falta te despertó siendo niño, a las seis en punto. No importaba lo oscuro o frío del día, la consigna siempre ha sido y será hasta el fin de los días, que al que madruga ya sabemos que sigue. La escuchas imparable, pasos del patio a la cocina, ruido de cacerolas chocando, el cristal musical, el torrente de agua, la fritura salpicándolo todo, para tener pretexto de seguir limpiando, de seguir haciendo algo, porque la segunda frase de tu vida es, ha sido y será que la ociosidad es la madre de… ya sabes qué. Y tú quisieras que tu madre dejara de pensar en frases hechas, que viniera a sentarse contigo, que el ¿cómo amaneciste?, no fuera una frase arrojada sobre tu cama sin esperar respuesta. Pero no, cuando llegue Toña, la sirvienta, debe encontrar a tu madre haciendo cosas. Debe darse cuenta de que no es una mujer floja; debe ponderar su diligencia.

 En la iglesia, ninguna hija de doña Elvira se verá jamás como una floja, como una mujer que no se hizo cargo de su casa, jamás las verán sentadas, desocupadas, faltaba más: si doña Elvira no paró de trabajar durante toda su sufrida vida, ¿por qué las hijas habrían de ser diferentes?

Pero esta hija en especial, la escuchas y desearías que se acomodara “a no hacer nada” junto a ti. Desearías que se sentara junto a tu almohada o de perdido, al borde de tu cama, o incluso podrías aguantar que lo hiciera en el sillón junto a la puerta, no importará que la oscuridad de la habitación les impida verse a los ojos.

La quieres sentada, escuchando. Escuchando lo que no quiere saber, porque de flojos y golosos…, y tú con tus afanes artísticos eres el menos trabajador de sus hijos. Cómo se te ocurre, querer ser mago, querer ser actor. Esas ansias creadoras que supiste apagar a tiempo. Toda esa poesía que había dentro de ti, que bueno que la enterraste, con esa ceremonia “tan vistosa” en el patio.

Parece que de nada sirvió. Te volviste contador y ella sigue sin darse cuenta de lo que abandonaste para pertenecer. Para aspirar al privilegio siempre negado a todos sus hijos de verla entrar a tu cuarto y preguntar si necesitas algo.

Ella no ve, ni verá lo que puedes ser más allá del niño que iba por las tortillas, o el muchacho que se comía todo lo del plato, el joven que pedía para el camión, el hombre que se graduó y, finalmente el que se fue a trabajar lejos de ella. El que la abandonó por un tiempo.

Aunque ahora todo está bien nuevamente.

Cuando pasaron los primeros sudores, las primeras infecciones extrañas, los primeros dolores, y todo se volvió caótico, decidieron por ti y te trajeron de regreso al único lugar en dónde no querías morir. Las macetas regadas y en su lugar, los sartenes guardados en el mueble, la calle impecable, barrida dos veces al día, el cirio encendido, y el hijo, en casa de mamá, para que no sigan pensando que se fue porque no quería estar con ella.

Atado a la cama sigues, apenas, la procesión de tías, primos, hermanos lamentándose de lo que te pasó, pero sin saber, sin decir qué es lo que pasa. Son palabras prohibidas, son padecimientos que no se toleran en esta casa, no se les ocurra decirlo, la imagen de la familia es intachable, no manchen con su realidad estas paredes impolutas de familia feliz.

Todos se sientan, todos te ven. Ella no. Está ocupada negando la vida, guardando una culpa que le colocaron el día que nació. Flagelándose con el recuerdo que no tiene del momento en que todo se volvió fuera de la normalidad de la iglesia, del pueblo, de su familia.

Quisieras decir tanto. Saber quién es ella. Sentir su mano en tu frente. Porqué te tienen aquí si eres el bulto que espera, que ella no quiere saber qué hacer con él. Qué ella no verá la hora de olvidar.

La debilidad se adueña de ti. Sabes que te vas, y que el anhelo que tienes de que ella acerque su oído a tu boca, de que escuche todo lo que tienes guardado por años, es eso, solo un deseo. Son pretensiones tuyas que nadie hará realidad.

Porque en esta casa, tan limpia, tan ordenada, tan propia, hay cosas que no se dicen, nunca.

 

María Teresa Muñoz Ortiz.  (Minatitlán, Ver.)

Actriz con formación teatral desde 1986 con Rogelio Luévano, Nora Mannek, Jorge Méndez, Jorge Castillo, Abraham Oceransky, entre otros. Diversas puestas en escena, comerciales y cortometrajes de 1986 a la fecha. Directora de la Escuela de Escritores de la Laguna, de agosto de 2004 a diciembre 2014.

Columnista en las revistas electrónicas Bitácora de vuelos https://www.rdbitacoradevuelos.com.mx/ y Escritoras mexicanas https://www.escritoras.mx/

Lic. en Idiomas, con especialidad como intérprete traductor. (Centro Universitario Angloamericano de Torreón). Profesora de diversas materias: literatura (en inglés, francés y español), gramática, traducción, interpretación. Coordinadora de Talleres literarios, Presentaciones de libros, Charlas literarias, Diplomados, en la Biblioteca José Santos Valdés, de Gómez Palacio, Dgo.

Dramaturga y directora de teatro.