Tres sorbos de café

(Para leer en voz alta)

 

Por César "Chico" González

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Primer sorbo

 

...todas las mañanas estaciona su patrulla a un lado del parque, frente a mi casa… es la hora en que la bruma empieza a levantarse y las cosas bostezan, se estiran y despiertan para dejar de ser sólo un tachón borroso… sin embargo él sigue siendo la mancha oscura que siempre ha sido; aún a pleno sol... el sucio uniforme azul le viene pequeño y la tensión que soportan los botones de la casaca, hace temer a todo el barrio por los vidrios de las ventanas… todo se cubre de silencio al menos una cuadra antes de que Bond, James Bond, pase en su destartalada patrulla; la 007 policía municipal de Naucalpan… ignoro si conoce el apodo que le ha asignado el barrio… seguro lo haría reír con esa risa suya, que suena como si una vieja maquinaria se le rompiera dentro; una risa simpática como la de un tiburón… es demasiado temprano y a estas horas todavía no hay nadie en el parque a quién extorsionar… Bond parece lamentarlo; quería empezar a trabajar desde temprano, —pinches güevones, piensa… no están por ejemplo los muchachos que juegan cascarita en la cancha de futbol; ellos son sus favoritos… a las 1700, hora oficial del partido, se escucha rechinar a lo lejos la patrulla… todos sabemos lo que sigue… el balón se detiene, los jugadores escarban en sus bolsillos y juntan algunas monedas para el equivalente local de un Martini agitado, no revuelto; un chesco de naranja para James Bond… una tarde la cuota le pareció insuficiente y se llevó a Ronaldo en la patrulla a dar una vuelta, dejando al equipo sin su goleador y en inferioridad numérica… pero todo eso será más tarde... de momento se fuma un cigarro recargado en la patrulla que se ladea bajo su peso… parece tararear algo, o rezar... espera... a las 0600, puntual, sale ella de una casa vecina... no es exactamente una chica Bond; es pequeñita y delgada, imposible determinar su edad… lleva puesto un delantal y en la mano una lonchera roja... llega hasta él, lo abraza como si fuera la última vez, se para de puntitas para besarlo, le estruja las orejas como para calentárselas y lo persigna...   —te cuidas cabrón, le dice, mientras le entrega la lonchera roja ...él sube a su patrulla y arranca... ella se frota las manos y se queda mirando cómo se marcha... todas las mañanas...

 

 

Segundo sorbo

 

...la primera vez que recibí una carta tenía ocho o nueve años y fue gracias a uno de esos programas escolares de amigos por correspondencia... supongo que algún ingenuo funcionario en el sistema educativo, pensaba que un niño adiestrado para poner sus ideas en papel y tinta, tiende a volverse con el tiempo un adulto más o menos aceptable... pobre... la carta venía en un sobre amarillo y recuerdo claramente la emoción de ver mi nombre escrito con una letra que no era la mía... alguien en alguna parte del mundo, se había tomado la molestia de escribir mi nombre completo, de principio a fin, con todas las tildes y todas las zetas... César Ramón González de la Torre, decía, y las letras casi se caían por el borde del sobre... era una letra cuidadosa, redonda, femenina... querido César empezaba la carta... era fantástico que alguien que no te conocía te llamara querido de antemano; ya con ese detalle yo empecé a quererla también... se llamaba Valeria y vivía en Buenos Aires... me contaba que recién se le había caído un diente y que le gustaba el dulce de leche, que sus padres tenían una tienda y que vivía cerca de un parque al que podía llegarse con sólo cruzar la calle... en aquellos años yo tenía pocos referentes de argentinidad así que me la imaginé igualita a Mafalda... la foto que acompañaba la carta desmentía ese prejuicio; era una niña linda, de largo cabello dorado, con hoyuelos en las mejillas a quien en efecto, le faltaba un diente... yo era un enamoradizo precoz y el hecho de que a mí me faltara el mismo diente, me pareció un signo inequívoco de que Valeria y yo, éramos el uno para el otro... a mi pregunta, un amigo argentino de mi papá me explicó que el dulce de leche era Maná del cielo que brotaba de las ubres sagradas de la vaca Shurabhi... como me notó levemente confundido con la argentinísima explicación terminó diciéndome que era igual a la cajeta... aquello llevaba un intrínseco veneno que ha perdurado con los años, porque todos los argentinos que conocí después me han retado a duelo al amanecer, espada o pistola, por andar repitiendo semejante blasfemia... ignoro los referentes de mexicanidad  que tendría Valeria -debí sospechar cuando me preguntó cómo se llamaba mi caballo- pero si esperaba a alguien igual a Pedro Infante seguro quedó muy decepcionada... el hecho es que jamás volvió a escribirme aunque yo lo seguí haciendo por un año largo, con mi mejor letra y contándole mis mejores chistes de Pepito... como suele suceder en los naufragios no todo se pierde, y a mí me quedó la costumbre de escribir cartas... la empleada del correo casi se hace pipí siempre que me ve llegar, supongo que porque aumenta en 100% su bono de productividad que de otro modo sería igual a cero... he escrito muchas cartas a lo largo de los años pero he recibido poquísimas... supongo que mi nombre es demasiado largo... recibo muchos emails, muchos whatsapps pero casi ninguna carta... pienso que tal vez aquel ingenuo burócrata del sistema educativo, no sólo creía que uno es un adulto más o menos aceptable si acostumbra poner sus ideas y sentimientos en tinta y papel... a lo mejor también creía, como yo ahora, que alguien en alguna parte está necesitando recibir una carta...

 

 

Tercer sorbo

 

...detesto pocas cosas, casi nada... odio la mayonesa, la salsa cátsup, el tráfico y a un par de personas a quienes no me causa la menor culpa odiar, porque el sentimiento es absolutamente recíproco... pero sobre todo odio la prisa... odio mi prisa si la tengo y la prisa ajena que quieren hacer mía... detesto las agendas, los relojes, los horarios, el tiempo justo, el calendario; símbolos todos de la prisa... detesto correr y a los que corren a la oficina, al trabajo, a cualquier parte o a ninguna... detesto la prisa que no te permite estar sólo sentado disfrutando el café, como el café se toma; lento, dilatado, mirando para adentro... hoy me propongo andar la mañana despacito... al fin y al cabo ¿cuál es la prisa?...

 

 

El poso del café

 

...te beso con los ojos cerrados porque tu boca es siempre una sorpresa...

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