Null Track

Iliana Vargas

 

Una historia que no debía existir. La torre de San Petersburgo construida por enanos en busca de miles de terrones de oro. O la tierra de los hombres que sólo comen musgo. O las princesas que se acuestan pensando en los dolores de su mandíbula y en la hinchazón de sus vientres a causa de la infertilidad que se expande como un feto de seis meses. Una historia que ni siquiera valga la pena ser imaginada. No burlada ni negada ni malversada, ni siquiera planteada por la mente más ociosa y aburrida de cualquier ciudad o pueblo o terruño. Una historia sin personajes, sin materia para degustar, sin cielos estremecidos, sin paisajes por descubrir. Una historia que no nazca del sentido común y que no encuentre sentido en ningún sitio más que en el que le fue dado en su nacimiento… A eso me suena la historia que me contaste, Bulmaro. Pero, Óscar, lo dices como si yo la hubiera inventado, y en realidad sólo la aprendí de memoria para explicarte que puede escribirse algo así, bello y sin sentido. Escucha, voy a decirte la segunda parte:

La isla de las mariposas es una deformación geológica situada en medio de un archipiélago de cráteres sulfurosos que rodean la costa de Pompeya. Las naves tripuladas por númenes lunares avanzan sin reparar en los humores que se despliegan desde el fondo marino. Y miramos sin dejarnos mirar y no sabemos adónde se muda el vacío o el grito tras las máscaras de malaquita y alambre de púas. Los ojos dejan de ser ojos tras los ojos. La salida no es salida cartón colgado en el cuello de mi vecino el que duerme a la entrada de la panadería clausurada hace años a causa de un muchacho que perdió ambas manos en el horno ardiente… y no sólo eso: perdió las piernas y los sonidos eran frituras mordisqueadas por ratones mientras perdía las orejas y sus ojos dejaron de ser ojos tras los ojos y llegó el vacío y el grito a habitar su máscara de fuego que antes había sido de plumas y de papel. Y mi vecino regresa cada mañana para humedecer sus manos y su frente antes de posarse de nuevo al sol junto a su iguana y sus culebras antes de regresarlas al mar de la costa de Pompeya. Entran cautelosas las naves y a sus costados se adhieren restos de pieles que sirenas y leones marinos han arrancado a los cuerpos que suicidas nigromantes intercambian cada madrugada por muertos para hacerlos germinar en el jardín de la noche. Así crece el archipiélago y así duermen las mariposas exponiendo sus alas a la tintura de las algas sulfuradas. El espíritu explaya su inmensidad en uno de los pliegues del universo susceptible de cruzar los arrecifes y los cráteres más profundos: guaridas de silencio y terremoto. El espíritu atraviesa el infierno marino hasta alcanzar la bruma de la superficie. Observa la nave mientras repliega de nuevo las membranas elásticas de su cuerpo material hasta ofrecerse en ramo de nenúfares magentas. Es su saludo y su ofrenda para los númenes lunares que han de desembarcar en Pompeya a la búsqueda del cuerpo purificado por el fuego en su viaje de regreso a la masa del pan de la vida.

Pero, si la masa es también caja y el pan de la vida son cabezas de pollo, entonces la historia se tuerce y cobra el sentido sobre el que Óscar y Bulmaro discutían tan acaloradamente hasta que, hartos, empezaron a guardar sus trastes vacíos en las bolsas de plástico y se sirvieron el café que quedaba en el termo que siempre llenaban antes de salir de la oficina. Después de un largo silencio, Bulmaro lanzó una sentencia a Óscar, a manera de conclusión de su larga plática:

–Podrías quedarte los próximos diez años de tu vida con una sola mujer si al sonreír no pudieras ver nada más en su rostro que sus dientes, grandes y enteros.

–Podría, pero las mujeres se vuelven más atractivas conforme van perdiendo muelas y colmillos; la belleza inunda su rostro cuando sonríen y muestran esos huecos que dan ganas de acariciar con la lengua.

Ambos se quedaron mirando y brindaron con sus tazas de café. Se desprendieron de la silla y la mesa como figurines en stop motion, pero era lo más que daban ya sus cuerpos ajetreados durante los 60 y 65 años que llevaban vividos. Emprendieron el camino de regreso, entreteniéndose en el parque que estaba casi a lado de la librería en la que trabajaban. Al pasar cerca de los columpios llamó su atención un anciano que mecía una caja, a la que además parecía murmurarle algo.

Bulmaro y Óscar se mostraban asombrados y entusiasmados a la vez. Era como si últimamente se hubieran convertido en cazadores de situaciones raras, si es que raro puede considerarse que los protagonistas de estos actos sean ancianos y a su alrededor sucedan asuntos no muy normales, justo en ese parque. La anciana del día anterior, por ejemplo. Bulmaro había olvidado su saco en el restaurante y le había dicho a Óscar que si quería esperarlo, lo vería de regreso en la banca frente a la fuente de las aguas verdes, como la habían bautizado por su extensa nata de lama. Óscar había aceptado y lo esperaba en la banca, atento a una anciana que se acercaba sigilosa, arrastrando los pies y despojándose de sus ropas. Bulmaro volvió justo cuando la anciana, completa en su desnudez, había logrado subir al borde de la fuente y desde ahí miraba el agua. Su piel se tornaba un poco verde, incluso quebradiza. Inmóvil, sólo permanecía al tanto de las luces, de los colores en el agua de la única fuente en ese inmenso jardín de arena y piedra. A su alrededor se juntaban y apartaban cientos de hormigas que de lejos parecían perros, y que Óscar y Bulmaro, al no mirar con certeza, nombraron hormigas-perros. Algunos de estos extraños animales la golpeaban con sus hocicos-antenas en las piernas: “¡Eres nuestra!”, la llamaban con aullidos electrizantes. La anciana tocó la cabeza de uno de ellos y parecía que charlaban intercambiando pensamientos a través del tacto entre la mano y las antenas del perro-hormiga. Parloteaban de tal forma que los sonidos se convirtieron en cantos, siempre los cantos entre líneas y líneas que dibujarían arrastrando sus pies sobre la arena en plena danza. El sonido la cubría como espuma que apagaba el fuego de su miedo. Poco a poco era hormiga y era perro: quería ladrar; haría laberintos bajo la tierra. Despacio, escondió su cuerpo de anciana entre las piedras y extendió sus restos sobre el agua.

Este acto y la noche se impusieron sobre el silencio que sobrepasaba a Óscar y a Bulmaro. Y no hablaron de ello hasta la tarde del presente día, mientras comían y se cuestionaban el uno al otro sobre la existencia de las historias sin sentido.

Para su sorpresa, había aquí una más.  

Se acercaron al anciano y simularon discutir por el columpio que estaba junto al de la caja, de tal manera que alcanzaron a ver más que de reojo lo que había dentro: Cabezas de pollo, una decena tal vez, se amontonaba rozando ojos, plumas y picos entre sí.

Observaban al anciano tratando de encontrar algún indicio en su mirada que justificara el hecho de columpiar una caja repleta de cabezas de pollo. Pero no. No había señas visibles de rareza en él. A lo más, una concentración extrema en su mirada y en la fuerza y el cuidado con que empujaba el columpio para que la caja no se cayera.

Al sentirse examinado, adivinando que esos viejos igual que él buscaban una explicación, el anciano les dijo:

La gente cumple su trabajo con criar, engordar y matar pollos. Se comen la mayor parte del cuerpo, menos la cabeza. Pero la cabeza sigue funcionando y mirando el cielo y a los otros animales. La cabeza necesita que alguien la lleve, la entretenga, le hable para que piense en cualquier cosa menos en el vacío que sustituye al cuerpo y las extremidades que le han arrancado. Alguien tiene que encargarse de hacer eso por las cabezas de los pollos cada día.

¿Ya lo ves?, le dijo Bulmaro a Óscar: incluso las historias con menos sentido nacen de alguna cabeza para las que tienen sentido.

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