Josefina Estrada

Ahora, déjeme contarle el cuento de cómo me fui haciendo de un ejército de hijos en el Cartucho. Resulta que hace diez años había peladitos tirados en la orilla del andén, durmiendo, desarropados, con los calzones rotos. Tenían la misma edad de mi hija, que hoy en día ya es una señora de veinte años. Eran peladitos de diez-doce años, nacidos en el Cartucho, hijos de ladrones, de madres prostitutas, de sopletes. Los chinos salían a San Victorino y robaban cositas, y me las vendían o empeñaban. Se me reunían alrededor del bareque a contarme sus proezas. Yo les decía:

Josefina Estrada

Ahora, déjeme contarle el cuento de cómo me fui haciendo de un ejército de hijos en el Cartucho. Resulta que hace diez años había peladitos tirados en la orilla del andén, durmiendo, desarropados, con los calzones rotos. Tenían la misma edad de mi hija, que hoy en día ya es una señora de veinte años. Eran peladitos de diez-doce años, nacidos en el Cartucho, hijos de ladrones, de madres prostitutas, de sopletes. Los chinos salían a San Victorino y robaban cositas, y me las vendían o empeñaban. Se me reunían alrededor del bareque a contarme sus proezas. Yo les decía:

—Ustedes son unos chichipatos. No saben lo que es robar. ¿Qué se ganó con quitarle la plata del mercado a la vecina? ¿Qué ganan con llevarse cinco mil pesos? Vayan donde están las doscientas-quinientas lucas. Usté por qué es tan huevón; tan re rata que es, pruébeme que es un ladrón elegante.

—¿Usted cree que no soy capaz, cucha?

—A mí no me consta.

—¿Ah, sí? ¿Nos va a enseñar?

—¿Yo? Si yo no soy nada.

—Ay, eso es lo que usté dice. Usté es una ladrona de esas ásperas.

Robar se aprende acompañando a robar. Ya después usté sale y roba solo. El que sabe robar sabe voltear y campanear; si no, mejor ni vaya. Saber robar es no tener miedo, parar los brincos y frentear. Porque robar no solamente es saber coger lo ajeno. Robar es un oficio que se enseña. Por eso, los chinos me pedían que les diera clases. Aunque también se aprende mucho del cuento; escuchando historias de robos. Entre los peladitos había uno que se llamaba Josesito. El chinito se me arrunchaba y me decía mamá, tenía cinco años. Cuando lo mataron, yo vivía con el papá, con el finadito Wilson, que  tenía cinco chinos que eran viciosos. Ese Josesito me daba una mamera, le decía:

—Párese de ahí, vaya a ver, robe, haga algo. Qué hace aquí montándome el guardián a toda hora. 

Y el chino se paraba y se iba. A las dos horas volvía con dos mil pesos:

—Mire, tenga, me robé unas zapatillas.

—Chino marica, ¿y por qué no las trajo? Yo se las hubiera llevado a vender más caras. Camine pa la pieza.

Pero al chino le daba miedo quedarse solo. Y yo por salirme a callejear y seguir soplando, le decía:

—No pues vaya y traiga a los chinos y les regalo una traba y les traigo comida.

Ya por la mañana, Josesito me llegaba al bareque:

—Mamá, ¿me regala pa comer algo?

Y los otros cuatro chinos, ahí detrás. Yo sacaba y le daba quinientos pesos para que compraran chocolatín y arepa. 

—Vaya y le regalo pa’una traba y se va a hacer algo. Aquí no se me va a estar cuchicheando.

Y otro chino me decía:

—Mamá, denos pa’la traba. Regálenos otros mil pesitos para que comamos todos. Yo no tenía corazón para negarles nada. Aunque anduviera pipa yo les daba.

—Ahora ya no tengo un hijo sino cinco.

Pasaron los años y los peladitos de diez años ya tenían quince-dieciséis años. Les había ido bien en el hurto, habían aprendido, se habían conseguido mujeres ladronas, que  los habían ajuiciado un poco. Y venían a la hoya de vez en cuando. Otros se quedaron. Pero yo siempre mantenía mi gallada. Fui como la mamá para ellos. Si los apuñalaban, iba al hospital a verlos. 

Uno de mis hijos se llamaba Gervasio y le decían la Caspa. Gervasio tenía colostomía. Y por lo mismo olía feo, horrible. Cagaba por una bolsa. ¡Yo lo odiaba por malango! Andaba envuelto en una cobija como una momia. Caminaba todo retorcido y cagado. Se me hacía inmundo que se me acostara al lado y le diera churrias. Y me pedía que le regalara para una pipa. Gervasio se la tenía montada a otro peladito que era bizquito. Esos chinos se agarraban y se rompían la mula. Le pegaba a todos. La familia de Gervasio tenía plata, eran jíbaros. Al chino lo sacaron de la casa porque olía feo. Le traían buena comida y buena ropa pero al rato ya estaba todo cagado. Y el chino era que se les metía a la casa y les robaba el basuco. Y llegaba a la pieza con unas bolsazas.

Un día, traje comida y no estaban todos mis niños, y Gervasio me la miró, que también le tenía que dar a él, me dijo.

—Usted no es nada mío, chino hijuemadre.

Así le contesté porque cuando él llegaba con esas bolsas de basuco me decía:

—Se le hacen agua los ojitos, ¿no? Pero no le voy a dar ni chimba. 

Pero cuando llovía, llegaba al hotel a golpear, y pedirle a la encargada:

—Llámeme a la barequera.

Ay, por más odio que le tuviera, ¿usté cree que yo era capaz de cerrarle la puerta? La encargada me decía:

—Me tiene que dar mil pesos más. El chino huele maluco y está todo mojado. 

Mil pesos es harta plata. La administradora me llevaba la buena porque estaba enferma de una pierna, yo le hacía las curaciones. 

—Déjelo entrar que yo lo baño. ¿Usté cree que va a entrar cagado a mi pieza?

Y lo bañaba a la una de la mañana. Se dejaba porque lo bañaba con agua caliente, me decía:

—Ay, tan rico, es que mi mamá sí me quiere.

—Amenazándolo a uno con un cuchillo, quién no lo va a querer. 

—Cuando yo sea grande me voy a casar con usted.

—Usté está cagado. 

Un día vino una brigada de Bienestar Social. Llegaron acompañados por unos periodistas de los Estados Unidos que estaban filmando y tomando fotos de cómo les daban de comer a los indigentes. Y yo como que caigo en gracia pa que me entrevisten, ¿no? Me llamaron para que dijera las cosas más ásperas que yo veía en la calle. Dije que me parecía inaudito que Gervasio, un niño de diez años, tuviera ese roto y que nadie hacía nada.

—Nos traen un pan, nos traen un chiro, nos bañan, nos dan jabón, ropa, y se van. Al otro día sacan en el periódico: “Gran campaña en El Cartucho: mejoran calidad de vida”. Pero qué hacen con niños como él, o como el Bizco. Mire cómo tiene ese ojo. Pero apenas se van ustedes, nosotros vendemos el jabón y la crema. Sí, es que es la verdad: si usté me dio a mí ropa, me la quito ¡y la vendo y me la soplo! Si traen tamales, todo mundo los recibe y luego los cambian por trabas. Así como se hace fila para que nos den esa crema y ese jabón, también se hace fila con el jíbaro por una traba.

—¿Qué le gustaría que hicieran por los del Cartucho?

—Pues que arreglen a estos chinos que están dañados: el ojo a él y la cola a éste. Comida es lo que me sobra aquí. Y dondequiera hay bultos de ropa botados. Lo que pueden hacer, que realmente significara, sería ayudar a estos niños —y señalé a diez niños que estaban ahí tirados.

Pues hicieron pararlos y filmarlos.

Como a los dos meses los vinieron a buscar unas patrullas con cámaras y se los llevaron braviados-braviados. Entre ellos, a Gervasio y al Bizco. Pensamos: “Esa fue una limpieza racial; se llevaron a los chinos y los mataron”.

Quién se iba a imaginar que a estos chinos se los llevaron para Medellín. Y los operaron. Al Bizco le arreglaron el ojo; a un pelado que le faltaba un pie le pusieron el pie ortopédico. Y a Gervasio lo arreglaron de la colita. Cuando él regresó a la hoya, ya tenía cara de hombre. Llegó con una chaqueta de cuero, y bien-bien.

—Quiúbo, cucha, ¿se acuerda que yo le dije que volvía por usté a casarme?

—Y usté chino mal parido quién es.

Ay, cuando le miré esa carita:

—¡Usté cómo está de lindo! ¡Cómo está de hermoso!

—No, mamá, robándoles en Medellín.

—¿Sí? Yo pensé que a usted lo habían matado.

—Vea, ahí viene el Bizco pirobo. Tenemos una bandola por allá.

—¿Usted es amigo del Bizco?

—Nos hicimos amigos y vea, el Bizco ya no está bizco.

Cierto, le habían enderezado los ojos y venía con unas gafas bonitas y una cachucha roja. Y el Gervasio vestía una chaqueta café y zapatillas bacanas. Lindos este par de chinos. Gervasio me dijo:

—Vaya, mamá, tráigase una bolsa de veinte gramos de basuca, un taco de mariguana y botellas de aguardiente.

Y montaron el zafarrancho ahí; ellos no fumaron basuco, se metieron de a bareto. Y me decía:

—Usté fue la que me echó a esos gonorreas.

—¿Sí?, cuáles.

—Los de Bienestar. Pero sabe qué, la quiero, ¡la requiero! Porque yo estaría cagando por una bolsa todavía.

Me contaron que los atendieron en una clínica. A todos los chinos que se llevaron les venían tomando fotos. Eso lo pagaron de los Estados Unidos. Cuando salieron del hospital no se vinieron para Bogotá. Se quedaron y armaron una banda por allá. Después Gervasio iba a cada rato al Cartucho a buscarme con un carro o con una moto distinta, con una metralleta y decía:

—El que se meta con mi mamá, se está metiendo con una banda ni la hijueputa.

Y me compraba ropa y me daba pa las trabas:

—Usté sí que cada día está más fea; yo pensaba casarme con usted. ¡Es que usté ya es un carramán! ¿No puede dejar esa marica chimbada?

—Yo no tengo quién me opere como a usted.

Gervasio ya tiene mujer y niños. Cuando tuvo su primera mujer, vino y me la presentó. A veces llegaba a repartir plata; traía una camioneta llena de cajitas de comida rápida para dárselas a los niños del Cartucho. Yo iba y me formaba:

—Qué, si usté no es niño.

—Pero soy la niña de sus ojos.

Me pegaba unas vaciadas pero me daba plata. Una vez vino y me vio sin dientes y me dijo:

—Usté parece Drácula. Es que sabe qué, mamá, yo he estado tentao a pegarle un tiro para sacarla a usté de esta vida. Y no lo hago nomás porque veo que siempre ha sido un ángel para nosotros. 

Muchos pelados como él me han llevado a su casa para que conozca a su familia. 

—Mire, mamá, cuando no tenga dónde dormir, venga, no sea boba, ¿sí?

Mucho niño que yo amparé, se acuerdan de mí. Así sea en la situación tan deprimente que estuve hace cuatro-cinco años. En cualquier lugar del mundo que me los encuentre nunca me han menospreciado. ¿Cuántos años han sido de que en mi casa no me quieren? En la calle encontré personas que me ofrecen lo poco que tienen. Es muy raro que se metan conmigo. Empezando que yo soy muy seria. O sea, yo no volteo a nadie. Hago las cosas legales. Lo que me ha salvado a mí ha sido ese corazón tan marica que tengo al lado. He dejado muchas veces de hacer cosas para mí por hacerlas para los demás.

Yo vine a coger el vicio a los veintitrés años. Se supone que a esa edad ya se tiene una cordura, una cabeza, una conciencia de lo que es bueno y malo, de lo que voy a hacer con mi vida. Pero el vicio no tiene edad ni raza ni calidad social. El vicio lo coge a uno por igual. Yo tengo amigos que tienen sesenta y hasta setenta años y son unos basuqueros ásperos, agrestes, ladrones, indigentes…  

He compartido momentos con personas que las he visto matar. Después, he estado en un centro de rehabilitación con ellas. Y miro cómo se han arrepentido y cómo son ya conscientes de todo el mal que hicieron. Por ejemplo, el Gigio, uno de mis hijos, se metía a una tienda a tomar y la gente me decía:

—Ay, Esmeralda, lléveselo, por vida de Dios, lléveselo.

—Venga, papito, no sea así. No venga a montar su teatro.

Y me emborrachaba a mí también y después yo me abría. Yo le decía a más de uno:

—Mire, Gigio está borracho y va a tumbar a alguien.

Yo tampoco era responsable de que él, cuando se emborrachaba, empezara a dar balas. No sé por qué extraña razón no me hacía nada, pero a mí me temblaba el culo cuando lo veía tomando. Varios de esos pelados mataban como una fiera, como por instinto. Se enloquecían horrible con esas pepas. Igual, yo siempre les llevé la buena; si mataban o no. Se volvían poderosos porque un peladito de doce-trece años, cogía a un man de quieto, con un chuzo, y se traía doscientas-trescientas lucas. Y de sopetón ya podía comprarse el revólver. No solamente le quitaban la plata al man sino que lo dejaba encuerado. Y a partir de allí, los chinos maricas se ponían chaqueta de cuero, zapatillas y con su revólver ya se creyeron Superman. Con buena pinta se iban a robar al norte o donde veían que estaba la plata. Y los basuqueros ya éramos de la baja sociedad. Por eso yo le decía al Gigio:

—Qué se va a estar creyendo, si yo le limpiaba la mierda a usté. Qué me va a venir a abrir los ojos: que no sople.

—Que le pego un tiro.

—Pues péguemelo de una vez; usté me conoció a mí soplando, ¿usted no fue soplete o qué?

—Sí, pero ya dominé eso.

—El día que no tenga nada, qué. Ese día hasta da culo y lo mama por una bicha; ahorita la suerte le está sonriendo. Todos los árboles florecen y dan fruto, y después se mueren. ¿Se acuerda cuando llegaba con las lucas y lo llevaba a comer a restaurante? ¿Sí, pilla? ¿Y ahora usté va para matarme? Ahora que estoy reciclando basura porque no quiero barequear y no quiero robar. Ustedes no reciclan basura ni barequean: roban.

 Cuando llegaron a una cierta edad, que fueron hombrecitos, yo les decía:

—No se crean más que nosotros porque el día de mañana, yo no voy a estar aquí metida. Ni toda la vida ustedes van a ganar. La vida acostumbra dar el volteazo total.

Cuando dejé de robar me fui a la malparidés. Reciclaba y andaba cochina y con cualquier guita. Ahora me tocaba trabajar, retacar o putear. Cuando robaba, bastaba con irme a las puertas de las universidades a mirar las zapatillas de las pacientes. Quién las tenía bonitas, pa cogérmela: “Démelas”.

Reciclando me podía comprar unos zapatos. O me los regalaban. O me los encontraba en la basura. Ese factor hace que uno empiece a dejarse ver con los zapatos viejos. Ya no se puso una chaqueta de marca. La plata se va acabando y se van cerrando puertas. Y de lógico que reciclando me degenero y me encochino. Y ya consigue plata y sopla. Consigue y sopla. En cambio, cuando uno roba tiene que salir a rebuscarse la plata lejos. Buscando al paciente uno tiene tiempo para ver muchas cosas de la vida. En cambio, reciclando, uno sólo está mirándose las canecas. Analizando una porción de la basura. Sí, lo más que yo reciclaba era por todo el entorno de la hoya, ¡hjm!, qué tiempo tenía de mirar más allá del Cartucho.

Y me pegué una degenerada terrible. Andaba con las manos percudidas-percudidas. Reciclaba de noche, venía por la mañana y vendía el material. Y todo el día me la pasaba tirada en el piso jugando dados, caja… Las manos eran totalmente destrozadas, llenas de vejigas por apagar un pistolo o coger los dados. Los pies eran un callo completo, de tanto caminar, dándole la vuelta al Cartucho. Entonces ya mis hijos habían crecido, ya robaban y me decían algunos:

—Uy, mi mamá es una boleta.

O sea, una degenerada. Que todo mundo la mira.

Y entonces le decía:

—¡Qué gran hijueputa! Cómpreme ropa, págueme hotel si no me quiere ver así.

—Mi mamá es toda alevosa.

—A mí, si me va a dar plata, hábleme. Si no, ábrase. A mí no me venga a abrir los ojos que yo ya los abrí.

Al Gigio, principalmente, al Gatamansa, y al Gobelo, los motivaba mucho mi hija. Cuando me empezaron a ver tan mal, les decía:

—Miren, cómo estoy. Por favor, hagan algo por su vida, que ustedes son unos niños.

Porque en una vuelta de aquéllas llevé a mi hija a la hoya. Porque ella me amenazaba que se iba a ir a la calle. ¡Me tenía mamada!, consumida. Me manipulaba muchísimo. Vi que se me estaba saliendo de las manos. Un día, la cogí y le dije:

—Camine, le voy a demostrar qué es la calle, pa que usté decida si se va.

Cogimos un bus y nos vinimos para el centro. La paseé por la Carrera 11 con 9ª. Mi hija es una niña muy delicada. Ella es bonita-bonita, ¿me entiende? Una mujer que la gente voltea a mirarla porque tiene un cuerpo muy lindo. Tenía como catorce años. Estaba en la plena etapa que empezó a florecer y bien vestidita, pues pegaba duro. La paseé por ese Cartucho y le presenté a todos esos chinos:

—Mire, ésta es la calle, mamita linda. Vea: éste dice que dizque es mi hijo. Este chino aquí donde lo ve, mata a unos diez o doce.

—¡Suegra! Una lindura.

Le presenté varios y le iba mostrando y diciendo: 

 —Y si donde la vieran entrar sola, la llevarían allá, camine —la metí a una casa que estaba tumbada, que eran escombros y había ranchitos, y le decía:

—Usté estaría metida en un cambuche de esos y la estarían violando. Por barato.

Ella me cogía del brazo y temblaba, pero mas sin embargo no decía nada, calladita-calladita. Llegamos a la esquina y le dije:

—Bajemos por acá, que aquí es donde queda la verdadera hoya.

—Sáqueme de aquí, por favor, mamá. No me haga eso.

—Ay, mamacita linda, suéltese del brazo mío y verá que la arrastran de aquí pabajo y si encontramos los huesos es mucho: esto es la calle que usté quiere vivir. Esto es.

La subí a la 10ª, donde paran las prostitutas y le presenté varias mujeres de la vida. Le dije:

—Por la edad que tiene le espera es empezar en un prostíbulo fino, por bonita y por joven, pero con los años, va a venir a parar aquí.

Más de una amiga mía le dijo:

—Sí, china, su mamá le está diciendo las cosas como son.

—Hasta fuimos con una amiga a tomar caldo en un hueco asqueroso. Mi hija estaba hecha un llanto. Ella nunca creyó que existieran esos lugares. Llegó a la casa suave-suave.

Y así nunca jamás ha querido irse de la casa. Quedó pringada para toda su vida. Plenamente convencida de que la calle no era para ella.

*Fragmento de la novela testimonial Una verraca bien bacana, inédita