Marcos de Jesús – Roldán


Lee. Una nota en la revista que hojea llamó su atención. Habla sobre los efectos de las redes sociales y gadgets en las relaciones humanas. El clásico “alejar a los que están cerca, acercar a los que están lejos”. Hace una mueca. No comparte la opinión del columnista. Un parpadeo en las pantallas de llegadas y salidas la distrae y regresa a su preocupación. Está retrasada. La esperan.

Revisa intranquila las fotografías que tomó allá y más allá. Templos, edificios y gente. Todos rápido. Caminando. Comiendo. Pocos sonreían. Ella, sí. A final de cuentas iba de paseo. Lo merecía. Lo merece.

Saca una pluma de su cartera y garabatea unas líneas al reverso de una tarjeta. Peces de colores en una playa lejana. Isla paradisíaca de blancas arenas y agua turquesa. No escribe mucho. Solo saludos y un “Estoy bien”.

Piensa en su familia. La que ahora duerme. Aquí es de día. Se levanta y toma una botella de agua. Paga e incluye un chocolate blanco a la cuenta. Gira la tapa y burbujas diminutas saltan fuera del envase para morir en la página donde garabateó “No me gusta la gente. Me aburre”.

Ruido. “Orientales” piensa. Y vuelve a consultar la pantalla. Se levanta. El bullicio la ahuyenta. Ordena sus cosas y toma la maleta de mano. Guarda la postal. No tiene caso enviarla. Prefiere seguir con el viaje. Con su libertad. Con su independencia.