Paco Robledo

El mundo está en manos de la mujer. Si ellas quieren exterminar al hombre, basta dejen de reproducirse y esperar a que el último varón se extinga. Si nos ponemos a analizarlo, hay muchas maneras en que el sexo femenino puede acabar con el masculino. Esa decisión la debatirán en unos años las mujeres que nacen hoy, ayer y mañana. Con la publicidad llena de contaminación obscena, con suerte, será la generación vulgar. No sé cómo serán las mujeres cuando yo tenga noventa, pero las de ahora, todas o su mayoría, llevan en la experiencia el reventón, la sexualidad, el vicio y los medios. Son cosas que me he puesto a reflexionar en el camino, trepado en la cajuela y viajando a otra parte del país.

A veces de extremo a extremo, escondiendo mi cuerpo en andrajosos trapos que sirven como ropa y con una mochila llena de crayolas, lápices, plumas, marcadores, chinolas, y otra clase de utensilios para pintar FLUYE. Cosa que vengo haciendo en los últimos años de mi vida. FLUYE no es vandalismo, tampoco es arte. FLUYE escrito en la pared de todos los barrios de México es una experiencia de vida que me aleja de todo y a la vez me acerca. FLUYE no es escapar, sino integrarse, no es correr, si no mirar y adaptarse, comprender y sobre todo, moverse. Los que me miran como si me tuvieran asco son esos que se ven asimismo. No intento ser el reflejo de nadie, solo me gusta permanecer de pie, vagando de un lado a otro. Quedarme en un lado o en una ciudad es como enjaularme. Vengo de Durango y la neta las mujeres están bien prendidas. No sé cuánto tiempo duré ahí. Cuando llegué todavía era de día, venía subiendo del caribe. Tiempo antes ya había pasado por Durango. Lo que me atrae de ese rancho fue que tienen buenas bandas y la raza está impuesta a ir a bares a escuchar bandas locales y cantar  sus rolas. Comparto el porro con los artesanos de las callejas principales del centro. Muchos llenos de buenas historias y no se diga de su trabajo. A veces intentó compartir idea con los malabaristas, que andan muchos por todo México, haciendo escena en el semáforo. Acá como en pocas ciudades dan chance de trabajarlos. A veces me gusta ir con la bandita punk que trabaja las latas en plaza principal. Esos carnales me pasaron el tip para okupar el cuartito. Todo eso me traía recuerdos de mis primeros pasos por Durango. Venía llegando y al primero que me encuentro es en el que menos estaba pensando. Este bato desde que me acuerdo de él, lo he topado chakaleando banda. Ya se sabía que algo de esto iba a ocurrir. Ahora ya no es tan alto, ni tan negro, su piel a amarilleado, tapa su calva con un gorro de estambre, usa muletas, y en sus dedos aún hay marcas de los tatuajes que él mismo se hizo. Dice que hubo un pedo hace unos años y le tocó un disparo en la pierna. Ahora tiene que andar arrastrando la pierna muerta. Me pide una chela. Pienso en que ni yo tomo. Le dije que me iba a dar un rol para talonearle y al rato lo buscaba para invitarle una. Me fui por ahí a rayar vidrios, paredes, anuncios, todo donde quiero que vaya el FLUYE que la gente tiene que descubrir para afrontar su naturaleza. Abajo las hipocresías y que se exhiba lo que somos.

Pienso que los humanos, el trato que tenemos con el otro hay que llevarlo hasta al límite. Ser limítrofes nos deja exponer al real que somos y que llevamos dentro. Mientras no conozcamos de límites seguiremos siendo hipócritas. Me anduve perdido un rato, y la verdad es que en este momento no necesito talonearle. Cargo con las monedas suficientes para sustentar mi estómago. Ya me iba rumbo a los cuartos, y si no se armaba, le caería al okupa que tienen los punks. En lo que menos pensaba era en el tipo de la pierna madreada cuando ya se hacía de noche y de entre el centro de la ciudad, me sale al encuentro. No lo puedo evitar y lo primero que me recuerda es que le invite una chela. Pienso en los pocos pesos que traigo y le iba a decir que no, que yo seguía mi camino, y me dijo que no había pedo, que en su casa podía quedarme, que si yo quería, le podía marcar a un par de amigas. No creí que algo de eso fuera a concretarse. Si no le creí que tuviera casa, menos le iba a creer que tuviera amigas. Entre los dos compramos una caguama. Estábamos dentro de una cantina, con el envase negro dividiéndonos. Sacó el celular y se puso a mandar un mensaje. Volvió con su mirada loca y siguió contándome cómo había quedado cojo. Resulta que en la época del narco, el Escaner andaba jalando para el cártel. No vendía ni transportaba. Su jale iba más allá de avisar por radio lo que ocurre en la calle. El carnal iba directo a putear gente. Los que debían, los que caían mal, los mocosos, los habladores, los rateros, los que estaban dentro pero estaban chingando al patrón. Entonces era el golpeador de los narcos. En una riña le sacaron la fusca y en vez de darle en la cabeza, le dieron en el pie.      

En nuestro alrededor de cantina, todo es podredumbre. Entramos a donde la cerveza es barata porque somos lo menos indicado para pagar altas cuentas. Hacemos otras cosas para no pagar. Muchas veces tienen que ver con el robo. Pero hay que evitarlo, después uno anda cargando mucha vibra pesada. Los borrachos se caían en un lado nuestro. Los meseros los levantaban del piso y eran pateados a la calle. Durango es chico, y estos llegan hasta con los ojos cerrados a su destino. No hay mucho por donde ir y estábamos aquí, encerrados, yo sin saber qué decirle a este tipo, sólo esperar a que se hiciera de mañana para irme. Si Durango va a ser este loco todo el tiempo, mejor me largo para Mazatlán. La caguama se la estaba tomando el solo. A mí me había dado sueño. Dejé de poner atención a lo que me decía y me imaginé caminando solo hasta los cuartos. Me paré al baño, pensando que al regresar le diría al loco que me largo. Cuando regresé, el Escaner estaba con tres morras y un bato acompañándolo a la mesa. El envase estaba vació. Los cuatro me miraban con sonrisas maquiavélicas. Las chicas fueron las primeras en hablar y con una expresión de aburrimiento, dijeron que nos fuéramos a casa del Escaner, ahí la pasaríamos mejor. Fuga. Afuera advertí que tendríamos que comprar más caguamas. Una de las chicas me respondió que eso era para ricos, los pobres roban y beben Tonaya. Esto se va a poner sabroso, me dije y nos fuimos al expendio. Pedí un litro. ¿Uno?, rectificó con burla otra chica. Somos muchos, y reclamó el galón. Yo pagué. En el camino, las chicas venías riendo, abrazándose y celebrando el botín de golosinas que se sacaban de las bolsas de sus chamarras. El festejo se trataba de reír por todo y meter las manos en las otras chamarras y así todas terminaron saqueadas por ellas mismas. Se pusieron a repartir los dulces. Para este avance en la caminata, yo les recordé que habíamos olvidado la mezcla de la bebida. Una de las chicas me mostró unos sobres de Tang. Olvidamos lo que dije. Había lo necesario para pasarlo bien. Mejoraron mis ánimos porque ahora sabía que la casa y las mujeres eran de verdad. Esto se volvía la historia de las hadas. Eso significa que siempre hay final y es feliz.                                    

Entramos a un condominio de muchas habitaciones pequeñas. Subimos unas escaleras entre malandros que se pasaban el churro y grafitis saturando las paredes. Tres pisos y al fondo está el departamento. Adentro no había ni un mueble. Mucho periódico en el piso y tapando la única ventana que había en los dos cuartos y el baño. Las chicas prepararon la bebida. Esas tres sexis eran el terror. Deschongadas, una con rastas y su vestimenta muy punk, las otras andaban pandrosas. Todas venían del mundo de la psicodelia, las tachas, los raves y el ponche lisérgico. En una ida que hicimos a la cocina el Escaner y yo, me dijo que íbamos a hacer un jueguito con ellas. Lo que se nos antoje, y no porque nosotros lo demandemos, sino que ellas lo esperan. Yo, feliz, rayando la casa, abrazado de una y a ratos de otra.

Lo que ya no me cuadraba era el tipo que llegó con ellas. No hablaba, bebía muy poco y se la pasaba con la mirada al suelo. La chica con que iba estaba muy animosa, y no se le despegaba. Hacían buena pareja. Ella intentaba estar con él y abrazarlo. El chico que nunca dijo su nombre no estaba en su mejor momento. La punk sacó unas rayas que todos, a excepción del silencioso, respiramos. Con esa madre y las morritas, se me paró la verga. En el coto y el baile, se la arrimaba a las tres. Las tres se dejaban. No fui el único.  El Escaner ya no soltó a una, se la quedó y frente a nosotros le empezó chupar las tetas. La chica se metió al baño con su bato y yo me quedé con la otra, chupando nuestras lenguas. Todavía no nos las cogíamos, cuando la chica abre la puerta de putazo. Me prendí, estuve seguro de que venía para que hiciéramos el intercambio. Pero el rostro del carnal que hacía al escuchar la voz sigilosa de la chica me hizo saber que algo no iba bien. Los dos, preocupados, se asomaron al baño. Se me empezó a bajar la cosa. No tardaron en apartarse con la cara más mal viajada. Quise sordearme y continuar con la chica pero me habló el Escaner. Dijo que algo estaba raro con el tipo que la chica acaba de conocer y que ahorita, antes de coger, se la sacó. ¿Verdad que a los hombres no les baja? Me pregunta, para cerciorarse de que en efecto, no, a los hombres no nos sale sangre a menos que alguien nos parta la cara. El chico se masturbó. Lo que salió en seguida no fue semen o meados, sino sangre. Un desconocido se desangraba por el meato y nadie podía hacer nada para evitarlo. Me subí los pantalones y me asomé al baño, esperando no encontrar a alguien muriendo. El tipo estaba sentado junto a la taza, sosteniéndose la verga con el rostro horrorizado. Lo primero que dijo al verme fue que nunca antes le había pasado. Me miró a los ojos y me pidió que lo ayudara. Vi su mirada y luego su verga llorando sangre y menos supe qué hacer. Volví con los locos. Nos pusimos a discutir entre tragos de tonaya y resolvimos llevarlo a la farmacia de la esquina. Y ahí vamos, prendidos, tarde, cargando en la oscuridad a un tipo con una toalla en la punta de la erección para atorar el salidero. La suerte fue encontrar a un médico adormilado en su escritorio. Apenas le vio la sangre, se despertó para acostarlo en la camilla. Para entonces, nosotros estábamos del otro lado, en el punto de origen, nada más cinco. Tres mujeres alocadas con nosotros y nosotros desnudos, compartiéndolas y ellas no son forzadas a nada, ríen y se divierten con nosotros, que estamos a punto de llorar porque tanta mujer es imposible si no eres educado en el tantra o la actuación porno.