Rowena Bali

 

Aquel asunto me convirtió en objeto de estudios y secretismos por parte de doctores y padres. Esos secretismos provocaban que me sintiera un fenómeno inserto en una realidad que apenas conocía a los tres años. Los mayores, con esa autoridad que se autoconfieren por su larga permanencia, me decían que tenía que cambiar, que no había otra posibilidad porque yo era diferente y ser diferente era algo muy malo, que ellos, con una magia nefasta y autoconferida, tenían que convertir lo malo en lo “bueno”. Lo bueno era que yo fuera un niño.

Cuando llegaban las vacaciones y al fin podía librarme de mis compañeros de escuela, tenía que enfrentar a una especie más temible; personajes que se hacían llamar “científicos” y que apenas eran una sarta de morbosos haciéndome la vida insoportable. Pasaba más de dos semanas al año en el hospital y las operaciones a las que me sometían eran muy dolorosas. Regresando a clases tenía que decirles a mis compañeros que había estado en Acapulco, cuando yo olía a orines y nadie podía creer que un niño que oliera así pudiera pasarla bien, ni siquiera ir a la playa. Entonces, ante la evidencia de mi infelicidad, de mi aspecto raro y retraído por las molestias de las heridas, el ardor de las frecuentes infecciones y el terrible complejo de ser una niña y no un niño, ellos no podían sino burlarse, molestarme, debilitarme aún más, entristecerme. El fenómeno que los adultos zurcieron por aquí y por allá como a un Frankenstein tenía vida propia en los cerebros de los otros niños. La realidad, esa que quise experimentar, al ser niña, se vio trastocada por el absurdo afán de mis padres por convertirme en niño.

La constante tortura mental y física infringida por mis compañeros de escuela, mis padres y los científicos redujo mi ser a cenizas. Los pocos compañeros que no se burlaban de mí sentían una lástima tal vez aún más dolorosa. Casi nunca me topé con alguien que no deseara infringirme dolor o que no sintiera lástima por mí. Aquellas pocas personas que no me odiaban, aquellas que sabían encontrar la simpatía en mi rareza eran mis escasos amigos. A todos ellos en el colegio los molestaban también y por ello unimos nuestras fuerzas. Yo, que era una niña muy fuerte aunque los adultos y los niños normales me vampirizaran, me sentí feliz por primera vez en mi vida cuando empecé a formar el club de los raros. El resto eran los normales, a quienes optamos por combatir quedando, por cierto, en la más absoluta desventaja. Aunque los gordos eran parte del club y ellos sí que sabían cómo tomar venganza...

Los doctores recomendaron a mis padres que me pusieran en principio un nombre neutro, esto ocurrió en 1940, fecha de mi nacimiento. Entonces me llamé como un hombre, Juan Carlos Domínguez Rojo, porque en mi lengua el género neutro no existe. Lo interesante era que yo tuve en secreto siempre un nombre femenino.

Con las recomendaciones del doctor mi madre esperaba que apareciera en mi lugar un niño hecho y derecho, fuertecito. Pero la receta no tuvo efecto y entonces, después de cada operación, mi madre me daba duras palizas en nombre de "mi propio bien, que es lo más importante para nosotros".
Se trataba de estirar un poco más mi enorme clítoris hasta hacerlo algo dignamente presentable como un pene. Mis labios eran gruesos y en ellos sobresalía un clítoris muy generoso, razón por la cual mi sexo causaba una impresión anormalmente masculina.

 En mi comunidad el que tiene la cara de mujer es atacado y el de la cara de machín es respetado. Yo no quería ser respetado, yo sólo quería ser una mujer, y lo era. El asunto no hubiera tenido para mí la mayor importancia a no ser porque mis padres querían que fuera un niño y no una niña de clítoris y labios vaginales desmesurados. Me sometieron a innumerables intervenciones quirúrgicas como si aquellos genitales no fueran normales. Para mí estaban perfectos. A sus ojos era un error ser un niño afeminado y, encima, ser la niña que mis padres odiaban intensamente. Yo no era ni siquiera una mujer. Fui objeto de vejaciones en nombre de mi propio bien y si emitía una sola queja en torno a mis genitales era duramente abofeteada. Pero yo no me dejé vencer y obedecí a mi naturaleza color de rosa. Nunca les eché bronca a los otros como un machito, pero los vencí con una sonrisa y con el tiempo aprendí a seducirlos.

Aún cuando luché contra padres y científicos por conservar mi naturaleza femenina debo admitir que mi lucha no siempre trajo frutos placenteros ni mi guerra encarnizada contra las heridas del bisturí trajo siempre la paz. Tuve que tratar con hombres y conocerlos, a tal grado me hicieron ellos la vida de cuadritos que, alcanzada cierta madurez, llegué a pensar –como suele ocurrirle a muchos– que mis padres no estaban tan equivocados.

Hay personas que piensan que los demás somos producto de su imaginación, y, como si fuéramos una novela enferma de tan mala, nos meten al taller literario, al que sólo asisten fabuladores vulgares e indiscretos que terminan bebiéndose con fruición sus propias piltrafas narrativas sobre nosotros.

Ya no quiero formar parte de la historia falsa, no quiero que nadie sepa nada nunca de mí. Es por eso que hoy, el día en que empiezo a escribir la historia de mi vida, ya no soy hombre ni soy mujer, no pertenezco a ninguna raza ni siquiera a especie alguna ni a ningún estrato social, no poseo ni belleza ni fealdad ni cosa. Por eso soy indiscriminable.