Hugo López Coronel

 

Siempre sobresale de las flores cuando camina a contraviento; y eso, a pesar de lo tupido de los campos con su color violeta. Algún día nunca le dije de mí, de mi espalda plana, de mi ser y mis hojas, pero el sol me dio en la cara y desperté, confinado a buscar su nombre en mis ojos. ¡Está perdida! ¡Es la cresta! En la lejanía se detiene, se escurre en la marea de la noche y hace cantos sobre la piel de los árboles, anida y reproduce la vida. La devuelvo al corral, ahí está sin remos para llegar a la orilla; pero ahora, pondré llave a la cerradura, ya mañana veré con quién la dejo. María una vez me pidió su custodia, tiene dos palomas en la ventana, heredada una barbilla lasciva, los cabellos rotos amarrados en trenzas y aunque acostumbra madrugar, las líneas aún le restan años de brisas: sus ojos me querían mirar.

La vida, es un valle repleto de follajes caduciformes, con ríos perennes por el mito del ciclo del agua, con maizales adictos a la lluvia, flores endebles, pastos crecidos y arrancados sólo por pausas, campanarios que replican en la conciencia con el mismo abanico con el que el viento enfría la tierra, replican en lluvia de botones amarillos por todas partes, replican como las alas en vuelo, replican, los campanarios y lo hacen en imágenes incisivas escasas de horas y sólo convertidas en recuerdos. La vida, es una simple marioneta que teje redes incontables, redes para antifaces que emergen de la luz, del traspatio de los huesos vocingleros de hoscas representaciones inconscientes. Las manos se extienden y el cuello cede en las horas jóvenes y vespertinas. Hay dedos sobre las teclas. Las manecillas han dejado su danza y yacen inconscientes entre los brazos. Ya no es medio día.

Sólo algunas horas pasaron, la cresta había enrojecido, la luz ahora a contraviento me deja existir entre sus ojos, a contraviento desea dormir, descansando aquí, a la orilla de la copa de vino. Ahora puedo percibir a los viajeros que danzan en el vuelo ligero de la tinta. El vacío está casi extinto, tengo palabras: puedo ser las alas de la mariposa que reposa dentro, otra vez muy adentro, o quizá, el talón que tanto deseas; déjame cavar en los espacios vacíos, en los recovecos que aún no has pensado y que sobran cuando la brisa se huele con la lengua. Soy tu saliva, las hojas aún se aferran a pesar del otro viento, el que oscuro en los andamios reposa, soy la saliva que resbala por tu garganta tragándome contigo. En la espesura, sus mitos aprisionando los míos. Mis palmas resbalan, froto mis ojos en los suyos, la luz escapa de los vidrios salvando mi piel con la suya. Ahora todo funciona como si la muerte no existiera... Perdí la llave... Y sabía que ella debía ser. Ella era tal y como yo la describía, como la soñaba tras la cortina de los párpados; matutina, suave al roce de las fragancias, magníficamente de piel, de concierto entre cuerpo y alma, un poco frágil pero construida exactamente bajo la palabra de mi concierto. Ella diría lo que yo, sin duda alguna, él escribiría.

María partió después del primer parpadeo. Imaginó las avenidas como ríos espesos, con sus burbujas flotando, con sus rostros neón. Vagos resquicios quedan cuando se abre la cubierta y el viento nuevo invade hasta la habitación última. La cresta ahora tan grande como yo, navega por mi sombra, me custodia hipnotizándome con los susurros de su vientre cuando al alba se entrega por todo mi cuerpo. Repito su nombre con la explosión de sus dedos entre los míos. Me carcome los labios y dispone de la materia que ocupa un lugar en el espacio, en la perspectiva oblicua de mis oídos. No te descubro aquí, mis ojos deben descender por las letras hasta hallarte en cada uno de los cuerpos que la tinta esparce. Divago, la luz no funciona, mi mirada se aletarga, se desvanece.

Ayer llamé a María. Me citó en la sala de mi casa. Prometí estar. Las olas pasean sobre mi pecho. Las palabras están muy bien acomodadas. El sabor de sus ojos en mis mejillas me sostiene intacto bajo el incienso de los labios. La figura de sus caricias gotea en mis pupilas y los buques intentan zarpar a la madrugada justo después de la partida de las sombras. El tren vuelve a anunciar la salida de velada, es el último, no habrá otro.

Llegué a la hora convenida en la cita. Las cortinas estaban recorridas dejando en su lugar mares y tierras indómitas, los ceniceros impecables y ausentes de miedo, el polvo alejado, tan esparcido e inerte, con sus brazos inasibles, frágiles, extendidos por la bóveda, sin rostro. El color de la habitación abre agujeros pequeños donde jamás se ha puesto el sol, dejando recovecos para las matrices seseantes de figuras de hielo y galletas de horno. La lámpara se mantiene en pie. Me siento de frente a la puerta en espera mientras los pensamientos galopan sobre mis gaviotas, sin orgullo, moral, sin tregua alguna. El veneno del ruido, mudo, comienza con su trabajo. Poco a poco me hundo en el asiento olvidando la distancia que existe entre mis pies y el suelo, entre la tinta y el papel. Entonces cerré los ojos sin darme cuenta. ¿Cómo podía decirle que yo era el narrador? Escribió mi historia con sus versos y me dio el sí, pero nunca me nombró. Continué siendo el que describe a Cresta y a María, y también a él… Ceden mis párpados.

La muerte ha vengado por mucho tiempo a la vida, a mi vida. El actor abandona a su personaje y cambia de piel. Éste es el final, así lo ha decidido. Puso el punto, dobló la hoja en tres y acomodó la copia en la carpeta. En el sobre de envío ha puesto el apartado postal y el título de la obra. Mi nombre, no lo escribió.

 

Valle de la Cuetlaxcoapan, abril de 2016.