La pintora y su modelo

Beatriz Escalante

 

Ella era una de esas mujeres que tienen el ano —y no la boca— debajo de la nariz, a juzgar por el gesto de desagrado permanente. No era una persona: era una especie de consecuencia: el producto de la cosmetología, la cirugía plástica y las últimas novedades de liposucción. No contaba su tiempo en años de vida sino en horas de masaje. Y, salvo las anginas y el apéndice, cada centímetro de su cuerpo había conocido algún tipo de reparación con bisturí y ciencia médica. No tenía lunares, pecas, manchas ni pelos. Tampoco las últimas costillas flotantes. Era tan artificial como el rostro azul de una Menina de Picasso. Su mirada era vacía y transparente, como una botella de vidrio sin estrenar. Nunca se le ocurrió que más allá de las puntas de sus sedosos cabellos pudiera haber una persona, pues, sin importar donde estuviera: en la fila de un banco, o en el centro de un elevador con cupo completo, agitaba su cabecita con la inconsciencia con que los perros se sacuden el agua de la lluvia.

Al parecer, era de temperamento solitario, pues no manifestaba gusto al encontrarse con nadie. Llegué a pensar que sólo la alegraban los encuentros consigo misma. Cada que pasaba frente a un espejo, realizaba la excepcional tarea de distender sus labios para producir ese mismo gesto de aprobación y orgullo que suponemos hizo Miguel Ángel al concluir su monumental Moisés.

A mí, debo confesarlo, me tenía extasiada. La admiración por esa clase de especímenes en quienes se mezclan la irrealidad y la belleza es una de mis debilidades. Con tal de mirarla, empecé a asistir al club. Yo que he odiado el ejercicio casi tanto como los trámites burocráticos o las salas de espera de los dentistas; yo que iba a vender la acción con que me pagó el maldito restaurantero mi mejor naturaleza muerta en vez de darme el dinero en efectivo, me la paso aquí, vestida de sudadera y pants, todos los días. Con el paso de las semanas —para no llamar la atención de socios o entrenadores— empecé a correr. En realidad, no siempre he sido el tipo de persona que atrae miradas: he pasado por el mundo con la discreción de las plantas y macetas de las oficinas públicas. Pero, como parte del trabajo de los entrenadores es informar a los nuevos socios acerca del funcionamiento de todos esos aparatos cardiovasculares y aeróbicos, no pude evitar salvarme. Con el gusto que da tratar a un adulto como idiota, me explicaron cómo prender una escaladora, cómo poner mi peso en libras, cómo obsesionarme con las calorías. Sin darme cuenta ocurrió: una mañana me encontré arrojando sobre un sofá de mi departamento uno tras otro todos mis pantalones: la concentración de grasa en vientre, nalgas y piernas había desaparecido. Me miré al espejo: ya no era una de las gordas de Botero; no era aún como la Gala más bella de Dalí; pero, por primera vez en mi vida, mi cuerpo era algo que bien podía ser exhibido sin vergüenza, así que me dediqué a mostrarlo desnudo en el vapor o en mallas y bodies entalladísimos por todo el club.

Ella pasaba el día completo en el gimnasio: cuando no estaba en el squash, o en el cuarto de masajes, escalaba una soga o levantaba pesas. Yo también empecé a pasar el día completo ahí. Había concluido las portadas para los libros que la editorial me había encargado y, salvo el cuadro de una marina con que un psicólogo quería adornar la antesala de su nuevo consultorio, no me caía trabajo. Fue entonces cuando comencé a hacer los bocetos: trazos de ella andando en bicicleta fija, o haciendo remo imaginario sobre una máquina. Como mi idea de esta serie de dibujos no tenía nada que ver con el deporte, sino con el desnudo femenino, preferí tomar breves y veloces apuntes de su cuerpo cuando se recostaba en el sauna. Lo que más me asombraba de ella era su textura: había logrado erradicar de su apariencia hasta el último vestigio de los errores e irregularidades con que la había mandado al mundo la naturaleza.

Yo estaba pasando por una etapa de deshidratación de ideas, de baja de inspiración mezclada con esa clase de necesidades económicas que obligan al pintor a pensar más en el precio de carbones y lienzos que en el asunto que desea plasmar. Comía menos y también trabajaba con menos ahínco. A veces, para quedarme cerca de ella, fingía interés en lo que las otras mujeres decían. Me enteré de los tratamientos para hacer el cabello sedoso; sustituí la rasuradora por la ceramiel; conocí las propiedades de la concha nácar y del tepezcohuite para eliminar las manchas solares: mi piel fue adquiriendo la tersura y palidez de las fantasmagóricas mujeres que pintó Delvaux.

Los instructores se han vuelto muy amables conmigo: me enseñan rutinas y hasta me acompañan mientras hago los ejercicios; me ayudan a levantar las piernas y me dicen que les gusta la figura que voy adquiriendo. No estoy segura, pero supongo que porque siempre estábamos en la misma zona, alguna vez una de las chicas de las toallas me confundió con ella. En realidad, ya no la sigo. Últimamente paso muchas horas en el estudio y en la galería. He decidido no volver a pintar marinas ni naturalezas muertas. Por fin, hoy en la noche se inaugura la exposición de mis dibujos, desnudos femeninos, a los que inesperadamente decidí denominar Autorretratos.

 

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