Ponte así

Eusebio Ruvalcaba

 

Siempre que veía a la Emi se me paralizaba. Ella tenía la culpa. Usaba unas falditas que no más se agachaba o cruzaba las piernas, y se le veían los calzones. Tiro por viaje yo apostaba a ver de qué color los traía. Apostaba con mi primo, porque él vivía en mi misma casa, en el piso de arriba. Era una casa dúplex, de esas que están una arriba de la otra, o una al lado de la otra, las dos juntas pero no revueltas. De interés social. Que cuando las ves desde lejos parecen como palomares. O colmenas. O un montón de cajetillas de cerillos perfectamente acomodadas.

Todas igualitas. Apenas regresaba y de trabajar, mi primo ya me estaba esperando, sentado en los dos escalones de la entrada. Entonces me preguntaba: ¿Eran blancos?, Y yo siempre le respondía una mentira. Que bruto mi primo, cómo suponía que yo le iba a decir la verdad si eso iba a significar que le pagara la apuesta. En cambio él se discutía con un peso diario, que eso era lo que apostábamos. Porque la Emi usaba calzones de todos los colores: blancos, negros, azules, rojos, verdes, grises, amarillos. Y, como ya dije, no se necesitaba ni mucho esfuerzo ni mucha concentración para vérselos. Que además yo era experto en verles los calzones a las chavas. Me sabía mil trucos, que aplicaba con singular maestría.

Era capaz de hasta tirarme debajo de un escritorio o de una mesa con tal de lograr mi objetivo. O fingía que estaba buscando algo, como un clip o un alfiler que encontrarlos te cuesta uno y la mitad del otro, o que se me caía un tenedor o un lápiz o que me tropezaba y me iba de bruces. Entonces veía lo que tenía que ver. Cómo no. Pero digo que con la Emi no había que ser tan astuto. Ella sabía perfectamente lo que se traía, y cómo sentarse y cómo pararse. Aunque casi ni se sentaba porque era mesera. Como yo, en un restaurante de éstos, así como muy elegantes, donde las chavas usan unas falditas más o menos chiquitas, pero no tanto. Yo veía que la Emi las usaba más cortas que todas sus compañeras de trabajo. Para que me vayan entendiendo, yo propiamente no era mesero sino más bien lo que llaman galopino, que son los que se encargan de limpiar las mesas y poner las servilletas, los cubiertos, los platos y todo eso. Yo me la llevaba bien tranquilo. Ojalá todavía conservara ese trabajo. Con el viejo truco de que quieres prosperar cambias de chamba y automáticamente te metes en problemas. Ganas más y ni te luce el dinero; pero eso sí, qué tallas broncas. Te empiezas a endeudar y demás y siempre a lo güey. En fin, el problema no era para mí sino para lo que tenían que lavar los platos, porque ahí si da un buen de asco, no tanto como lavar los baños pero un poquito sí. Así que como yo eso ni en cuenta pues yo me la pasaba tranquis. Para mí que la Emi se lanzaba porque a pesar de que había tres galopinos más, a mí siempre me encargaba que me fijara en esta mesa, en esta otra, y en aquellas de allá de la esquina, que estaban sucias y que las limpiara. O que pusiera esta mesa y aquélla y esta otra. Yo a veces hasta llegué a pensar que a ella le daban comisión por andarse fijando en las mesas que había que limpiar, o que era parienta del dueño, mejor dicho del gerente porque a los dueños de esos restaurantes nunca los llega uno a conocer, ¿o alguien ha visto al dueño de los Vips, de los Sanborns, de los Wings? ¿verdad que no?, y si alguien los ve, seguro es mentira porque igual y ese no es el dueño, es otro, finge ser el dueño para que lo secuestren a él y no al verdadero. ¿En qué estábamos? Ah, si, en que nomás de ver ala. Emi se me iba paralizando poco a poco. Hasta que se notaba a leguas. Quién sabe si ustedes lo crean, pero si me pongo una toalla cuando lo traigo bien paraguas, la toalla se atora como si fuera un gancho. Puede colgar lo que sea: una camisa, una funda de almohada, un suéter, nunca he hecho el intento con una chamarra pero lo voy a hacer, Tengo una de cuero, de esas que pesan un buen. Así que una vez lo traía como de veinticinco centímetros y que me cacha la Emi. ¿Qué traes ahí?, me preguntó ¿Qué onda? yo me puse rojísimo de la pena. La verdad no me lo esperaba. Pero es que se notaba horrores, ya lo dije. Era como si trajera un tubo abajo del pantalón. ¿Dónde? le pregunté, como tratando de desviar su atención, Ahí, me señaló, arribita, en el muslo y entonces le contesté lo único que me vino a la cabeza: Una sorpresa. Así le dije: Una sorpresa… ¿En serio?, me preguntó, abriendo tamaños ojotes, Sí, le dije, ¿la quieres ver? No supe ni de donde me salió valor para decirle eso. Porque pues la mera verdad, para qué voy a decir mentiras, pues la verdad la verdad, lo que sea de cada quien, digo me da pena decirlo pero ahí voy, yo nunca había estado con una chava. Ya me estaba empezando a salir bigote per ni así, La oportunidad la había buscado, para qué voy a decir que no, pero de eso a que ti digas ya me he tirado dos—tres, pues hay una sutil diferencia, ¿no es cierto? pues claro que quiero ver, si a mí las sorpresas me encantan. y yo pensé, ésta se está haciendo la que la Virgen le habla o en serio no sabrá nada de nada. Y como en ese momento no había mucha gente, le dije pues si quieres vamos allá atrasito, al almacén. Porque a pesar de que es un restaurante si vas por laparte de atrás lo que hay es un almacén. Todo se guarda ahí, desde huacales de fruta, que cuando no se pudre se la comen las ratas, hasta todo el laterío que nadie podría imaginarse. Latas de sopas, de salsas, que cuando los clientes preguntan les dicen que las hace el chef; montones de latas de tomate, de puré de papa, de frijoles negros, refritos, con chorizo, sin chorizo, bayos, de duraznos en almíbar, de piña. Todo eso y más hay en un almacén, y en cantidades monstruosas, no puedes ni caminar de tantas cosas que hay por todos lados. Pues allá fuimos. Yo con mi instrumento en alerta roja y la Emi con su microfaldita. Por supuesto que la situación me tenía nerviosín, pero no nada más por aquellito sino por la vigilancia, porque el gerente, el licenciado Oteysa, siempre anda como la Gestapo o como la Señorita Domínguez, que era la subdirectora de la secundaria, una ruca ben corajuda, nomás checando que todo mundo esté chambeando. Yo dije, pues espero que ahorita el mentado Oteysa esté en una larga distancia o algo así. Total, era el mejor momento, o, mejor dicho, el momento del siglo. Así es que entramos, nos fuimos hasta atrás de los huacales, y la Emi me dijo a ver la sorpresa esa. Y yo le dije órale pero tú me enseñas primero. ¿Qué quieres que te enseñe?, me preguntó toda desconcertada. Pues qué ha de ser, le dije yo. Eso que tienes ahí. No sé de qué me estás hablando, me interrumpió justo cuando yo estaba a punto de decirle que los pelitos. Ya no le demos tantas vueltas y enséñame la sorpresa, y yo me dije pues total, qué más da. Si es lo que cree que es, pues le va a gustar. Nomás de verla. Hasta un Oscar le va a querer dar y si resulta que se hace la ofendida o lo que sea, pues ya ni modo Empecé por bajarme la bragueta poco a poco, como si fuera a hacer un acto de magia. Ella no me quitaba la mirada. Le dije que se sentara en un huacal para que estuviera más cómoda, lo hizo. Quedó a la atura de mi cierre. Yo bajé un milímetro más y detuve la mano. Por dentro sentí que la ñonga, que así le dice mi primo, crecía desmesuradamente. Ella me miró y cuando notó que la mano se me había quedado paralizada me dijo que me apurara, que no la hiciera de emoción. Entonces bajé el cierre cinco milímetros más y me volví a detener. Creo que se atoró, le dije. Pero mira ve cómo va creciendo, ¿se nota, no?, ya hasta a mí me está dando miedo. Ándale, volvió a insistir, con su boquita cada vez más cerca de mi bragueta. Como quien dice, en ring side. ¿No quieres que te ayude?, me preguntó, y yo, en un tono más de complacencia que de ardor! le dije vas. Con una tranquilidad, digo, que yo mismo me sorprendí. No me conocía tamaños nervios de acero. Y entonces ella me quitó la mano y empezó a bajar el zíper. La verdad, casi tan lento como yo. ¿Voy bien?, me preguntaba. y yo: perfectamente. No te vaya a dar un jaloncito, me advertía. y yo: tú no te preocupes, trae paracaídas. Hasta que acabó y naturalmente que aquellita se había quedado atorada en el calzón. Entonces recurrí a mi imaginación enganchada con mi inteligencia y le dije: La sorpresa se quedó atorada. Mete tu manita y sácala. Cosa que hizo todavía más despacito. Hizo a un lado el calzón y sus dedos empezaron a hurgar como buscando algo que se le hubiera perdido. ¿Cómo dicen? La aguja en el pajar. Hasta que por fin sentí que me tocaba. Semejante agujota que más bien parecía jeringa de caballo. Cosa rara, que se haya encontrado primero los huevitos y luego el tubo y digo cosa rara porque debería haber sido al revés, primero el tubo y luego los huevitos. Pero así fue. Ya saben que hay cosas que así son. Uno no puede decidir el destino de todo. Ni modo de decirle fíjate que la cosa es al revés, y la haces como Dios manda o ahí muere. ¿Verdad que no? Pues agarró el cine el y me dijo qué es esto. Pues sácalo para que lo veas, le dije. Se siente bien duro. ¿Pues qué será? Déjame imaginarlo antes de verlo, ¿puedo? Bueno, le dije, pero ten mucho cuidado, no lo vayas a lastimar porque es un objeto muy valioso, que en el mercado negro se cotiza en verdaderas fortunas y por dentro del pantalón lo empezó a masajear y a pelar. Y yo a ponerlos ojos en blanco, hasta que le dije ya quiere salir, es como un pajarito que quiere la libertad y tú eres la heroína. Bueno dijo y lo empezó a sacar, suave, muy suave, con una lentitud que hacía que se hinchara más y más. Por fin salió, en todo su esplendor. ¿Ya viste qué cosa tan bonita? mira qué maravilla. Qué grande es. ¿Y cómo sabe?, me preguntó con esa curiosidad que hizo a Einstein descubrir la energía nuclear. Pues quien sabe, le dije, nunca la he probado. ¿La he probado o lo he probado?, pregunto háganme el favor, como si le interesara mucho hablar con corrección. Más bien lo que le interesaba, ya lo saben, era enseñar los calzones; algo que debería interesarle a todas las mujeres, sin importar raza o religión. Como quieras, el nombre es lo de menos Pero pruébala, cierra tus ojitos y métela en la boca. Como si fuera el más grande caramelo del mundo. Así, con cariñito, con esa ilusión. ¿No me vayas a morder, eh? Que ahí si no sé qué va a pasar. ¿Ustedes han sentido que a veces las cosas de tan extraordinarias parece que están soñando, que la realidad es hipermágica? ¿No? Pues les sugiero que se consigan una Emi, que la acaricie, la pele, la saque y se la meta en la boca. Así que la saco y la puso a unos milímetros de sus dientitos. Pero antes la olió. ¡Qué rico huele!, dijo. Hasta dan ganas de comérsela.

Para eso es, le dije yo. También se come. y la olió; la olió y la olió. La olía por encima y por abajo, por la derecha y por la izquierda. En línea recta, en línea curva y en línea quebrada. Por adelante y por atrás, hasta que de pronto, madres, que se la mete a la boca. Ahí estaba mi macana, invisible dentro de su boca. y cómo la chupaba, movía la cabeza para adelante y para atrás y cada vez más rápido, hasta que sentí que iba a reventar. Entonces le detuve la cabeza con mucho cariño pero se la detuve. Espérate tantito, le dije, ponte así y le describí con ayuda de mis manos y mis gestos, una posición horizontal, la típica cama, pues. Con ella abajo y yo arriba. Creo que no debía habérselo dicho sino hacerlo. Pero ya ni modo. Porque se molestó mucho. Me dijo que yo era un pecaminoso y que lo único que quería era tener relaciones cochinas. No, le dije, cómo crees, y dirigí mi opulenta vista a mi manguera, que del regaño ya se empezaba a desinflar. Puse la peor cara del mundo hasta casi las lágrimas se me salieron. Pero algo habrá visto que agarró la onda, qué mala onda soy, habrá pensado porque dijo: A lo más que voy a llegar esa enseñarte, siempre y cuando me prometas que no me vas a tocar, me dijo. Va, le contesté, ¿qué más podía decirle? y entonces se subió la falda y vi sus calzones como yo quería verlos. Sin ninguna traba. Eran negros. Chiquitos, chiquitos, los más pequeñitos del mundo, se me hace que se los había quitado a una Barbi. Seguro se me salieron los ojos porque se puso consentidora. Te voy a enseñar más dijo nomás para que se te quite la curiosidad. y se los bajó. Yo nunca había visto eso. Ni que una mujer se bajara los calzones delante de mí ni ver lo que una mujer tiene entre las piernas. Un montoncito de pelo, acolchonadito, esponjadito. ¿Puedo tocarlo?, le pregunté. Nel, me dijo ella. No es para tocar. ¿Puedo olerlo?, le pregunté con voz más grave, como para imponerme. Nel, me dijo. No se toca ni se huele ni se le hace nada de nada. Nomás es para ver. y además te aviso que ya perdiste tu gran oportunidad de que te siguiera dando esos besitos tan maravillosos que te estaba dando. ¡Qué mala onda!, dije yo, no seas malita, que te cuesta. Un besito y ya. No me dejes así, por amor de Dios, que me voy a morir. Se me quedó viendo. y como todavía tenía de fuera la Mágnum, se le quedó viendo así como si estuviera viendo un tesoro y me dijo bueno, un besito y ya. A ver si crece y se vuelve a poner gorda y dura. Nomás porque me caes bien y porque te huele bien rico. Para que no digas que soy mala onda. Así que diciendo y haciendo se arrodilló y empezó a chuparla. Para adelante y para atrás, para atrás y para adelante, una vez tras otra. Yo empecé a agitarme como va. Quería gozar más aquel momento pero me fue imposible. Sentía que estaba a punto de descender por la bajada de la montaña rusa la que parece que vas a perder la cabeza, que sacas las manos y los brazos del carrito y sientes que te chupan las fuerzas desde el mismo centro de la Tierra. Eso sentía, también que estaba a punto de quedarme flaco, de que por la manguera se me iban a ir todos mis líquidos, desde mis jugos gástricos hasta mi plasma, pasando por mi sangre y mis lágrimas. Y ella dale y dale, cada vez más fuerte. Hasta que todo se nubló. Me tuve que agarrar de unos huacales que estaban atrás de mí para no caerme. Mis músculos se estiraron como si fuera yo el Hombre Elástico, aquel que salía en las revistas que se leen en las peluquerías, y también debo confesar que se me fue la respiración. Creí que me venía un ataque cardiaco o algo así. Yo creo que ahí empezó mi diabetes. Cerré los ojos hasta quedar como la almohada de mi mamá, toda babosa. Cuando los abrí ella se estaba limpiando la boca sin dejar de sonreír. Estabas bien cargado, me dijo. Quién sabe que me habrá querido decir con eso. Pero gracias. Por cierto, al día siguiente no fue a chambear. Yo creí que se había empachado, después de todo se metió litros, pero no, luego supe que se había ido sin más. Le ofrecieron un mejor trabajo y dejó botado el restaurante. No la he vuelto a ver. Ni su teléfono se me ocurrió pedirle, ¿y ustedes creen que el Licenciado Oteysa me lo iba a dar? Ni con chochos. Si por ahí se la encuentran, me la saludan. Es la que le gusta enseñar los calzones. Les apuesto que los trae negros.

Nació en 1951. Narrador, poeta y ensayista. Entre sus libros publicados están: Un hilito de sangre, Desde la tersa noche y Con los oídos abiertos.

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