Feliz año nuevo

Berta Hiriart

 

El doctor Schwartz era un hombre particularmente chaparro, con lentes de fondo de botella que aumentaban, la agudeza de unos ojillos de ratón inteligente. Primero nos hizo pasar por separado y luego juntos, haciéndonos toda clase de preguntas, como si se tratara de una pesquisa policiaca. Después nos ausculto con minuciosidad, y por fin nos sentó frente a él dispuesto a darnos su diagnóstico.

—Bueno, jóvenes, he aquí un caso en verdad interesante.

Hablaba con una lentitud enloquecedora, dándose tiempo para repetir en cantaleta cada última frase.

—En verdad interesante.

—¡Ay doctor! —le urgí— ya díganos.

—Lo que van a tener que enfrentar no es fácil.

Tomo aire con dificultad. Yo busque la mano de Ángel para soportar mejor el veredicto.

—No, no lo es.

—¿Qué, doctor?, ¿qué tenemos?

—Miren ustedes: observen cuando aparecen los síntomas y cuando desaparece. Ahí está la clave, ahí y sólo ahí.

—Yo creo que van y vienen, sin ton ni son.

—No jovencita, se equivoca. Tienen su propia lógica. Sí, su propia lógica.

Ángel, a quien encantaban las adivinanzas, entró en el juego.

—A ver… las dos veces nos hemos enfermado en Paraíso, ¿será algo del lugar?, ¿la comida?, ¿la contaminación del mar?

—Acierta usted en lo primero pero se pierde en sus preguntas, se pierde usted.

—Pero tiene que ser algo del Paraíso porque al llegar a la ciudad mejoramos. Ahora por ejemplo, ya estamos casi aliviados, igual que la vez pasada.

—Y, ¿por qué sucede eso? A ver, ¿por qué?

—¡Ya doctor! Por favor, díganos.

—Lo que ustedes padecen, mis queridos jóvenes, es nada más y nada menos que un extrañísimo mal que se presenta cada siglo. Ya Hipócrates da fe de un caso similar al suyo, también por cierto en una parejita de enamorados. Porque han de saber que es un mal casi siempre vinculado con el amor. Los casos que se conocen son de parejas o de místicos que han alcanzado el éxtasis. ¡Ah, el éxtasis!

Empecé a sospechar que el doctor Schwartz estaba loco de atar.

—Pero, ¿qué tiene que ver el amor con la enfermedad?

—Usted desconoce el poder de las emociones sobre los órganos. Son más poderosas que cualquier estímulo exterior, son capaces de detener el corazón, de engendrar tumores, de provocar toda una variedad de disfunciones variadísimas.

Aquí se detuvo de golpe a observar nuestra reacción.

—¿Se sienten mejor?

—¿Cómo mejor, doctor? Estamos horrorizados.

—Su ánimo está horrorizado, pero ¿Cómo va la salud?, ¿eh, cómo va?

—¿Qué juego es este? Levantándome furiosa.

—Ningún juego, jovencita. Hace una hora que usted era incapaz de levantarse con esa energía, ahora, sin embargo, véase, véase usted.

—¿De qué se trata? —interrogó Ángel en un tono de estar a punto de encontrar el hilo de la madeja.

—Se trata de que ustedes padecen la enfermedad conocida como demencia, en latín dementia, con te, feliz, felix. Dementia felix eso es.

En mi vida había oído tal enfermedad, ni en las clases ni en los libros ni en ninguna parte. ¿En serio no estaría loco?

—Demencia feliz, tal y como lo oyen. Dementía felix ¡Qué interesante!

—Ya veo— comentó Ángel estupefacto—, lo que tenemos es provocado por la felicidad.

—Exactamente, joven, ha encontrado la clave. Como su nombre lo indica es un mal provocado por la felicidad extrema y prolongada. Por ello es tan poco frecuente.

Excesivamente poco frecuente.—¿Cómo puede enfermar la felicidad? Esas son supersticiones.

—Créalo o ignórelo, eso es cosa suya. Pero el diagnóstico es transparente. Cada vez que ustedes alcanzan el clímax de dicha ocurre el debilitamiento. El cuerpo se vuelve incapaz de asimilar los nutrientes: ya sea el alimento, el aire o el sol; el sol, el aire o el alimento.

—Pero, ¿por qué sucede? ¿por qué? —dije contagiada de la manía repetitiva del doctor Schwartz.

—No se sabe a ciencia cierta. Parece simplemente que los humanos no estamos hechos para albergar esa emoción más que momentáneamente; los órganos no resisten que se prolongue. Otra teoría dice que la causa no es la felicidad en sí misma sino la culpa tremenda por la infelicidad que nos rodea. La culpa es la asesina, eso parece.

—Y… ¿cómo se cura? —pregunté ya francamente angustiada.

—He ahí una pregunta para la que todavía no hay respuesta, no la hay.

—¿O sea que no hay cura?

—Exactamente, jovencita, eso es lo que quiero decir. La demencia feliz es, hasta el momento, una enfermedad progresiva y mortal. Es decir, progresiva y mortal.

Al oír aquello me entró un ataque de llanto histérico Ángel me abrazó; él también está temblando.

—Entiendo que es difícil, lo siento —dijo el doctor con una voz de pésame, pero añadió—: aunque quizá, quizá…

Nos calmamos de inmediato para escuchar la posibilidad esperanzadora.

—Quizá podamos detener el desenlace. Es posible que una fuerte dosis de infelicidad, retrase el desarrollo de la enfermedad o incluso la detenga por completo. Los casos registrados han pasado al análisis a posteriori, quiero decir, post mortem, de manera que las víctimas no tuvieron la oportunidad de detener su proceso de felicidad galopante para salvar la vida. No la tuvieron, los desdichados.

—¿Pero cómo se puede obtener una dosis de infelicidad voluntaria?

—En el caso de ustedes, yo diría que por la vía de la separación: separándose.

Ángel y yo volvimos a abrazarnos convulsionados.

—No, eso nunca —exclamamos los dos.

—Es decisión de ustedes, pero yo tengo el deber de advertirles que de seguir como hasta ahora, no llegarán al próximo año nuevo. Lo siento, jóvenes pero no llegaran.

El doctor se levantó dando por terminada la consulta. Ángel y yo salimos tambaleantes. Marisa había ido a hacer algunas diligencias quedando en volver en una hora, pero no la esperamos. Queríamos estar solos. Caminamos sin rumbo las calles de la colonia Condesa las cuales ahora nos parecían ajenas, propias del mundo de los vivos que ya no nos pertenecía. Nos sentamos en el Parque México. Las mamás paseaban a sus bebes mientras los niños mayores daban la vuelta en triciclo. Algunos viejos leían el periódico; otros jugaban ajedrez. Una pareja se besaba furtivamente entre los árboles. ¡Qué lejos estábamos de esos placeres!

—Sí nos quedan unos meses de vida, vamos a vivirlos bien, mi alma —dijo Ángel de pronto—. Vamos de regreso a Paraíso, ahí está nuestra casa. Yo prefiero vivir unos meses felices que una vida de renuncias, sobre toda renuncia de usted.

En ese momento se acercó un vendedor de billetes de lotería, no mayor de los seis o sietes años.

—Cómpreme el último, seño. Mire que bonito está el número.

Era el 12345, como decía el niño, un bonito número. Pero no fue eso lo que me hizo sacar el monedero sino la sensación de que el dinero ya no valía nada para mí, en cambio para el vendedorcito era fundamental. Guardé el billete en cualquier rincón y no volví a penar en él hasta una semana después, ya en Paraíso.

 

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