Llegó borracho el borracho

Rafael Ramírez Heredia

 

Es que así de sopetón no se entienden las cosas, deveras, no le encuentro la razón. Mira, apenas el sábado pasado la estuvimos oyendo ahí con el Güero, que te lo diga el Blacamán sino es cierto.

La pusimos muchas veces hasta que el Güero dijo que iba a cerrar, ya ves como se pone de ojaldrita cuando tiene sueño y sale con que tiene que llevar a la familia al cine.

Ahí estaban casi todos: El Taza de alejoso, apechado en la barra de la Guadalupana, mientras El Marcavaso, El Motuleño y el General de Bebesión meneaban la cabeza soltando escupitajos en el suelo de la cantina.

La mejor del mundo –dijo el Babasdrai- lo malo es que Manolo Cardona nunca le había querido poner rocola quesque porque se la abaratan.

Con soplidos carrasposos El Campamocha dijo que era cosa de apergollar al Güero y decirle que si se le ocurrió quitarla no se iban a volver a parar en su mugrero. -¿Hay alguna objeción?

Todos apoyaron aunque El Taza dijo que de eso no se trataba, sino que era hacer de lado al maestro sólo porque al güey del Güero se le inflamaron los me soplas, ¿o será que ya le dio en cara oírla y por eso tomó esas represalias? porque esas son represalias –repitió mientras El Taza se rascaba el sitio donde una vez tuvo la oreja izquierda.

Todos atentos a la alegata brincona, ida de voz a trago, y la tarde se desparramaba en la plaza de Coyoacán y los hombres en la cantina La Guadalupana –porque no hay coyote que no sea Guadalupano- se echaban de carcajadas y miraban a un coyote flaco, cojo, diría El Campamocha, salir de la cantina con paso de no poder llagar a la hacer, cercana a la barra porque las mesas están más al fondo y en ellas nunca se sientan los amigos que seguían tercos en buscar una solución que ni Manolo –que como siempre llegó vestido de dueño- les pudo dar porque quizá éste no entendía la discusión de los de la Peña.

Todos, como buscando la opinión de Manolo Cardona, le platicaron del asunto. El dueño, con la sonrisa de diablo y los ojillos brillantes tras las gafas de Venustiano Carranza, les dijo que fueran a la Puerta del Sol y hablaran con El Güero. Y así en tropel, sin Cardona que se quedó a hacer cuentas, salieron tirando alientazos por la calle, sobre la acera de recinto, en medio de los olores de las fritangas, para llegar a la cervecería y sin más, sin pedir servicio, a gritos exigieron al patrón que les explicara ¿por qué quitaste la rocola de José Alfredo que tanto nos gusta?

El Güero, con la barba rubia de varios días, con el delantal sobre el suéter, hablando con la boca chueca, les dijo que él no se metía en asuntos de la rocola, que si la tenía ahí era porque su hermano estaba en el negocio de las sinfonolas, que si no fuera por eso, ya hubiera mandado al demonio el aparatejo ese. Ah, pero que lo entendieran, aunque él no se metía con los discos y con el negocio de la rocola, eso no quería decir que no estuviera atento cuando algún desgraciado quería subirle al volumen porque las oficinas de la Delegación están enfrente y El Güero no es tan bruto de darle alas a los alacranes, con el carácter del Delegado que hasta prieto se pone de los corajes entripado que hacen pasar los jodidos de los Pedregales, ya parece que se iba a poner a venderle chiles a Clemente Yacs y dejar que esa pinche rocola le fuera a quitar el pan a sus hijos, no en balde llevaba ahí más de 30 años y nunca le había pasado nada, así que por favor bajaran el tono de la voz y no vinieran a jeringarlo porque en este negocio en expendes los chiles o te los embodegan –dijo antes de limpiarse la cara con el delantal.

De ahí vinieron las preguntas y los gritos: ¿acaso no eran clientes viejos? ¿Como amigos no merecían una explicación? Y El Güero, zorruno, meloso, les dijo que si fueran tan sus amigos no lo traicionarían yéndose a beber a la Guadalupana. Y ellos que era porque el pinche Güero no vendía fuerte y que a las cinco o seis cheves estaban ya abombados, pero que no cambiara la conversación, y El Taza, rascándose donde tuvo la oreja, dijo que a gritos nadie se entiende y exigió: orden para que amanezca.

Al oír esto unos pedotes miraban para afuera a ver si se les había hecho de noche y de día sin que se dieran cuenta, pero de eso El Taza nada comentó para continuar sus preguntas sobre la razón por la cual en la rocola de la Cervecería La Puerta del Sol, no estuviera, y por lo tanto no se escuchara más, la bella canción de “Llegó Borracho el Borracho” –pidiendo cinco tequilas­- eructó El Blacamán tarareando la melodía y el shhh de los demás le hizo entender que quien llevaba la voz era El Taza para eso de la alegata y del averigüe se pintaba solo, y éste retomó la demanda cuando el Güero Ollinger repetía de nuevo que quien se encargaba de seleccionar los discos era su hermano Olaf. Entonces los de la Peña dijeron que no era nada contra El Güero, que lo entendiera, que ellos sólo querían oír la de “Llegó Borracho el Borracho”, y que de inmediato se iban a la cervecería El Frontón donde de seguro El Piscacha no iba a ser tan culeiro para quitarles el gusto de oír lo que sus corazoncitos estaban exigiendo, no como esos pinches alemanes de los Ollinger que debajo del delantal debían de traer la camiseta del Stutgart, o del Bayer Munich, chingaos.

Y con cierto asco –porque hasta Angelitos que no sale de las cantinas de Coyoacán, Portales y Tlalpan, le hace ascos al Frontón- se fueron a meter al chorizo ese, oscuro como si de veras ahí vivieran los coyotes –los baldados de la región glútea moteada- siempre decía El Campamocha cuando se mencionaba que los coyoacanenses eran coyotes, pero diferentes a los que se metían al pinche Frontón, con esa barrita de formáica, el aserrín espantoso y la rocola arrumbada atrás como si nadie quisiera usarla y ahí, todos menos el de Bebesión que no alcanzó lugar en el amontonadero, revisaron una a una las canciones marcadas en el letrero multicolo y nada, me cai de madres que no la tienen estos ojetes, y de nuevo las preguntas que el Piscacha, malhumorado, gruñendo como si en cada frase le fuera a salir la bronca, contestó que si fueran más seguido al Frontón se hubieran dado cuenta de que ahí hace mucho que no se tocaba esa canción de José Alfredo.

De don, güey, de don, don José Alfredo, a poco jugaron a las canicas juntos. Y aunque así fuera a los jefes se les da el don, es don para ti y para los demás, -dijo El Babasdrai mientras salían de la cantinucha esa del Frontón –pa pinche nombrecito- y regresaban a la Guadalupana, que cara y todo, porque ah chingá que es cara, les daba cobijo, y eso que no tiene rocola ¿eh? y se pasaron horas hablando frente a la barra y de pronto, como si los hilos del Bacardí dibujaran un croquis, llegaron a la conclusión, gritada, manoteada, pulsada como su fueran mariachis de Garibaldi, que mañana a primera hora, bueno sin exagerar, a segunda, agarramos para varios frentes:

Tú, mi general, te me piras para Azcapotzalco.

Tú, mi Blacamán, al Centro Histórico. Tú, mi Babasdrai, a la Santa María y a la Guerrero. Tú, mi Marcavaso, a la 20 de Noviembre.

Y tú al tal barrio, tú a determinados sitios, y tú y tú, y se dividieron la ciudad, digamos que la cuadricularon para peinarla –como dicen los güeyes de los tiras- y así entrar a cantinas, restaurantes y pulquerías, loncherías y similares –sonrió El Taza diciendo que eso de similares si le había salido muy chingón- para que sin pretexto alguno la canción de José Alfredo fuera buscada en cada una de las rocolas, y ya en la tarde el grupo competo había de reportarse, en estado que estuviera, al cuartel general ubicado en la Guadalupana –la cantina más chida del planeta- remarcó El Babasdrai, rascándose la barriga y con la otra mano limpiándose los dientes con un palillo rojo, de plástico.

El Taza en persona coordinaría los esfuerzos y así llevar a cabo una labor metodológica que en su optimización desconcentradora fuera en extremo favorable a los modernos parámetros de la nueva moral administrativa que se ciñen a los postulados superiores de la tecnología más avanzada, cuyas premisas, y ya cállate pinche Taza, pareces grillo neoliberal y el de Bebesión se echó un buche de tequila reposado no sin antes mentar la madre al mesero Ruperto que en equilibrio llevaba una charola llena de tragos.

Imagínate la de canciones que se fueron a encontrar, pero nada de “Llegó borracho el borracho”. Esto se trata de un cabrón complot –gruñeron-. Una chingadera que no tiene nombre –exclamaron. Jijos de la fregada –repitieron. Más cuando El Taza explicó que él en persona había hablado a la Charrita del Cuadrante para que el compadrito locutor lo complaciera con su melodía favorita –ya ven que así los mamones ésos- diciéndoles que era fanático de esa estación y le contestaron sí, claro compadrito radioescucha, estese muuuy atento y prontititito lo complaceremos a usted y a la personita a quien le dedica esta bella melodía, y entonces –siguió contando El Taza- que pingo a vieja a que se pegara a la radio con la consigna de que tú te me despegas y yo que te parto la madre, y para que viera que era cierto se estaba reportando a cada rato por teléfono a ver si habían tocado la del maestro, pero nada, como si les hubiera parlado el occiso –remató El Taza con el buche de cuba que se le derramaba por los bigotes.

Unos que eran los gringos que meten siempre la mano en todo. Otros que eran los amantes de la quebradita, o que eran las fuerzas vivas de la reacción. Algunos que no había consenso definido, así que por favor mi Taza, no te la jales, y en eso el general de Bebesión entrecerrando los ojos pidió calma. Señores Carraspeó- yo soy amigo del señor capitán Chevel –y sonrió como diciendo: esto es la chingonería del siglo. ¿Y quién es el capitán Chevel? Pues nada menos que el mismísimo Subgerente administrativo de la cadena Radio Nacional y ése sabe, tiene los pelos de la burra en la mano, ése nos puede decir por qué no se oye la música del maestro.

Juega, juega, exclamaron los demás y de inmediato le dieron al de Bebesión la encomienda para que al día siguiente fuera a visitar al tal capitán ése porque al fin y al cabo entre milicos siempre se ponen de acuerdo, y si el de Bebesión era general, no veían por qué un triste capitancito no fuera a cuadrársele con la mano en la visera –esperando que su jefe se viniera- remató el Blacamán con los carrillos inflados de la tragadera de los cacahuates.

Aún cuando el general llevaba ahora el peso de la investigación, los demás no se quedaron quietos. Cada quien hizo llamadas telefónicas o bien se dieron a recorrer barrios del Distrito Federal, encontrando, sin variar, negativas o silencios, y ya después, a la hora del amigo, en la cantina esperaron la llegada del general quien entró con la cara apretada, dijo que el capitancito ése le había confesado cosas en verdad horrendas, relatando el encuentro con Chevel, con esa su voz grave, llena de giros salpicada de anécdotas que lo hacían apartarse de la línea hasta que El Motuleño rezongó diciendo que ése pinche general se la estaba prolongando, que los tenía con el cuchifrús engarruñado, aunque de seguir así lo iban a dejar hablando solo, para que el de Bebesión, sin perder aire, con las canas alborotadas, lo mandara a chingar a su madre para enseguida señalar que el tal Chevel estaba seguro de que la orden venía de arriba –sólo dijo así, y levantó la ceja señalando de qué tan arriba llegaba la orden- porque la señora de un licenciado picudo entre los picudos –ah, porque el tal Chevel tampoco quiso dar nombres, si no al puro significado- había puesto el grito en el cielo –en esa altura señalada por la ceja- contra la canción que era nada más para exaltar las desgracias del mexicano, que el José Alfredo ése era machista, detonador de sentimientos falsos, creador de composiciones que degradan aún más la vida temerosa del mexicano, que nomás pensaran lo que los gringos dicen de nosotros si siempre nos compraran con los bigotes de Pancho Villa o con el ratón Spidi González, con las raterías el Tigre de Santa Julia, así que llegó la orden y pa fuera don José Alfredo, y así van a estar las cosas, por lo menos durante el tiempo que dure la gestión del mero, y que ojalá a la señora no se le fuera a meter la idea de que hay que mandar a cubrir con unas togas a los indios verdes para que no se les note el bulto de la mazacuata, y dicen que ella fue la que se entercó en ocultar a las estatuas de las viejas bichis que estaban en el Paseo de los Culhuacanes.

Con todo eso salió el oclais del Chevel, y luego que se avienta su rollo prefabricado porque ahora son tiempos de jóvenes y niños, de Thalía, de los valores Bacachá, lo que representa en verdad a las nuevas generaciones de mexicanos que son la cara contra el elogio del aguardiente y la voz del maestro de Dolores Hidalgo, donde la vida no vale nada. Como nada valía hacer algún reclamo o levantar una demanda.

Eso y más dijo el ojaldrita de Chevel –señaló airado el general- y hasta parecía que le daba risa saber que los cuates del alma nada podían contra el poder del supremo gobierno, contras las estaciones de radio.

Y mientras se mencionaba la impotencia, alguien se puso a mentar madres y los demás lo siguieron haciendo señas con los dedos y los puños mientras a gritos se buscaban soluciones como la de crear el Club del Borracho y el Cantinero, o el Círculo de amigos y Defensores de J.A., o la Unión Nacional Odia Manás, o de plano ir al zócalo y hacer un plantón con huelga de hambre ingiriendo nada más charritos sopeados en tequila.

Y afuera de la Guadalupana llovía a cántaros. Coyoacán olía a flores y ya para entonces más de media cantina escuchaba el relato que el de Bebesión repetía en todas las mesas, que lo escuchaban los recién llegados con el agua escurriendo por su cara. Que incluso lo oían los que meaban en el baño. De pronto se escuchó: hay que hacer algo. Sí, sí, hay que hacer algo. El Blacamán gritaba.

Al Taza se le olvidó rascarse donde una vez tuvo su orejita y que las malas lenguas aseguran perdió por un mordisco de una mujer en el Centro Social y Recreativo llamado El Barba Azul, aunque otros digan que se la tumbó su mamá de los jalones que le daba a ver si se le quitaba lo pendejo. El Motuleño hasta aullaba y El Campamocha tiró su trago cuando El Marcavaso empezó a cantar …pidiendo cinco tequilas , y le dijo el cantinero, se me acabó la bebida, si quieres seguir tomando, vámonos a otra cantina, llegó borracho el borracho… corearon los meseros, los que atienden la barra, Manolo Cardona, José Luis con su cafecito porque éste no toma alcohol.

La gente de afuera empezó a entrar a la cantina como si algo los atrajera que de seguir era la canción marcada en estribillo teco, sobrepuesto a los demás ruidos, sobre todo que la lluvia había cesado y fue cuando salieron a la calle sin que mediara orden alguna, con los vasos en las manos, y al tropel se unieron las quesadilleras, los que hacen tacos de lengua, el mariconcito de los hotcakes, las muchachas que venden los pozoles, los que hacen jugos y licuados, la ñora y sus hijos que fríen las garnachas.

En la esquina también se juntaron los del puesto de periódicos, los taxistas del sitio de Caballocalco. Todos siguieron hasta la plaza, con la piedra del suelo espejeante por la lluvia, y sin nadie señalarlo el mitin se hizo debajo de la estatua del cuera Hidalgo –que también se partió el alma en Dolores, pueblito lindo, como el mismo don José Alfredo, cabrones, por eso cantaba así- juntando al coro que se unía a los de la cantina, con los que van a comer sus esquites con limón, los que hacen cola para comprar los horrendos helados en la Siberia, y los barbones del Parnaso, y los jipis, y los beatos de la iglesia –ésa donde unos vivales dijeron que se había aparecido la Virgen de Guadalupe cuando sólo era una mancha de humedad en la pared.

Los beatos no participaban, esos nada más se persignaban y a carreritas se metían a la parroquia de San Juan. Pero a dos o tres quizá les ganó la curiosidad porque regresaron escurridos ente el gentío aumentado por los que se fletan horas extras en la Tesorería, y los que tienen sus negocios en la calle de Aguayo, y los médicos del edificio Orandour, y los riquillos de la esquina, y los teporochos, todos entonaban la canción coreada como si fuera el himno, deveras, como si fuera El himno …mariachis y cancioneros los estaba divirtiendo, pero se sentía el ambiente muy cerquita del infierno, llegó borracho el borracho…

Como director de orquesta, cerrando los ojos para inspirarse, El Taza meneaba las manos impulsando la tonada, la gente cantaba con más ganas, como si fiera la filmación de alguna película, deveras, como de filmación, hasta que alguien desconocido al momento, pero que después se sabría fue El Marcavaso, tiró la primera pedrada contra la casa de Cortés, donde están las oficinas de la Delegación Política, donde despacha el mero delegado, para que me entiendas, porque además era cosa de echarle al pinche de Cortés, pero a nosotros, por andar de simirques nos pasó eso, porque de ahí las cosas se pusieron del carajo -¿con los españoles de Cortés?—No, hombre, cuando la pedrea se generalizó acompañada de gritos que reclamaban las alzas de la gasolina, las hambres de los pactos, las deudas con los gringos, así que cuando llegaron las patrullas era tal el gentío cantador y arisco que los tiras no sabían que hacer ni a quién poner preso.

Los policías nada más corrían de un lado a otros, tirando de macanazos al aire, pero a quién agarraban si la turba estaba como posesa, mi teniente, ojalá usted los hubiera visto, no había poder humano que los controlara, así que no tuvimos más remedio que echarles los gases, señor delegado.

Y ni modo de que se pusieran a dar instrucciones sobre la manera de contrarrestar los efectos del gas, si la situación estaba de plano descontrolada con el corredero para todas partes, pero los mismos policías, no todos, cierto, pero sí el montonal. entre macanazo y patada, cantaban aquello de …aquel que doble las corvas, le va a costar su dinero, llegó borracho el borracho…

Como dijo en su tiempo don José Alfredo, y aunque la batahola, duró más de una hora en medio de destrozos y autos patas arriba, al día siguiente la noticia no apareció en ninguna parte, como tampoco nadie quiso presentar cargos, igualitos que si nada hubiera sucedido, sólo la cara del juez que les tomó sus datos antes de que entraran a los separos de la policía donde desde el primer momento se seguía escuchando el susurro de la canción del maestrazo y toda la Peña se frotaba las manos pues durante la noche, durante las horas de la reja, se hincharon de cantar …de pronto los dos cayeron haciendo cruz con sus brazos, llegó borracho el borracho… y se pusieron de acuerdo para que al salir ningún rajón se fuera a su trabajo, sino que se la curarían en la casa del general de Bebesión donde iban a escuchar el disco que les regalo Manolo Cardona, y que con la música del maestro de Guanajuato se iban a poner hasta las greñas, pero eso sí, antes, adornarían la fachada de la casa con un chingo de banderitas tricolores.

 

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