Josefina Estrada

Ahora, déjeme contarle el cuento de cómo me fui haciendo de un ejército de hijos en el Cartucho. Resulta que hace diez años había peladitos tirados en la orilla del andén, durmiendo, desarropados, con los calzones rotos. Tenían la misma edad de mi hija, que hoy en día ya es una señora de veinte años. Eran peladitos de diez-doce años, nacidos en el Cartucho, hijos de ladrones, de madres prostitutas, de sopletes. Los chinos salían a San Victorino y robaban cositas, y me las vendían o empeñaban. Se me reunían alrededor del bareque a contarme sus proezas. Yo les decía:

Paco Ignacio Taibo II
 
         - Yo sé que usted que es feminista no le va a dar mucho valor, pero me cae de madre que cerré el burdel más grande de Santo Domingo; 11 pinches días, con sus noches, pa´mí solito... bueno, y unos cuates... 16 putas, m´hija...
         El viejito alzaba la vista al cielo de los santos putañeros, los san lenones y los san congales, para agradecerles aquellos momentos inolvidables; hasta que se le escurría tantito la baba.

Marcos de Jesús – Roldán


Lee. Una nota en la revista que hojea llamó su atención. Habla sobre los efectos de las redes sociales y gadgets en las relaciones humanas. El clásico “alejar a los que están cerca, acercar a los que están lejos”. Hace una mueca. No comparte la opinión del columnista. Un parpadeo en las pantallas de llegadas y salidas la distrae y regresa a su preocupación. Está retrasada. La esperan.

Revisa intranquila las fotografías que tomó allá y más allá. Templos, edificios y gente. Todos rápido. Caminando. Comiendo. Pocos sonreían. Ella, sí. A final de cuentas iba de paseo. Lo merecía. Lo merece.

Saca una pluma de su cartera y garabatea unas líneas al reverso de una tarjeta. Peces de colores en una playa lejana. Isla paradisíaca de blancas arenas y agua turquesa. No escribe mucho. Solo saludos y un “Estoy bien”.

Piensa en su familia. La que ahora duerme. Aquí es de día. Se levanta y toma una botella de agua. Paga e incluye un chocolate blanco a la cuenta. Gira la tapa y burbujas diminutas saltan fuera del envase para morir en la página donde garabateó “No me gusta la gente. Me aburre”.

Ruido. “Orientales” piensa. Y vuelve a consultar la pantalla. Se levanta. El bullicio la ahuyenta. Ordena sus cosas y toma la maleta de mano. Guarda la postal. No tiene caso enviarla. Prefiere seguir con el viaje. Con su libertad. Con su independencia.

Pablo Antúnez

 

Lo acepto, me da por acostarme con cuanta mujer me insinúa ser una fiera flotante en la cama sólo para cotejar si nuestros cuerpos encajan debidamente al momento de copular. Eso sí, en los espacios académicas soy un hombre pulcro y decente. Pongo mi cara de hombrelechuza capaz de amargarle la noche a una mujer con planes  irrevocables de encajar sus uñas en mi espina dorsal; por eso, cuando Camila  asomó en el laboratorio con una sonrisa insultante, le hablé de usted para marcar distancia de una buena vez. Pese a ello, me lanzó su aire de mujer insolente sin pudor alguno.

Paco Robledo

El mundo está en manos de la mujer. Si ellas quieren exterminar al hombre, basta dejen de reproducirse y esperar a que el último varón se extinga. Si nos ponemos a analizarlo, hay muchas maneras en que el sexo femenino puede acabar con el masculino. Esa decisión la debatirán en unos años las mujeres que nacen hoy, ayer y mañana. Con la publicidad llena de contaminación obscena, con suerte, será la generación vulgar. No sé cómo serán las mujeres cuando yo tenga noventa, pero las de ahora, todas o su mayoría, llevan en la experiencia el reventón, la sexualidad, el vicio y los medios. Son cosas que me he puesto a reflexionar en el camino, trepado en la cajuela y viajando a otra parte del país.

Marina Porcelli

 

A Federico Ursi.


… no solo el cese de la actividad por parte de la materia,
sino su desaparición total.
Paul Davies, El universo desbocado

 

Pasa que el tiempo y el espacio se comportan de un modo extraño. Mire a esa chica, por ejemplo. La que está junto a la ventana. Mientras usted se toma con naturalidad el café, y le resultan nuevos, digamos, el chaleco con flores del mozo, o su cara de amargado, ella ya se ha muerto varias veces. No abra así los ojos, quiere, no estoy loco. 

Juan Quintero Herrera 

Estaba terminando de pasar la aspiradora cuando sonó el teléfono. Hacía mucho no sonaba –mucho quiere decir varios días, tal vez un mes, o dos− porque Marta y yo en mutuo acuerdo habíamos decidido no darle el número a ninguna persona que no fuera estrictamente necesaria, y esas personas eran: nuestros padres: los dos suyos, y mi mamá (por si alguna noticia fatal, pues les habíamos pedido, y además nos conocían muy bien que no nos gustaban llamadas de tipo: llamábamos para saber cómo estaban), a la orientadora de su doctorado –pero esa señora nunca había llamado durante los casi tres años que ya Marta había cursado−, y por último a los posibles seleccionadores de personal que osaran a ver el número en mi hoja de vida, y luego osaran a llamarme para una entrevista laboral. Por eso digo que hacía mucho no sonaba el teléfono.

Joel Gustavo Rodríguez Toral

 

Eleomar irrumpió en la habitación, lo hizo por la ventana, cómo un amante sin vergüenza, cómo un delincuente sigiloso, desnudo, cómo el hijo natural de la luna llena, atrevido y embriagado de amor, enloquecido por entero, ella dormida y distante, sufriendo la asfixia que era a razón del impaciente, no se inmuto ante su entrada, no era la primera vez en su relación amorosa, en que estos enamorados hacían sus correrías nocturnas y disipadas, Eleomar e Irais, los amantes perdidos de la ciudad, él quería seguir intimando con ella, acariciarla con cachondez y penetrarla hasta el hartazgo, ya sublime e inanimado, mientras él más le insistía y tomaba su cuerpo, y la jalaba para que se incorporara, para quitarle el sueño, para despertarla, para amarla sin mesura, ella se negaba más y en su resistencia, se aferraba tanto a su sueño cómo a su almohada, era muy claro cómo su voz sin pudor y desgana le decía; ¡Déjame dormir, necesito dormir, quiero dormir!.

Raymond Carver

 

Bolsas

 

Es octubre, un día húmedo. Desde la ventana de mi hotel puedo ver más de lo que quisiera  de esta ciudad del medio oeste. Puedo ver las luces que se prenden en unos de los edificios, el humo de las altas chimeneas industriales elevándose en un ascender espeso. Ojalá no tuviera que mirar.

Saulo Matasanos

 

El impacto contra mis costillas es lento y pesado. Primero me deja un dolor que poco a poco se va extendiendo por el tórax y luego una sensación de vacío en la boca del estómago, casi como sentir hambre.

Vuelvo a sentir el impacto pesado del gran puño del policía contra mis costillas. «Agárralo bien, no lo sueltes», dice riendo mientras su compañero me sujeta de los brazos y los hombros por detrás. El que me sujeta acerca su boca a mi oído y restregando su bigote contra mi oreja, me susurra: «Me voy a coger ese culito rico que te cargas…»