César González “Chico”

 

Primer Sorbo.

… cuando nos poníamos insoportables mi abuelo nos sentaba frente a un televisor igualito a los que aparecen en las películas del Santo… movía la palanquita de un pesadísimo y misterioso cubo de metal que estaba en el piso –supe después que era una especie de regulador- y la cosa empezaba a zumbar… minutos después, se encendía una lucecita roja que era la señal para que mi abuelo oprimiera un botón y en el centro de la pantalla verde oscuro aparecía un minúsculo puntito de luz… el puntito iba creciendo poco a poco hasta convertirse en uno más grande, luego en una mancha que iba llenando lentamente toda la pantalla y que encerraba figuras difusas que emergían como fantasmas de entre la niebla… sólo el ritual de encender la televisión tomaba, lo juro, alrededor de cinco minutos… 

 

 

Por Alfredo Coello

 

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vivir demasiado

requiere algo más que tiempo.

Ch. Bukowski

 

Es voz y la escucha desborda la memoria. El habla de mis ancestros es página ya escrita durante muchos años. A quien sí escuché en las largas noches de invierno fue a  mi abuela materna. Hablaba como si el misterio estuviese pegado a sus labios. Habló muchas cosas, muchas. Hoy recuerdo sus ojos grisáceos ya de tanto testimoniar sus recuerdos, ojos de mujer campesina.

 

Por Teresa Muñoz

 

En la oscuridad el sudor se hace más evidente. Ella lo siente por toda su espalda, helado; tiene el escalofrío de las gotas secándose en la parte baja. En esa curva que deja de llamarse espalda y donde espera las manos de él. Tienen buen rato en ese lugar, adivinando sus pieles, sin verlas. Uno junto al otro. Un acuerdo tácito los hizo llegar hasta este lugar, donde el cielo se abre transparente y regala una uña de luna que no alcanza a iluminar sus rostros. 

Basta moverse un poco más para tocarse. Se esperan, se aguantan. No es necesario estirar más. La respiración de él a un costado de ella. El polvo del día acumulado en sus cuerpos se combina con el sudor. Ella sabe que su perfume ha dejado de tener efectividad hace varias horas. La noche y saberse ocultos, provoca ansiedades desconocidas en ellos. Ha pasado mucho tiempo desde que estar juntos a solas un rato, era solo una fantasía. Las sensaciones son nuevas. La mano de él se mueve, pero no se atreve a tocar y ella lo siente. Sabe que él tiene entre las piernas un dilema. Quiere voltear a verlo, besarlo. Tiene el recuerdo de su respiración en sus hombros desde que llegaron ahí.

 

Por Linén Rojas

 

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Pues bien -dijo el viejo sonriendo mientras se frotaba las manos tiesas por el frío, y el vaho caliente escapaba de su boca para perderse en el aire claro del parque- aquí estoy, general… no pensé que volveríamos a vernos… no después de todo lo que ha pasado… o quizá, precisamente por lo que pasó, las cosas tenían que acabar como van a terminar… ¿Se acuerda de Pablo?...

 

Por Ricardo Bugarín

 

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HUELLAS EN LA BARRANCA

En la barranca han quedado las huellas. Esas huellas son de una estentórea evidencia. Da vergüenza el sólo verlas. Ellas también lo saben y van como retorciéndose, como queriéndose ocultar, como intentando decir aquí no ha pasado nada. En su ignorancia, las huellas, no saben que la barranca es muda. Yo tampoco diré nada. Que los demás opinen lo que quieran. Ya sabemos cómo son los pueblos, siempre se está en la búsqueda de que algo suceda.

 

 

Por Tania Cisneros García

 

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Todos los días era lo mismo, levantarse, vestirse, desayunar, ir a la escuela, comer, ir al catecismo y jugar. La parte más divertida de la tarde, indiscutiblemente era jugar. Recuerdo que todas las tardes me preparaba después de la escuela para ir al catecismo, me cambiaba la ropa, y por supuesto los zapatos. Esos horribles zapatos negros de charol que te obligan a llevar a la primaria. –Échales grasa, límpialos-, me decía mi padre cada mañana después del desayuno. Cómo odiaba esos zapatos cerrados y el ir a la escuela en ese tiempo. Pero ya en la tarde, yo y mis dedos se rebelaban y se dejaban ver quemados de tanto sol.

 

Por Fernando Beltran

 

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A principios de abril, me dijo, una generación entera se despertó un buen día con la noticia sobre los cambios ineludibles. El aumento de cuotas.

Hubo quienes se entusiasmaron fenómeno con la llamada reforma. Aludieron que algo tan relumbrante como los estudios universitarios no podían responder sino a los pagos obligatorios. Pequeño-burgueses, dijo, entre sus filas.

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