Por Teresa Muñoz

 

-Habló Luis.­­

Y ya. Dejó caer la frase con todo su significado. Sólo eso dijo. La inocente mirada no varió, ¿o sí? Lo que alcancé a ver en sus ojos no me permitió averiguar si sabe o no, ¿estaría fingiendo? Únicamente a Luis se le ocurre llamar a una hora en que no estoy. ¡Y encima decir su nombre! ¿Qué más le habrá dicho? Quizá ella conoce todo ya o al menos lo sospecha y no quiere hacérmelo notar. Pero… el ritmo de su respiración invariable y el aleteo de sus pestañas no reflejan duda.

¡En mal momento di a Luis el teléfono del departamento!

A ver, examinémosla con calma, mencionó a Luis. ¿Qué tono usó? No de reproche, no, lo habría notado de inmediato. Su melodiosa voz no delató ningún cambio. Pero así es su voz, siempre con esos tonos melodiosos desde que la conozco.

Creo que Luis se salió de control, no me escuchó o no entendió que eso terminó, que no quiero verlo más. ¡Esto es una pesadilla! Ella simula no saber lo que pasó entre Luis y yo o, ¿deveras lo ignora? Será mejor cambiarme de ciudad irme lejos de los dos. La vergüenza de la verdad va a terminar con mi trabajo, mis relaciones, mi prestigio. ¿Para qué seguir fingiendo? ¿Para qué estorbando sus vidas?

Ella me mira, va a dar el mensaje de Luis. Mazatlán al atardecer o Parras al amanecer. ¡Pinche Luis!, tan cursi y sincero a su manera. Pero ¿si ella descubrió todo, entonces porque dijo habló Luis? ¿No sería mejor callar y discutirlo en otro momento? Sí mejor hubiera sido guardar el odio para sí misma. Tal vez ahorita mismo sus labios estén conteniendo todas esas palabras que forman el color de sus pensamientos, de sus insultos al rojo vivo, de lo que ayer fue mi vida y hoy mi vergüenza.

Ella comienza a abrir la boca, me doy cuenta de que no tengo a dónde ir, dónde esconderme de su furia. no sé que fue peor, si haberme metido en la vida de Luis o en la de ella, ¡no! Ellos se introdujeron en la mía. Cada quién por su lado y con su mejor sonrisa, me hicieron caer, uno en mi necesidad y la otra en este matrimonio que seguramente terminará hoy.

Presiento que su piel cambia y se torna color desprecio, ¿cuándo acabará esta pesadilla? “Habló Luis”.

- ¿Y…?

Ahora sí Dante, ahí te voy rumbo al infierno. Y ¿quién sabe? A lo mejor Luis lo que buscaba hablando a mi casa era acabarme, “si no eres mío no serás de nadie”, terminar conmigo para siempre. Ver mi humillación y muerte. Hice bien en dejarlo. Es vilmente vengativo y esta mujer enfrente de mí se prepara interiormente para reclamar y recriminarme. Va a escupir su llanto sobre mí, ¿realmente lo merezco?

-Luis mi hermano, preguntando sobre la cena de mañana, le dije...

¿Habrá notado mi suspiro de alivio? ¿Y mi sonrisa? Olvidé que tengo un cuñado que se llama igual que él.

 

María Teresa Muñoz Ortiz.  (Minatitlán, Ver.)

Actriz con formación teatral desde 1986 con Rogelio Luévano, Nora Mannek, Jorge Méndez, Jorge Castillo, Abraham Oceransky, entre otros. Diversas puestas en escena, comerciales y cortometrajes de 1986 a la fecha. Directora de la Escuela de Escritores de la Laguna, de agosto de 2004 a diciembre 2014.

Columnista en las revistas electrónicas Bitácora de vuelos https://www.rdbitacoradevuelos.com.mx/ y Escritoras mexicanas https://www.escritoras.mx/

Lic. en Idiomas, con especialidad como intérprete traductor. (Centro Universitario Angloamericano de Torreón). Profesora de diversas materias: literatura (en inglés, francés y español), gramática, traducción, interpretación. Coordinadora de Talleres literarios, Presentaciones de libros, Charlas literarias, Diplomados, en la Biblioteca José Santos Valdés, de Gómez Palacio, Dgo.

Dramaturga y directora de teatro.

 

Por Fernán Otero

 

Una mano me tocó el hombro.

̶ Ya llegamos joven ̶ dijo el policía, despertándome amablemente.

Me levanté de súbito. Salí del vagón mirando a todos lados con los ojos entreabiertos, aún tambaleando. Di unos pasos y, poco a poco volví en mí. Observatorio, esa era la estación en la que me encontraba. Subí las escaleras para poder regresar a casa. Se abrieron las puertas del gusano naranja y me dejé caer nuevamente en el asiento. Comenzaron las interrogantes: ¿cómo rayos llegué aquí?, ¿dónde estaba?, ¿con quién estaba? De inmediato mis manos se fueron a los bolsillos buscando cartera, teléfono y llaves. ̶Todo en su lugar̶ suspiré̶. Y en seguida más interrogantes, pero la principal: ¿dónde comenzó todo? 

Sólo recuerdo una pequeña cantina sobre la calle Bolívar y frente a mí, Don Julio, con un tarro en mano y esa anestesia que lo hace a uno, volar o caer. El banco me quedaba alto por lo que mis pies se columpiaban. Di un trago y giré para ver quienes estaban en el lugar. Fue extraño, el bar parecía estar tapizado, había muchos cuadros, colores, miré hacia abajo, y una alfombra roja adornaba el lugar. Me dispuse a bajar de mi asiento, aquella alfombra comenzó a elevarse, tambaleé, ¡y eso que era el primer trago de esa anestesia! Recordé mis años de skateboarding y comencé a equilibrarme, ¡la maldita alfombra parecía estar en contra mía! Se elevó más, topé hasta el techo. Retumbaba en el lugar Strange days de “The Doors”, las oscilaciones de la alfombra comenzaban a estabilizarse como si la música la hipnotizara, pude domarla y, como tabla de surf viré a la puerta. Logré salir golpeando las cabezas de los que apenas entraban, el tumulto de la calle Bolívar no se hacía esperar, afortunadamente yo traía alfombra voladora. Pude esquivar a la gente que me rodeaba y comencé a elevarme. Alcancé a evadir un autobús, pero quería ir más arriba y ver las azoteas del centro. Estos días de enero traen ¡unos ches… fríos que…! Menos mal que estaba abrigado, sin embargo el aire comenzó a golpearnos, a mí y a “Roja”. Así comencé a llamarle cuando empezó a hablar.

̶ ¡Más alto! ̶ grité.

̶ Ustedes no entienden̶ expresó en tono burlón.

Como si tomáramos impulso con el aire, volamos más rápido. Toda la calle Bolívar pasaba bajo nosotros: los coches y la gente. Llegamos al corredor de Madero y giró a la izquierda hacia la Torre Latino. Pensé en ese momento: ¡quiere estrellarme en la Latino! Pasamos Bellas Artes y se detuvo.

̶ ¡Ya viste! ̶ me dijo.

̶ ¿Qué?

̶Aquellas parejitas.

̶ ¿Qué tienen? ̶ dije incrédulo

̶ Nada̶ se notó molesta.

Siguió adelante, esquivó algunos árboles y giró sin avisarme siquiera. Quedé cabeza hacia el suelo sujetándome sólo de mis pies.

̶ ¡Estás loca! ̶ le grité, sólo se carcajeó.

Pasamos el “Cinemex” de Palacio Chino, volamos sobre algunos de los edificios de este Centro Histórico hundido por los años, llegamos a la avenida Izazaga. Me pidió que me bajara, comenzamos a caminar, ella, ya erguida, comenzó a hablar y hablar…

Regresamos a la cantina de donde salimos. Don Julio me sonreía sirviendo un tarro más al lado del mío que aún seguía ahí. Roja estaba sentada, me sentí extrañado, comenzamos a hablar de los pequeños encuentros, de esos instantes en que uno no espera estar bajo las sábanas. Tenía los ojos entreabiertos, Roja me abrazó y susurró…

Tragos, sudores y alucinaciones,

besos, saliva y contemplaciones,

vasos rotos, gente y gritos,

música, todos lloran,

botellas, conversaciones y mal de amores,

cigarros, parloteo y risas,

miradas, insinuaciones y lindos escotes,

vacíos, hombres y mujeres,

noches, hoteles y regaños,

madrugada, calles y luces,

sol, lentes y dolor de cabeza,

adiós, sí, adiós...

            Todo volvió a mi memoria en ese momento: las calles, Don Julio, “The Doors”, la Latino. Volví a hurgar en mis bolsillos, toqué mi chamarra, sentí un bulto en el pecho, saqué un pequeño papel y un mechón de cabello pelirrojo. Aquella nota tenía una escritura alargada y estética, tenía un número telefónico y una frase que decía: <<A ver cuando volvemos a volar juntos, tu Roja…>>

 

Por Ángel Fuentes Balam

 

—Decidí ya no mirar mi cara sobre el lago. Decidí romper todos los espejos de mi casa. Yo soy fea y quisiera caminar solita entre la negrura de mis paredes calcinadas por siglos de vejez. “Eres fea”, cantan las niñas del pueblo y me señalan. Y me siento a llorar tranquila, recostada en una roca, donde ningún fauno, ningún duende, viene a perturbar mi tristeza.

Siento el pasto, reverdece con mis lágrimas. El bosque me arropa como mi mamá nunca lo hizo.

No quiero que la gente me vea. No quiero ver sus caras de disgusto por mi cuerpo. Me duelen sus risas, sus susurros, sus miradas… Quiero estar acostadita y sola, en mi cama, desde donde puedo viajar a cualquier lugar, o caminar entre los árboles que no me juzgan por quién soy. Jugar a que monto en un pájaro turquesa y vuelo más allá de la lengua de los otros.

Quiero ser como esas niñas guapas que se anudan grandes moños y asisten al catecismo para que todos las admiren. ¿Dios puede quererme sin moño enorme?

—No digas bobadas —dice el campanario de las seis— tú eres hermosa.

Y me lo repito en el camino a casa, para que lo crea. Hasta lo volví una canción:

 

¡Tú sí que eres hermosa, ninfa rota!

Hermosa como una telaraña,

o como el atardecer y la mañana.

¡Todos te quieren, ninfa rota!

 

Abuelita igual lo dice, pero no le creo. Las abuelitas mienten demasiado y te obligan a comer. Yo no quiero comer. Quiero ser liviana en el columpio.

 

—No digas bobadas —dice el roble—. Dentro de ti hay más belleza, porque Dios te hizo al revés que al mundo, porque lo miraba en el espejo (ojo de cielo) y todo se veía de otro modo. A las ninfas rotas las creó al séptimo día, no es verdad que se puso a descansar. De ti brotan las cosas más hermosas. Es tu sangre, hermosa.

—¡Yo quiero que me vean! —Grito—. Sólo a los bonitos ven. Sólo dan medallas a las niñas guapas que se esmeran en sus moños y que no hablan de otras cosas.

—Tú puedes hablar con los árboles y hasta con los campanarios. Esas niñas que dices, no saben hablar.

—Pero a ellas las quieren. ¿De qué me sirve entonces, roble, saber hablar contigo? ¿Me puedes amar? Las veo jugar, lejos… Me dan ganas de ponerme vestiditos y ser guapa. Pero aunque lo intente, no soy guapa y nunca lo seré.

Y me pongo a llorar y mi amigo roble me deja subir entre sus ramas.

Ayudo a abuelita en la cocina, mientras platico con el polvo. Casi nunca me contesta, pero sabe escuchar bien. Escucho que llueve y me da gusto. Alimento a los gatitos flacos que se acercan cada jueves a echarse al pan.

Ya no miro mi cara sobre el lago. Me quedo sentada y sin hacer ruido, en la orilla espesa. Quiero ahogarme; me dan ganas de saltar y hundirme para siempre, a ver si como sirena tengo suerte. Pero me quedo mirando hacia la nada, hasta que anochece y llega por fin la hora de dormir.

 

Ángel Fuentes Balam. Mérida, Yucatán, México. 1988. Director de teatro, escritor y actor. Es autor de los libros: “Melodía tu engranaje quieto” (Editorial El Drenaje), “Cruoris o la rabia que fuimos” (Libros en Red) y “Devoré el cráneo de Eros” (Ediciones O). Ha publicado en las antologías: “Pyramid”, “Small Claim of Bones”, “Cuéntanos tu locura”, “La memoria de los días”, “Dramaturgia Express I”, “Karst. Escritores de la península de Yucatán” y en diversas revistas a nivel nacional e internacional entre las que destacan: “Morbífica”, “Círculo de escritores”, “Río Arriba”, “Mollete literario”, “Ariadna-rc” y “Delatripa”. Productor de: “Buqueic” (2017-2018), presentación de lectura y acciones escénicas sobre literatura pornográfica, erótica y violenta, realizada por autores mexicanos.

Por José Luis Domínguez

 

Foto mía de Libertad Villarreal.jpg 

Mi abuela Quinta creía en un dios,

iba a misa todos los domingos,

y me llevaba.

En cuanto supe que ahí hablaban de cosas que no entendía,

y de nombres que no entendía,

como corintos, tesalonicenses, cafarnaum, sodomas y gomorras,

ya no quise ir,

pero, obligado por las costumbres anacrónicas,

por el viejo hábito que hace a más de un monje,

seguí yendo.

Al que le decían el padre no se le conocían hijos

-al menos no había alguien que supiera si tenía o no-

y yo era un hijo que no tenía un padre.

El padre aquel y yo, sin saberlo, éramos antípodas.

El padre que no tenía hijos hablaba de otro padre que estaba en los cielos,

y el hijo sin padre que era yo y que estaba en la tierra

se preguntaba qué rayos estaba haciendo el otro padre tan arriba.

Yo no tenía conocimiento entonces de que el arriba era el abajo y viceversa,

ni de que la tierra giraba en rotación y traslación,

ni sabía de esos horrendos espacios infinitos de los que había hablado un tal Blaise Pascal,

ni de que había más planetas, y más allá galaxias y galaxias sin fin

-tenía yo diez años y las únicas clases de astronomía las recibiría poco después con el señor Spock-

Pero el padre sin hijos que hablaba del padre de los cielos

cada vez que hacía mención de ese asunto volteaba hacia arriba.

Y yo salía de misa pensando si los astronautas que recién habían llegado a la luna

conversaban con ese padre de los cielos cada vez que flotaban por allá.

Y fui creciendo

y a la vuelta de los años dieron vuelta los sermones

que el padre sin hijos, el padre con vestido largo, sacaba siempre de un enorme libro

como si se sacara un as de debajo de la manga,

y entonces supe que aquello que se hacía los domingos, aquel ritual,

era ejercer lo religioso,

y que no cumplir con ciertas reglas

era como arrastrar detrás de sí un terrible cataclismo.

Y mis noches se llenaron de espanto,

y yo, que no conocía el plomo candente del vocablo pecado,

vine a escucharlo ahí,

y según lo estipulado en ese enorme libro donde venía escrita la palabra sagrada,

yo pecaba,

pecaba con la diestra y la siniestra,

pecaba con los pies,

pecaba con los ojos y con el pensamiento,

pecaba con todo lo ancestro y con todo lo moderno,

pecaba desde antes de nacer,

pecaba después de nacer,

y yo, el pecador, sin querer serlo, me volvía más pecador,

era yo entonces como un soldadito de plomo de las huestes del altísimo.

Más tarde supe que en este mismo mundo, no en el otro,

existían los musulmanes, los hindúes y los chinos, entre otros muchos pueblos,

y que todos y cada uno de ellos creían en un distinto dios,

y a todos y a cada uno de ellos les habían asegurado

que no había otro dios como el de ellos,

y que todos los que no creyeren y no tuvieren fe,

perderían su recompensa.

Y entendí que en ello radicaba el mal principio de la intolerancia,

que pertenecer a una religión era como pertenecer a un club,

y entonces comencé a preguntarme:

¿por qué un club podía ser mucho más importante que el otro?

¿por qué el dios que se adoraba en un club no era el mismo que se adoraba en los otros?

¿por qué, para conocer a dios, había, necesariamente, que pertenecer a un club?

Y comprendí de golpe que ser cristiano era sólo una circunstancia que implicaba geografía,

que pude haber nacido entre los musulmanes,

entre los hindúes,

entre los chinos,

pero por desgracia o por fortuna,

-nadie lo sabrá jamás-

había nacido en un vasto continente llamado América.

Y supe que la geografía era una clase misteriosa de predestinación,

de obligatoriedad oculta bajo el disfraz de fe o de autoconocimiento,

y que el dios sólo era una consecuencia de utilizar un cinco por ciento mi cerebro,

y ya no quise ser cristiano, ni salvarme de algo que -¡Rayos!- no entendía.

El colmo de los colmos fue cuando en una misa

el padre sin hijos dijo a través del micrófono a los feligreses

que necesitaba un vehículo, porque el suyo era una garrita,

y ya no aguantaba un pial,

pero que si íban a regalarle uno,

que estuviera nuevo, si no, no.

¡Qué desparpajo el suyo!

¡qué descaro!

A la semana siguiente, uno de aquellos feligreses,

el más rico de todos, por supuesto, tenía asegurado el cielo.

El padre sin hijos y con sotana, ahora se movía en una Ram Charger del año,

tan perfecta como el reino de Dios.

Y me salí de la iglesia con minúscula,

y me salí de la Iglesia con mayúscula,

que no son la misma cosa.

Y me salí pensando que no regresaría

hasta que no sustituyeran todos los cristos crucificados

de todas las iglesias del mundo,

por cristos resucitados,

o sea, nunca,

porque la base del control de la santa iglesia católica, apostólica y romana

radicaba, precisamente,

en el profundo sentimiento de culpa sembrado entre las masas.

Mi abuela Quinta ya murió,

el padre sin hijos también y a ambos los cubre la misma arcilla roja.

Y el hijo sin padre que soy, eso es lo único seguro, pronto seguiré la misma senda,

y seré sepultado con mi cerebro noventa y cinco por ciento sin usar

porque simplemente nunca supe cómo hacerlo,

y en el mundo seguirán los musulmanes, los hindúes, los chinos y los cristianos,

pregonando cada uno su verdad como la única,

combatiéndose unos contra otros,

intentando convencerse

de que unos y otros tuvieron siempre la verdad

y nada más que la verdad,

y de que el otro estuvo siempre equivocado,

porque

-Es sólo Alá. Sólo Él.

-Es sólo Krishna. Sólo Él.

-Es sólo Buda. Sólo Él.

-Es sólo Cristo. Sólo Él.

Éramos una familia pequeña. Vivíamos en los bordes de la ciudad, afuera de Lahore y cerca de un pueblo musulmán. De pronto, comunidades que habían sido grandes amigas y habían vivido juntas por décadas y siglos empezaron a pelear. Recuerdo cuando mi madre se acercó a mí en la noche con dos espadas en las manos y me dijo:

-Duerme con ellas bajo la almohada. Y tu hermana, la que tiene cinco años, dormirá en la otra cama. Si atacan los musulmanes, mata los más que puedas. Y si ves que te superan, mata a tu hermana y luego mátate.

Y quizás dios no exista en absoluto.

quizás dios sólo sea una justificación válida para un grupo de almas perdidas

que anhelan inútilmente pertenecer a algo

luchar por ese algo,

matar por ese algo

y ese algo bien pudiera ser el club de los hombres que se fabrican dioses.

Me he pasado toda la noche maravillosamente bien,

desinfectando el cielo con cloruro de mercurio,

sin encontrar el más mínimo rastro de Dios.

Y porque sigue habiendo padres sin hijos

e hijos sin padre,

este texto,

a qué dudarlo,

debería escribirse en bastardillas.

 

José Luis Domínguez. Escritor polígrafo nacido en Cd. Cuauhtémoc, Chihuahua, 1963. Es promotor cultural desde 1992, cuando funda el primer Taller literario en su comunidad. Coordinó el grupo filosófico de los Neoexistencialistas y el taller literario “Scripta manent”, hoy llamado “Octavio Paz”. Ha coordinado los talleres literarios en las ciudades chihuahenses de Jiménez, Delicias, Guerrero. Ha fundado, coordinado y sido colaborador de varias revistas literarias del norte de México.

Libros: "Jonás", 1996; "Quinteto para un pretérito", 2000; "El jardín del colibrí", ensayo literario, 2002; el poemario "Los dedos en la llama”; crónica y memorias "El Barrio Viejo de mis recuerdos", 2006. El libro “Diez leyendas de Cuauhtémoc”, 2007. En 2008, la editorial canadiense Lettres des forges le publica “El amor es un tibio, tierno cuerpo de mujer” en francés y español. También aparece el libro “El amor destruye lo que inventa” en el sello de la editorial de la Universidad Autónoma del Estado de México. Sus textos poéticos también han sido traducidos al inglés y al griego. En el 2009, la editorial veracruzana de Orizaba, Letras de Pasto Verde, le publica el cuadernillo de poemas titulado “Homenajes”. En el 2012, la editorial de la Benemérita Universidad de Puebla le publica el poemario “Palimpsesto”. En el 2013 publica el libro 12 Leyendas de Cuauhtémoc”. En el 2014 publica su poesía reunida “Los dedos en la llama”. En 2016 publica los libros “La otra historia de los menonitas”, “Manual de Poética para Universitarios” y “Dèja Vu y otros cuentos”. Desde hace ya varios años ha trabajado fomentando los cineclubs en varios cafés y restaurantes de su comunidad, además de ser el editor de los trabajos literarios de los alumnos del taller que coordina en su comunidad.

 

Por Teresa Muñoz

 

La escuchas trajinar por la casa, tal vez en el patio. El molesto rumor de la escoba, cantando con rapidez esa tonada que todas las mañanas sin falta te despertó siendo niño, a las seis en punto. No importaba lo oscuro o frío del día, la consigna siempre ha sido y será hasta el fin de los días, que al que madruga ya sabemos que sigue. La escuchas imparable, pasos del patio a la cocina, ruido de cacerolas chocando, el cristal musical, el torrente de agua, la fritura salpicándolo todo, para tener pretexto de seguir limpiando, de seguir haciendo algo, porque la segunda frase de tu vida es, ha sido y será que la ociosidad es la madre de… ya sabes qué. Y tú quisieras que tu madre dejara de pensar en frases hechas, que viniera a sentarse contigo, que el ¿cómo amaneciste?, no fuera una frase arrojada sobre tu cama sin esperar respuesta. Pero no, cuando llegue Toña, la sirvienta, debe encontrar a tu madre haciendo cosas. Debe darse cuenta de que no es una mujer floja; debe ponderar su diligencia.

 En la iglesia, ninguna hija de doña Elvira se verá jamás como una floja, como una mujer que no se hizo cargo de su casa, jamás las verán sentadas, desocupadas, faltaba más: si doña Elvira no paró de trabajar durante toda su sufrida vida, ¿por qué las hijas habrían de ser diferentes?

Pero esta hija en especial, la escuchas y desearías que se acomodara “a no hacer nada” junto a ti. Desearías que se sentara junto a tu almohada o de perdido, al borde de tu cama, o incluso podrías aguantar que lo hiciera en el sillón junto a la puerta, no importará que la oscuridad de la habitación les impida verse a los ojos.

La quieres sentada, escuchando. Escuchando lo que no quiere saber, porque de flojos y golosos…, y tú con tus afanes artísticos eres el menos trabajador de sus hijos. Cómo se te ocurre, querer ser mago, querer ser actor. Esas ansias creadoras que supiste apagar a tiempo. Toda esa poesía que había dentro de ti, que bueno que la enterraste, con esa ceremonia “tan vistosa” en el patio.

Parece que de nada sirvió. Te volviste contador y ella sigue sin darse cuenta de lo que abandonaste para pertenecer. Para aspirar al privilegio siempre negado a todos sus hijos de verla entrar a tu cuarto y preguntar si necesitas algo.

Ella no ve, ni verá lo que puedes ser más allá del niño que iba por las tortillas, o el muchacho que se comía todo lo del plato, el joven que pedía para el camión, el hombre que se graduó y, finalmente el que se fue a trabajar lejos de ella. El que la abandonó por un tiempo.

Aunque ahora todo está bien nuevamente.

Cuando pasaron los primeros sudores, las primeras infecciones extrañas, los primeros dolores, y todo se volvió caótico, decidieron por ti y te trajeron de regreso al único lugar en dónde no querías morir. Las macetas regadas y en su lugar, los sartenes guardados en el mueble, la calle impecable, barrida dos veces al día, el cirio encendido, y el hijo, en casa de mamá, para que no sigan pensando que se fue porque no quería estar con ella.

Atado a la cama sigues, apenas, la procesión de tías, primos, hermanos lamentándose de lo que te pasó, pero sin saber, sin decir qué es lo que pasa. Son palabras prohibidas, son padecimientos que no se toleran en esta casa, no se les ocurra decirlo, la imagen de la familia es intachable, no manchen con su realidad estas paredes impolutas de familia feliz.

Todos se sientan, todos te ven. Ella no. Está ocupada negando la vida, guardando una culpa que le colocaron el día que nació. Flagelándose con el recuerdo que no tiene del momento en que todo se volvió fuera de la normalidad de la iglesia, del pueblo, de su familia.

Quisieras decir tanto. Saber quién es ella. Sentir su mano en tu frente. Porqué te tienen aquí si eres el bulto que espera, que ella no quiere saber qué hacer con él. Qué ella no verá la hora de olvidar.

La debilidad se adueña de ti. Sabes que te vas, y que el anhelo que tienes de que ella acerque su oído a tu boca, de que escuche todo lo que tienes guardado por años, es eso, solo un deseo. Son pretensiones tuyas que nadie hará realidad.

Porque en esta casa, tan limpia, tan ordenada, tan propia, hay cosas que no se dicen, nunca.

 

María Teresa Muñoz Ortiz.  (Minatitlán, Ver.)

Actriz con formación teatral desde 1986 con Rogelio Luévano, Nora Mannek, Jorge Méndez, Jorge Castillo, Abraham Oceransky, entre otros. Diversas puestas en escena, comerciales y cortometrajes de 1986 a la fecha. Directora de la Escuela de Escritores de la Laguna, de agosto de 2004 a diciembre 2014.

Columnista en las revistas electrónicas Bitácora de vuelos https://www.rdbitacoradevuelos.com.mx/ y Escritoras mexicanas https://www.escritoras.mx/

Lic. en Idiomas, con especialidad como intérprete traductor. (Centro Universitario Angloamericano de Torreón). Profesora de diversas materias: literatura (en inglés, francés y español), gramática, traducción, interpretación. Coordinadora de Talleres literarios, Presentaciones de libros, Charlas literarias, Diplomados, en la Biblioteca José Santos Valdés, de Gómez Palacio, Dgo.

Dramaturga y directora de teatro.

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