Daba vueltas y más vueltas perdida en el desconcierto. ¿Era enojo el que sentía, de los que se producen cuando las circunstancias hacen perder el control de los hilos de una trama? ¿Era la expresión de esos sueños que se materializan antes de las 24 horas de que abrió los ojos el que dormía? ¿Era simplemente que estaba absorta, y nada más, ante lo que el destino había empezado a dibujar como un manejo a placer de las rutas de los seres? ¿Era cierto que se volverían a juntar, a todo color, los tres personajes del sueño?

 

 

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A veces, también, una quisiera llamar al teléfono móvil de la eternidad y que le atendieran, y decirle a quien sea que esté ahí, que se siente bienaventurada, que una ha visto ‘toda la noche ahí y es piedra de la luz, piedra de la edad’ y que la edad no es más que un motivo para viajar a los hogares que somos, para celebrar, para mirar, para seguir haciéndonos el hogar de una misma.

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Una persona que lee mil libros es una persona con conocimiento, pero si no se mueve inteligentemente en la vida, no la hace; por eso la gente joven que active su inteligencia, puede ser mejor que la gente grande.

El tiempo no es reversible, pero la genética puede ser programada. De esa forma tienes un pequeño ángulo para cambiar el destino. La ventaja de la genética es que es modificable, por tanto es posible no ser determinista.

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...detesto pocas cosas, casi nada... odio la mayonesa, la salsa cátsup, el tráfico y a un par de personas a quienes no me causa la menor culpa odiar, porque el sentimiento es absolutamente recíproco... pero sobre todo odio la prisa... odio mi prisa si la tengo y la prisa ajena que quieren hacer mía... detesto las agendas, los relojes, los horarios, el tiempo justo, el calendario; símbolos todos de la prisa... 

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Justino Rivera, uno de los tantos hombres que habían transitado esa avenida voluptuosa y seductora antes de irse al bordo para cruzar del otro lado,  recordó los rituales que se realizaban después de contratar al pollero: bailar con las ficheras y beber hasta embriagarse; deslizar los últimos billetes mexicanos en las bragas de las teiboleras; armar camorra en alguna cantina para soltar el sudor y purificarse. Pero eso había quedado atrás... Ahora, nada más por no perder la costumbre y revivir esos años de gloria, realizaba el ritual todas las noches después de ganarse unos billetes en el mercado o de pedir “cooperación” a los turistas que pacientemente hacían cola en el cruce fronterizo, según esto para regresar a su pueblo o a los Estados Unidos.

 

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...cuando era niño me perdí en el supermercado... en realidad no me perdí yo, que estaba justo donde me habían dejado; se perdió mi mamá... yo estaba contemplando un refrigerador inmenso, repleto de jamones, salames y salchichas de esas que parecen pulgares de niño chiquito... ella, mi madre, se había puesto a conversar con una vecina copetona que hacía sus compras a esas mismas horas y que conducía su carrito en sentido contrario... 

 

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...me gustaba el paseíllo de las cuadrillas, los trajes, los caballos, la música -ah la música-... me gustaba que me dieran una probada de la bota de vino y por supuesto las señoras guapas a cuyo paso, mi abuelo y yo, siempre nos quitábamos el sombrero … me gustaba ver salir al toro hecho una tromba de los toriles…

 

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