Por Juan Antonio Rosado

COLUMNA TRINCHES Y TRINCHERAS

 

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Así como la gramática cohesiona nuestro lenguaje, la moral cohesiona comportamientos, actitudes y aspiraciones del ser humano. Si hay proyectos, es decir, futuro, y no tan sólo un presente perpetuo hecho a base de fragmentos, un presente discontinuo, sin vía, sin camino preciso; si de verdad hay proyectos, éstos deben tener objetivos, y para llegar a ellos es indispensable una actitud moral, cualquiera que ésta sea. La moral y los valores que conlleva no se reducen a un sistema religioso cualquiera ni a una filosofía determinada.

            Por “moral” no me refiero exclusivamente a moral de tal o cual religión, ni mucho menos —Zeus me guarde— a la “moral” católica (o cristiana en general), que en la práctica siempre ha sido una doble moral. Ya en los propios Evangelios es notoria la doble moral cuando leemos que el protagonista, por un lado, perdona al enemigo y da la otra mejilla, pero, por otro, seca a una pobre higuera porque no da higos (aun cuando no era época de higos), destruye las mercancías de los mercaderes del templo quienes —infortunados individuos— con seguridad vivían y mantenían a sus familias con las ventas; para colmo, le envía a unos inocentes cerdos demonios que los destruyen; por último, dice que ha traído la espada, aunque también deja que se le acerquen los niños; hace que las personas renuncien a sus padres y a todos sus familiares para seguirlo, pero a la vez está implícito el “honrarás a tu padre y a tu madre”. ¿Dónde está la congruencia moral?  Es difícil ser congruente en todo; sin embargo, de un modelo religioso podría exigirse algo mejor. Ya lo decía Bertrand Russell en su ensayo “¿Por qué no soy cristiano?”

            Quienes sostienen que sólo una verdad existe (por ejemplo: las tres religiones semíticas: judaísmo, cristianismo e Islam) suelen propiciar en la vida práctica una doble moral sistemática. Su mismo fanatismo por esa supuesta verdad los vuelve intolerantes y destructivos porque renuncian a la alteridad, al otro como el ser que no somos nosotros. Los primeros cristianos en el Imperio Romano, Diego de Landa o los cristeros en México padecieron de ese miedo al otro que los hizo matar, aniquilar lo que ellos no podían comprender. En el otro extremo, un fanático ateo puede ser igualmente religioso, como lo fue el gobernador de Tabasco Tomás Garrido Canabal, famoso comecuras. No obstante, la destrucción del otro justificada por la moral suele ser mucho más virulenta cuando está ligado a la religiosidad que cree en una sola verdad. Por ello, el primer precepto del jainismo —religión atea surgida en la India durante el siglo vi a. de n.e.— es que la verdad no existe, que el universo es increado y que siempre ha estado y estará allí, de modo que los jainas respetan todas la creencias y a todas las formas de vida. Para ellos, no hay una única verdad: allí radica su moral como respeto al otro. Los seres humanos, para ellos, somos como los ciegos que rodean al elefante: cada uno cree que el elefante es algo que no es.

            Eso es lo que justo ocurre con las religiones dogmáticas. Jean-Claude Carriere —guionista de Luis Buñuel— sostuvo que “el fundamentalismo, el integrismo, el fanatismo religioso serían graves, muy graves, si Dios existiera, si Dios, de repente, desciñera la espada y bajara a defender a sus devotos posesos”. Nada peor si esto ocurriera: el mismo Dios les ayudaría a sus fanáticos a destruir libros, bibliotecas y otras religiones o formas de pensar. Y lo haría sustentándose en una moral, pues la moral puede tener dos caras, y una de ellas es su cara destructiva.

            En efecto, en una ocasión, el poeta Rabindranath Tagore afirmó que “una banda de ladrones tiene que tener cierta moral a fin de sostenerse unida como banda; podrán robar al mundo entero, pero no podrán robarse unos a otros. Para que tenga éxito una intención inmoral, alguna de sus armas tiene que ser moral”. Y agrega que a veces nuestra misma fuerza moral es la que nos da la potencia para hacer el mal, para generar desorden, como explotar a otros en beneficio propio o robar el ajeno trabajo intelectual o material. Si una persona es inmoral es porque —lo quiera o no— posee una base moral. De otro modo, estaría más allá de toda moral, es decir, sería inocente, y la inocencia —en el ámbito cultural, humano— sencillamente no existe. Habrá que preguntarse qué base moral se le proporciona a la mayoría de los mexicanos para que su país nunca goce ni de estabilidad ni de la ansiada paz.

 

El Aprendiz de Palabrero

 

Por Antonio Orozco

 

A veces quisiera ahogarme en una cuba.

Vaciar todo lo que ha quedado en mí y sepultarlo con tequila y vodka. ¡Cómo me odio en estos días en los que soy incapaz de olvidarme de tu maldito nombre! ¡Cómo me odio en estos días en los que sólo deseo arrancarme tus besos, tus caricias, tus promesas! Ojalá sólo pudiera atragantarme con mi propio corazón.

Llego a la barra buscando refugio, ¿cuántos fracasados, igual que yo, no han llegado a este bar, con la firme convicción de ahogar sus penas? ¿De pudrirse en alcohol? ¿Cuántas veces más llegaré a este bar con la misma puta intención: olvidarme de ti? He venido tantas veces que ya soy un cliente frecuente. He venido tantas veces que no importa quién esté atendiendo  en la barra, ya saben lo que he de pedir: tequila y vodka. Vodka para acordarme de tus caricias cuando me hacías tuyo, desnudo sobre mí y tequila para olvidarlas.

¿Por qué te fuiste?

¿A quién carajos le importa?

Simplemente te largaste sin decir adiós.

¿Hace cuánto tiempo te fuiste?

Eso tampoco importa, podrían pasar mil días y nadie volvería a tocarme como lo hiciste tú.

Hoy, como otras noches, he llegado a la barra del bar más que cansado, derrotado, humillado; como un hombre que sólo se tiene así mismo y que, aún así, no vale nada. He Llegado para hundirme en este banco al sentarme, fijando mi atención en el sabor de ese vaso que me hace recordarte, bebiendo a mares del que ayuda a olvidarte. El hombre de la barra no ha querido saber de mí, no me hace plática, ni me sonríe pretendiendo ser empático conmigo; únicamente llena mis vasos cuando éstos se vacían en mí como alguna vez lo hicieras tú en la intimidad de nuestra habitación.

Y aquí estoy yo, tratando de recordar todos tus besos para, ¡por fin!, olvidarlos uno a uno; cuando, sin hacer el menor ruido, en el banco de junto, un hombre de corbata, con nudo flojo y barba de tres días, se sienta. Levanto la cara y sus ojos se encuentran con los míos. A modo de saludo, me sonríe con la misma sonrisa gasta y vieja que yo traigo en mis labios rotos.

--Hola –digo al verlo sentado muy cerca de mí.

--Hola –contesta y me tiende su mano. La estrecho.

Silencio.

Un largo, largo silencio.

--¿Me dejas invitarte un trago? –pregunta con timidez.

--¿Por qué no?

--Whisky, dos por favor…

El hombre de la barra sirve los tragos y los coloca frente a nosotros.

--Daniel –me presento, levantando mi whisky y lo inclino hacia él.

--Santiago.

Escucho atento su nombre, olvidándome el tuyo y brindo con él, por gusto de conocernos.

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