Usureros

Malú Huacuja

 

El pueblo de San Satanás está ubicado al centro de un laberinto de vecindades que, en su conjunto, integran la célebre Colonia Zaldívar, aquí, en el Distrito Federal. Pese a que la Colonia es ampliamente conocida debido a su azarosa y complicada topografía, poco se sabe de la existencia de San Satanás. Casi todos los habitantes de dicho pueblo son usureros. Se dedican a lucrar con baratijas que desesperadamente ofrecen, a modo de empeño, las damas de las diversas vecindades. El dinero que circula en aquella zona y sus alrededores es, generalmente, producto de un préstamo. Los usureros lo conceden a cambio de bisutería. No siempre había ocurrido así. Fue a partir del crack del ’87 que su negocio triunfó vertiginosamente.

En las casa de empeño tradicionales era ya imposible dejar en prenda relojes baratos y accesorios de poco valor. Si bien los acreedores siempre se habían mostrado reacios a aceptar chucherías barnizadas con aleaciones, ahora más que nunca se rehusaban a abrir sus carteras por cualquier otra cosa que no relumbrara desde un primer vistazo como oro macizo, y piedra preciosa.

Entonces comenzó el auge de San Satanás. Don Fausto era un negociante flexible que tomó por vez primera la iniciativa de otorgar créditos por bagatelas. El éxito no se hizo esperar: muchas familias que habían salido desesperanzadas del Monte de Piedad ahora encontraban consuelo. Los comerciantes de San Satanás tuvieron muy en cuenta esa ventaja: la gente que acudía a las casas de empeño ordinarias se alegraría al recibir pocos centavos si ya antes se la había dicho que no obtendría nada por su prenda. Todas las mujeres que en otros tiempos pudieron adornar sus rostros con aretes de latón y hasta de plástico obtuvieron ahora un modo de comer por lo menos, un bolillo, gracias a los agiotistas de San Satanás.

La crisis económica inventa situaciones así. Ciertas costumbres que antes hubieran parecido inconcebibles, al cabo de un tiempo resultaron convenientes tanto para los cada día más pobres como para los habitantes del pueblo, quienes en un pasado habían comerciado sólo con joyas y hoy, a falta de éstas, habrían podido quedarse en la miseria si no hubieran cultivado su capacidad de adaptación a la nueva era de la especulación.

Don Fausto fue, de todos los agiotistas, el más rápido en reaccionar ante las adversidades. Había entendido con más velocidad que otros colegas el tiempo que le tocaba vivir.

El hombre que consigue asimilar una amplia perspectiva de su época no es necesariamente un visionario, pero lo parece. La suerte simula acompañarlo porque él, auxiliado por la comprensión de su presente, da pasos certeros. Don Fausto entendió, entre otras cosas, que la suerte no habitaba en su país. Cuando supo que uno de los alimentos más baratos –la tortilla– sería otorgado a la gente a cambio de la compra de leche, Don Fausto pensó en el trueque del periodo prehispánico y concluyó que el porvenir de su mundo caminaba hacía atrás. Interpretó la aparición de los llamados “tortibonos” como una señal cercana de augurio: como el anuncio de un futuro retroceso. Si él deseaba avanzar, tenía que acoplarse al reflujo de su realidad.

Así lo hizo. No sólo obtuvo para su pueblo una insólita prosperidad, sino que fue vestido por las habladurías de sus vecinos con míticas características. Se le suponía, además de prestamista, poseedor de una inteligencia sobrenatural.

Era de las pocas personas que aún comía frijoles y pollo en aquellas vecindades. La calidad de su alimentación se advertía en el color de la piel, que no era verde, como la de los morenos pálidos que lo rodeaban, sino roja y tersa, a pesar de las grietas que sus ochenta y tres años de edad le habían abierto. Su contrastante aspecto lo asemejaba a un semidiós entre los miserables.

Fue precisamente al sentarse a almorzar, como solía, un tazón de frijoles con arroz, cuando tocó la puerta de su cavernaria oficina la muchacha que llevaba el collar.

Era martes, a Don Fausto le molestaban las interrupciones de la clientela cuando se encontraba comiendo. Los martes llegaba a la Colonia un mercado ambulante, y él era de los pocos que podían darse el lujo de comprar arroz. Los martes se servía arroz con gusto, sin calcular el tiempo ni los volúmenes. Un cliente en martes a la hora del almuerzo significaba la apoteosis de la incomodidad.

Ella sin embargo –Lidia, se llamaba–, no parecía tener conciencia de hallarse importunándolo. Había entrado, como todos los necesitados dando explicaciones. Que si es cierto que usted podría ayudarme fíjese que necesito dinero. Que señor por favor yo sé que usted no se dedica a esto pero por favor ayúdeme. ¿Conoce usted a gente o algún lugar donde yo pudiera vender este collarcito? O a lo mejor no venderlo, sino algo que me dieran por él aunque sea poquito se lo dejo en prenda creo que se llama préstamo hacer eso y me urge, fíjese nomás, vale el collarcito. Mírelo usted bien.

Entonces comenzaba el regateo. Don Fausto sabía discutir. Un usurero es una persona que siempre debe sacar más provecho del que realmente merece y él podía hacerlo como ningún otro, Por una taza de barro ofrecía treinta pesos y terminaba entregando cinco. Por ceniceros de plástico ofrecía cinco y entregaba uno, mientras que el kilo de tortillas valía trescientos pesos. A él le excitaba la desproporcionada diferencia entre los precios de la comida y las cantidades que terminaba concediendo por peinetas y abanicos. Justamente porque le embriagaba el hábito de sonsacar fue que, en esta ocasión, cuando reconoció las esmeraldas auténticas en el collar que Lidia le mostraba, sintió una desconcertante decepción.

Llevaba varios años sin tocar algo realmente fino. La situación lo forzaba a recordar sus tiempos de verdadero agiotista. Desempolvó sus lupas y comprobó, pero no experimentó el secreto frenesí de otros tiempos al saberse acariciando algo valioso. Ahora no podía regatear, y si lo hacía, no valía la pena pues era evidente que Lidia no tenía noción alguna del precio de su collar. Probó entonces imaginarse que aquello no costaba más de unos cuantos pesos para poder enfrascarse en un cruel debate con su interlocutora, pero no obtuvo satisfacción alguna. La contienda verbal no tenía el mismo sabor que cuando luchaba no tenía el mismo sabor que cuando luchaba por arrancarle unos pocos centavos a su humillado contrincante. En este caso, era tanta su ventaja que no tenía sentido insistir más. Sus palabras no valían nada. Sus argumentos pesaban tan poco como las baratijas con las que ya se había acostumbrado a negociar. Tampoco disfrutaba contemplando, como otras veces, la afligida expresión de su cliente.

–Lléveselo. No quiero este collar– dijo.

Lidia no quiso dar crédito a esas palabras. Suplicó y lloró. Habló de los objetos aún más inservibles que otros vecinos le habían dejado en prenda, pero Don Fausto no atendía ya más razones. Se negó hasta que consiguió cansarla. Ella salió de la guarida convencida de que nadie le recibiría su collar en San Satanás. Suponía que si el acreedor más admirado del pueblo se lo había rechazado, ningún otro lo iba a tomar.

Veo a Lidia caminando de espaldas a mí por un angosto callejón, con su collar de esmeraldas en el bolso del delantal, cabizbaja, padeciendo su derrota. Se pierde entre las bolsas de basura que invaden los muros de esa vecindad. A lo lejos, ladra un perro. Un niño que corre descalzo tropieza con ella. Lidia se encoge de hombros, pide disculpas y reemprende su fatigada caminata.

No fue así. Ustedes saben que no sucedió así. Yo también. Al usurero no se les escapan los collares de esmeraldas, y el regateo le sabe delicioso bajo cualquier circunstancia: aún con una mujer hambrienta frente a él, que no tiene la más remota idea de lo que vale su objeto a empeñar.

Don Fausto no sólo aceptó el collar, sino que se quejó de su aspecto. Arguyó que por semejante porquería ni siquiera le era posible dar dinero. Se mostró cansado de recibir baratijas y aseguró que pronto se retiraría del negocio. En cuanto al collar, si tanta era la miseria de su clienta –indicó–, lo único que podía darle a cambio era el plato de arroz que en aquel momento humeaba sobre la mesa.

Veo a Lidia caminando de espaldas a mí por un angosto callejón. Lleva una bolsa de plástico transparente en la mano izquierda, dentro de la cual hay arroz cocido. Su figura se pierde entre los costales de basura.

A lo lejos, ladra un perro.

                                       1990-95

 

[Número 41 La Literatura de Juan García Ponce]

 

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