El Hombre de la Penumbra

Guillermo Samperio

 

Eran las nueve de la noche en la oscuridad que ascendía sobre los edificios del Distrito Federal. Buena parte de los comercios yacían en la penumbra, mientras otros empezaban a cerrar. Las oficinas se encontraban también en silencio, con la ausencia del tráfago de papeles y papelitos, sin el ruido de las máquinas de escribir ni el del timbreteo de los teléfonos. Soledad y mutismo entre escritores y anaqueles tristes; las tazas del café desperdigadas por los amplios locales como si sus dueños las hubieran abandonado de súbito debido a alguna urgencia inexplicable, como si la vida hubiera renunciado a prolongarse en aquellos recintos.

Pero no en todos había ausencia, pues existen hombres quizá extraños, quizá un tanto locos, quizá muy responsables ¿Quién sabe?, que perduran en las oficinas sin resignarse a abandonarlas del todo. Se trata, sin lugar a dudas, del Hombre de la Penumbra, el que sin remedio suele vivir largas horas en su escritorio. Pareciera que el mundo le hubiese consignado evitarlas la melancolía a los archiveros y las cajoneras, a las sillas giratorias y las alfombras.

Se extienden a lo lejos las hileras de muebles, soportando sus preocupaciones y altos cerros de papel. En su perdurar nocturno el espacio de la oficina se abre prácticamente hacia el infinito, donde el tiempo se ha detenido en una extensa noche sin tiempo. Pero en algún recodo del laberinto de canceles está El Hombre de la Penumbra, aún sin perder su elegante compostura, puesta su corbata de franjas oblicuas sobre la blanquísima camisola, su traje necesariamente de tonalidades apagadas. Hombre la mayoría de las veces moreno, un poco mal parecido a causa de una nariz ladeada o de un rictus en la boca que desarregla el rostro. Mira con particular insistencia hacia la amplia tabla de su escritorio semejando una de esas esculturas modernas demasiado realistas.

En algún momento de aquella tarde, cuando sus empleados y sus compañeros se despedían y las secretarias le daban el último retoque a sus mejillas antes del clik en los bolsos, el de la Penumbra levantó el auricular de su extensión, llamó a su casa y le explicó a su mujer que más tarde iría, que no lo esperara a cenar, que por cualquier asunto de urgencia le telefoneara a la oficina. Pero la mujer en verdad no lo llamaría nunca, pues que su esposo se encontraba siempre allá, del otro lado del DF, en la gran oficina. En los primero años del matrimonio sí lo llamaba, primero por inexplicables celos, luego por aburrimiento que la asediaba sin tener aún niños y al último cuando vinieron éstos, por pura curiosidad, hasta que un día no lo llamó más. Sólo esperaba el cotidiano telefonazo de él para después proseguir con los quehaceres de la casa, durmiendo niños, la cena del recalentado, quitarse el maquillaje, que su esposo no había visto, esperar el ruido de la cerradura viendo la televisión y recibir apaciblemente al Hombre de la Penumbra, pues en el fondo era un muy buen hombre: los fines de semana iban al campo, tenían hasta dos autos, a veces la llevaba a algún cine a la última función. La presentaba orgulloso en las fiestas de los compañeros de la oficina. En estas reuniones ella lo admiraba, ya que su esposo siempre tenía una anécdota que platicar o un comentario exacto sobre cualquier tema, pues el hombre era sabio debido a sus lecturas anuales En los Compendios de los Acontecimientos más importantes del Año. Estos más el de la Penumbra siempre ha tenido las fotografías de su esposa y de sus tres hijos al frente de su escritorio. Acepta ser un hombre casado.

Después de aquel telefonazo vespertino–nocturno, El hombre de la Penumbra se fue despidiendo de sus empleados, que él llama “mi gente”, y de los otros compañeros, hasta irse quedando solo entre las densas sombras, pues los empleados de Intendencia van apagando paulatinamente las zonas que se desocupan exceptuando, al último la de nuestro Hombre, quien comienza a habitar ese espacio infinito de la extensa noche sin tiempo. En tanto se acercan las diez de la noche desde fuera de la oficina, él revisa un documento que prácticamente se sabe de memoria y que lo llama “mi proyecto”. Luego en tarjetas y tarjetitas, dibuja perfiles que aprendió a dibujar en algún manual que podría titularse El rostro de la mujer en diez fáciles lecciones, o reproduce los personajes de las tiras cómicas de su infancia para regalárselas a su hijo más pequeño, o ensaya su caligrafía, o realiza hileras eternas de números. Pero lo que más le agrada es tener únicamente extendido el brazo sosteniendo el lápiz amarillo en actitud de estar escribiendo, sus ojos puestos sobre la tabla del escritorio, o mirando los ventanales como si éstos tuvieran en sus vidrios un grandioso pequeño mundo al cual hubiera que descifrar sólo durante las noches. Y no se impacienta, ya que “guardar la calma” es otro de sus preceptos fundamentales.

En su no tan remota juventud, el Hombre de la Penumbra era ya un acabado hombre formal, distinguido, elegante, caballeroso. Los jefes a cuyas órdenes él trabajaba, en múltiples ocasiones sufrían íntimas vergüenzas porque más bien ellos parecían los subordinados. Por aquel entonces fue que tomó las costumbres noctámbulas, pues presentaban “un punto a su favor”, como él decía intentando convencer a “su gente” refiriéndose a los sistemas de trabajo que en su turno enarbolaban sus jefes. Desde luego que dicha actitud le trajo con el tiempo felices frutos porque llegó a ser Jefe de Departamento, luego Subdirector después de la sorpresiva renuncia del que ocupara ese puesto. El Hombre de la Penumbra duró seis meses en el cargo, quizá el tiempo más glorioso de su vida, cuando fatalmente vino el cambio de administración, y de una sola caída regreso hasta su antigua Jefatura de Departamento, lugar jerárquico donde todavía se encuentra. Desde entonces su mujer lo admira más, aunque con cierta inconfesada tristeza, al ver la paciencia y el empeño de su hombre.

A pesar de aquel abrupto descenso, El Hombre del Penumbra siguió vistiendo con la mayor pulcritud, sus modales fueron siempre los de un caballero y nunca reclamó nada; su lenguaje siguió siendo el de la sabiduría de los Compendios y que gustó de él por influencia de algún tío parlanchín o de un decadente abuelo administrador público o privado. La costumbre de “echarse puntos a su favor” prosiguió hasta las diez de la noche de todos los días laborables. A ciencia cierta, el de la Penumbra sabe que los jefes regresan a la oficina después del horario normal debido a cualquier asunto que sus demasiados compromisos no le permitieron realizar. O sabe que la rendija de luz al pie de la puerta de su jefe inmediato o mediato se transformará de improviso en un gran rectángulo de luz y humo, mientras se escuchan voces que ríen y platican desenfadadamente y que se convierten en tres o cuatro hombres de portafolios que salen por la puerta, en tanto uno de ellos se desprende del grupo y se acerca al recodo de canceles donde se encuentra la escultura que representa nuestro Hombre, quien escucha: –Qué está haciendo aquí, a estas horas, Rodríguez –poniéndole el jefe un brazo sobre el hombro y despidiéndose de él para irse a reunir con los otros.

–Ya me iba –explica inútilmente Rodríguez, pues el jefe mediato o inmediato ya no lo escucha.

El Hombre de la Penumbra vuelve su mirada hacia los ventanales pensando que en cualquier momento puede regresar el Licenciado. Su brazo seguirá extendido como si escribiera, desde el cielo oscuro del Distrito Federal entrarán las diez de la noche, Rodríguez se levantará de su silla giratoria, se abrochará el segundo botón de su saco gris y, con pasos seguros, distinguidos, se dirigirá a donde lo espera su mujer.

[Número 30 - Junio 1988 ]

 

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