Celebración de una poeta que me mienta la madre [en homenaje a Gloria Gómez Guzmán]

Fernando Corona 

 

Celebro a una poeta que me mienta la madre como humano venido a menos, venido a sombra y sueño roto, una que rasga y no acaricia mis oídos amansados, que habla desde la entraña y no desde los labios enmielados, que entiende su labor porque le duele el mundo y no por un llamado desde los buenos destinos de las excelsas conciencias ciudadanas. En Gloria pulsa una poesía que no está hecha para el aplauso. Seré más claro: amerita el aplauso y me levantaré a entonarlo porque es un reconocimiento, pero nunca porque simple y llanamente nos abran sus versos al cómodo entretenimiento de una tarde de sábado.

Celebro a una poeta que mira en el pasado reciente como al deshuesadero a donde desechamos nuestros restos. Con oficio y visión se asoma a esos ayeres sin dejar de lado los caudales de una tradición que conoce: la clásica, la de los metros y los recursos retóricos, pero sin dejarse maniatar por ellos y caminando por la delgada línea, sencilla y pura, del habla cotidiana, del requiebro de quejas y reclamos a voz en cuello y víscera.

En un primer título, No eran la epopeya de estos años nuestros días, nos lanza una fila de poemas que en los encabezados hacen figurar una suerte de epigrafario, como si los textos fueran ventanas que se conectaran a distintos horizontes para saberse parte de variados escenarios donde distintas voces transitaron y fueron, más que menciones o palabras, advertencias y sentencias de lo que ha sido el hombre. Gloria hace notar, a este respecto, su conexión inicial e intrínseca a lo largo de su obra en la dedicatoria al libro (“en la dedicatoria de un libro… ah”, como exclama), calificando esa forma humana de ser como “un sueño llamado nosotros”.

Y no se trata solamente esa conexión de una metáfora que circunscriba la dedicatoria a un libro. No. Gloria hará patente en su obra poética el dolor por una conjunción de elementos que, en lo humano, han significado en distintas épocas la circunvolución de nosotros desde nosotros y hacia nosotros mismos para acabar siendo casi nada, desperdiciando el transitar por la existencia. Esos elementos son el sueño y la sombra. Parece que desde Píndaro, en la lejana Grecia del siglo V antes de nuestra era (aquélla a la que se referirá Gloria en los textos finales de Aguamala y otros poemas), nadie podría entonar más elevada concreción crítica que su oda Pítica VIII, en la que se pregunta:

¿Qué es el hombre?, ¿qué no es? Efímero,
el hombre es el sueño de una sombra.

Pero vienen, siglos, milenios después, poetas como Gloria a recordarnos que esa cuestión no sólo puede, sino debe ser reconsiderada y recreada conforme a los elementos y las circunstancias de cada época. Y los nuestros, apuntará nuestra poeta, son monserga y basura, son lástima y desperdicio por lo que somos y lo que hemos hecho. Para ello, Gloria ubica primero su condición en un presente que mira hacia el pasado reciente sobre el que tendría que decirse “que todo parecía recién inaugurado”, en donde “éramos los dueños del futuro y esas cosas” y desde el cual:

tendríamos que contarles cómo amamos
cómo el sueño estableció su reino entre nosotros

Y sí, inevitablemente Gloria tendrá también que recordarnos en esos versos, como una revelación prácticamente oracular ante seres mecánicos, que no   somos sino los sobrevivientes “de una década jodida”. ¿Cuál es entonces la condición del poeta? Se define a sí misma como una poeta de este siglo con rótulas desfallecidas “sobre la duela sucia”, donde se encuentra con nosotros, donde vamos solos y “puteando / en contra de la muerte”. Y es que aquí ya hace tiempo, señala Gloria, nuestros héroes vivos “se hicieron millonarios” y antes eso no debería quedarnos otra bandera que la de gritar:

nosotros
pobres poetas de aquí
no entregaremos las armas

Y es que estamos “en el sitio en donde deben comenzar los sueños”. Venimos, no lo olvidemos –insiste en ello la poeta huasteca– de un lugar en donde se nos veía confiados, y así:

sucios y arrugados
los sujetos de la poesía iban a cambiar el mundo

Pero Gloria trae consigo el sable del reclamo y nos grita que “es otra cosa chingados”, nos pide no hacernos pendejos, ¡está hablando de su vida y nos concierne! Y quizá por eso el poema del que proceden estos versos se llama “ahora soy incapaz de idolatrar a nadie”. Gloria escribe, denuncia:

porque
no hay ocupación más torpe y desdichada que vivir

 

Poesía, para la poeta de este primer libro, es “un reluciente bruto”, un “fragmento de náusea”, “un aullido”, porque están matando a todos algo de lo más sagrado que hay en la existencia humana: la razón desvalida, la que ayudaría a seguir aquí. Y sí, también hay que señalarlo, el poema que trae este mensaje en ristre se llama “poesía no ha salvado a nadie”.

En una página sola, como el mensaje supremo de un poema potente remarcado en un solo verso, mínimo y rugiente, afirma: “yo era el poema”. Y, así, pide en otra página que el poema la sostenga esa tarde, que sobrevenga a chorros, que inunde con brutalidad el cuerpo sólido de una noche en que agoniza y, finalmente:

que no perezca nuestro tiempo sin que la palabra diga
el ser de su verdad
que no pase el día sin que la palabra se involucre
en la muerte del poema

Siguiendo con el recuento de procedencias, los anteriores versos vienen de un poema que tiene como título, salido del epigrafario, la sentencia latina “Nulla dies sine línea”. Pero Gloria no para su ráfaga de reclamos a la especie, a sí misma y a todos nosotros, al reguero de pronombres que somos, y remata:

sin las balas del poema estoy perdida
y ustedes también

Pretende, entonces, escribir el poema del siglo, a sabiendas de que el poema, en el aquí donde existimos, se suelta la mano y abandona la baranda del ahora. Sin embargo, es Gloria de esas voces arcaicas, entre militantes y hechiceras, que a medio fusilamiento o encaramada en su hoguera le grita a quien la ata:

esta mañana no vas a poder conmigo hija de tu perra madre
vida

Para esta poeta abrir el poema implica “seguir el rastro del ahogado”. Sí, sus poemas están abiertos ante puertas cerradas y, ya así las cosas, ¿qué más puede sucederle? Observa tristezas de soles limpios, de hombres y mujeres que se repiten con asiduidad podrida los gestos del día a día y, ya en el planeta, ya en el país, nos espeta en la cara “esta pena de ser uno de ustedes”. Porque somos los seres que tomamos aire y sin embargo nunca llegamos “a la cara del poema”. Ella morirá, dice, todos morimos; pero ella dio su vida, su parte, y quiere echar lo que reste a los desechos de basura:

y a otra cosa
vida hermosa

Nos recuerda entonces, otra vez, que somos sueños breves, que se le está muriendo todo “y nadie viene”. Pero también es Gloria la poeta que habla del padre, que (aunque sea él) hace sentir que “no merece perder la vida de ese modo”. Es poeta de vivencia y su vivencia misma no queda fuera del lamento de sombra y sueño. Su poema, su pulso constante, es una materia que se ha atorado “entre el recibo de la renta / y el de la luz eléctrica”. A su paso “sucia gente sin sueños tropieza” con ella. En las mañanas de invierno, recorriendo miradas y agonizando, se pregunta “quién ha puesto tanto gris en risa”, “qué les hizo tanto daño”. Pero, siempre ante ese escenario, confiesa:

yo no pude ser carlitos marx
soy tan sólo una poeta
y amo toda esa basura

No queda fuera de su poesía el tema del dinero, claro, pero como pregunta, exclamación y desconsuelo:

mi dinero?          puta madre
todavía y sin explicación cantamos

Finalmente, la poética inicial de Gloria nos ubica en un mundo en el que “estamos de verdad muy solos” y en un sistema miserable “que condena a los poetas / a dar clases de literatura / para poder pagar la renta”. Y es esto también un punto central que da pie a la crítica de la autora hacia el propio gremio poético. Y es que no estamos ante una escritora que asuma la condición de poeta como curada de suyo de las miserias que señala. Antes bien, su condición de poeta está doblemente dolida a lo largo de su obra: por el entorno y por los poetas subsumidos y alegremente conformes con él. Por eso remata en “mala cosa es la gente de mi país”:

qué infamia este destino de poetas
instalados a chaleco en la bohemia

La obra posterior, Litoral sin sobresaltos, reparte algunos títulos en inglés que dejan el sabor de boca de la biculturalidad a medias o a tercias que respira el mexicano a través de rótulos muy precisos, seguidos de poemas con títulos más largos y donde continúa una callejera visión del extravío del otro, de nos-otros. Ahí se deja sentir una Gloria que sale a la calle “despojada de máscaras” y “casi desprovista de armaduras”, con dos manos que pretenden hacer temblar a dios y ojos dolidos de la vida. En ese vagabundeo por las calles (que bien pueden simbolizar el afuera, el mundo), señala desde el mejor pronombre incluyente, el nosotros, cómo no hemos logrado suicidarnos “en nombre del futuro / luminoso”, ni tampoco hemos sido capaces, en el otro extremo, de habernos traicionado “por un coche / último modelo”. Nos señala, pues, como una sociedad gris y tibia, como unos extraviados desde cualquier polo. Somos, así, unos perdedores, unos vencidos, como precisa este final de “DOWN GENERATION”:

los triunfadores de estos años nos miran con desprecio
y la buena gente de todas partes
nos palmea con lástima los vencidos hombros

A los ojos de la poeta es un horror, es un asco esta revelación del humano que somos porque simplemente no hemos llegado al encuentro con el otro:

uno encontraría su propia           intragable muerte
inscrita en grandes pero indescifrables caracteres
en los ojos elusivos del otro en el espejo

En tercera instancia, la obra Para quienes en altamar aún velan vuelve al tema del espejo -y, por ende, del otro; y, por ende, de uno mismo-. La Gloria de esos versos busca un espejo para encontrar allí su rostro, arrastrando su personaje “en calles invadidas por mohosos edificios”. Ahí, en “el foco sucio de la soledad impuesta” siente cómo en sus propios ojos ha visto “los crímenes de todos”. El oráculo aquí es, pues, el espejo, el espejo reencontrarnos para incomprendernos, como deja ver -valga la redundancia- el poema

“PROBABLEMENTE (EL POEMA ES UN ESPEJO) INÚTIL”:

solamente un espejo
ese espejo donde mires te mires
nos mires
y no entiendas

En este libro también está Gloria comprometida con los sueños. Pide que no se espere de ella ni su vida ni sus sueños, pues no llegó a aprender el odiarse y, así, no tiene nada que olvidar. Y aquí también surge un verdadero manifiesto que se hermana con el de Gabriel Celaya y su revelación del poema como arma cargada de futuro. Gómez Guzmán apunta tras una epígrafe más, esta vez de los Proverbios de Salomón:

yo canto contra aquéllos que se apoderaron de la realidad y el sueño
y nos dejaron fuera
contra aquéllos que erigieron los imperios
donde perecemos en esclavitud y olvido
los que han borrado todo rastro de amor en nuestras caras

También este libro deja ver lo terrible que es ser pobre (pues “termina uno siendo mezquino”), el hecho de que aquiles no haya muerto entre nosotros y de que ningún héctor haya emprendido la defensa de nuestras ciudades. Y sí, no siento casual que Gloria escriba los nombres con minúscula inicial, pues el aminoramiento de las figuras míticas, el hecho de hacerlas sentir parte de nuestra miseria humana, también es (p)arte de su voz.

Situados en “una canción besada sobre el vientre de los sueños sin futuro”. Ha llovido sobre nosotros toda la noche, asienta el título de uno de sus poemas, y ahí está presente otra de nuestras resultantes humanas:

y es que nunca fuimos dueños de nuestro destino
nunca probamos el sabor de absoluto que tiene la libertad

La voz de Gloria, a fin de cuentas, es un dedo que señala, es un puño en una mesa, es un brazo con el codo apalancando la mentada de madre. Por eso pregunta“de qué están hechos los días que uno se hace”, “por qué parece que los hizo otro que nos odia”

y los otros
por qué parece que estuvieran ahí sinceramente mirándote
como si no importara
como si tu desdichada destrucción no los alcanzara

Y, así, hacia el final del libro, conectándose con aquella sentencia clásica inmortal de Píndaro que mencioné páginas atrás, está acaso el verso más potente dentro de esta vertiente de las temáticas y las pulsaciones humanas de Gloria: “sólo sombras que habitaron hombres parecemos”. Versos después continúa y nos recuerda que “somos breves años” y, por ello, pregunta si esperamos acaso “el principio de todos los tiempos”. Y ahí mismo nos define como caída. Ése es nuestro lugar. Y es que en la caída germinan, azules, “las semillas del sueño”.

 Se trata de un manifiesto final en esta obra, tras anunciar que no ha logrado afincar sus sueños “-los sueños de todos-” en el tiempo real. Por ello, y de manera resumida, asume su condición, la que la mantiene firme:

digo que lo único que quise
fue la abolición de la desdicha

De algún modo podría decir como lector recién llegado que la esperanza está presente en estos versos finales de Gloria, pero la esperanza vista a la griega, según el mito griego que la encajona en la gaveta de los males. Dice nuestra poeta: “hemos resistido en el lado sombra de la vida”, para rematar haciendo eco del pasado al que voltea siempre entre resignada y esperanzada:

amábamos la vida
nosotros
que hemos sido
solamente humanos

El cuarto y último libro de Gloria en la antología que tuve en mis manos es Aguamala y otros poemas, donde tanto la polilla (que se parece al poeta viviendo entre libros y devorando palabras para que le salgan alas) como la araña (a la que no nos parecemos con nuestros triunfos y dichas arañados apenas), donde los pobres del mundo preguntan sin repuesta y los bienaventurados son, justamente, “los que esperan sin esperanza” (pues ellos construirán “el paraíso que nos es posible”). Es ése, como reza el título, el “saldo del milenio”.

Es ésta obra un sitio, el agua firme donde de nada sirve gritar y donde se dice que la poesía no importa. Pero aun así sigue la poeta, seguimos. Es una persona que hizo con su vida un poema sin rima y sin medida casi, que la puso “al centro de la canción / temblando / viva y feroz / casi feliz”. Es el sitio desde el que se cuestiona como en el puente solitario de la avenida más sola: “quién se atreve a desechar un sueño que ha crecido”.

Gloria aquí anuncia haber amado los rostros, el desprecio que la sustentaba, y por eso se arrimó a la palabra, para entibiarse el pecho con el fuego del poema; pero se desconsuela sabiendo que no hay poema que pueda sobrevivir “con ese fracaso como sostén”, pues sabe que no hay nadie “nunca tan joven como para merecer un sueño”.

Sin embargo, y finalmente, Gloria Gómez Guzmán es la poeta del qué importa, porque si a nadie le interesa todo esto “de cualquier manera / viva el personaje”. Es ella quien ha pagado con vida “cada línea del poema” y para quien el crecimiento doloroso de la luz fue una pasión y una esperanza: “la porción del sueño que la sustentó mientras vivió”. De sus versos finales entresaco, emocionado, este eco que hago mío, no como lector, sino simplemente como humano:

estas manos ya han metido
suficiente ruido
entre las líneas

¿No es, pues, Gloria una poeta que me mienta la madre y ante la cual debo estar agradecido? Homenaje a ella y a sus vivos reclamos. Reconocimiento al zape que se llevó mi pulso dormido. Y ay de mi si no despierto y sólo vengo a aplaudir cívica, educadamente.

 

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